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Poemas de Caleidoscopio hacia el Sur

miércoles 7 de octubre de 2015
“Caleidoscopio hacia el Sur”, de Gonzalo Maire
Caleidoscopio hacia el Sur
Gonzalo Maire
Editorial Rove
Chile, 2014
ISBN: 1411212573197
138 páginas

Desnudo sobre la hierba

Llevé mis pies a andar descalzo, a pisar sin memoria
el susurro que dejan las ramas caídas, a oír
por primera vez el seco latido que los árboles hacen al amanecer,
pero en cambio, allí tú
como una provincia nueva,
te hallé en la claridad buscándote, oscura en el fondo súbito,
propagando sin límite las ovejas mansas remotamente de su hora,
y tejida eras como un viento de maíz, la infinidad silvestre,
como los ojos del bosque y el peine del otoño;
y es que eso me pareces, en eso estallas,
e interminable y dicho,
te conocí y ahora vuelvo
desnudo sobre la hierba,
a respirar el aire que tiene labor de costurera;
y trabajadora entre el origen y el sueño,
desde la distancia crepita el nombre en que te bautizaron,
y que es extensión de guitarra,
y es luz de eucalipto
y es fruto oscurecido
y es la voluntad de las manos en la greda.

Parecido a un crucifijo sobre la tierra, echado, desnudo, puedo sentirte a lo lejos
cómo subes en el cielo volantines con enredaderas de julio,
y con trigo de día,
y con trigo de noche,
muchos son los puños que los sostienen en lo alto, y desde luego,
y entonces,
en tu alma se definen como de rosas dormidas
para que las habites tú,
y seas tú quien colme desde ellas la gran pizarra de agua,
que es la Argentina de piedra, la patria del Locro, de las coníferas,
de la uva,
de la Pampa sonora.

A mi lado
la hierba se curva parpadeando, y me parece que en tu iris estuviera contenida,
dirigida por entre raíces circulares,
mientras que la tierra continúa con su propósito ya sin mí,
y no da tiempo para cambiarme las estaciones, sino tan sólo para describir
el pájaro de agua
que vive esperando
su corazón cortado,
hallado inmenso, y como si sangrara entre las estrellas, con un tranquilo silencio
verde.

Cierro mis ojos
como si me acompañaras en los sueños de la mano,
y allí me quedo, olvidado, extraviado, empapado en el más profundo infinito
y separados recorremos
la forma de los brotes colgando de los árboles, las nubes con sus cerezos crueles,
cayendo
en los edificios blancos, la fruta nocturna
del cemento en que florece la lluvia,
porque en sueños o verdad,
la hierba pura
tiene la dirección doblada, la determinación del Sur en sus hijos,
donde las manecillas del reloj son misericordiosas,
y vienen a buscarnos, de pronto, para que no olvidemos que solamente juntos,
Ser
es construir y devorarnos como de una elegante metáfora, pero no por siempre.

Todo es tan diáfano,
y es que en toda tu alma las cosas tienen una quemadura y un golpe de cisne
que me dejan un rastro, un mensaje a los que vienen,
a los que me leerán al nacer,
y no dice más que tiempo,
más que sombras frías, y sueños, y espesuras, y minerales y agua y flores azules
consumiéndose lentamente
adentro de mi boca.

Un perro mueve su cola a los pies del universo,
las libélulas pintaron las alas con clarividentes, y porque el mundo
hoy
está muy claro.

 

Poética

De cuando escribes la primera línea, recién caída de un sueño lejano,
y te pasas las horas en lejanía, arriando las noches a tu alma, o matando mariposas de otoño,
de que algo quiere salir y llorar, y reventarse de consignas entre hojas amargas,
¿qué harás para resistirte el luto en que se sigue la vida, en qué esperanza te echarás desnudo
cuando ella ya no esté
y triste el tiempo en que se sucede, para siempre para no morir?

 

Objeto desencadenante I: argolla

Como si me hubieses anticipado la vida, y colgado antes que yo el traje de la noche
a un sólo gesto de fe, y de amor fatal,
y como si te hubieses arrojado la risa enfrente de mí, de como se arranca el atardecer de los cisnes,
y como se amasan también, los panes en el alma:
¿hacia dónde? ¿De qué modo gastado y conducido?,
temblando rodaría yo en la tierra entre surcos rotos, profundos, en cuyos fragantes términos
destruyéndose,
innecesarios, sin cesar,
mi herencia solitaria no tendría de esa luz, de ese abono que me deprime,
ni de la cosecha sobrellevando
los ensangrentados tomates
a tu mesa,
pero a cambio,
en el mundo desbordarían las cigarras, y los arados de tristes consuelos,
que sin aire tararean sus desvencijadas formas,
y cuchichean
desnudas sobre tus huesudos dedos,
un peso sabido, una condecoración cruda,
de oscuros anillos su espacio, como semillas secas que se cambian la piel.

Desacostumbrado desplomo, aclaro, detrás de ti, y asocio tu vida a otros brazos,
con otro bramido de amapolas que afilan bocas;
y no me queda ya más
que tender en mi cuello una insoportable estrella, una estéril palabra,
como de una ruina degradándose hacia fuera,
un corazón que agita su pulpa blanca, víctima hasta lo indecible,
y se propaga en tu nostalgia hacia el límite o la muerte, tan así
que te devuelves insistente, labradora, y colectiva, y profunda tortuosa,
llena de eso que te brota, entera de esterilidad.
Ay de ti, si eres ya una huella que dura, un espíritu de hospital,
que enredando mi camino, haciendo diáfanas las rosas,
me hiciste hundir mi pecho en un océano muy oscuro
que drenaba lámparas en peces de podredumbre, pero que no me importó nunca,
y desde sí,
he consumado cada tiempo de mi ser en un agua de suerte y lilas palpitando como venas,
y conduje corazones y cuervos fuera del patíbulo de la noche,
adonde tú, vives en el alba,
y donde eres frutal, y donde tienes la estadística del universo.

No debo llorar si no estás, y dejar que las poleas sólo suenen,
una espuma de río o relámpago a punto de florecer.
En la madrugada se oirá el sonido de un claxon,
el oro de una argolla cayendo arrodillada en la tierra, lejos enteramente,
e impune sin más,
ya que porque su alma espinal no se contendrá de inventarse nuevos términos,
fertilizará con sangre la vasta tierra que nace de tus narcisos.

 

Dark-skinned

No hay más desgarro o mediodía en este invierno, que una sola calle
en que tu forma ya no se encuentre,
y donde sólo el humo persiste, ronco en infinito, y las grietas en el asfalto
de tanto tiempo, de tanto…
Los paseos peatonales intervienen con alevosía, de sucias correderas,
enteramente de hilos cortados y terrones de viudas.
Ya no hay más que aire,
techos desmantelándose, motores ruinosos pegados a mí, vidrios negros
y deshabitadas panaderías
en que tu suave estatura ya no circula, ni proyecta esa sombra.

Desde un eco adherido a ciertos lugares,
rompo a llorar
porque tu fijeza continúa abriendo las puertas
como si tuvieras un olor a crepúsculo,
como si del cadáver de un fantasma arrastrándose, fueras dotada de la fatiga más larga.
No hay más desaliento que buscarte vanamente en medio de las vitrinas,
entre mariposas de celofán,
túneles discontinuos,
o dentro de una cajita musical con partituras de Beethoven.
No hay más vastedad en la distancia que nubes con el contorno de hombres clavados a una roca,
o migajas de tiempos cautivos, en que tú ya no ves,
lo que fluyendo,
perfora el día sin descanso.

De todo hecho tiras, hay un músculo que tiene rostro, y hace retumbos,
y desborda en tu respiración,
y tiene sangre,
y tiene tu cantidad,
y se reacomoda con intestinos y voces, aunque ya no estás viva,
oh dolor,
y entiéndeme esta vez,
que aunque ya no estés muerta, tampoco tienes sitio aquí.

El lento espacio está contigo muerto, y va con miles de pasos por delante de mí,
y en las horas de mañana,
frío soy de noche,
y aunque me arrastre sobre tu lápida a besarla,
mis flores no son frescas,
tienen acumulado el sueño de ayer.

Es cierto que tal vez ya no piensas en nada,
y que tal vez es mejor así,
pero,
¿ya te han hecho olvidar de nuestros árboles goteando orines,
con botellas y latas,
o del aire negro que vestimos con tanto daño?
¿Ya te han hecho olvidar los edificios grises, la caca de pájaro
y de las cornisas cayéndose en racimos de soledad?
¿Ya te han hecho olvidar las calles azotadas con basura
y las hojas podridas escuchándose,
como perros vagos afuera, espesos en las carnicerías?
¿Ya te han hecho olvidar al pobre, a la injusticia,
pernoctando entre las esquinas hediondas
con rosas invisibles y hambre?
¿Ya te han hecho olvidar de la calle Rosas, la calle Puente,
tus locales con lanas y botones
que se acumulan sin dueño ahora, y en tus manos las bufandas
tejiéndose
en la hebra que ya nunca tuve?
¿Ya te han hecho olvidar las viejas casonas,
los cafés y las piletas con turbias aguas,
en donde las palomas se bañan, y los niños?
¿Ya te han hecho olvidar las piezas en baldosas blancas,
y el olor a anestesia con jeringas y resúmenes,
y las recelosas tardes de conversaciones que tuvimos en círculos?
No. Sé que no,
porque tu alma es inmensa.
How do you sleep?
How do you open the windows every day,
and you, flushed, eat the same tasteless breakfast
without saying anything?
How can you lie to yourself and smile as if everything is right?
Do you think there no exist other way?
There is a sad difference between closing your eyes and knitting into of illusions.
How are you still alive?

No, I am sorry, it is not matter.
Just stay alive.

Vanitas.

Es extraño
que todos huyan de pronto,
y sin más poder que disentir, que de las ventanas en que vivieron,
ahora cuelgue ropa muerta
y agua muerta
y luz muerta
y plantas muertas
y gatos solos.
Es extraño
no encontrarme otra vez con sus zapatos,
y el ruido,
y el eco de que hay alguien en su espacio,
pero ya sin el esqueleto,
no abriendo las puertas, no haciendo chirriar los corredores,
las camas,
no nombrándose, no comiendo,
en el amor sin gritar, de día, en el baño, por teléfono.
Hay un olor a soledad, a habitación enferma,
a estancias chorreando,
a huérfanos tejados en contra del invierno.
Ya todos se salieron, se disiparon mudos
en el silencio terminal,
y entre ataúdes pesados caminaron con su frente baja,
con guirnaldas crudas en el cuello,
y maletas cargadas de sombra
a los andenes lloraron el día o al cementerio con palas se murieron.
Y me parece tan extraño
la permanencia de la Nada, el nombre “violín”,
mi apellido extranjero,
la sonrisa de la loca,
las cosas para recordarte que fuimos, entre el tiempo y el lugar,
como restregar las murallas vacías con una cuchara de palo,
y lamerme el corazón agrio
con la mugre de la vida.

El tiempo pasa a través de mis dedos en tu casa, entubado como desagüe,
y las rosas se queman,
y los libros se arrugan,
y las ampolletas no prenden.

 

Pérdida en el Sur

Imagina la tarde como recogida en mí, con adjetivos y hojas oyéndose tiritar,
en esfuerzos ya tan largos,
de una espera con alrededores vacíos, y huéspedes de ansiedad con sillas,
y sin orden, pensando,
delgados goterones en tu ausencia, fijos, en el fondo que no para de caer,
sobre esa podredumbre donde termina la luz en las cosas,
en la madera negra de mi cama, en el hoyo de mis zapatos,
en toda superficie o existencia que palpo,
y es tan burda, infeliz,
que me gasto su voluntad
y su odio en desvelos,
y nauseabundo como en los vasos que salen de lo oscuro
a llenarse de corderos,
las tijeras cortando de los manteles fantasmas secos,
y las repisas que huelen a sombra,
a recuerdos atravesados por el hambre
y sin más que orillas quemadas, de un modo de detrás de mis oídos, como de inútiles gansos
o violines sin aire, jalando,
y aun así el pan es amargo y serio
porque hay entidades pariendo movimientos solos,
y porque lugares con colores débiles sonríen,
amaneciéndome sin piernas, ay,
¿y es que por qué se detienen en mi nombre, en mi ser?,
si remoto, e inseparable, y con muchas más vendas sobre mis costras,
yo soy más muerto que las piedras
y más depósito que respiraciones, y más cuchillos que fechas.

Lágrimas con sabor a cloro resbalan,
espacios que crecen y no se reconocen la sangre que los parió:
han cambiado hacia dentro
de un tiempo que no me deja salir, y de repente, explota,
arrasando todo con alma y silencio, en fin,
llorado en absoluto, perforado, y gritando,
¡gritando!
tanto, en fin.

Voces de niños escuchan detrás de los dormitorios, y ciertos ángeles nauseabundos,
se me parecen a un montón de pensamientos con pena,
y un viento de losa,
en que viven muchos hombres su llanto,
arrastrando lugares hacia donde no los hay.

Solo
en mi casa,
hay un brillo a sepulcro en los platos, y devoro de allí los restos de Dios,
mientras silba el tiempo eternamente en los patios
una triste palabra,
que me aterra con sus uñas y sus cabellos, para no identificarla.

Rompe la noche la tierra
y sus pedazos parecen tan grandes, tan desbordados de aves migratorias,
que aunque viviendo con muchas horas de diferencia,
y en otra vida
despertando con tu besos,
habrá siempre un sabor en mi alma que se me repite,
y que duele, y deshojado,
no se ahogará nunca bajo las tazas tristes del té,
su enorme peso
que arrastra planetas oscuros.

Gonzalo Maire
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