Flotaba como restos de un naufragio, había emergido envuelta en algas como algo ajeno a su naturaleza. Él ya no estaba, pero había rastros del fuego. El tiempo, pensó, que siempre tiende trampas, habría sido un pretexto para abandonarla. No la quería. No pensaba más que en eso. Antes, hacía apenas unas horas, había decidido recorrer el parque, ir hasta el lago y cruzar el puente, porque le aburría verlo cocinar y su ritual del fuego.
—No tenés que salirte del camino principal si no querés perderte —le advirtió—. En una hora comemos. ¡Mejor no crucés el puente!
Cuando él le hablaba de ese modo se parecía bastante a un padre fastidioso. Ella lo odiaba.
Ahora se le antoja no hacerle caso al marido. Anda sin rumbo. Se deshace de unas entradas olvidadas en el bolsillo de la campera, las tira en un tacho de basura y, por milésima vez, toca la llave.
Le gustaba vagar. Camina por el trazado principal, hasta que decide romper la rutina, se desvía, atraviesa el sendero de piedras blancas, al mediodía aprecia la sombra de los álamos plateados. Estaría de regreso para comer. “Alguna vez podemos comer otra cosa”, le había dicho ella, y él se enojó. Disfrutaban de la soledad en compañía, siempre y cuando uno no le ocasionara al otro una herida en su orgullo. Recuerda la pequeña discusión que habían tenido, casi estúpida. Todo por la llave. Lo del anillo fue una exageración, para qué se lo había tirado. Puro teatro. Está arrepentida. Sigue hasta el lago entre eucaliptos, fresnos y casuarinas, se aleja del sendero para tener el placer del pasto bajo los pies y recoger algunas hojas marchitas. Si él piensa dejarme que lo haga. Si ya tiene otra casa, mejor. Al final es siempre igual. Eso de que el amor existe es una estupidez. La frescura de los eucaliptus le trae vagos recuerdos de su infancia en la casaquinta familiar, hacía tiempo que la habían perdido en un remate después de la muerte de su madre... No quiere recordar aquellos momentos difíciles. Tiene que llamar a su hermana y hacer las paces con ella; aunque no tenga razón, la quiere.
Cruza el puente, se detiene y ve algunos peces oscuros, los imagina en las pequeñas ondulaciones del agua o por los remolinos que se forman cuando arroja las migas del pan que lleva en el bolsillo junto a la llave.
—¿De dónde salió esta llave?
La exhibía como un signo irrefutable de traición. La había encontrado hacía una semana en el bolsillo del pantalón del marido. Y esa mañana se atrevió a preguntarle, después de unos días de creciente rencor. Esta llave no es de casa. ¿De dónde es? No había sabido qué hacer ni cómo decirle lo que sentía. No era la certidumbre de la traición lo que la atormentaba, sino la comprensión de que todo su mundo se tambaleaba y estaba a punto de desaparecer bajo la sospecha.
Los peces del lago no saben que están atrapados, viven, sólo están; ella los observa y lee sus señales dentro de la masa verdosa. Tampoco parecen sufrir, por eso los envidia. Sentada en la orilla, como quien tiene un último gesto teatral mete la mano en el bolsillo y advierte que la llave no está, se ha caído. Brilla más allá, cerca del agua. Ese objeto insignificante ha tenido el poder de alterar su vida.
Ignora cuánto tiempo ha transcurrido. Inmóvil, nota una profunda agitación en el cuerpo y no puede entender qué sucede. Se ve a sí misma abatida, inútil. Tiene que regresar, debe controlar la rabia, no se pueden tirar diez años de matrimonio así como así, tiene que volver con él, buscar el anillo, dejar la llave y recuperar el anillo. En medio del aturdimiento piensa otra vez que la llave desarregló el mundo ordenado que ella se había empeñado en construir.
Cruzó el puente, ahora en dirección contraria. Sin saber cómo regresó al lugar donde había dado de comer a los peces, buscó los eucaliptus, que no estaban, en su lugar se elevaban columnas de cipreses longevos, resistentes, le llamó la atención que antes no los hubiera visto. Anduvo por senderos entre sauces y arbustos que no reconocía, le pareció que se hallaba en un lugar ajeno, era otro parque, otro lago. Se sintió extranjera.
Cuando vio el tacho de basura, el asador y la parrilla, dijo o pensó que había llegado, pero él no estaba. Supuso que habría salido a buscarla. Decidió esperar, se recostó debajo de un árbol robusto cuyo nombre no recordaba. Algo flotaba en medio del lago. Movida por la angustia, otra vez se puso en marcha, caminó en círculos, llegó a la hoguera que todavía conservaba algo de calor. Buscó el anillo, no había más que cenizas sobre la piedra caliente.
Eso que parecía una barca boyaba en el agua verdosa, se hallaba detenido como ella, inerte. Un chimango descendió planeando, gritó y se posó sobre el bulto, el chiii del ave la sacó del extrañamiento. Anochecía.
- Un domingo cualquiera - martes 19 de mayo de 2026


