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Una madrugada en la ventana

jueves 26 de noviembre de 2015
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Detestaba a sus padres, pero sabía que no podía ir a ningún lado. Por lo menos no ese día. Desde la medianoche había empezado a caer una lluvia torrencial que amenazaba con no parar nunca. El insomnio había asaltado otra vez a Santiago.

Se sentó frente a la ventana. Lo mejor habría sido que mi madre hubiera abortado, que se hubiera muerto en un accidente antes de concebirme o cuando estaba embarazada. Los pensamientos de desprecio corrían aceleradamente.

Eran poco más de las cuatro de la madrugada. Como una perra enferma que nadie ha invitado, la palabra suicidio otra vez corría con la lengua de fuera por su cabeza. La mejor forma sería meterme en la bañera, agua caliente, cortarme las venas de la muñeca. Había leído que eso no era tan doloroso. No se sufría tanto. Igual estaba el balazo o las pastillas. Arrojarse a las vías del tren o desde la azotea de algún edificio. Esto último le desagradaba. No me gusta pensar en mi cuerpo esparcido por la calle como huevo reventado contra el suelo.

Encendió otro cigarro y se le ocurrió que a esa hora, mientras sus padres dormían, no era mala idea cerrar bien todas las ventanas y encender las llaves del gas.

La penumbra de la madrugada en su cuarto era desempolvada por las luces de los faros de la calle. La calle se extendía como serpiente dormida. Las casas se repetían una junto a la otra, en serie. Las mismas casas hasta el vacío. Miró su habitación donde había pasado los trece años de su vida. La cama donde había dormido más de tres mil seiscientas noches. Las sábanas, la ropa tirada. El pequeño librero con ejemplares de Poe, Dostoievski, Lovecraft. Fotografías de montañas y mares, cuadernos de dibujos y algunos discos viejos. Tenía algunos recuerdos hermosos pero, se dijo a sí mismo, el resultado preliminar de la suma de mi vida es hastío y asco. La dulce depresión de cada día.

Buscó la cajetilla de cigarros que escondía en su escritorio. Cubrió el marco de la puerta para que el humo no escapara. Se sorprendió del sutil gesto de respeto conservado todavía hacia el ambiente familiar. Abrió la ventana y encendió un cigarro. Fumaba despacio. Escuchaba cómo se quemaba el tabaco, el papel. Miró la brasa encendida. Sonido e imagen lo reconfortaron por un momento con la vida.

Como no había dejado de ocurrir en sus recuerdos, aquella tarde su padre, Ramiro, llegó borracho. Aquel aliento a alcohol era parte del inmobiliario cotidiano. Lo mismo la abnegación de su madre, Carmen, cuando abrazaba a su padre y envolvía las mentadas de madre, el llanto, los gritos, con flores de besos y caricias.

—Tú sí lo vas a lograr —le había dicho su padre después de destapar una cerveza—. Tú sí serás alguien en la vida, Santiago, me superarás. Y eso es bueno. Serás alguien, hijo. Eres buen muchacho, noble, inteligente.

Esas palabras las había escuchado un centenar de veces. Su padre las decía tras volver a casa, al caer la tarde, después de haber salido a buscar trabajo. Llevaba así más de un año, luego de que la fábrica maderera, donde trabajó desde los quince años, cerró. El sindicato había logrado una ridícula indemnización para los trabajadores. Desde el cierre, algunos habían logrado colocarse en algún puesto, pero la mayoría, como su padre, no había conseguido nada y vivían de esa indemnización y del apoyo del Estado. La mirada de su padre proyectaba en el imaginario de Santiago una ciudad devastada.

—Ven, hijo, siéntate aquí —dijo Ramiro.

No hizo caso. Quiso ignorarle. Miraba el televisor. Su padre insistió. Al final se levantó y fue. Su padre lo abrazó. Le acomodó los cabellos. Tocó sus manos. Acarició sus mejillas. A Santiago le habría gustado zafarse, pero sintió pena o compasión o miedo ante la posibilidad de una reacción violenta de su padre. Sentía miedo y frustración; odio por todo.

Detestaba el aliento a alcohol de su padre. Si hubiera tenido el valor, ahí mismo le habría empujado o le habría escupido. Sin embargo, también sentía una emoción extraña, parecida a la que, hacía varios años, experimentó cuando regresaban de las únicas vacaciones que, hasta entonces, habían pasado juntos. Habían ido a la playa. Estuvieron una semana y al volver por carretera, su padre bajó la velocidad para evitar golpear a un perro que caminaba malherido a la orilla del asfalto. Santiago miró por la ventanilla cómo aquel perro cojeaba, flaco y babeante, enfermo de la piel.

Su madre entró a la sala con el cesto de la ropa limpia y seca que había recogido de los tendederos de la azotea.

—Santi, ¿terminaste tu tarea? —preguntó la madre.

Santiago dijo no con la cabeza.

—Pues anda a hacerlo; qué esperas.

Santiago siguió callado, sin moverse.

—Carmen, deja en paz al niño, ¿no ves que está con su padre? —dijo éste, acariciándole los cabellos.

La madre miró la escena. Cuando estaba embarazada, aquel hombre le había regalado primero un vestido rosa que celosamente conservaba en su armario. Días después de ese obsequio, se largó. Estuvo desaparecido por dos meses. Nadie tenía rastros de él o si los tenían nadie decía nada. Un día volvió. Apareció con flores, chocolates y un par de zapatos para el bebé. Le pidió perdón a Carmen y le prometió —era una tarde lluviosa— que no volvería a desaparecer. Fue el miedo, le dijo, como si el miedo le hubiera puesto una daga en el cuello, lo hubiera amordazado y se lo hubiera llevado de ahí. Fue el sueño o la pesadilla donde la caída en el abismo es inevitable, dijo él. Carmen lloró y lo perdonó. El abrazo, ese abrazo, fue largo, eterno. Carmen respiró su olor a tabaco, sudor, humedad. Ramiro quiso perderse en el olor de sus cabellos. A partir de ese momento, se pusieron a arreglar la casa. Ramiro hizo todo para tener listo el cuarto de su hijo.

Carmen dejó la canasta de la ropa limpia en el suelo. Se fue a la cocina a preparar la cena. Las manos le temblaban. Así llevaba ya varios días, pero no decía nada. Se sentía perdida. Cocinó espinacas con papas y huevos con algo de tocino. Preparó avena con frutas. Puso las cosas en la mesa. Llamó a cenar.

Comían en silencio, pero sólo Santiago y ella. Ramiro no probaba bocado. De vez en cuando decía algo relacionado con el trabajo, la falta de oportunidades, la culpa y el robo del Estado, la cada vez más insostenible y precaria situación del país, del mundo, del sistema. Las ganas de largarse de ese país de mierda, como le gustaba llamarlo. Se levantó y se sirvió un poco de vino que guardaba en la alacena.

—Deberíamos vender esta casa y largarnos, Carmen. Este niño necesita cambiar de lugar. Yo necesito trabajar —dijo, azotando la mano en la mesa y dando un trago largo hasta acabar el vino. Se levantó a servirse más.

—Más bien deberías parar —dijo Carmen—, ya tomaste bastante.

Él la miró, desafiante. Le dio un trago a la botella y, con botella y vaso en mano, volvió a la sala. Se sentó frente al televisor. Carmen y Santiago terminaron de cenar.

En su cuarto, mientras amanecía, Santiago imaginó su funeral. Una pequeña caja en mitad del bosque. Le gustaban los árboles en verano, el canto de los pájaros, pero también le gustaba pisar las hojas caídas del otoño. No quería que lo enterraran. Preferiría que lo incineraran. Aunque, si por él fuera, le habría gustado desaparecer hasta las cenizas. También me podrían dejar en el campo y que la naturaleza se alimente de mi cuerpo hasta desaparecer, o que me echen a los buitres, pensó.

Encendió otro cigarro y se le ocurrió que a esa hora, mientras sus padres dormían, no era mala idea cerrar bien las ventanas y encender las llaves del gas. Pensó en el placer de la carne que jamás conocería. Una tontería, se dijo. Después sacó uno de sus cuadernos con dibujos y se puso a trazar unas líneas.

Dibujaba algo como un rostro cuando escuchó un grito, después unos pasos agitados corriendo por el pasillo. Los pasos llegaron hasta su cuarto. Su madre abrió la puerta.

—¡Santiago, Santiago! —gritaba la mujer.

Él estaba impasible, mirándola.

—¿Por qué no tocas?

—Tu padre, hijo.

—Cierra la puerta, mamá.

Su madre, pálida, no hizo caso y corrió a buscar el teléfono. Marcó el número de emergencias. La ambulancia no tardó en llegar.

El padre de Santiago pasaba tumbado en una camilla frente a su cuarto, lleno de vómito, vómito con sangre. Los paramédicos hablaban de congestión alcohólica, era urgente llevarlo al hospitall.

Santiago cerró la puerta y puso un disco al azar. Su madre volvió a tocarle para pedirle que la acompañara. No hubo respuesta. Él tomó el libro de Poe, otro cigarro y se sentó otra vez junto a la ventana. Antes de empezar la lectura, vio a su madre subir a la ambulancia. En seguida, las luces de la ambulancia y el ruido de la sirena se perdieron entre esas calles de casas repetitivas. Empezaba a clarear. Rosa, morado, oscuro, pincelazos amarillos. Arrebol. El amanecer era un gato que salía de su escondite. Algunos vecinos, en bata, parecían conversar entre sí sobre lo que acababa de ocurrir. Cruzó la mirada con una de las vecinas. Corrió la cortina. Encendió el cigarro y empezó a leer un cuento que su padre acostumbraba leerle cuando era un niño.

Arturo Valdez Castro
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