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Dos relatos de César Aramís Contreras Parra

domingo 29 de noviembre de 2015
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El enigma de Petra

Petra no leía la mano, no creía en eso. Para ella el futuro no se podía suponer a partir de unas líneas que habían sido predispuestas por alguien más. Decía que la vida no era así, que cada uno tenía poder sobre su presente y su futuro, que todo era cambiante. Para Petra el futuro se podía estimar en función de las decisiones que tomaba cada persona.

No había dejado de pensar en ella en mucho tiempo y estaba convencido de que no lo haría jamás. Quería llevármela. Quería tener la primavera a mi lado.

Por eso ella leía las uñas. Petra decía que la manera en que cada quien se cortaba las uñas podía decir más sobre su futuro que unas insípidas líneas en la palma de la mano.

—Y tú también te vas a enamorar de mí —sentenció una tarde, leyendo mis uñas—. Sabes que no va a pasar nada entre nosotros, ¿no?

Asentí. En aquella frase no había el más mínimo indicio de una mala intención. Era sólo una aclaratoria, un acuerdo de convivencia. Ella no me estaba pidiendo que me alejara, sino que tuviera claras las delimitaciones de nuestra relación. En cierta forma me sentí aliviado. Al fin alguien le había puesto nombre a mis sentimientos.

***

—Cuidado, que así se murió un hombre en mi casa.

—¿Así cómo?

—Así, sin bigote.

Esa fue su manera de presentarse. Conocerla era experimentar de primera fuente la libertad.

Mientras todos usaban ropas de invierno, ella siempre llevaba blusas ligeras y sin mangas y vestía faldas holgadas con estampados de flores. Iba descalza, acariciando con los pies las calles de piedra que le daban al pueblo su aspecto colonial. Siempre que podía, bailaba mientras iba de un lugar a otro.

La mayoría de las personas, al caminar, dejan huellas. Petra dejaba flores a su paso. Por donde pisaba aparecían centenares de pétalos de flores diferentes: rosas brotaban del suelo, margaritas caían del estampado de su falda, cayenas se desprendían de los árboles y arbustos. Era como si llevara la primavera a cualquier sitio por el que pasaba.

Esa tarde que la conocí, apenas se descuidó un poco, tomé unos cuantos pétalos y los deposité en el guardapelo que llevaba colgado en el cuello.

***

A veces me perdía en los recuerdos de mi infancia. Por momentos me quedaba atrapado en pensamientos que tenían que ver con lo pobre de mi salud en aquellos años. Eran tantos los desmayos y las noches de fiebre, que recordar esa época era como adentrarse en una gran masa de niebla. En ocasiones he llegado a pensar que mis recuerdos de la niñez fueron construcciones a partir de lo que me contaron mis padres.

Casi siempre estaba sumido en esa nube de recuerdos borrosos cuando Petra me encontraba. Porque era ella la que siempre me encontraba a mí. Tenía una habilidad especial para salir de la nada, sorprenderme con alguna frase ocurrente e invitarme a un lugar nuevo que debía conocer.

Aquel pueblo le vino muy bien a mi salud. Petra le vino muy bien a mi salud.

***

Cuando llegó el momento de irme, de volver a la ciudad, Petra me dijo que no le gustaban las despedidas. Que no la buscara para decirle adiós. Me dio un beso en la frente y me dijo hasta mañana. Yo me quedé helado, viéndola como si se tratara de una película. La última vez que la vi, iba bailando a su casa… y un centenar de pétalos de flores aparecían a su paso.

***

Años después, volví a buscarla. No había dejado de pensar en ella en mucho tiempo y estaba convencido de que no lo haría jamás. Quería llevármela. Quería tener la primavera a mi lado.

En algún momento ella me comentó que vivía en una casa al lado del cementerio de la iglesia, así que ese fue el primer sitio al que me dirigí tan pronto el autobús me vomitó de sus entrañas llenas de gente y animales de granja.

Con una plegaria en la boca rodeé la iglesia que se encontraba en el centro del pueblo, para encontrarme tan solo con unas cuantas hileras de lápidas de piedra desgastadas por el tiempo y la humedad. Revisé cada tumba, sintiendo cómo el corazón me presionaba los tímpanos con cada latido. No encontré su nombre.

Pregunté por la casa al lado del cementerio y hubo incluso quienes se rieron de mí. Nunca había existido una casa al lado del cementerio, ¿quién querría vivir ahí?, ¿está bien, joven?, se le ve un poco pálido.

En el suelo de piedra no había rastro de los pétalos que siempre marcaban el camino de Petra. Abrí mi guardapelo, sólo para encontrarme con que estaba tan vacío como la primera vez que llegué a aquel pueblo.

 

Fogonazo

Siempre que el perro ladraba así, con fuerza y desesperación, le empezaban a sudar las manos. Cada vez que oía aquellos ladridos temerosos rompiendo la quietud de la noche, se le hacía mucho más difícil respirar y el recuerdo de aquella deuda sin saldar comenzaba a atacarlo.

Repetía las palabras a modo de letanía, mientras iba cerrando todas las cortinas del piso inferior de la casa. En el patio, el perro seguía desgañitándose en ladridos a la llanura.

Agitado, se levantó del sillón y se asomó por la ventana, viendo a la llanura infinita que se extendía hasta el horizonte.

—Me van a matar —susurró—. Me van a matar.

El perro seguía ladrando, insistente. Él recordaba la amenaza lanzada con odio mordiente y lo invadía un frío impropio para la época.

—Me van a matar —repitió, frotándose las manos arrugadas.

Caminaba de un lado a otro, con la velocidad que le permitían sus piernas. Caminaba haciendo quejarse al suelo de madera con cada paso. Revisaba cada esquina, debajo de las mesas, detrás de los muebles.

—Me van a matar. Me van a matar.

Repetía las palabras a modo de letanía, mientras iba cerrando todas las cortinas del piso inferior de la casa. En el patio, el perro seguía desgañitándose en ladridos a la llanura. Estaba seguro de que a lo lejos se escuchaba un galope. Se acercaba.

A voz en grito, preguntó a su hija por su escopeta.

—Está donde siempre, papá. Acuéstate a dormir, que ya es tarde.

Él contestó que no podía dormir. Debía montar guardia. El perro ladraba. Le sudaban las manos. Lo querían matar.

—Todos los días te quieren matar y todavía sigues aquí —su hija reía—. Duérmete ya.

Ella no entendía, no tenía la menor idea. Lo querían matar y debía defenderse.

Escopeta en mano, salió al patio. Acarició a su perro y se quedó viendo al horizonte, en la dirección en la que ladraba el guardián. En la densidad de aquella noche pudo notar un lejano destello metálico, apenas un guiño. Antes de poder cargar su arma, escuchó el fogonazo. El perro ladró con fuerza, con desesperación, como si intentara espantar a alguien. Las manos no sudaron más.

César Aramís Contreras Parra
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