Mis manos frías hoy se han puesto a escribir. Dejo volar mi mente y doy la mano a la persona que un día me dio el amor necesario para estar hoy aquí.
Si somos capaces de escribir para todas las personas que ocupan un trozo de nuestro ser, deseo sentirme viva y oler un campo de hierbas verdes, rozadas por el rocío de la mañana.
Sentirme libre como agua que cae sobre mi viejo tejado al darme cuenta de que dejé atrás aquella enorme ciudad para ver las montañas alzándose en un cielo azul de estrellas, y dándome calor un sol que, en invierno, apenas me roza por el gélido frío.

Sentimientos con S de Mañas
María Belén Mañas Alonso
Relatos
Letrame Grupo Editorial
Madrid (España), 2026
ISBN: 979-1370296025
204 páginas
Pensando en mi ansiada ciudad y en mi pueblo de verano, que queda acurrucado junto al mar Mediterráneo, y su salitre me da la añoranza de mi niñez.
Un día, sin darme cuenta, me alejé dejando huellas en todos los rincones de cada ola. Hoy quiero volver a ser aquella niña feliz que navegaba a mar abierto con pasión. Y tanto duele recordar que, al tocar la eterna felicidad, aquella arena blanca y piedras llenas de caracolillos daban vida al escenario de mi vida.
Quiero dar vida a mis escritos románticos diciendo:
¡Te amo eternamente!
Creo recordar que el padre de mi abuela era pescador y murió a una temprana edad, dejando a una joven mujer viuda con nueve hijos. Fue el inicio, en plena Guerra Civil Española, en un recóndito lugar del mundo, arropado por montañas y verdes prados donde sus vacas pastaban libremente en acantilados. Con un verde cautivador y con el azul del mar que a todo pintor le habría gustado plasmar en su lienzo para poder relatar tanta belleza.
La familia Valdés Somoano inició una gran historia en la localidad costera de Oreña, en el término municipal de Alfoz de Lloredo, en el precioso barrio de Caborredondo Unos 4 km de costa compuesta por acantilados sin playas y, entre Viallán y Carrastrada, estos barrios dan vida a mi relato en Cantábria, en el norte de España.
Una casa al pie de una carretera de polvo y piedras. Recuerdo cada rincón de aquella casa: su cuadra, la huerta, el lavadero de piedra, donde una fragancia de jabón de pastilla de la época dejaba en el aire un agradable olor a ropa blanca. Las historias me llevan a recordar que lavaban la ropa en los lavaderos del río. Había un viejo gallinero, en el cual me encantaba coger algún huevo, siempre con miedo a las plumas, que para mí era un gran reto y mi posterior desayuno. Era muy pequeña, pero soy capaz de darle vida al miedo del momento y al triunfo de coger un huevo caliente entre mis manos los veranos que pasaba allí. Su cocina de hierro forjado, sus alcobas con un pequeño balcón y un cuarto de baño que fue el primero que se hizo en la zona, con preciosos azulejos rosas y bañera de la época. No recuerdo ganado en la cuadra; no sé cuándo se retiró, sería yo muy pequeña o nunca lo llegué a ver y disfrutar. Nací en 1972; alguna fotografía me daría la pista, pero no las tengo en mi casa. Se amontonan en cajas en casa de mis padres, en Barcelona. Mi madre guarda en cajas cientos de fotografías de este relato.
La escalinata de madera, con difícil acceso, donde crujían las maderas en cada paso que dabas en aquella casa de la familia Valdés. Donde antiguas fotografías enmarcadas, como cuadros, colgaban en aquellas paredes poco uniformes, dando vida al pasado y quedaron grabadas en mi memoria. Quedan cientos de detalles que dieron vida a una historia profunda de luchas, alegrías y penas.
Aquellas paredes vieron pasar generaciones enteras, y cada persona tenía una historia única. Hoy en día es un punto de descanso del Camino de Santiago; sus paredes siguen viendo pasar la vida, pero de diferente manera.
Mi abuela decidió dejar su paraíso y buscó un futuro fuera de su familia, para ayudar a su madre. Llegó a una gran ciudad de acento catalán, sangre que hoy corre por mis venas. Su destino fue trabajar para familias burguesas que buscaban servicio en sus grandes y lujosas casas.
Sin mirar atrás, las dos hermanas, Susana y Benedicta y Casimiro, se subieron al tren de la esperanza.
Una bomba truncó el destino de Benedicta y, gracias a la gratitud del ser humano, no fue enterrada en la fosa común.
Poco más puedo decir que mi abuela decidió seguir y no abandonar una gran ciudad llamada Barcelona, y una soledad lejos de su familia. Cayó en una pena y dolor difícil de imaginar.
La familia para la cual trabajaba la cuidó, y sé que hubo una relación en el tiempo.
De la familia Valdés, intuyo, por los relatos escuchados con atención, que mi abuela siempre me explicó sus historias de pura realidad, y hago halago hacia ella con su la bondad y lucha. Sin ser consciente de la lección de vida que me dejó, hoy me asusta solo de pensar la vivencia de aquella realidad escalofriante.
A mi abuela, a Benedicta y Casimiro les envío mi admiración absoluta, dondequiera que estén, como al resto de los hermanos, los cuales fueron muchos y solo tuvieron contacto a través de cartas y paquetes de comida. Una dura posguerra de un país donde la muerte dejó plasmada en todas las familias que vivieron el horror de una Guerra Civil. Un jovencísimo Agustín murió en pleno combate; el pequeño y “especial” Nicolás también dejó su hogar para esperarlos a todos algún día, en un trocito de cielo reservado para volverse a abrazar.
Soy consciente de la fuerza y el coraje de miles de familias reconocidas en mi relato; ellos son el ejemplo de una familia unida que da vida a cada palabra, a cada acento puesto con amor inmenso y gran orgullo para mí en este momento. Nunca pensaron que el destino les otorgaría una vida con comodidades, una vida soñada que estoy segura que nunca llegaron a imaginar. Pero mi abuela siempre ayudó al prójimo cuando ella pudo empezar a ver el resultado de tanta lucha.
La pureza del corazón al dejar la tierra que te dio la vida y aceptas con orgullo la tierra que le dio los sueños a mis seres queridos te engrandece como persona. Pero nunca dejó de oler su prado verde junto al mar y aquellas albarcas hechas de madera artesanal para los campesinos de su tierra, hechas para trabajar por fango y cuadras llenas de abono de animales. Estoy convencida de que, en su mente, nunca se quitó sus albarcas y siempre llevó la fuerza de sus pies en su cabeza.
Muchos años después se casó con mi abuelo, gran marino mercante, y nació Susana Alonso; por este motivo hoy relato esta historia para mi abuela Susana Valdés Somoano.
Percibo sensaciones del pasado al pensar en mi abuela Susana, al recordar aquella voz. Extiendo mi mano y puedo tocar tu pelo blanco, brillante, con pocas arrugas y unas uñas sin color de esmalte preferido. Ella era la simplicidad de la mujer sin pinturas ni joyas; fue una gran mujer que, con una educación exquisita, nunca quiso demostrar nada, y puedo asegurar que se mantuvo en el respeto de sus valores, dejando apartadas sus joyas, las cuales pocas veces sacó para lucirlas.
Te veo sacar tus jeringuillas de cristal de una caja metálica de profesionales de la época, las cuales lucían desinfectadas, y aquello lo sacaba con orgullo casi cada semana, ayudando a enfermos del barrio donde nací. Mi abuela fue para siempre la señora Susana. En el día de hoy es recordada con cariño; especialmente en nuestra finca, los pocos que hemos mantenido generación a generación nuestros hogares. Menciono a la familia Segura, familia Monné Gabañach, familia de Montse Ponsa, familia Prieto, en especial a Alida; con cariño a la familia Gas que a día de hoy fueron y son parte de nuestras vidas, como la señora Salvadora, valenciana, tan mencionada pero desconocida para mí. Respeto a los no mencionados.
Susana ofreció su bondad y tiempo escuchando a las personas que a su puerta se acercaban en busca de una ayuda, en su piso junto a una señorial Gran Vía de Barcelona de la época.
Y los relatos de la buena gente le dieron el nombre más merecido, que una persona pueda llegar a tener: ser reconocida por su familia y su gente como Cónsul de Cantábria en Barcelona. Sus dos mares dieron vida a esta bonita historia, de la cual yo pude disfrutar. Un ser humano hecho bondad.
Abuela, sigues saltando por aquellas lastras del mar Cántabro y supiste unir dos mundos distintos en un único mundo diseñado para ti, uniendo en tu corazón dos culturas de tierras unidas por la belleza del mar. Sacaste pulpos de viejas pozas en el mar Cantábrico y el Mediterráneo te fue esperando cada verano. Diste ejemplo de la mujer pescadora; sin saber nadar, nos diste una gran lección.
El día que los astros decidieron darnos una oportunidad, al perderte en alta mar por un golpe de una ola brava que hizo desplazar tu cuerpo en un bello pero astuto mar, te perdimos en un azul infinito. Aquella barca se paralizó por el miedo, y el relato cuenta que tú flotaste pensando en tu padre, y estoy segura de que la moneda y el pañuelo salieron intactos de tu bolsillo y fueron el talismán al cual te aferraste a la vida.
Tú pensaste que, si aquel había de ser tu momento de marchar, que fuera allí, en el mar de tus sueños. Al verte toda mojada, con tus canas brillantes y tu cuerpo amoratado, entraron mi padre y mi hermana en casa, con el horror de lo que pudo haber pasado. Ellos te salvaron, pero tú los salvaste a ellos con la entereza que se necesita para poder salvar a un ser tan querido. Pero tu cara reflejaba felicidad inconfundible.
En ese momento me di cuenta que, si tenía que ser, sería junto al mar.
Cántabra de raza, tú misma pudiste flotar y decidiste que nunca le tuviste miedo al mar. Con fe y tu calma, sacaste tus raíces del fondo de tu tierra.
Y el día que decidiste finalizar tu camino de una vida legendaria, tuvimos claro que tus cenizas descansaran en el fondo más coralino y con más peces, que da paso a la belleza en estado puro.
Y te reuniste de nuevo en tu Cantábria, alrededor de una vieja mesa de madera de roble, en el rincón de la cocina. Con su ventana mirando a la carretera, al compás de un verso a paso lento, oyendo los carros pasar. Tus hermanos a tu lado, con unos padres orgullosos de vosotros, y en un caldero de cobre, percebes recogidos con tus propias manos y hervidos con la misma agua del mar para volver a veros sonreír con orgullo familiar, como auténtico sabor a mar.
El viejo mar que te vio nacer como espuma blanca, con aire puro, a golpe de belleza acompañada de paz.
En tu tierra eres la bravura frente a tu mar, con el respeto de su gente, por historias que no se pudieron cambiar, que quedaron almas inocentes escondidas para nunca volver a flotar.
Y con un trozo de pan, vino y leche frita, ahí, abuela, te estaban esperando, para volverte a abrazar: el olor de prado recién segado con salitre del mar y acantilados que ahora vas a volver a trepar.
Pienso que, si en algún momento me pudieras dar una señal, sé que mi esperanza es verte de nuevo pescando en pozas de las Sopeñas o en roca pura del Puerto de Llançà, y sería junto al mar.
Esta dura y bella historia se inició con un joven matrimonio formado por Nicolás Valdés, nacido en Oreña en el año 1885, junto a Agustina Somoano, hija de Caborredondo en el año 1880. Dio paso a esta familia de nueve hijos, y quiero reconocer la memoria de cada uno de ellos, para agradecerles que su fuerza, que los arrastraba con una fe que nunca se rindió. Y supongo que la estampa de una virgen o la oración de un santo los mantuvo siempre en lo más alto de una escala de valores que compone el ser humano.
Dando vida a Generosa (1910), Susana (1912), Francisco (1911), Casimiro (1914), Nicolás (1915), (Agustín (1917), Ángel (1918), Benedicta (1921) y José (1922). Extiendo el abrazo más inmenso que el ser humano os pueda enviar, donde quiera que estéis, con orgullo de unas raíces que nos dieron la vida a todos los descendientes que hoy ellos son nuestros héroes del pasado.
Y hoy quiero reconocer que su esfuerzo queda plasmado en la actualidad, y los descendientes de esta gran familia nos vemos reflejados a quien nunca dejaron de soñar para hoy disfrutar de una buena vida. Con gratitud y admiración elogio la unión que siempre hubo entre los hermanos Valdés Somoano, y reconozco que siempre ayudaron al más débil, después de dos siglos de historia y dando vida a una nueva era que nosotros mismos hemos creado.
Quiero incidir en mi relato que Generosa, la hermana mayor de mi abuela, fue quien mantuvo viva esta casa familiar, aferrada a ella con inmenso amor hasta su último suspiro de vida.
Los valores se perdieron entre olas y tempestades, dando vida al egoísmo, a la envidia, al poco entendimiento y al egocentrismo del ser humano en el siglo XXI. Así que, les agradezco esta lección de la vida que quedó marcada por un refrán de época:
“Cuando ruge la cueva de Oreña, unce los bueyes y anda por leña”.
Dedicado a mi abuela Susana Valdés Somoano, con el mismo amor que ella me dio.
En Barcelona, a 24 de enero de 2022
M. B. Mañas
- Deseo que sea junto el mar
(un capítulo de Sentimientos con S de Mañas, de María Belén Mañas Alonso) - sábado 30 de mayo de 2026




