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La mujer del armario y el girasol rojo

sábado 23 de enero de 2016
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Hacía tiempo que me sentía enjaulada. Pero tal vez fueran sólo cosas de mi mente, que a veces me jugaba malas pasadas. Mi mente, de puntillas en ese fino filo entre la cordura y la locura. Largos años estuve mirando hacia atrás con ira. Analizando mi vida y experimentando el revoltijo de emociones de cuando era niña. Un tsunami mental que me empujó a abandonar el pueblo.

Sin embargo, no es tan fácil irse. Uno encuentra todo tipo de excusas. La gente dice que es de cobardes irse. La gente dice tantas cosas sin sentido. Al principio mi excusa para quedarme en el pueblo fue mi hija. ¿Qué iba a hacer yo en el extranjero y con una niña? Pero luego empecé otra vez a tener esa pesadilla que se me repetía noche tras noche. Esa pesadilla de noche duplicaba el efecto de mi pesadilla de día, de cada mañana, día tras día contemplando aquel campo de girasoles a través de la ventana de la cocina. No me quedó más remedio que huir. Tenía que salvar a mi hija. La tenía que salvar de mi dolor. Aquel dolor que de pronto se me venía de golpe al corazón y a los ojos a puñados de lágrimas. Aquel dolor inexplicado pero explicable cuando te pones a ello.

Me quedó una asignatura pendiente. Aquella pesadilla que se repetía una y otra vez desde hacía años cada vez que volvía al pueblo.

Decidí irme del pueblo para encontrar la paz. Aquella pesadilla era también una obsesión. La pesadilla de la niña en el colegio. Lágrimas corriendo por sus mejillas sin parar, la niña llorando en silencio por miedo a lo que la mujer fuera a hacer con ella. Era una pesadilla muy real. Podía sentir el corazón de la niña estallando de emociones y ¡cómo le dolía la muñeca! Le dolía por la presión de los dedos de la mujer que la arrastraba fuera del local, donde los otros niños permanecían sentados en silencio. Su cuerpito de niña ofrecía poca resistencia. Sus pies no querían moverse, sus piernas abandonadas a la gravedad restregaban el suelo del corredor mientras era deslizada por el pasillo hacia otro lugar, ¿un aula? No, otro lugar diferente, estrecho, ¿un armario? Un armario y estaba oscuro y la niña asustada. Sabía que iba a ser castigada por haberse orinado encima. ¡Qué vergüenza! Se le había escapado delante de los otros niños. Con los ojos llenos de lágrimas la niña miró a la mujer, sólo podía ver el suéter rojo y el cabello oscuro.

Una pesadilla que he intentado descifrar mil veces. ¿Quién era esa mujer? ¿Quién era aquella niña? Durante buena parte de mi vida estuve intentando responder estas preguntas. Una vez en Holanda no tuve necesidad de buscar más respuestas porque aquella pesadilla no se volvió a repetir. Empecé a vivir mis sueños y mis pesadillas parecieron desvanecerse.

No hay nada como cambiar de aires para que se oxigene la mente. Llegamos a Holanda en primavera, en la estación del año cuando los campos están en flor y Holanda está preciosa. Sin embargo yo prefiero el otoño, cuando caen las hojas de los árboles y aparece el girasol. Siempre tengo girasoles en casa para mi cumpleaños que también cae en otoño. Pero aborrezco los campos de girasoles. Crecí cerca de uno y me recuerdan a aquella película tan triste de Vittorio de Sica con Sophia Loren y Marcello Mastroianni, donde Sophia se va a Rusia a buscar a su amado Marcello. Más me gusta el florero de Van Gogh, que está llenito de girasoles aunque se les ve a los pobres un poco mustios.

Llegué a Holanda sin dinero pero con mucho trabajo. Había encontrado un empleo en un hotel a través de la familia del padre de Rosita, que estaban encantados de poder ver crecer a la niña. La familia del padre. Es decir, la madre del padre. Del padre de Rosita nunca más supe nada. El caso es que a veces no es fácil hacerse valer. A veces parece que a una no le queda más remedio que servir de adorno como un girasol. Tuve que hacer malabares para arreglármelas yo sola con todo el trabajo que además me daba Rosita. Es lo que tienen los hijos. Nos llenan de satisfacciones y de trabajo para tener el corazón y la mente bien repletos. Mi padre solía decir que yo daba mucha guerra, yo prefiero utilizar la expresión “dar trabajo”. Creo que lo de “dar guerra” le venía a mi padre de su pasado en Marruecos, cuando era un joven soldado y se tuvo que pasar allí cinco años sin permiso, ni vacaciones, ni nada. Y es que mi abuelo, el padre de mi padre, al parecer había sido rojo durante la segunda república. Y a los hijos de los rojos —como a los rojos en general— había que procurar ponerles las cosas difíciles a ver si aprendían o se morían. A lo mejor si mi abuelo hubiera sido otro, a mi padre le hubieran dado algún permiso o algunas vacaciones. Mi padre fue de los que aprendió y no se murió antes de tiempo. Mi abuelo aprendió a callarse y por eso creo que tardó en morirse.

El caso es que yo salí rebelde sin causa. Sin causa porque de niña no me contaron cómo había sido la historia. La de mi abuelo. Esa la tuve que descubrir yo solita con el tiempo y la caña de pescar los recuerdos ahogados porque se les ató una piedra al zapado para hundirlos bien hundidos y no recuperarlos jamás. Pero yo salí rebelde. A lo mejor aquel médico al servicio de Franco tenía razón cuando aseguró en un artículo “científico” que la “rojez” se heredaba genéticamente… Pero yo no soy roja. Aunque seguramente en tiempos de mi abuelo lo hubiera sido. De mí simplemente decían que era una puta.

Rosita también salió rebelde. Como yo y como su bisabuelo. Pero ella no sabe nada del significado de los colores. ¡Qué va a saber ella! Los colores los utiliza Rosita en una paleta para maquillarse. Quiere ser maquilladora de mayor. Maquilladora de artistas, ¡claro! No una maquilladora cualquiera. Yo le digo “Rosita, estudia y lee, hija, que el tiempo pasa y no sólo de hamburguesas vive la mujer”. Siempre he pensado que no es bueno alimentar la mente con esos programas de la televisión que ella suele mirar. A esos programas yo los equiparo con la comida basura. Pero Rosita no me escucha, debe ser que cada día me parezco más a ese girasol mustio del florero de Van Gogh.

Del pueblo me fui pero volví de vez en cuando. Al principio de irme, fueron bastantes las veces que regresé. En cuerpo y en mente. Con Rosita de vacaciones a visitar a la abuela. A la ventana de la cocina para volver a mirar el campo de girasoles y poco más. Amigas que volver a ver no me quedaban ya allí. Es decir, si es que alguna vez fueron aquellas mis amigas. Amigos varones no tuve nunca en el pueblo. Todos los varones que conocí allí fueron humo de una noche y así pasaron, como humo. El único hombre de mi vida, el padre de Rosita, era un holandés rubio y errante… Nos conocimos en el campo de girasoles al lado de casa. Ese campo que yo contemplaba cada mañana desde la ventana de la cocina a donde él empezó a venir a tomar café con pastas. Luego empezamos a perdernos por ese campo de girasoles.

Cada verano, desde mi huida, al regresar a la casa del pueblo no podía evitar volver a perder la mirada en el campo de girasoles. Era imposible esquivarlo. Estaba ahí al otro lado de la ventana. Seguía igual que siempre, aunque mis ojos hubieran cambiado.

Con el tiempo las visitas al pueblo se fueron haciendo cada vez más esporádicas, entonces mi padre murió y traje a la abuela a vivir con nosotras a Holanda. Ya no hacía ninguna falta volver al pueblo si no queríamos. Pero me quedó una asignatura pendiente. Aquella pesadilla que se repetía una y otra vez desde hacía años cada vez que volvía al pueblo. ¡Qué caramba!

Pasaron los meses y hasta casi tres años y llegó un nuevo verano acompañado de las vacaciones escolares. La abuela decidió que quería darse una vuelta por el pueblo y visitar las tumbas de la familia. Visitar tumbas no me resultaba desconocido. Para mí ir al pueblo significaba también eso, volver a visitar las tumbas. Las reales y las imaginarias.

Rosita se puso loca de contenta. Creo que Rosita era la única que realmente disfrutaba del pueblo. Ella no tenía ninguna tumba imaginaria que le empezase a brotar por la piel como un sarpullido o un virus. Rosita había nacido en el pueblo pero sólo tenía tres añitos cuando me la llevé de allí y luego sólo volvíamos en las vacaciones. Para ella el pueblo significaba sol, piscina, fiestas y largas tardes de verano jugando con otros niños.

Aún conservábamos la casa del pueblo. No por motivos sentimentales sino porque en dos años no la habíamos podido vender y tampoco la queríamos regalar. Se la habíamos alquilado a una parejilla joven, nietos de unos conocidos de mi madre, que habían regresado de la ciudad al campo para vivir de su negocio de productos biológicos. Se la alquilábamos por muy poco dinero, pero al menos estaba ocupada y daba servicio a alguien. Sin embargo era demasiada casa para dos hombres solos. Cuando les notificamos que íbamos al pueblo, ellos nos ofrecieron encantados nuestras propias habitaciones para que nos alojáramos allí durante nuestra estancia. Mi madre pudo instalarse en su antiguo dormitorio, Rosita y yo compartimos mi antigua habitación.

La pesadilla no se hizo esperar. Sólo una noche en aquella alcoba y ¡zas! Ahí estaba la llorona y la horrible mujer del suéter rojo. No pude seguir durmiendo, así que me levanté con sigilo para no despertar a Rosita, tomé mi libro y bajé a la cocina a leer. La parejilla madrugaba bastante para irse a trabajar y a las seis de la mañana me puse a prepararles el desayuno y a conversar con ellos.

—Mi tía vendrá esta tarde a visitaros —me dijo uno de los jóvenes.

—¡Ah! Muy bien —no quise ser grosera pero no tenía ni la más remota idea de quién era su tía.

—Se acuerda mucho de ti. Me contó una vez que ella acostumbraba a trabajar en el colegio donde tú ibas de pequeña. Fue profesora de primaria.

Eso me sorprendió bastante.

—¿En serio? ¿fue profesora de las alemanas? Allí estuve desde los seis años hasta COU… —dije.

—No, no, ese no. Al principio mi tía trabajó en el colegio de jardín de infancia del pueblo. Así que debió ser antes de las alemanas.

—¡Ah! Pues ahora sí que siento curiosidad. Con mucho gusto recibiré a tu tía esta tarde.

El reloj marcó las cinco. La hora de la visita. Yo lo había dejado todo preparado en la salita, menos el café, ese se tenía que hacer en el momento. Mi madre debió abrir la puerta porque yo estaba arreglándome y no oí el timbre. Por las escaleras escuché una animada conversación y algunas risas, cuando entré en la salita vi a mi madre con una señora, era la tía del joven. Su nombre, Matilde, mi madre me informó. Su cara me resultó conocida pero no la pude situar. Era una mujer normal y corriente de unos sesenta años, traje de falda y chaqueta de tergal beis y collar de perlas falsas. Me recordó a una foto de Margaret Thatcher, pero Matilde era más de pueblo. No paraba de hablar de sus buenas amistades. No porque fueran buenos amigos sino por la destacada posición social de los mismos. Parecía querer dar a entender que era una mujer de mundo a pesar de haberse quedado en el pueblo.

—¿Sabes, Rosa? Resulta que Matilde fue profesora tuya cuando tú eras pequeñita —dijo mi madre.

—Sí, eso tengo entendido, pero no recuerdo cuándo ni dónde —dije yo.

—Fue antes de que te lleváramos a las alemanas. Con cinco años empezaste a ir aquí al jardín de infancia —añadió mi madre.

—Sí —dijo Matilde con una enorme sonrisa—, yo acababa de terminar mis estudios y aquel era mi primer empleo… ¡Qué pastas más ricas! Seguro que las han traído del horno de Sánchez, tienen una repostería estupenda —comentó Matilde.

—Así es… Me alegro que le gusten… Me viene a la memoria una anécdota de aquellos días.

Poco había tardado mi madre en sacar a relucir los recuerdos del pasado.

—Rosa, tú no te acordarás porque con cinco años eras muy pequeña y se te habrá olvidado, pero un día nos pegamos un susto de muerte cuando te fuimos a recoger al jardín de infancia y no estabas. Habías desaparecido, esfumado… No aparecías por ningún sitio… A mí me dio un ataque de nervios y tu padre empezó a llamar a la guardia civil… Entonces Matilde apareció en el despacho de la directora contigo de la mano. Te había encontrado dentro de un armario…

—Sí —dijo Matilde—, habías estado jugando al escondite con otros niños y te escondiste muy bien… dentro de un armario… ¡Menudo susto!

Un escalofrío recorrió mi cuerpo. El recuerdo de aquella “anécdota”, como la llamaba mi madre, había dejado a Matilde igual que estaba. No observé ningún cambio de actitud. Ningún temblor, ningún tic nervioso. Nada. ¿Se le habría olvidado? Posiblemente. Era una psicópata. Tenía que serlo para hacerle una cosa así a una niña… ¿A cuántos niños más habría traumatizado?

—Sí, ¡menudo susto! Ya me imagino… y… Matilde, ¿déjeme adivinar? Usted llevaba puesto ese día un suéter rojo ¿verdad?

Silvia C. Herrero
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