XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Gloria y naufragio

sábado 30 de enero de 2016
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Mr. Harold Ferguson contemplaba cómo ante la proa del navío en el que viajaba se iban perfilando las islas de la bahía y la increíble fila de barcos que pretendían embocar el canal. Mientras su mirada se perdía en el horizonte Mr. Ferguson se encontraba sumido en sus pensamientos más profundos: qué cinturón daría el toque final a su atuendo de la noche, si el de cuero de la pampa con su salvaje tono marrón oscuro que hacía resaltar el color crudo del traje de lino elegido, o el negro azabache del cinturón que adquirió el año anterior en aquella guarnicionería de Barcelona. Su duda provenía de la preceptiva cinta negra que rodeaba la copa del sombrero Panamá que pensaba lucir en el aperitivo de la cena de esa noche. El aperitivo sería servido en la cubierta alta del Hope e iba a preceder a la gran cena de despedida del Océano Pacífico que ofrecía la compañía Cook, organizadora del viaje, en honor a sus selectos huéspedes.

No, hombre, no, se dijo a sí mismo Harold, sobrino bisnieto de aquel atildado Mr. Ferguson, mientras contemplaba desde la cubierta alta cómo aquel enorme navío en el que se encontraba se deslizaba bajo el Puente de las Américas. Él, a su vez, deslizaba su mirada sobre la atrayente figura de Alice Cooper, que paseaba por la cubierta inferior intentando mantenerse bien erguida sobre unos tacones que evidentemente le resultaban demasiado altos para su costumbre. En 1867 no había canal ni puente, ni podía haber barcos haciendo cola en la bahía, pensó, aunque sí que seguro había mujeres tan atractivas como Mrs. Cooper, con ese aire de independencia inocente y ese pequeño toque de torpeza que casi obligaba a intentar protegerla a cualquier hombre que se encontrara cerca de ella.

En septiembre de 1867 Mr. Ferguson, junto con su esposa Harriet y buena parte del pasaje del Hope, embarcó en el puerto de Colón en el flamante Caribbean Queen con destino a Inglaterra sin saber que nunca volvería a pisarla.

Harold, el actual Mr. Harold Ferguson, había emprendido el crucero desde San Francisco a Portsmouth en el que se encontraba con el fin de terminar la novela que estaba escribiendo y que recreaba la vida de su antepasado. Un futuro libro que su amigo Henry Caldwell le había prometido publicar. Conocía a Henry desde que eran niños; pasaba los veranos, al igual que él, lejos de Londres, en un cottage vecino del suyo en las colinas de Yorkshire cercanas a Haworth. Los ecos literarios de ese pueblo, donde jugaban los hermanos Brönte cuando su antepasado era un niño, se unían a los intereses comerciales de la familia de Henry, poseedora de una empresa editorial desde la era victoriana. Ese cottage, que ahora pertenecía a Harold, y que con su gris sencillez y su delicioso jardín, mimado por la anciana y encantadora Mrs. Ormond como si fuera suyo, había sido adquirido, precisamente, por aquel Harold Ferguson que ahora protagonizaba su novela y que en septiembre de 1867 tuvo que abandonar el Hope en el puerto de Panamá, una pequeña y coqueta ciudad de aspecto colonial por entonces, con el fin de atravesar el istmo en el flamante ferrocarril construido pocos años antes; una de las mayores glorias de la ingeniería humana como se comentaba en los exclusivos círculos londinenses que él frecuentaba.

El actual Harold Ferguson, hombre de mediana edad, modales elegantes y seductora sonrisa, se había sentido muy interesado desde hacía bastantes años por ese antepasado al que debía las comodidades de las que disfrutaba desde siempre. Conocía bastantes detalles de su vida gracias a lo que había pasado de boca en boca a través de las generaciones de su familia. Creía, además, conocerle personalmente gracias a las abundantes cartas que había dirigido a su mujer y algunos escritos nunca publicados que él había heredado junto con la casa en la que transcurrieron sus veranos juveniles. Sus escritos no epistolares consistían en una colección de aforismos, género que él parecía considerar de buen tono según palabras del abuelo Edward, que contenía piezas de tan elevada insustancialidad como “el tacto de los guantes de cabritilla es el de la suave piel de la mujer amada”. El estilo pulcro y frío de las cartas dirigidas a su mujer revelaba que la falta de sustancia de sus aforismos era fiel reflejo de la que parecía definir toda su persona. Había dedicado su no muy larga vida conocida a amasar una fortuna proveniente de negocios un tanto oscuros en las colonias, lo que le había obligado a, o permitido, viajar por medio mundo, no siempre acompañado de su bella y sumisa esposa, una conquista, según contaba la tradición familiar, realizada gracias a su habilidad de conversador infatigable, entretenido y nada comprometedor. Por suerte para el actual Harold, el antiguo Mr. Ferguson no había tenido hijos con la hermosa Harriet, su paciente esposa; de esa forma sus propiedades pasaron en herencia a sus dos sobrinos, uno de los cuales se convertiría, andando el tiempo, en el abuelo Edward. Esta circunstancia redundaba todavía hoy en beneficio de la ociosa vida de Harold. Pero además de estos datos, que con un poco de buen hacer e imaginación podrían convertirse en la primera novela del seductor y educado Harold, existía el caso de su sorprendente desaparición.

El crucero atracó en el puerto de Panamá con el fin de pasar la noche antes de enfrentarse al día siguiente, tras la visita a la ciudad y el almuerzo, a la estrella del viaje: atravesar el continente gracias a otra gran gloria de la ingeniería humana: el canal de Panamá. Harold dedicó la cena a sus habituales acercamientos disfrazados de pasión a la persona de la encantadora Mrs. Cooper, secretaria en una conocida firma comercial de San Francisco, quien le correspondía con unas tímidas y ambiguas sonrisas delatoras de su falta de experiencia en los escarceos del mundo del lujo.

El día siguiente desveló un cielo despejado tras uno de esos rápidos y definitivos amaneceres tropicales. A lo largo de la mañana se fue cubriendo de espesas nubes, mientras el pasaje recorría la irregular ciudad con sus pequeños encantos, sus brutales rascacielos y su extraordinaria mezcla de razas en convivencia tan natural como sorprendente para el observador Harold. Tan natural era que parecía la consecuencia, pensó Harold, de que parejas humanas de todas las razas posibles hubieran sido elegidas para ser salvadas por una imposible arca de Noé, y el diluvio universal hubiera dejado a la mítica nave ante la hermosa bahía hoy arrasada por eso que el antiguo Mr. Ferguson habría llamado progreso. A su vuelta al navío, durante el almuerzo, las amenazas celestiales descargaron una auténtica catarata de agua templada sobre la ciudad, justo mientras Harold compartía su mesa con Mrs. Margaret Devereau, una pequeña mujer de edad indefinida, investigadora literaria según ella misma se presentaba, que tenía la propiedad de aparecer y desaparecer como por arte de magia en la vida de Harold en el buque. Con esta curiosa mujer se podía mantener una interesante conversación siempre que se le permitiera acotar cada una de sus afirmaciones con alguna expresión del tipo “eso podría ser un buen argumento para un asesinato”. En el momento de servir el postre el enorme y blanco barco comenzó a moverse alejándose de la ciudad; dejaba atrás sus dos cascos viejos separados por una selva de torres acristaladas que respetaban San Felipe, el más moderno de ambos, pero que a duras penas dejaban hueco suficiente para la supervivencia de las ruinas del más alejado del canal, Panamá la Vieja, la primera ciudad de Panamá, aquella que, como había estudiado Harold, el llamado pirata Morgan por los panameños, o almirante Morgan por sus compatriotas británicos, había saqueado o conquistado, dependiendo de quien contara la historia.

Las aguas mansas y rotas por el buque iban perdiendo anchura a medida que crecían las paredes vegetales que las ceñían. Su oscuro, vivo y amenazador verde parecía poseer un fuego interior causante de las espesas nubes de vapor que se levantaban hacia el cielo cada vez más claro.

Las ensoñaciones del solitario Harold, que acompañaban su paseo por cubierta y deambulaban como las nubes de vapor, fueron interrumpidas por el bronco sonido de una sirena que avisaba de que el barco había sido encajado en la primera esclusa y comenzaba su casi imperceptible ascensión hacia el nivel de las aguas dulces del canal. A ambos lados de Harold se podía percibir en sus compañeros de viaje la emoción que les producía esta ascensión antinatural, tan humana, en el corazón de una selva que soporta y ataca día a día esa herida centenaria que tiene algo de pesadilla naturista. La emoción que sentía Harold estaba alimentada por aquel libro que en su niñez le había regalado la tía Daisy, la simpática soltera de la familia, y que definía estas piscinas transportadoras en las que ahora se encontraba sumergido el buque en el que viajaba como una de las maravillas del mundo. El novelista en ciernes no deseaba que su emoción se viera afectada por su derecha con alguna afirmación práctica, sugerida por Mr. Alfred Hudd, un acaudalado industrial de Atlanta que estaba situado en esa posición, con su absoluta y simple satisfacción material. Dirigió su mirada hacia su izquierda y se encontró, tan mágicamente como siempre, con la presencia de Mrs. Devereau, quien le dirigió su característico “este es un buen lugar para cometer un asesinato” mientras agitaba su mano con simpatía en dirección a la barahúnda de turistas que disfrutaban contemplando el paso del enorme buque por aquella húmeda escalera. Harold se había documentado muy bien antes de emprender el viaje y conocía muchos detalles de los lugares que atravesaban estas aguas mercenarias, pero su orgullo sucumbió ante la detallada y bien documentada disertación que sobre el funcionamiento de los desagües de las esclusas le propinó Mrs. Devereau mientras terminaba la maniobra de ascensión. Harold, a pesar del placer que siempre le producía la charla con la aguda y entretenida señora, había tenido que reconocer, ya en las costas de Méjico, que Mrs. Devereau le inquietaba un poco porque, sin permitirse nunca romper la habitual reserva de Harold en cuanto a su propia vida, parecía saberlo todo acerca de él mientras desgranaba sus opiniones, aportaba datos y se refería a los posibles asesinatos que podrían suceder en los lugares más inverosímiles.

El navío se dirigía, arrastrado por los remolcadores del canal, hacia la esclusa de Pedro Miguel, coronada por el moderno puente del Centenario, una de esas obras a las que se destina el presupuesto de países cuya población tiene necesidades más urgentes que podrían ser atendidas por los dineros invertidos en dispendios tan llamativos como ese puente, según pensaba Harold, convertido en esos momentos en teórico del desarrollo igualitario tras la mágica desaparición de Mrs. Devereau. Su bonhomía solidaria se vio interrumpida por la visión de los más que atractivos perfiles de Mrs. Cooper, cuya mirada estaba clavada sobre los de un marinero ocioso que debía parecerle a ella poseedor de unos perfiles tan sugestivos como a él le resultaban los suyos. Así que carne es lo que quiere la tonta esta, pensó Harold, abandonando en su interior su proverbial educación, y se retiró a descansar a su camarote mientras se repetía de nuevo la maniobra de ascensión del barco por última vez. Quería estar despejado para lo que venía después.

El crucero pasó tras la magna e injusta obra del puente para enfilar el tramo más estrecho del canal y que más vidas se había cobrado en la larga construcción de las glorias de la ingeniería pero que, sin embargo, tenía una curiosa denominación, incluso parecía contener un punto de humor: el Corte Culebra. Harold quería tratar en su novela la vida de los pioneros que en aquel siglo XIX tan cercano y tan lejano estaban dispuestos a llegar al último rincón del mundo para domesticarlo con las grandes obras de la civilización, de origen europeo por supuesto, y que fueron atacados por una naturaleza fuerte y en plenas facultades que se defendía con uñas, dientes, enfermedades y dureza extrema porque todavía no estaba debilitada por los herederos de aquellos pioneros que acabaron definitivamente con su fuerza y juventud en el siglo siguiente. El Corte Culebra fue y es un profundo tajo que se practicó a base de muerte y pólvora en los pequeños montes que son la continuación del gran espinazo montañoso que recorre todo el oeste de las américas. La sensibilidad de Harold, un tanto controlada y encauzada, como las aguas del canal, por su fácil y ordenada vida, se vio afectada por el peso de la lucha desigual entre hombre y naturaleza que representaba ese paso que ahora recorría orgulloso el moderno barco en el que viajaba. Sabía que a continuación le esperaba la visión del lago que alimentaba las aguas del despropósito, desde el punto de vista geográfico, que recorría; pero antes de entrar en él pudo ver, cuando las paredes del tajo desaparecieron sustituidas por la visión de una selva infinita que se perdía en lejanos horizontes montañosos, el paso del ferrocarril que en ese tramo corre paralelo al canal y que hacía más de un siglo llevaba en su interior las que parecían ser las últimas vivencias de Mr. Harold Ferguson, aquel ser lejano y familiar que se había convertido en el motor de su vida.

El lago Gatún se mostró ante Harold en toda su magnificencia y apabullante humedad, de un salvajismo que no parecía controlado por ningún humano. El escritor que había en él se sintió aliviado ante la perspectiva de no verse obligado a describirlo en su novela. En 1867 no existía, su lugar lo ocupaba una espesa selva entre pequeñas montañas que encauzaban el inmenso caudal del río Chagres hacia el mar Caribe, el caudal que hoy alimenta las oscuras y brillantes aguas del lago. ¿Con qué palabras, se preguntaba Harold, podría describir aquel cúmulo de agua cuyos recortados límites estaban ceñidos y desdibujados por una selva que parecía estar a punto de dar a luz la propia vida, la esencia vital de la que estamos hechos? Quizá podría describir lo que veía, pero ni agotando todas las palabras del diccionario en torno a la humedad podría dar a entender la sensación de estar viviendo dentro del agua, como un pez privado de agallas, sin saber dónde terminaba su transpiración y comenzaba la de la selva, la de la irregular y pulida lámina de agua, la del cielo, la de sus ideas. Todo era humedad, cálida humedad, como si hubiera podido penetrar en el caldo primigenio que en épocas remotas había dado origen a la vida, seguramente inmerso en un radical silencio. Sobre el lago, en cambio, el silencio, que pesaba más que las conversaciones de los viajeros, estaba puntuado por ruidos de animales indiferentes a la gloria de la ingeniería que les da cobijo y les ha arrebatado su tierra.

Harold, sumido en sus sudores y pensamientos, despertó como de un sueño que parecía haber sido soñado por otro, gracias al sonido de la sirena que avisaba del inicio del descenso por las esclusas que desaguan el lago en el mar Caribe. La noche caía rápidamente y pudo distinguir a lo lejos las débiles luces de la ciudad de Colón. Mrs. Devereau se apartó de Mr. Hudd, con quien mantenía una animada charla, el tiempo justo para susurrar a Harold con su voz un tanto agria y firme que “allá en Colón hay demasiados asesinatos, no es un buen sitio para cometer uno nuevo” antes de volver de nuevo con su interlocutor y lanzar a Harold una mirada de complicidad que le devolvió sin transición a sí mismo y su lejano pariente. Uno de los escritos del antiguo Mr. Ferguson estaba dedicado a la ciudad en la que terminaba el ferrocarril transístmico; en ese escrito describía con agrado una pequeña ciudad caribeña que le recordaba el esplendor de otra que conocía bien, La Habana. Pero bien sabía Harold por sus lecturas que esta pequeña Habana ni siquiera poseía ya el sabor de la decadencia que algún día hará renacer a la perla cubana. Ese enclave caribeño no es más que una herida abierta recorrida por unos gusanos llenos de dignidad, sus habitantes, pero atacados por la visible ruina de sus casas y edificios públicos, y corroborada por los baches y la desidia generalizada que convierten algunas calles en lugares peores que cochiqueras recién abandonadas.

En septiembre de 1867 Mr. Ferguson, junto con su esposa Harriet y buena parte del pasaje del Hope, embarcó en el puerto de Colón en el flamante Caribbean Queen con destino a Inglaterra sin saber que nunca volvería a pisarla.

A unas pocas millas de la costa se levantó un vendaval, provocado por la cola de un huracán que arrasó el norte del Caribe, de tanta fuerza como nunca se había visto en ese istmo respetado desde siempre por las inclemencias extremas de la naturaleza. Tras una terrible lucha el Caribbean Queen fue destronado y tragado por las aguas; sus pasajeros tuvieron que enfrentarse al mar hacinados en botes salvavidas. Transcurrieron muchas horas y, cuando el viento y las olas amainaron, los pescadores de la cercana Isla Grande con sus cayucos fueron a ver si aquel punto que había desaparecido en el horizonte necesitaba ayuda. Todo el pasaje y la tripulación se salvaron gracias a ellos, incluso Harriet, que se había visto separada de su marido en el fragor de la batalla con los elementos. Pero Mr. Harold Ferguson, cuando todos los supervivientes fueron reunidos en la playa que los acogió, no apareció por ninguna parte. Nunca apareció, ni entre los restos del barco hundido, ni en las aguas cercanas a la isla y al continente. Fue muy extraño, era un hombre fuerte y buen nadador. Todos asumieron con el tiempo, incluso la desconsolada Harriet, que había sido designado por el destino para cobrarse su vida.

Mecido por las aguas que habían hecho desaparecer a su antepasado, Harold imaginaba, soñaba, que Mr. Ferguson, apartado de los demás por el golpe de un deseo oculto, fue recogido por un cayuco que no procedía de Isla Grande, sino de una de aquellos cientos de islas que se encuentran a levante, al borde del Darién, el agujero negro y selvático que aún hoy es un lugar donde sólo penetran los indios y los guerrilleros. Que fue recogido por un indio porque su piel blanca y su claro pelo hicieron pensar al hombre que había salido a pescar con su barca que era como uno de esos seres albinos y mágicos que, de cuando en cuando, nacían en su pueblo y que en las noches sin luna son capaces de convocarla para iluminar sus vidas. Y Harold supo que aquel hombre insustancial quiso llenarse de la sustancia que le ofrecieron aquellas gentes cuyos deseos de paz les habían hecho huir de la selva y ocupar las pequeñas islas para dedicar sus vidas a pescar, a recolectar cocos, a tejer, a tallar y a hablar con sus muertos. Harold supo que, andando el tiempo, aquel hombre se unió a una de las pequeñas indias de mirada inteligente y que, incluso, procreó algún otro ser de la luna, como era él mismo.

Harold sintió que respiraba mejor, que entraba en sus pulmones más aire del que nunca lo había penetrado. No le importaba saber que tenía una enorme tarea por delante, que le quedaba reformar toda su novela para incluir en ella la auténtica vida de Mr. Harold Ferguson, el ser de la luna, aunque quizá Henry ya no quisiera publicarla, pero eso ya no le importaba. Se retiró hacia su camarote para dejarse llevar por la dulce somnolencia que notaba se había apoderado de su cuerpo. En un pasillo creyó oír unos suaves e inconfundibles gritos y el sonido de unos tacones que caían al suelo. Se encogió de hombros y, en ese instante, apareció tras un recodo la pequeña figura de Mrs. Devereau que, al cruzarse con él, le sonrió con simpatía al tiempo que le guiñaba un ojo.

Alfonso Blanco
Últimas entradas de Alfonso Blanco (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio