Simón tenía como veinticinco años y medía casi dos metros de estatura. A simple vista se le veía normal, robusto y sano. Tal vez se le podía calificar de un hombre ensimismado, solitario o tímido, jamás de enfermo.
Era hijo de la señora María Teresa, nuestra nueva vecina.
Su mamá nos dijo que era un niño especial. Un niño pequeño metido en un cuerpo de hombre muy grande. Los conocimos el mismo día de nuestra llegada al vecindario. Llegamos cargados de planes y metas para una vida mejor. La señora María Teresa se acercó con él de la mano, a ofrecernos una tacita de café con galletitas de chocolate para darnos la bienvenida.
Mi esposa Diana y yo habíamos comprado una casa austera y bonita, en ese vecindario medio campestre ubicado en las afueras de la ciudad. Aprovechamos que estaba a buen precio y quedaba en la vía de mi nuevo trabajo como redactor de sucesos en un periódico local. Estábamos encantados con la idea de una nueva vida en la provincia, más tranquila y descansada.
Nos pareció que doña María Teresa era muy amable y aceptamos su café con mucho gusto. “Este es mi hijo Simoncito”, nos dijo mientras nos ofrecía el café. Simoncito, callado y solitario a su lado, tenía una mirada de niño ausente que venía de unos ojos infantiles que parecían puestos por equivocación en esa cara de hombre.
Más tarde le diría a mi esposa: “De verdad que es un niño grande”, y ella me haría el siguiente comentario, al que no le di en su momento mayor importancia: “Sí, es un niño lindo muy crecido”. Ese día del recibimiento la señora María Teresa dándose cuenta de nuestra fascinación e interés por Simoncito nos contó: “Se quedó niño para siempre, a los ocho años le dio una fiebre y después se quedó así, calladito. Mi Simoncito creció desconectado del mundo”. También nos dijo que era muy buen muchacho, educado y tranquilo. Nos refirió como algo curioso que Simoncito a veces tenía retornos inesperados y entonces no paraba de hablar, pero lo hacía en un lenguaje que sólo él entendía: “Yo lo escucho con educación no vaya a ser que crea que no me importa. Él habla y habla y habla, hasta que después como si se le acabaran las pilas enmudece como ahora. Se los cuento para que no les tome por sorpresa por si algún día le vuelven las ganas de hablar delante de ustedes y para que me hagan el favor de escucharlo con educación”.
No sucedió sino hasta la séptima noche de nuestra llegada. Simoncito de pronto se acercó a nuestra casa, me pasó por un lado sin mirarme, entró a la cocina donde mi esposa me preparaba la cena y comenzó a hablar.
En efecto, no era un lenguaje conocido y descifrable. Eran sonidos que no lográbamos entender, pero que capturaban nuestra atención de una forma ilógica y antinatural. Recuerdo que mi esposa se quedó mirándolo absorta y yo la imité, al principio más por curiosidad que por verdadero interés en saber qué decía, y menos por educación, como nos había pedido su madre.
Simoncito gesticulaba, subía y bajaba la voz, asentía, señalaba algo invisible en el espacio, reía a carcajadas y volvía a enseriarse para enfatizar algo en esas palabras incomprensibles, pero que me parecían, a juzgar por la expresión de su rostro, con una gran coherencia y firmeza.
Empecé a sentirme mareado y una fatiga extrema se apoderó de mi mente y de mi cuerpo. De pronto hizo silencio. Mi esposa atónita, como conectada con cables invisibles a la mente de Simoncito, ni parpadeaba, entonces sucedió.
Se acercó a ella, la desnudó en mi presencia de la cintura para abajo y le hizo el amor, de pie, recostada de la pared de la cocina, donde ella minutos antes preparaba mi cena. La poseyó con fuerza y una maestría propia de un amante experimentado. Vi cómo el rostro de Diana cambiaba de expresión, pasaba del desconcierto al asombro y después al placer y regocijo, todo en minutos para mí incontables y vergonzosos.
Yo estaba paralizado, pero tenía plena consciencia de lo que estaba pasando. Como suspendido por una fuerza irresistible que no me dejaba actuar, apenas podía creer lo que estaba viendo. No logré articular palabras ni movimiento alguno. Mi cuerpo no me obedecía. Todo fue tan rápido, que apenas puedo volver en la mente sobre esa primera vez y no termino de hilar con exactitud y coherencia lo que en realidad pasó. Bastaron unos pocos minutos, a lo sumo diez o doce, que me parecieron eternos. Después, con la misma calma y maestría con que la desvistió la volvió a vestir, se guardó el miembro, ahora satisfecho, se tocó el ala de su sombrerito a modo de despedida y se marchó. La señora María Teresa lo esperaba en el jardín. Vi desde la ventana cómo le sonreía y acompañaba dentro de su casa. Nos quedamos mudos. Diana y yo teníamos vergüenza de mirarnos, incómodos el uno con el otro. Me temblaban las manos y sentía un barullo descomunal en la cabeza. Sentí que mi sangre luchaba por descongelarse en mis venas. Ella se alisó el cabello y yo me aclaré la garganta y me dirigí a la nevera a buscar un vaso de agua, que no pude tomarme. Autómata, incapaz de hilvanar un solo pensamiento, me senté en mi viejo sillón a fingir que leía. No pude hablar en toda la noche. Diana volvió a sus quehaceres como si nada, terminó mi cena y la sirvió, la juzgué impávida. Simulamos comer, ambos en silencio.
Esa noche la sentí inquieta en la cama, desvelada. Yo tampoco podía dormir, quería hablar con ella de lo sucedido, quería encontrar alguna explicación que justificara lo absurdo del acontecimiento, con ella, conmigo, con aquel extraño que me había violado la mujer en mis narices sin que yo hiciera nada, sin que ella gritara, sin que se resistiera. Buscaba desesperado alguna lógica que me ayudara a entender mi apatía y su complacencia. Me atormentaba esa expresión de su rostro satisfecho cuando el infeliz la penetraba y sobre todo sentía rabia y vergüenza contra mí mismo, pero no podía ni sabía expresarla. Aunque parezca inverosímil, ya tarde, en la madrugada, me dormí sin hablarle. El desconcierto era una camisa de fuerza que me envolvió de la cabeza a los pies. A pesar de lo poco que dormí, tuve un sueño tranquilo y reparador. Aunque al abrir los ojos mi ánimo seguía confundido, me levanté descansado.
Ella no estaba en la casa. Me había dejado una nota pegada en la nevera. “Estoy dando un paseo”. Sentí un hoyo en el estómago más por el desconcierto que por el hambre. Salí. En el jardín de la casa de al lado, la señora María Teresa alimentaba a Simoncito, le daba una especie de atole con un olor intenso a canela y clavo de especies que me hizo salivar. Me saludó con la misma sonrisa de resignación con la que me lo presentó el primer día y me dijo: “Aquí con mi cruz”, mientras introducía una cucharada en la boca inerte de Simoncito. Lo vi indefenso, ausente, desamparado. En ese momento me vino la idea: lo había soñado todo, tenía que ser así. Me sentí alegre. Unas ganas de reírme de mí mismo y una emoción inusitada me hicieron acercarme para ayudar a alimentarlo. Un alivio tremendo guio mis pasos. “Hoy amaneció más lejos que nunca”, dijo su madre.
Cuando Diana regresó apenas nos saludó con la cabeza y pasó de largo a nuestra casa. Quería contarle del extraño sueño pero me arrepentí en el mismo momento, así que me senté en la puerta de la sala a esperar mi desayuno, mirando el jardín con una tranquilidad sin límites y un agradecimiento eterno a Dios por mi vida. Escuché que Diana cantaba en la cocina y me alegré por ella. Le mejoró el ánimo estar lejos de la ciudad.
La segunda vez fue justo en la tercera semana de habernos mudado. Un domingo en la mañana. Diana estaba sentada en el suelo haciendo surcos en la tierra para sembrar unas semillas de girasol que le había regalado la señora María Teresa. Simoncito llegó con determinación. No se parecía al muchacho que necesitaba ser guiado del brazo por su madre para que caminara. Se sentó frente a Diana. Yo me puse en guardia, sin entender por qué, como esperando algo. Al principio sólo miró lo que hacía Diana. Ella lo trató con ternura como quien recibe a un niño pequeño, lo invitó con un gesto a acercarse más, mientras le mostraba las semillas y el abono: “v a m o s a s e m b r a r e s t a s s e m i l l a s, n a c e r á n f l o r e s”, le dijo lentamente para hacerse entender. Él no respondió y la observó curioso como si fuera la primera vez que la viera. Yo los miraba a los dos desde mi sillón esperando no sé qué, un indicio, algo de lo sucedido en mi sueño. Transcurrieron como veinte minutos o más. Diana le mostraba y describía lo que hacía remarcando cada silaba como si así lograra alguna conexión con aquella mente ausente que la observaba desde su soledad.
Me había convencido de lo irracional de mi desconfianza con aquel pobre muchacho, cuando escuché los primeros sonidos. El corazón se me aceleró y la sangre se me fue a la cabeza. Agudicé los oídos y la mente tratando de comprender algo de lo que decía. Nada. Parecía un idioma ininteligible, sonidos indescifrables hilados por un péndulo que entraba y salía de mi cabeza. Códigos alienígenos que cada vez me turbaban más. Quise ir al jardín y apenas me incorporé, sentí algo extraño dentro de mí, una fuerza inexorable me detuvo justo antes de llegar a la puerta. Me quedé ahí, mirándolos a ambos, presagiando lo que seguía. Me sentí inútil, perdido, inerme. Abracé el periódico y me resigné a contemplar la escena.
Esta vez fue ella quien se le ofreció. Se desnudó sin un hálito de pudor. Él empezó a acariciarla, con las manos, con la lengua. La relamía con una furia golosa mientras ella se retorcía de placer, revolcándose en los surcos y las semillas de girasol.
Detallé todos los movimientos, como grabando en mi mente cada acción. Me sorprendían ambos; él con su cara de infante crecido, con su mente de niño en ese cuerpo ajeno. Ella, que no era la hembra apasionada con la que yo soñaba, ahora mostraba una fogosidad desconocida para mí. Empecé a sudar a borbotones.
Sentía que la sangre se había ido de mis venas y convertida en sudor salía como un chorro en todo mi cuerpo. Sentí un dolor inmenso, una lanza que se clavaba en mi virilidad humillada hasta asegurar su muerte.
Sacudí la cabeza tratando de volver a la realidad, tratando de rescatar la cordura, oculta en algún lugar de mí. Seguí inmóvil, tenía los ojos abiertos pero me sentía como dormido, con la conciencia alterada. Tuve que recostarme de la pared para no caerme, ahora lo recuerdo.
No sé cuánto tiempo transcurrió. ¿Cuántos minutos pasaron? ¿Cinco?, ¿Diez? ¿Tal vez veinte? No lo sé.
Lo primero que viene a mi memoria es un dolor agudo en los ojos. Es el mismo dolor que sentía cuando era niño y jugaba con Daniel, mi hermano mayor, a retenerle la mirada sin pestañar. Siento los ojos fríos y las lágrimas entumecidas. A pesar de mi esfuerzo, él siempre ganaba. Recuerdo mi orgullo infantil herido y una especie de resignación a perder que me ha acompañado toda la vida.
Sentí el cuerpo pesado como si me fuera a dar gripe. Rememoro las escenas: estoy en mi sillón, en una especie de duermevela. Qué raro, he soñado de nuevo con el mismo tema absurdo y, a pesar de saber que no es cierto, tengo la misma angustia de mis pesadillas infantiles, pero esta vez mamá no puede acudir a rescatarme, me quedo inmóvil esperando que se vaya la congoja, mientras termino de despertarme.
Ese día transcurrió tranquilo, lento y reposado, como corresponde a un domingo. Diana terminó de sembrar sus semillas y después del almuerzo me invitó a dar un paseo. Estuvo feliz, conversadora, parecía otra. Yo por mi parte me sentía lerdo y torpe, definitivamente me iba a dar gripe. Apenas la escuchaba, aunque a ratos me dejaba llenar de esa vitalidad y sumiso, me incorporaba a sus planes de remodelación y cambios en nuestra casa. No quería contrariarla.
Esa noche, al quitarse la ropa, noté que una semillita de girasol se encontraba adherida a uno de sus muslos. Parecía un tatuaje pequeñito, casi imperceptible. La observé enamorado igual que la primera vez, hace cinco años. No sé por qué, pero extrañé su actitud pudorosa de entonces.
Esta vida lejos de la ciudad, plena de sonidos naturales, ha despertado mi idilio creativo. Siento que nuestros días son largos y tranquilos. Me siento feliz, sé que ella también.
Diana me recibió con la noticia justo al mes y medio de habernos mudado. Para mí fue el mejor día de todos. Me llevó la mano hasta su vientre: “Vas a ser papá”, me dijo. La abracé y ambos lloramos. Los tratamientos infructuosos por los que habíamos pasado habían quedado atrás. Su médico tenía razón. La paz de la provincia y olvidarnos del tema habían sido la mejor medicina.
La señora María Teresa y Simoncito estaban en casa. Ella preparaba una torta y me sonrió desde nuestra cocina. Él, sumido en su silencio, no pareció enterarse de mi presencia. Lo miré lejano. Indefenso. Solitario. Pensé en un nombre para nuestro hijo.
“Simoncito” forma parte del libro de cuentos Mientras la soledad, publicado por Lector Cómplice (Caracas, 2013).


