XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Pospongo la alarma

viernes 17 de junio de 2016
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Lunes

Pospongo la alarma pese a que tengo ganas de levantar de un salto de la cama. Dejo los ojos entreabiertos mientras siento pasar los minutos y voy tomando consciencia de que estoy despierto. Todo empieza a cobrar ese tinte de realidad. El peso de la gata durmiendo al lado de mis pies, la respiración de ella a mi izquierda. El frío, aunque leve, que entra por el resquicio que hay abierto en la ventana. No dejo a la alarma volver a sonar. Cojo el móvil y la quito. Me pongo los calcetines y me levanto. Salgo de la habitación. Voy al baño. Me lavo la cara. Echo una meada larga. Me pongo la bata. Después recojo el sofá-cama. Abro las cortinas. El pájaro despierta, silencioso aún. La gata me roza las piernas con el rabo erizado y soltando pequeños maullidos que suenan como quejidos.

—¿De qué pollas te quejas tú? —le digo.

Tengo la sensación de que somos intercambiables. Como una rueda de engranaje. Que un día podría despertarme siendo él y nadie notaría la diferencia.  

Después me dirijo a la cocina y enciendo la sandwichera. Abro la nevera y saco el pan, el tomate y el queso. Rallo tomate y meto el pan a la sandwichera. Al tomate le añado sal, ajo y pimienta. Me doy la vuelta y al hacerlo noto la bata rozarse contra los cajones. Cojo dos tazas, les echo agua y las pongo en el microondas. Dos minutos. Saco el pan. Le echo tomate y queso. Mientras termina el microondas saco una lata de mousse de atún a la mitad que hay en la nevera. La gata apenas tarda dos segundos en ponerse como loca. Se roza contra mis piernas y emite quejidos de satisfacción. Le pongo la mousse en su platito y se la bajo al suelo, al lado de la taza del pienso y la taza del agua. El microondas termina y saco las dos tazas. Les añado café y sacarina y las pongo en la mesa. Vuelvo a la cocina a por las tostadas y también las pongo en la mesa. Lo bueno de vivir en un apartamento con una sola habitación y una cocina-comedor-sala de estar es que no necesito moverme mucho para hacer las pequeñas cosas de todos los días. Voy al cuarto y la despierto. Le doy un beso y le digo que ya está el desayuno. Desayunamos juntos viendo el informativo y salgo de casa. Voy poniéndome los cascos de camino. La mochila está torcida y me golpea un poco el portátil en los riñones, al lado izquierdo. La agarro del asa izquierda y tiro hacia abajo hasta que la mochila deja de estar torcida. La sujeto en esta posición mientras escojo la música con la mano derecha. Para empezar pongo “Mi nombre es Yo” y dejo el disco al que pertenece. Voy subiendo por Santa María la Blanca a pasos rápidos. Llego tarde a la oficina pero eso no es relevante. Siempre llego tarde, ya sean cinco minutos o treinta. Pronto estoy en San José y veo el chino a lo lejos. Giro a la derecha y bajo rápidamente. Pronto la canción llega a su punto álgido y ya voy susurrando por la calle “no es por mi gente, lo hago por mí” mientras acelero el ritmo y camino más rápido. Cuando la canción acaba estoy terminando de cruzar la Plaza de la Alfalfa y girando hacia la derecha por Pérez Galdós. Prosigo mi camino mientras paso la música. No me apetece escuchar más Hamlet. Pongo el modo aleatorio y voy casi saltando un poco mientras en los cascos suena “That’s Coke!”. Antes de darme cuenta Regina se convierte en Feria y dejo el Carrefour Express atrás. En un cruce intercambio una sonrisa que no es sino un implícito guiño con dos chavales de mi edad, o poco más, que esperan en un portal fumando un cigarrillo con los pantalones del trabajo ya puestos y cubiertos de pintura. Sigo caminando y a mi derecha veo a una chica, también de mi rango de edad, fumándose un cigarrillo a la puerta de un bar vacío. Pienso en cuánto hace que habrá abierto y en cuánta gente habrá entrado al bar desde entonces. Teclea en su móvil a un ritmo veloz. Me marcho con una sonrisa y en mis cascos la canción cambia y se convierte en “Nuevos planes, idénticas estrategias” de Nacho Vegas. La paso. Y la siguiente. Dejo “Bici contra coche” de S Curro aunque la tengo un poco quemada. Cuando paso por al lado del mercado veo a la gente sacando cajas de los camiones, o montando el puesto o simplemente fumándose un cigarrillo con cara de pesadumbre apoyados contra la pared. En especial miro a un tío que debería tener mi edad, o puede que alguno menos, que lleva un gorro y un chándal. Está apoyado en una mesa mientras mira a su alrededor con cara de aburrimiento y queja. Fumando un cigarro a caladas muy profundas para estas horas. Como si la hora que debe llevar despierto hubiese sido suficiente para minar la poca voluntad que tenía. Le veo la cara del fumador que lo deja a mediodía y arroja el paquete de Marlboro a la basura y cuando llegan las seis de la tarde está sacando un paquete en el bar de debajo del trabajo con cara de “y qué cojones importa”. También le veo pinta de no haber salido de casa en pijama porque está demasiado mal visto, en caso contrario ahora mismo ese chaval iría con pijama y zapatillas de deporte. Intercambiamos sonrisas y pienso en que podría ser yo. Pero no ese “podría ser yo” falso de, “podría ser yo si hubiese nacido en” o “podría ser yo si mis padres no fuesen tal” o “si no hubiese hecho tal cosa que hice”. Es ese “podría ser yo” auténtico. Podría ser yo. De hecho por unos instantes estoy seguro de que si hablase con él me daría cuenta de hasta dónde tengo razón. Tengo la sensación de que somos intercambiables. Como una rueda de engranaje. Que un día podría despertarme siendo él y nadie notaría la diferencia. Pero la sensación se pasa porque llego a la puerta de la oficina. Suspiro. Vamos a por el Lunes.

 

Martes

Pospongo la alarma. No me puedo creer que sea hora de levantarse. No quiero. Cada célula de mi cuerpo me grita que no quiere levantarse. Que para qué. Que soy un mierda. Que me sigo levantando todos los días, así que, ¿de qué sirve entonces que yo me crea en posesión de la Verdad con v mayúscula si luego no actúo en consecuencia? Si la vida es levantarse para trabajar para pagarse el ataúd, entonces… ¿para qué me levanto? ¿No me estoy traicionando a mí mismo y a todo en lo que creo al hacerlo? Vuelvo a posponer la alarma. Me giro en la cama. Ella duerme. Me giro hacia el otro lado de nuevo. Me gustaría levantarme, vestirme rápidamente, hacer café (mucho) y ponerlo en un vaso de papel grande, hacer un gran y cargado porro y largarme así al trabajo. Después parar en un parque a fumar y ver a la gente pasar mientras tomo el café, observarles y después marchar al trabajo. Pero no hago eso. Ya no soy esa persona. No podré controlar mi mala sangre y mis cambios repentinos de humor pero sí que puedo controlar el que me afecten. Este pensamiento me hace apagar la alarma la próxima vez que suena, incorporarme de la cama y mandar a tomar por culo a todo lo que grita dentro de mí que no me levante. Voy al baño. Salgo con la bata. Recojo el sofá-cama. La gata me sigue. Abro las cortinas. El pájaro se despierta y estira sus alas y sus patitas sin hacer ruido ni silbar. Eso vendrá después, cuando yo me haya ido. La gata no para de rozarse contra mí. La cojo en brazos y le soplo la cara. Eso la mosqueará y me dejará tranquilo un rato. Hago las tostadas. Hago los cafés. Los pongo en la mesa. Miro el reloj. Voy tarde, más que ayer. Me cago en mi puta vida. Tengo ganas de gritar. De asomarme al patio de luces y gritar a los vecinos que no son más que un puñado de fragmentos que osan llamarse un entero. Pero que no. No son más que fragmentos juntos, lo cual no quiere decir que formen un entero. Me gustaría tener un saco de boxeo por casa, o mejor, un punch-ball de esos. Ahora le daría unos cuantos golpes. Pero siempre me ha parecido muy de chico de barrio que es carne de reformatorio (o de Hermano Mayor), incluso para mí. Llamo a Vane. Desayuno rápidamente sin atreverme a mirar la hora. Apenas miro el informativo. Ni a ella. Le doy un beso y me marcho. En mis cascos suena “El Lehendakari” de MDE y voy a toda prisa mientras canto la letra con fuerza en mi cabeza y me imagino que se la estoy casi gritando a la gente a la cara. Cuando llega el “¿Tengo que matar a alguien hoy o no?” ya soy pura adrenalina caminando por la calle. Esquivo rápidamente a los guiris, y a los que veo demasiado felices, demasiado lentos y sobre todo demasiado en medio (esos que van por la acera con su cara de bobalicón mirando hacia arriba y andando a un ritmo que no merecería ser llamado ritmo) los aparto con la mano. Suavemente pero con cierta violencia implícita en el hecho de tocarles. Igual a ellos no se lo parece y sólo yo soy capaz de verlo. Lo cual me hace pensar: ¿De qué sirve todo esto? ¿Tener familia, pareja, amigos? ¿Escribir y comunicarme con los demás? ¿De qué me sirve si jamás me van a ver como yo me veo cuando estoy aquí dentro? En momentos así siento que nadie piensa como yo. Que nadie reacciona como yo a las cosas y que no funcionamos igual, las personas y yo. En momentos así me siento un narrador condenado a observar. Un narrador atrapado en un cuerpo físico del que se vale para tomar forma real y sobrevivir y poder seguir observando. Como si mi meta fuese observar mi vida más que vivirla. Como si no fuese yo mismo y me mirase desde fuera, tratando de entenderme. Creo que llevo toda la vida tratando de entenderme. A tomar por culo. Que les jodan a todos, sobre todo a mí. Que me den por culo. No me necesito. Sólo me uso de cáscara. En mis cascos se suceden con rapidez el Señor Gris, Fer, Blanco. Bajo mis pies se suceden con rapidez San José, Alfalfa, Encarnación, Regina y antes de ser consciente estoy por Feria con las manos apretadas y la mandíbula cerrada. Veo a los dos chicos con pantalones de pintor, o de obra, o de yo qué pollas sé y pienso en que se creen mejores que yo. Se creen mejores que yo porque yo voy aquí con mis vaqueros y mi mochila y creen que soy un puto universitario que vive con su madre y que mi vida es mucho más fácil que la suya. Hijos de la gran puta. Me gustaría agarrarles y zarandearles. Me gustaría que al girar la esquina uno de ellos estuviese aquí, levantándole la mano con gesto de amenaza a su novia mientras le grita. Entonces le agarraría la cabeza y se la estrellaría con fuerza contra la tubería de la pared. Y seguiría andando. Ni miraría a su novia. Sigo andando y veo a la chica del bar en la puerta. No puedo escuchar lo que dice pero está discutiendo por el móvil. Pongo el pause a la canción cuando paso cerca de ella.

—¡Pero tío!, tú te das cuenta ¿o qué? —grita a su móvil—. ¡¿No entiendes que son las putas diez de la mañana y tengo que entrar a currar y me estás poniendo de una mala hostia que flipas sin ningún motivo?!

Claro que sí, chica, pienso. Estoy contigo, intento transmitirle telepáticamente mientras vuelvo a darle al play. Dile de todo. Ve a su casa y destrózala mientras él te mira con cara de perrito asustado desde su silla sin entender nada. Qué hijo de la gran puta. Él, ahí, en su salón, con su pijama puesto y su café en la mano y tú ahí, en la calle echando el segundo piti de la mañana porque ya hace una hora que abriste el bar, contestándole a todas las mierdas que se le ha ocurrido echarte en cara en este preciso momento, como si no pudiera esperar a cualquier otro segundo, porque sus sentimientos son mucho más importantes que que tú tengas que seguir haciendo tu trabajo. Ando con rapidez y paso por al lado del mercado con la mandíbula muy crispada. Esperando que se me note. Ojalá todos sean capaces de verlo. El chico del cigarrillo está apoyado en la mesa otra vez y eso me pone de mala leche. Siento ganas de zarandearlo y gritarle que es un niñato de mierda y que ayude a su pobre madre a descargar el camión, joder. Que la vida no es fácil y todo es una mierda y lo va a seguir siendo ayude a su madre o no. Así que, que se levante de la mesa, ayude y después siga pensando en cómo de jodidas están las cosas. Ya que nada va a cambiar. Antes de darme cuenta estoy en la puerta del trabajo. Resoplo dos veces e intento quitarme esta tensión del cuerpo y esbozar una sonrisa. Vamos a por el Martes, coño.

 

Quiero vivir en la verdad. Sumergirme en ella. Aunque ello conlleve sentirme como me siento el resto de mis días.

Miércoles

Pospongo la alarma. Me giro en la cama. Vuelvo a posponer la alarma. Y después, cuando vuelve a sonar, la pospongo una tercera vez. Abro los ojos y me quedo mirando el techo. El saber que la alarma volverá a sonar es un pensamiento que me atemoriza. No, no me atemoriza, eso es estúpido y no tiene ningún tipo de sentido. Es algo superior. Es un pensamiento que me provoca una sensación de desánimo y desamparo insuperable. No quiero. No-me-a-pe-te-ce. Joder. ¿Cómo me atrevo a llamar a esto mi vida? No puede ser mi vida. Mi vida jamás sería así. No soy la clase de persona que quiere estudiar una carrera, encontrar un trabajo e independizarse. No sé qué quiero, pero desde luego es algo más profundo. No quiero ser como todos ellos, zombis que deambulan por el metro con su maletín y su corbata preguntándose si el domingo les toca comer con su familia o con la de su esposa. Preguntándose los lunes por la mañana cuál es el sentido sin encontrar respuesta. Pero aquí estoy. Tumbado en la cama. Preguntándome cuál es el sentido sin encontrar respuesta. Con la carrera casi terminada, independizado y sin encontrar un trabajo remunerado. Todo sería más fácil si me pagasen por las prácticas. O al menos tendría dinero. Yo lo que quiero es comer lo que me dé la gana cuando me dé la gana y sin preocuparme de buscar el bar más barato de la zona. Beber cubatas en terrazas y no en parques. Pero sé que no. No soy esa clase de persona. Con dinero o sin dinero estaría aquí, tumbado en la cama pensando en por qué cojones me levanto. Y sin encontrar respuesta. Suena la temida alarma del móvil y me levanto con pesadumbre. Arrastro los pies por el suelo mientras repito mi ritual. Baño. Bata. Gata. Café. Tostadas. Preparar el portátil. Si al menos tuviese un trabajo que me motivase… Si al menos me levantase para hacer el desayuno y me quedase en casa enfrentándome a un folio en blanco que no quiere transformarse en arte sentiría que me enfrento a algo real. Que tengo una vida tangible. ¿De qué sirve un narrador que sólo narra en su cabeza? Y entonces, ¿por qué no consigo librarme de esta voz que me dice que no? Que ese no es el problema. Cuando haya publicado (si alguna vez lo consigo) sólo seré yo preguntándome por qué cojones me levanto por la mañana pero con unos cuantos resultados más si busco mi nombre en google. Yo lo que quiero es ser un narrador omnisciente y flotar por encima de las cabezas de todo el mundo, siendo testigo de sus historias. De todo tipo. Quiero ser un mochilero perdido por el Tíbet buscándose a sí mismo. Quiero ser un pandillero en Brasil de coca hasta las cejas que dispara sin parar preguntándose si apunta a la banda rival o a la suya propia. Quiero ser una adolescente negra en Little Rock en 1957 escoltada por los militares en su camino al primer día de clase. Quiero ser un ejecutivo de Wall Street que duerme diez horas a la semana y que tiene tres Visa Oro en la cartera. Quiero ser un agricultor en Cuenca. Quiero suicidarme en el puente de Yang Tzé. Quiero ser Nerón. Y también quiero ser Gandhi. Miro el reloj e intento alejar mis pensamientos. Despierto a Vane, desayunamos y me marcho. Pongo a Nacho Vegas en mis cascos. En San José siento ganas de sentarme en la acera un rato a soltar suspiros de amargura. Y pienso con una sonrisa torcida que no me siento triste, sino amargado. ¿Cómo hace la gente para que les guste la vida? No estar vivos, sino la vida como concepto. ¿Cómo lo hace esa gente? ¿De dónde sacan esa capacidad de abstracción? La idea de que seguramente sean el mismo tipo de gente que votará al PP en las próximas elecciones me reconforta un poco. No quiero ser como ellos. Quiero vivir en la verdad. Sumergirme en ella. Aunque ello conlleve sentirme como me siento el resto de mis días. De todos modos sé que no me sentiré así siempre. Probablemente no me sentiré así después de hacerme una paja y dormir la siesta. Cuando voy por la Encarnación escojo “Seronda” entre todas las canciones de Nacho que llevo en el móvil. “Ya no sé si esta vez todo está dentro de mí y ya no puedo escapar” canta él. Pensaba que todo lo que necesitaba era amor. Amor del de verdad. Pero siempre sospeché que no era eso. Ahora que lo tengo sé que no era eso. ¿Qué es entonces? ¿Qué me falta? Veo a los chicos que esperan que les recoja la furgoneta y les veo compungidos. No lo estarán probablemente, y quizás sólo es mi estado, pero se lo veo. Siento la necesidad de pararme y preguntarles pero eso probablemente les parecería demasiado raro. Malditos protocolos sociales. Sólo quiero enterarme de si les pasa algo. Somos personas, ¿no? La chica del bar está dentro y no siento ninguna necesidad de alzar la vista y curiosear aunque pueda hacerlo con sólo girar el cuello un poco. Pongo el “Prelude 3.0” de Slipknot en el móvil. Pronto estoy al lado del mercado. La gente trabaja mecánicamente. Desde mis ojos parecen autómatas. Casi robots. Hasta sus risas parecen estar enmarcadas dentro de una forma de comunicación básica y primitiva que consiste en intercambiar ruidos. Sus risas son binario. Ordenadores que se comunican entre sí, como en una arquitectura cliente-servidor. El cliente solicita acceder a la página “Contacto” de la web de un restaurante de sushi y el servidor envía la página ya diseñada como respuesta automática. Un chico dice una gilipollez. Otro contesta “jajajaja”. Porque es lo que tiene que pasar. Así que llego a la puerta de la oficina y simplemente la abro. Porque es miércoles y es lo que tiene que pasar.

 

Jueves

Pospongo la alarma. Me apetece un cigarrillo. Mucho más que desayunar, de hecho. Cierro los ojos e imagino que lo saboreo. También pienso en el sabor de un café malo y enorme. De estos de bar que solemos denominar “aguachirri” y beber de un trago rápido. Pero en uno enorme. En un vaso de papel como las bebidas grandes de una cadena de comida rápida. Con un sabor horrible a cartón y café demasiado malo que solo poder calmar con el del cigarrillo. Me levanto y apago la alarma. Dentro de diez minutos o no, me voy a tener que levantar. Me lavo la cara con el jabón de los granos y me pongo la bata. Silbo un poco, ninguna canción en concreto, por el pasillo. La gata me pasa entre las piernas. La agarro y bailo con ella en los brazos un poco en el salón. Después la dejo caer al sofá-cama aún abierto. Ella se baja con pereza y me mira con cara de reproche como diciendo:

—Son las 8 y pico de la mañana, ¿eres gilipollas o sólo estás loco?

Le saco la lengua mientras recojo el sofá-cama. Preparo los cafés y las tostadas. Friego lo que anoche no me apeteció. El pájaro se despierta y empieza a andar a pasos rápidos por el suelo de la jaula. Abro el frigo y saco el jamón york. La gata tarda medio segundo en estar rozándose con mi pierna. Le doy un poco en cachitos pequeños. Después pongo un poco encima de una de mis tostadas. Voy a la habitación. Ella duerme. Sonríe como una niña. Yo también me sonrío. La observo un poco. La despierto. Me apetece fumar. Intento encontrar una razón para no hacerlo que no sea algo que me haya dicho otra persona. No la encuentro así que cojo un poco. Desayuno rápidamente. Me dejo media tostada y casi todo el café. Marcho con la mochila al hombro pensando en arreglar de una puta vez el asa descompensada. Me pongo los cascos y suena una canción de mi hermano. Recorro San José. Cuando acaba estoy entrando a La Encarnación así que escojo un banco y me siento. Entro al canal de YouTube de mi amigo Hermi con el móvil y pongo las últimas canciones que ha subido. Fumo tranquilamente viendo a la gente pasar. Intento imaginarme qué hace cada uno. Su edad. De dónde son. Qué piensan. Un señor se sienta a mí lado diciendo:

—Oh, sol.

Quizás soy un autómata, como todos ellos. Una pieza más del engranaje.  

Yo me limito a asentir con la cabeza y a sonreírle. Él saca un pañuelo y se lo pasa por la cara. Al principio su presencia me incomoda un poco pero después me calma. Me gusta que esté aquí a mi izquierda, callado, mirando a la gente como yo. No siento necesidad alguna de jugar a imaginarme quién es el señor. Prefiero no saberlo. Así que simplemente no lo hago. Observo a la gente y me pregunto cómo deberá sentirse ser ellos. Desde pequeño me obsesiona esa idea, pero sobre todo a la inversa. ¿Se sentirán ellos como yo? ¿Serán capaces de comprenderlo? ¿Está de verdad todo el mundo dando vueltas en círculo sin saber qué coño hacen? ¿Por qué siguen avanzando? ¿Quién lo hará por amor? ¿Quién por dinero? ¿Quién por orgullo? ¿Quién por puro automatismo? ¿Cuántos de ellos creen en la vida tras la muerte? Pienso en la Muerte por un segundo. Pero la Muerte con m mayúscula. Me la imagino sentada a mi derecha. Observando a la gente, como yo. Preguntándose cuándo dejará la vida de existir y qué será de ella cuando eso ocurra. Según Lovecraft hasta la Muerte puede morir. La Muerte que me imagino tiene el pelo muy largo y negro. Los ojos demasiado rojos. Y es tan bella que sólo por mirarla un instante sentirías que todo ha merecido la pena. Dirías: “Esto era”. “Esto buscaba”. Poco después me imagino que cae un gas del cielo que de repente vuelve a la gente frenética. Es un gas que, al inhalarlo, hace ver a todo el mundo que algún día morirá. Y que ese será el fin. Y la gente arroja las corbatas y los maletines y los tacones demasiado altos y simplemente se funden los unos en los otros. En un abrazo inmenso. Me río entre dientes. Yo no correría a abrazar a nadie. Seguiría en este banco. Observando. Y la Muerte se reiría y me daría un codazo y me los señalaría con el dedo y diría:

—A veces son como niños.

Y así me haría único. Al hablar conmigo refiriéndose a todos los demás me desmarca de ellos. Me hace parte de otra cosa. O quizás esa cosa en sí. Que no es un montón de fragmentos unidos sino una cosa de por sí. Termino de fumar y sigo mi camino. Tengo una sonrisita en el rostro. Cuando entro a Regina quito YouTube y pongo la música del móvil. Johnny Cash es lo primero que me ofrece el aleatorio y lo acepto gustoso. Antes de darme cuenta estoy en Feria y recuerdo que hoy hay mercadillo. Paseo a un ritmo rápido, adelantando a la gente, pero de vez en cuando bajando el ritmo de mis zancadas para observar algo. Me gustaría no ir a trabajar y quedarme aquí tomando cañas con desconocidos. Con algún propietario de algún puesto. Y que me contase su vida. Pero sigo andando. ¿Por qué? ¿Es acaso por dinero? No me pagan. ¿Es acaso por amor? ¿Qué tiene el amor que ver con esto? ¿Por qué es entonces? Quizás soy un autómata, como todos ellos. Una pieza más del engranaje. En el mercado de Feria se ve movimiento. La gente está tomando tapas. Me apetece una tapa, de algo caro, quizás un buen pulpo al horno. O unos mejillones a la marinera. Tengo un sándwich de jamón york y queso en la mochila. Luego, a la hora del almuerzo, compraré una coca cola. Pero le voy a preguntar a Vane si le apetece comer por ahí. Tomar unas cañas. Fumar unos cigarrillos. Me apetece sushi. Pronto estoy frente a la puerta de la oficina. Me quito los cascos. Al menos hoy ya es jueves.

 

Viernes

Pospongo la alarma.

Francisco José López Olmos
Últimas entradas de Francisco José López Olmos (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio