XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

De amores intensos y prohibidos

jueves 23 de junio de 2016
¡Comparte esto en tus redes sociales!

En varias ocasiones había resuelto Lorente-Peiroten interrogantes magníficos a través del simple acto de la lectura; lo que fue el misterio del fetiche Ayopococ sólo fue el macabro comienzo. Motivaciones crípticas, un cuello degollado, muchas horas perdidas y una figura de madera porosa, rota cual víctima de un relámpago, ocuparon la más extensa arquitectura de teoría rumiante en sus primeros años como perito del crimen paranormal. No se establece el peculiar caso como un ejemplo de dificultad, y aunque ciertamente acabaría en los anales anecdóticos del investigador —éste siendo devoto de las historias carnales—, la singularidad de los hechos fue tan irrepetible que, de no haberle sucedido en vida, habría descartado todo como una mórbida fantasía.

El asesinato ocurrió en la penumbra de una sala de estar cualquiera, en una casa antigua de la calle 70, sobre varias esteras organizadas para simular una gran alfombra. Lorente-Peiroten había sido llamado un par de horas luego del descubrimiento y llegó a la escena empapado, al haber decidido caminar sin memoria de la meteorología. Le hubiese gustado, como se había lamentado incontables veces tras varios tragos de aguardiente, poder vestir de sombrero y gabán como un respetable investigador debería, pero el calor nunca se lo permitió. Ese día extrañó de más al hipotético sombrero.

Su viejo amigo, el detective Klemmensen, que lo esperaba a la entrada bajo la protección hídrica de un toldo, poseía un bigote ceniciento de gran poder que al saludar comandaba los gestos con su atractivo de hastiada masculinidad. El saludo fue discreto, veloz; el profesionalismo un lenguaje de intimidad. Los dos entraron a la casa mientras el recién llegado intentaba exprimir el exceso de agua de su ropa. El aposento era hospitalario, con una sala espaciosa que se abría hacia la izquierda y una vista cuadrada de la cocina tras un pequeño muro a la derecha. Más allá de los bártulos —un par de sillas de tejido verde espárrago junto a la pared del fondo, un sofá ámbar de tres puestos frente a la pared contigua a la entrada, una mesita obstinada ocupando la esquina, un alto, regio y antiguo reloj de caja y un mostrador de dos estantes lleno de botellas de alcohol casi vacías— se abría el pasillo hacia los dormitorios, en el cual se vislumbraba, a través de una puerta de vidrio, el follaje del patio.

“Rodeándolo hay un perfecto círculo de polvo de achiote, y sobre esas hojas de plátano”, dijo Klemmensen apuntando a los pies del cadáver, “hay una escultura fragmentada. Parece que se hubiera quemado”.  

Era imposible ignorar el cuerpo del joven, puesto que éste ocupaba el espacio central de tan criollo diseño interior. El detective Klemmensen guio a Lorente-Peiroten por cada detalle de la escena, su alba tez arrugada encerrando todo juicio, comenzando por las salpicaduras de sangre cuajada que habían arruinado el tapizado del sofá y el cuchillo de acero inoxidable cuya inmóvil presencia delataba su propósito ya cumplido.

“Hemos dejado todo intacto de momento”, dijo Klemmensen, “te estábamos esperando”.

Lorente-Peiroten se agachó, en observación minuciosa de las facciones petrificadas del rostro casi desprendido.

“¿Cómo se llamaba el muchacho?”, preguntó.

“Arnaldo Valdivia”.

Al estar tan cerca, aun cuando la expresión fantasmal del rostro la veía boca arriba, Lorente-Peiroten pensó notar cierto tinte de alborozo en la boca del muerto.

“Rodeándolo hay un perfecto círculo de polvo de achiote, y sobre esas hojas de plátano”, dijo Klemmensen apuntando a los pies del cadáver, “hay una escultura fragmentada. Parece que se hubiera quemado”.

Ciertamente, sobre las robustas hojas verdes se hallaban dos pedazos de madera, perfectamente tallados para formar una pequeña efigie de colmillos protuberantes, cabello largo y falo descomunal. La estatuilla se había roto por lo que había sido el vientre de la criatura antropomórfica; los astillados bordes estaban negros. Al manipularla en sus manos, Lorente-Peiroten sintió que aún estaba tibia.

“Al primer ojo todo parece indicar que el crimen fue alguna clase de sacrificio ritual. Hay que verificar la autenticidad de este artefacto, y averiguar su origen. ¿Parece ser la clave que te hace falta descifrar?”. Lorente-Peiroten colocó la figura en su respectivo lugar. “Ha debido pertenecer a cierta tribu indígena del departamento, o de la región. Kogui, Tule, ¿Mokaná, tal vez? No reconozco la carpintería”.

La pesquisa perduró lo suficiente para enmarcar perfectamente los hechos físicos de las consecuencias criminales en la tranquila mente del investigador. Estaba satisfecho con saber que el joven Arnaldo Valdivia había sido degollado con un cuchillo tomado de la cocina, en un simple y confiado zarpazo de derecha a izquierda que regó su sangre hasta las hebras amarillas del mudo sofá, tornando tanto al piso como a las esteras de un rojo tinto y profundo. No había duda alguna de la sofisticada premeditación o de la circundada violencia; el gran misterio seguía siendo el fetiche.

“Supongo que el muchacho vivía en esta casa”.

“Sí”, contestó Klemmensen, “con su familia. Padre, madre y hermana”.

“¿Dónde están ellos?”.

El detective torció la cabeza ligeramente, en una expresión que delataba su turbada preocupación.

“Por eso te llamé”, dijo Klemmensen, “la familia confesó”.

“¿Sin brega?”.

“No habíamos terminado de entrar, para presenciar ese horrendo pesebre, con la madre sollozando sobre el pecho de su hijo y la chica perdida en sus propios brazos, agazapada, cuando el hombre vociferó que había matado a su hijo”.

“¿Y ellas?”.

“Se echaron la culpa entre todos. Al comienzo no supe qué creer, pero al llegar la calma formularon una historia. El padre y la hermana sostuvieron al muchacho contra el suelo mientras la madre lo mató. Al parecer habían preparado todo de antemano. Pero no han querido explicar más. Sólo repiten que hicieron lo que tenían que hacer”.

“Piensas que hay algo más”.

“No hay señales visibles que expliquen la intención dolosa. No hay motivo, pero sí hay culpables”, dijo Klemmensen, suspirando. “Al ver esa figura pensé que serías de ayuda”.

Lorente-Peiroten opinaba igual; en ese momento se sintió orgulloso de las corazonadas criminólogas de Klemmensen. Pero prefirió guardar silencio y pensar. La estancia que los envolvía, que había sido albergo y testigo de un acto abominable, radiaba con el húmedo vaho que dejó la lluvia. Se le cruzó por la mente al investigador que tal vez la casa intentaba olvidar. A él la sangre lo entumecía con recuerdos.

 

 

Pasó la noche estudiosa, y al cabo de un tiempo Lorente-Peiroten había avanzado el rumbo. El siguiente día entró a la estación junto a su compañera, con ansias de revelar sus hallazgos. La novata, designada camarada por la institución, era una Irene Olmos; muchacha cuya vida constaba en auscultar a la verdad —debido a ciertas imprudencias pasadas confundida de vez en cuando con la justicia—, y dispersar los rumores, así no fueran de su incumbencia. Al igual que Lorente-Peiroten, la policía racionaba los verbos; al contrario, portaba una despreocupación en el paso.

Previo al cuestionamiento, el investigador le informó a la joven sobre sus hallazgos crepusculares; queriendo saciar su curiosidad por el objeto central del misterio, Lorente-Peiroten había desarmado su colección de mamotretos esotéricos y enciclopedias paranormales para encontrar el libro indicado: un Cultura y morfología indígena de Colombia (1992, Editorial Verdú). Al contener una breve mención de cierta tribu fetichista y una pequeña fotografía rotulada, el viejo libro, que hasta ese día había sido un obsequio en desuso, le había concedido al investigador su primera pista. Luego de una repetición triforme del homicidio, Lorente-Peiroten prosiguió a revelar su adquirida educación.

“He averiguado el origen del fetiche” informó Lorente-Peiroten a su audiencia —la susodicha novata y los tres conspiradores—, mientras sacaba el libro de su maletín, radiando confianza. “He contado con la suerte de poseer un ejemplar de este Cultura y morfología indígena de Colombia, libro de gran ayuda en este específico misterio. En la página 268 se detallan varias empresas artísticas populares entre ciertas etnias, y si nos fijamos directamente al párrafo final, la literatura nos revela el fetichismo como la práctica favorecida por los indios Ayopococ, quienes habitaron una pequeña región entre lo que es hoy el Atlántico y el Magdalena. Pero tal vez la evidencia más incontestable es la fotografía que acompaña al retazo”.

Con una sonrisa triunfante, que pretendía esconder su inexperiencia antropológica, Lorente-Peiroten volteó el tomo, parándolo sobre la mesa. En la esquina de la página, aunque de poco tamaño, se podían esclarecer tres figuras de madera arregladas en una hilera horizontal; la central había sido testigo de un homicidio. Por unos dudosos segundos no hubo palabra. Los tres familiares estaban formando un triángulo peculiar, con la hija, una muchacha de diecisiete años de marco débil y cabellos tristes, sentada sobre el regazo de su madre, debido a la falta de sillas.

“¿Qué le importa a usted saber esas cosas?”, dijo la madre, tras la melena exánime de la chica. “Mi hijo está muerto”.

“Me interesa averiguar qué hacían ustedes en posesión de un artefacto Ayopococ”, dijo Lorente-Peiroten. “Si no me ayudan ustedes ya sé dónde dirigirme”.

Una amenaza ligera, promesa de futuras conclusiones, fue suficiente para entablar miradas sospechosas entre los filicidas. Dudando sobre qué camino verbal deberían tomar, la inminente habla fue prematuramente interrumpida por el suave llanto de la muchacha.

“Digan algo, por favor”.

La policía Olmos se acercó a la chica, ofreciéndole un pañuelo.

“Usted no nos va a creer”, dijo el padre, estupefacto.

“Si hay alguien que puede jactarse de ser crédulo”, dijo el investigador, “soy yo”.

Los tres familiares estaban enclaustrados en su propia vergüenza, formando un corrillo miserable.

“Existen situaciones fuera del dominio de la ciencia, de la razón. Dígame qué sucedió; le voy a dar así sea un mínimo margen de posibilidad”, aseguró Lorente-Peiroten. “No sería la primera vez que me involucro en estas cosas”.

 

 

De nuevo en las fauces urbanas, el investigador paranormal y su aplicada aprendiz viajaban en el auto policial camino a la biblioteca, luego de haber escuchado explicaciones advenedizas. Aunque casi del mismo tamaño que la sala de entrevistas, el espacio interior del vehículo parecía disminuido, y las sillas hedían a sudor y café. Olmos mantuvo el rostro satisfecho mientras hizo uso de palabra —rompiendo hábito—:

“Se me había olvidado por completo la historia de Yolanda Casares. Fue mi abuelo quien la relató; pero no a mí, por supuesto. Yo sólo era una niña. Me había dado mucha sed, y bajé a la cocina a servirme agua. No era tan tarde. Ahí estaban, sentados. Mi abuelo y mi mamá. Ella estaba un poco alterada, pero atenta. Recuerdo esa frase, la primera que escuché, ‘se le metió un demonio, profundo en el alma, y no se lo pudieron sacar’. Mi abuelo no vivía con nosotros, él todavía tenía su casa en el pueblo y cuando se quedaba traía toda clase de noticias, como si fuera un cuerpo hecho de chismes. Yolanda Casares era una madre de cuatro que también vivía con su esposo y su suegra, en la casa de la esquina. Esa noche, mi abuelo le dijo que la habían encontrado muerta, que le habían cortado la cabeza, que fueron los niños los que salieron a la calle gritando. Lo que más me asustó fue el supuesto testimonio de los dos adultos. Según mi abuelo, que presenció el arresto, el hombre andaba gritando, “¡esa no era mi esposa!, ¡era un demonio, era el diablo!”. No es lo mismo, pero sí me recuerda al pobre Arnaldo. Aunque su papá está más lleno de melancolía que de rabia”.

“¿Cómo se sintió su madre al enterarse de tal noticia?”, preguntó el investigador.

“No lo sé. Ya me había subido”.

Se habían reunido para buscar los libros del día anterior guiados por una inferencia. No fue después de mucho que Olmos los encontró bajo el lavabo de la cocina, y tampoco tardaron en abrirlos para encontrar páginas manchadas con dedos de sangre.  

La realidad del crimen se había aclarado un poco. Luego de asegurarles que su área de destreza máxima eran los sucesos espeluznantes, la familia de Arnaldo Valdivia elaboró un poco más sobre sus motivaciones. Al escuchar la historia de Yolanda Casares, Lorente-Peiroten recordó a su propia madre, quien le obsequió su apellido con guion, y la fuerza creyente que heredó de ella.

No tardaron mucho en llegar a su destino, con las nubes grises en el horizonte, portentos de las malas horas, acechándolos. El investigador había decidido seguir un último rastro, encontrado en la sección bibliográfica, antes de revelarle a Klemmensen exactamente qué había sucedido. Encontraba el macabro vestigio de felicidad en los labios de Arnaldo Valdivia muy extraño, y la historia de la policía Olmos le había hecho caer en la cuenta de la tajante diferencia entre los casos que le espoleaba la continuidad de la investigación. Pero la búsqueda de un Diarios del conquistador Rodolfo Jimeno (reeditado 1964, Editorial Vaca i Bou) —un recuento de la historia apócrifa del desdichado explorador que pisó tierra colombiana antes aun que Alonso de Ojeda avistara a lo lejos la costa de La Guajira—, y un Paganismo indígena de la Nueva Granada (edición de 1980-81), de Ramón Espitia Caballero (autor célebre entre la comunidad piadosa, y favorito de Lorente-Peiroten), no fue tan sencilla. Los libros habían sido alquilados hace un par de semanas; hasta se debía dinero por ellos.

Los compañeros, que a estas alturas habían encontrado un balance cómodo de conversaciones entre silencios, se tomaron el resto del día. Quedaron en verse temprano, al salir el sol de nuevo. Las nubes seguían su arrolladora carrera por el oscuro cielo.

“Parece que lloverá en la mañana”, dijo Lorente-Peiroten. “No te vayas a mojar”.

 

 

El paralelismo escénico, sutil creación de la perseverancia, fue corrompido por varias cosas —un paraguas, una mujer, el conocimiento—, pero al entrar por la puerta de la casa y toparse con las sillas de verde espárrago, el sofá ámbar y las esteras, Lorente-Peiroten se sintió abrumado por el tiempo. Era temprano y la lluvia había regresado, junto con él y la policía; se habían reunido para buscar los libros del día anterior guiados por una inferencia. No fue después de mucho que Olmos los encontró bajo el lavabo de la cocina, y tampoco tardaron en abrirlos para encontrar páginas manchadas con dedos de sangre. Así leía Diarios del conquistador Rodolfo Jimeno:

¡…qué temeroso encuentro presencié en el fango inhospitable de estas tierras! Mi corazón, y el de mis hombres, fue asaltado ayer tarde por unas criaturas infernales. Llevaban sobre la piel un tinte carmesí, y hablaban tal fieras guturales, sin conocimiento del castellano u otra lengua civilizada, y eran todos mancebos, de grueso cabello. El joven Alonso Rituerto, que descanse en paz su alma, ha disparado en dirección de los invasores, hiriendo a uno de ellos e invocando su furia. Prosiguieron a escupirnos, preparando azagayas y demás artilugios de madera y cuerda —sin señales de hierro— y a bailar de forma nunca antes vista por un español. ¡No tengo fe en que se hagan cristianos! Recuerdo con claridad la palabra “golulo”, que repetían con ardor en los ojos. Un resplandor de seguido me cegó, le ordené a mis hombres retirarse, pero en la confusión mis llamados fueron ensordecidos por el aullido de una fiera gigantesca. Reuní a los pocos cobardes que pude, salvo Rituerto, que ha debido ser engullido por los salvajes, y los guie de nuevo al campamento. ¡Sálveme, Señor, de los peligros!

 

diciembre 14, 1498

Tobaruela me ha traído esta mañana una figura de madera que dice haber encontrado junto a la comida, sobre unas hojas. No puede más que ser obra de los salvajes. Han afacido en secreto con nosotros. La bestia de hace días es la misma de la figura, de cuestas…

En Paganismo indígena de la Nueva Granada las huellas sangrientas indicaban la lectura de una sola página, en la cual se detallaba la mitología del ente Goüloli y las minucias de su convocación y destierro. La concordancia con el crimen era irrefutable. A Olmos la empapó la revelación con un mal sabor de boca; Lorente-Peiroten todavía no se despegaba del volumen.

“Esta frase, tan corta, tan pequeña”, dijo el investigador, “¿qué te parece?”.

Olmos se acercó una vez más a leer:

Goüloli se alimenta de amores intensos y prohibidos.

“¿Qué le parece extraño?”, preguntó Olmos.

“Desgraciadamente, nada”.

 

 

Pasaron el almuerzo en silencio, esclavos momentáneos de la culpa que produjo su terca curiosidad; al llegar las cinco, se encontraron con el detective Klemmensen, quien había organizado una última reunión con los culpables. Para Lorente-Peiroten debió ser una ópera prima, un discurso magnánimo, pero no pudo evitar sentirse errado, fisgón, antipático. Además, el haber tenido a los familiares y a los dos policías a su lado le causaba una asfixiante claustrofobia. Su sentido del deber fue lo único que lo llevó a completar su encomienda.

“Mi labor, tildada por muchos de pérdida o superstición, en ocasiones me ha traído alborozo, cumplimiento y demás. El día de hoy, desafortunadamente, no es mi gusto revelarles a todos ustedes que mis descubrimientos han sido innecesarios. A usted, viejo amigo, le debo demasiado, y como pago saciaré su incertidumbre respecto al caso de la muerte de Arnaldo Valdivia. A ustedes, familiares del difunto, les doy mis sinceras disculpas y mis condolencias. A usted, Olmos, las gracias.

“Este demonio, aunque no propenso a la violencia física, por lo menos sin previa incitación, debió alterar el balance psíquico-social de la familia de tal modo que una vuelta atrás no fuera posible”.  

”El acto fue simple: el joven Arnaldo fue asesinado por su madre, con un solo corte, mientras su padre lo mantenía fuertemente adherido contra el suelo y encerrado en el círculo, siendo él físicamente capaz. La joven, me imagino, ha de haber estado leyendo el conjuro directamente del Paganismo indígena, como indican las delgadas huellas rojas de una mano delicada. Afligidos por la indomable tristeza y la enorme culpa, llaman a la policía y se obtiene una confesión. Pero he aquí la discrepancia, y la razón de mi llamado: ¿por qué, luego de cometer tal crimen, se entregan todos tan fácilmente? ¿Por qué, en el caso de que hayan sentido un arrepentimiento real, han de entregarse sin evaluar la naturaleza de sus motivos? Me he enterado después de que Arnaldo Valdivia sufrió de una maligna posesión, que hubo un cambio en su ser y en su predisposición tan grande que ustedes aquí no encontraron otra solución que el sacrificio. Hemos aquí una posible salida a los previos interrogantes: si la familia de la víctima padecía de tal creencia, extraordinaria para el ciudadano cualquiera, podrían haber querido esconder su violencia supersticiosa por miedo a ser denominados de manera despectiva por la prensa y demás conocidos. Podrían haber sido llamados satanistas, sectarios; miembros de algún culto.

”Pero esta teoría no satisfizo del todo los hechos. Si era cierto que el joven llevaba tiempo bajo el control de una entidad —certeza probada debido al tiempo que llevaban los libros fuera de la biblioteca—, me parece que los afectados deberían haber estado ahogados en la estupefacción. Las víctimas de las fuerzas sobrenaturales anhelan ser creídos, buscan en los demás incrédulos los vestigios de su vida pasada y la aceptación de que no han descendido a la locura. ¿O cuándo han ustedes presenciado una historia paranormal en la que su orador no defienda de manera vehemente su punto de vista? La historia de Yolanda Casares, que mi compañera Olmos compartirá con ustedes si así lo desean, me ayudó a recordar este comportamiento.

”En este caso, y debido a la evidencia, mi creencia es que el joven Arnaldo Valdivia fue poseído por el demonio Ayopococ llamado Goüloli, representado en el fetiche roto, que, como todos hemos notado, es de apariencia amenazante y sexual. Ahora, hemos llegado al punto sin retorno. El miedo sentido por nuestro ancestral explorador al presenciar al demonio Goüloli en carne y hueso no ha de ser subestimado. Este demonio, aunque no propenso a la violencia física, por lo menos sin previa incitación, debió alterar el balance psíquico-social de la familia de tal modo que una vuelta atrás no fuera posible. Y aunque su naturaleza es de otro ámbito, no podemos descartar a la muerte como un posible efecto de sus malvadas fechorías. Tenemos el testimonio de Rodolfo Jimeno para servirnos de mórbida advertencia. Señor padre, le tengo una pregunta cuya intención es confirmar mis sospechas. Le ruego me perdone”.

La calma era más incómoda que el calor y casi sólida; el desenlace emotivo fue predicho en los ojos del padre.

“Con respecto a ellas entiendo que, a pesar de la tortuosa naturaleza de los sentimientos, no había confusión de orientación sexual. Pero, con usted, aparte de todo, ¿poseyó deseos homosexuales?”.

Stefano Llinas
Últimas entradas de Stefano Llinas (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio