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Dos cuentos de Ángel Balzarino

domingo 24 de julio de 2016
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Un tigre me persigue

Por momentos juzgaba que todo era producto de mi imaginación; pero bastaba un nuevo encuentro con el tigre para desalojar las dudas.  

Escapar. A cualquier parte. Ponerme a salvo. La única reacción al descubrirlo en un rincón del jardín, agazapado, en la postura de repentino ataque. Cruzo las calles sin respetar los semáforos ni prestar atención a las personas y vehículos que bruscamente se apartan de mi camino. Al llegar a la ruta, el viento me despe­ja y la infinita franja asfáltica surge como una promesa de absoluta libertad. Relegar las presiones y las ironías y el desprecio de los demás. Dejar de ser tildado de loco. Co­mo ocurrió desde la época del colegio, cuando él surgió por primera vez. Aquella mañana juga­ba con otros chicos. Al caer la pelota entre unos arbustos, fui a buscarla; pero no llegué a reco­gerla, porque divisé, a escasos metros, un tigre en temible acecho. Les informé a mis compañeros pero, tras buscarlo en vano durante un largo rato, no me creyeron. Desde entonces, temiendo caer en las garras del tigre, rogué que se presentara ante la vista de todos para demostrar que no mentía ni desvariaba. Desatendí los estudios, dejé de participar en los juegos de mis amigos, cerraba puertas y ventanas de manera obsesiva. Alarmada, mi madre me llevó a varios especialistas. Algunos atribuyeron la causa a una fanta­sía demasiado ingeniosa, y otros, a un claro síntoma de cansan­cio y debilidad. Dado que los variados tratamientos y sugerencias no modificaron nada, decidí asumir una conducta cada vez más pre­cavida. En el curso de los años no quise confiar a nadie los sorpresivos enfrentamientos con el tigre y únicamente me limitaba a buscar con rapidez un refugio seguro. Pero bastaba mi palidez o agitación o la entrada abrupta en una pieza para que todos presintieran de inmediato cuál era el motivo. El menosprecio y la incomprensión me hundieron en una angustiosa soledad. Creí tener una mácula horrible que me separaba de todos. El asedio resultó más artero en los diversos lugares donde debía trabajar, no tanto por las sonrisas solapadas o por apodarme el loco del tigre, sino más bien por el carácter de las bro­mas. Usaban un disfraz que los asemejaba al tigre o emitían rugidos o desordenaban los papeles del escritorio como si fuera obra del animal. De nada servía cambiar de empleo. Muy pronto otras per­sonas repetían lo mismo. Por momentos juzgaba que todo era producto de mi imaginación; pero bastaba un nuevo encuentro con el tigre para desalojar las dudas. A veces consideraba que entre él y yo existía una secreta comunicación, de la cual los demás estaban excluidos, ya que mi insistencia por plasmarla ante testigos resultaba infructuosa. Sin duda por lástima, Celina me ayudó a mitigar la tensión. Solíamos cenar con frecuencia, ver una película o charlar un largo rato en una plaza. Por la necesidad de tenerla a mi lado, más que por estar verdaderamente enamorado, le pro­puse matrimonio. Por varios meses todo funcionó muy bien. El amparo de Celina me libró de la sórdida persecución del tigre. Lo olvidé hasta aquella noche en que, al ir a comprar un postre, saltó desde un baldío. Por suerte conseguí eludirlo y corrí hasta la casa. Ella se mostró más disgustada por la falta del postre que atenta a la explicación sobre lo ocurrido. Y dio la primera prueba de estar saturada. Pensé que ya te habías olvidado de esa historia. La dura reprensión apresuró el desenlace. Poco a poco la ternura y el entendimiento se desvanecieron por la certidumbre de mi locura. Por eso no me sorprendí demasiado esta mañana al encontrar sobre la mesa del comedor un papel donde justificaba su alejamiento. Ella, como los otros, me había dejado completa­mente solo frente a mi enemigo. Y al verlo en el jardín, supe que no podía pedir ayuda. Huir. La única salida. El acelerador toca el fondo. Siento el cuerpo estremecido. Una niebla dificulta la visión. No llego a distinguir la curva cerrada. Tampoco la aterradora presencia del camión. Sin posibilidad de esquivarlo. No…

 

Para las numerosas personas que se acercaron al automóvil caído en una profunda zanja, a pocos metros de la carretera, no fue tanto un motivo de asombro y desorientación comprobar que el conductor estaba muerto, sino descubrir, entre el cúmulo de hierros, el cuerpo estrujado pero claramente reconocible de un tigre.

 

La voz inoportuna

Llevaba casi dos horas de trabajo, a buen ritmo por impulso del fervor y la seguridad sobre lo que deseaba expresar, cuando la visión comenzó a tornarse cada vez más turbia, el dolor fue transformando en una masa rígida los músculos del cuerpo, la mano que aferraba la lapicera sólo pudo garabatear palabras incomprensibles. Concluir la obra que iba a plasmar sus ideas y postura política —con mayor contundencia que por medio de las notas publicadas una vez por semana en el principal diario de la ciudad—, se había constituido en el único y primordial objetivo durante los últimos cuatro meses. Como el mejor testimonio de repudio contra cualquier forma de opresión. Bregando por el derecho de todos los habitantes del país para vivir en un clima de plena libertad. Dispuesto a develar, sin ambages ni temor, las siniestras maniobras utilizadas por los miembros del Gobierno para gozar de privilegios y jugosos beneficios.

En lugar de la anhelada vitalidad, no tardó en ser invadido por una dulce placidez. Todo a su alrededor comenzó a desdibujarse.  

Pero la posibilidad de concretar tal proyecto le resultaba cada vez más incierta, no tanto por los intentos con que pretendían disuadirlo —a través del estallido de una bomba junto a la puerta de su casa, tres semanas atrás; de los frecuentes llamados telefónicos cargados de injurias y amenazas—, sino por el progresivo deterioro que minaba su organismo. Porque nuevamente, como solía reiterarse a lo largo de cada jornada, de improviso debió abandonar la tarea. Impotente. Lacerado por la frustración. Y sólo atinó a proferir, en un clamor apenas audible, el nombre de la única persona que ahora, además de ocuparse de prepararle la comida y mantener limpia y ordenada la casa, podía auxiliarlo:

—¡Clementina!

Creyó que pasaba un tiempo interminable mientras, petrificado en el asiento, percibía los pasos lentos y pesados, el chirrido de la puerta al abrirse, el ruido familiar de los frascos de remedios, por fin la voz tierna y alentadora:

—Vamos, don Manuel. Beba esto. Le hará muy bien.

La mano tibia le ayudó a sostener el vaso y llevarlo hasta los labios. Bebió con avidez el líquido azulino, sin reparar en el sabor amargo, impaciente por calmar el dolor y restablecer las energías. Comprendió que, en pos de terminar su obra más ambiciosa, podría soportar cualquier sacrificio.

Pero, en lugar de la anhelada vitalidad, no tardó en ser invadido por una dulce placidez. Todo a su alrededor comenzó a desdibujarse, una creciente flojedad fue atenuando la abrumadora parálisis, hasta recibir el resguardo de los brazos de ella a medida que se hundía en un pozo oscuro e insondable.

—Está trabajando demasiado, don Manuel. Debe descansar. Lo mejor será que duerma un rato.

 

—Ha cumplido con mucho esmero y delicadeza su trabajo. Debo expresarle el reconocimiento y la satisfacción de todo el Gobierno. Al callar la voz de Manuel Ordóñez ha prestado usted un inestimable servicio a nuestra nación.

El hombre fue hasta la biblioteca que cubría una de las paredes. Movió uno de los libros que ocultaba una diminuta caja fuerte; la abrió y extrajo tres fajos de billetes.

—Aquí tiene lo estipulado.

Mientras aferraba los billetes, la señora Clementina consideró que, tras debatirse durante varios meses entre el miedo, la perturbación y, sobre todo, el asedio de una culpa incisiva, al fin, gratificada y relegando cualquier síntoma de remordimiento, podía vislumbrar la luz salvadora. Sí. Ahora estoy en condiciones de pasar mis últimos años sin sobresaltos. Libre y tranquila.

—Sin duda volveremos a necesitarla —el hombre, sonriente y cordial, la acompañó hasta la puerta—. Le ruego que esté atenta a nuestro llamado. Sabremos recompensarla como usted merece.

Ángel Balzarino
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