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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Hotel Tulipán

• Jueves 16 de noviembre de 2017

Reconoció el acento. Reconoció las palabras. El grupo que estaba frente a ella se expresaba libremente, escondiéndose tras la seguridad del idioma. Reían, hacían comentarios sobre el aspecto del taxista y sobre cómo la mayoría de los hombres aquí tenían sobrepeso. Hablaban del hotel y de la experiencia del año pasado con el desayuno que no les había gustado. Ella sonrió, nunca había probado el desayuno del hotel. Hacía seis meses que había comenzado a trabajar ahí. Uno de los del grupo se le acercó y comenzó a hablar en un inglés rudimentario. Ella sonrió de nuevo. Je parle français, c’est plus facile, si vous voulez… Las risas detrás del hombre dieron paso a un silencio incómodo que no pasó desapercibido para ella. El hombre, disimulando, le hizo un poco de conversación. El resto del grupo permaneció en silencio. ¿Aprendió aquí el francés? No, dijo ella, fue durante mis tiempos de universidad. Estuve un año en Francia, ahora he olvidado casi todo. Para nada, dijo él, habla usted muy bien. Sonrisas.

Poca gente venía al Hotel Tulipán, tan lejos del centro de Sofía. Veinte minutos en taxi pueden ser mucho tiempo para algunos.

Tres habitaciones. Una pareja mayor, una joven pareja y el hombre. Debía tener cincuenta años. Mariya hizo el trámite, cobró 70 levas por habitación, doble o sencilla, era el mismo precio. El desayuno estaba incluido. Quiso hacer un comentario sobre el desayuno pero no se atrevió, si la supervisora la escuchaba haciendo un comentario negativo sobre el hotel, aunque fuera de broma, le llamaría la atención. Subieron por el ascensor la pareja mayor y el hombre. La pareja joven esperó al lado del mostrador. Mariya la miró a ella disimuladamente. Era alta y delgada, el cabello negro y corto, los lentes oscuros le daban un aire de sofisticación que ella admiró. La mujer le sonrió. A ella le gustó esa pequeña cortesía. Sonrió al escucharla decir, mientras subía al ascensor con su pareja: Tu crois qu’elle nous a compris? Por supuesto que había entendido, pero estaba de acuerdo con los comentarios: también pensaba que la mayoría de los hombres aquí estaban gordos. Ella no compartía la opinión generalizada sobre el canon estético masculino. Si las mujeres tenían fama de hermosas, los hombres bien podían hacer un esfuerzo.

Un policía, gordo, entró en el hall del hotel, le hizo a Mariya un gesto con la mano y pasó al sanitario. Exceso de confianza. Felizmente, en el hotel había sanitarios para las mujeres. Allez-y, dijo por lo bajo, aún impregnada de la atmósfera francesa. El policía iba ya desfajándose, carraspeaba. Ni siquiera la miró.

 

Una hora más tarde, la pareja joven bajó de nuevo. Se habían duchado. Seguro habían hecho el amor. Mariya imaginó a la mujer desvistiéndose, el hombre tampoco estaba mal. Imaginó abierta la gran ventana de la habitación y ellos jugando con la posibilidad de ser vistos desde la plaza. Nuevo intercambio de sonrisas. La mujer le habló en francés. ¿Dónde se encuentra el restaurante? Por aquella puerta, dijo Mariya, baje y lo verá. Ambos desaparecieron por la escalera. Hacía varios días que no tenía la oportunidad de hablar en francés. Generalmente hablaba en inglés. Poca gente venía al Hotel Tulipán, tan lejos del centro de Sofía. Veinte minutos en taxi pueden ser mucho tiempo para algunos, para otros, la distancia es una virtud, visitar una capital agitada y tener la impresión de estar en la montaña, ver la ciudad gris al fondo y disfrutar del recorrido en taxi.

A Mariya no le gustaba hablar en inglés, prefería el francés, le parecía más elegante. Unos minutos después, bajó el hombre. Misma pregunta. Misma respuesta. Intercambio de sonrisas. Respondería lo mismo a la pareja mayor. Un viaje familiar, se dijo, de seguro visitan a alguien. A Mariya le costaba creer que la gente viniera a Sofía cuando había tantos lugares, tantas ciudades que a ella le parecían mucho más interesantes. París. Sólo una vez había visto París y había sido tan rápido. Llovía, no pudo disfrutar como hubiera deseado. El dinero se esfumaba y había que aprovechar, ver un máximo de lugares predeterminados por el imaginario colectivo del visitante de París en un mínimo de tiempo y con un mínimo de dinero. Ahí pudo hablar francés, aunque le costó entender a la gente. ¿Qué son tres días en París en la vida de una mujer? Hubiera deseado estar acompañada. Hubiera querido que su amiga Yordanka la acompañara a recorrer la ciudad y pasear al borde del Sena con un sobretodo largo, marrón, un sombrero beige y un cigarrillo, como en las películas.

Yordanka vio las fotografías y estuvo celosa, cómo no estarlo, pero pudo también vivir por un momento, a través de esas fotos, la experiencia de viajar; pudo ver a través de los ojos de Mariya, a través de su memoria y de su entusiasmo. Todo tan elegante, los hombres muy guapos, las mujeres tan bellas, todo, la Torre Eiffel… París seguía ahí, tan presente en su presente, una obsesión más en sus planes para un futuro que amenazaba con pronto convertirse en pasado. ¿Cuánto son 70 levas? Unos 35 euros. Tres estrellas por 35 euros en Bulgaria, no, en Sofía. ¿Cuánto cuesta un hotel tres estrellas en París? Una mirada rápida en internet la dejó fría, 95 euros la noche, un hotel a cuatro calles de la estación de trenes de Lyon. Una noche en París, casi la mitad de su salario del mes. Habría que trabajar muchos meses y, mientras, seguir soñando.

La pareja mayor salió del ascensor. La mujer se acercaba cuando Mariya, eficaz, le dijo que el resto del grupo estaba abajo. Es por esa escalera. La mujer asintió con la cabeza. Merci. Ella sonrió. También en Bulgaria decían merci. Ambos bajaron. Su turno estaba por terminar. No los veré subir de nuevo, se dijo. Quizá mañana, si es que no se han ido ya. El grupo había pagado solo una noche.

 

El sol se ponía cuando Mariya cruzó andando frente a la estación Zhenski Pazar. El tranvía se anunciaba a la vuelta. Había visto los tranvías en Francia, los de Bulgaria estaban viejos, de la época del comunismo, pero servían y por eso no los cambiaban. Ella prefería tomar el metro, más moderno. Tomaba el autobús naranja en la plaza frente al Hotel Tulipán e iba hasta la primera o la última estación del metro en el Business Park, según si iba o venía al trabajo. Después iba directamente al centro, bajaba en Serdika y caminaba varios minutos por la populosa calle Pirotska. Antes había sido la calle del comercio local; ahora, con la proliferación de los grandes centros comerciales, la calle había perdido su candor. No obstante, seguía siendo punto de encuentro de turistas, un vector hacia el centro de Sofía. A Mariya le gustaba caminar por esa calle, además ahí estaba el café Athene. Después de Pirotska cruzaba una plaza, vivía justo al lado de un pequeño mercado. Pasaba casi dos horas todos los días en el transporte urbano. Felizmente, para ella, tenía un teléfono de última generación y podía escuchar un poco de música. Dos horas en silencio mirando a la gente. Sabía que a la larga terminaría por cansarse pero era un trabajo y no podía darse el lujo de perderlo, además tenía en el hotel una oportunidad de estar en contacto con el mundo. Podía ver y aprender gestos, modas, había de todo, pero prefería a los franceses.

Guardaba un lindo recuerdo de su estancia en Toulouse. Un año, una beca, la oportunidad de ver el mundo había pasado demasiado rápido pero aprovechó lo más que pudo. Aprendió francés, visitó París una vez y Barcelona dos veces. Tuvo que trabajar para completar el dinero de la beca. Sus padres le enviaban algo pero no rendía con la conversión de la moneda. El alquiler era muy elevado, tuvo que cerrarse el cinturón pero había valido la pena. Miles de fotos eran testimonio de ese año tan presente en su memoria. Muchos años habían pasado desde entonces, años que con el tiempo perdían consistencia ante la presencia irremplazable de ese año. Veintiún años, treinta y seis. Quince años en medio que no albergaban otro objetivo que el de encontrar una manera de volver. Quince años, cómo diablos había pasado tanto tiempo, ¿dónde estaba?

 

Dos horas todos los días es demasiado. Yordanka sostiene un cigarrillo, lleva lentes oscuros y sonríe despreocupada. Frente a ella, un café y una copa de helado de vainilla. La principal diferencia está entre tomar el transporte público y tener tu propio coche para ir a donde se te pegue la gana, dice Yordanka, luego viene la cuestión del coche, porque hay coches y coches y eso hace la diferencia. Cuando te ven llegar a cualquier bar ya saben cómo tratarte, porque también es importante que te vean llegar, que se digan, este bombón va a gastar plata. Mariya fuma y escucha, lleva un sombrero beige, le queda bien. Bueno, digamos que hago un crédito y consigo un coche, regular, no vamos a exagerar, ¿cómo pago el combustible con mi sueldo? No soy millonaria, dice y alza una ceja. Yo tampoco, agrega Yordanka, por eso hay que buscar a un millonario. Ambas ríen. Es una tarde de jueves, soleada. Hay mucha gente en la calle. Mariya terminó su jornada.

Todo es posible si hablas más de dos idiomas, todo depende de lo que puedas hacer con ellos. Yordanka, como Mariya, hablaba tres.

Yordanka no trabaja desde hace ocho meses, ha tenido varios empleos temporales, alterna entre la limpieza y la traducción, pero es difícil entrar en el mundo de la traducción y ella detesta las labores de limpieza. Sin embargo, tiene un novio que la invita a pasear. Es gordo, pero también es generoso, tiene coche y mucho cabello todavía, además, de vez en cuando invita a Mariya a dar una vuelta con ellos y eso vale oro en cualquier lugar.

Mariya espera que haya una oportunidad en el hotel para recomendarla pero nadie quiere dejar su trabajo. Cuando yo me vaya te voy a recomendar. Yordanka sonríe. ¿De verdad crees que alguien va a enamorarse de ti y te va a proponer que te vayas con él? La situación es improbable, ambas lo saben, pero no deja de ser interesante, además de ser romántica y atrevida. Seducir a un hombre, a un huésped, invitarlo a salir y visitar la noche de Sofía. ¿Por qué no? Mariya imagina al hombre de negocios que entra en el hotel y le sonríe. Toma una habitación. Mariya le entrega la llave con el número 27. Al momento de entregársela, él le insinúa que la acompañe, lo espontáneo del atrevimiento la hace sonrojarse. El tipo desaparece en el ascensor. Quince minutos después ella entra en la habitación, comienza a desnudarse y… La situación es muy difícil…, dice Yordanka, Mariya vuelve a la conversación, pero al menos hay muchas perspectivas.

 

Desde hacía algunos años, Bulgaria se había convertido en la cuna de las posibilidades de la industrialización europea, rápida y de forma eficaz. Todo es posible si hablas más de dos idiomas, todo depende de lo que puedas hacer con ellos. Yordanka, como Mariya, hablaba tres. Mariya se mantenía a flote, contribuía con los gastos de la casa con su madre, no tenía la independencia que deseaba pero tenía un techo y disponía de su sueldo. El sueño de partir y de instalarse en otro lugar estaba lejos pero no era imposible. Yordanka, por su parte, amaba la literatura y no quería malgastar su talento lingüístico en el comercio. Traducir notas de venta o instrucciones de aparatos electrodomésticos no era su idea de la traducción. El problema, se lamentaba, es que el mundo cultural venía muy lejos, detrás del mundo económico. Si al menos hubiera algo en el teatro o en el Palacio de Cultura, pero las mejores plazas siempre estaban tomadas o reservadas para alguien más.

 

Ya saldrá algo pero es bueno tener alternativas, dice Mariya. Tú sabes que Dimitar es mi alternativa. Me quiere, me consiente, yo creo que la cosa es seria. Sí, pero no puedes vivir de él, si quieres tener algo debes empezar en algún lado, hay que tener experiencia. Yordanka hace un mohín, suspira mientras aplasta la colilla del cigarrillo en el cenicero. La marca del labial queda impregnada sobre la boquilla, el silencio se instala.

 

Frente a la plaza al Hotel Tulipán hay un sitio de taxis. Los taxistas se amontonan alrededor de la única banca disponible, fuman y charlan esperando la siguiente llamada. Mariya sabe que la miran. Con el tiempo se ha acostumbrado a esas sonrisas; cerdos, dice, pero conoce a varios de ellos. Conocer a los taxistas confiables es parte de su trabajo en la recepción del hotel, gente de fiar para la seguridad de los turistas desconfiados. Estoy seguro de que me ha cobrado demás, se quejó una vez un hombre. Era un inglés que se atrevió a insinuar que ella era cómplice del taxista y obtenía su parte del robo. A ella le molestó tanto que sacó un billete de diez levas y lo puso en el mostrador. El inglés se sintió ofendido, se retiró a su habitación murmurando algún insulto, indignado. Ella, muy tranquila, recuperó su billete. Cabrón, dijo por lo bajo.

Conocer a la gente, ese es el secreto, conocer cada táctica para ganar una leva. La propina es bienvenida siempre que no se le confunda con la limosna. En el Hotel Tulipán todos luchan por ganar la simpatía del huésped pero los taxistas son los más descarados. Algunos juegan, ilusos, las cartas de la cortesía y la puntualidad; otros no esperan a que llegue la buena voluntad del turista: una vuelta de más en la ciudad, una llamada para verificar una dirección, todo es válido con tal de hacer que avance un poco más la tarifa del viaje, total, el extranjero no entiende el búlgaro y ellos ninguna obligación tienen de hablar en inglés. Hablar inglés… si vienen aquí, que aprendan búlgaro.

También está la pareja de policías que siempre detiene su coche en la esquina de la plaza, frente al depósito de cerveza, al lado del hotel. Uno de ellos, el más joven, pasa la tarde charlando con la dependienta. La ronda de seguridad en el barrio termina cuando comienza el descanso de ella. A veces Mariya los ve charlar y los imagina haciendo el amor en el cuarto de limpieza mientras el policía gordo vigila que nadie entre. Es el policía gordo quien entra con tanta familiaridad al hotel para usar los sanitarios. Lo hace desde mucho antes que Mariya comenzara a trabajar. Al principio, por cortesía, dijo que sí, luego, ante la regularidad y el descaro, comenzó a molestarse, una vez le prohibió la entrada. El policía la miró, se dio media vuelta y salió sin decir nada. Al día siguiente la responsable del hotel le llamó la atención. El oficial podía venir a cagar aquí o a hacer lo que quisiera cuando le viniera en gana. Aquella reconvención le pareció a Mariya más una advertencia que un regaño, sonaba a temor de represalias, a la pérdida del derecho de la seguridad para todos.

¿Represalias? Mariya sabe que algo no anda bien alrededor del Hotel Tulipán. La plaza tiene la virtud de estar fuera de la ciudad pero siempre hay movimiento, incluso por las noches. Eso lo sabe por la colega del turno nocturno. Además, a veces hay clientes con aire sospechoso, turcos y búlgaros, generalmente, a veces algún alemán. Es cierto que hay varios hoteles alrededor del barrio, algunos incluso son de lujo, y eso siempre ha favorecido ciertos movimientos, tráficos nocturnos, discretos, onerosos. En el barrio también vive una parte de la selecta sociedad de Sofía, pero lo que más llama la atención y hace que todo se vuelva más sospechoso son las embajadas. Alrededor de los hoteles y los nuevos edificios que se construyen a marcha forzada para los nuevos ricos de la capital hay varias embajadas, residencias cuyos habitantes poco salen y sin embargo denotan mucho movimiento en su interior. Mucha vigilancia, mucha discreción. Eso Mariya lo ve desde el autobús pero todo el mundo lo sabe, todo mundo habla de las embajadas.

Piensa que Mariya a veces sueña demasiado, que la idea de irse tardó bastante; quizá, si tuviera diez años menos. Yordanka suspira, ahora espera que Dimitar tome la decisión.

Además de los taxis, de la patrulla y de los diferentes miembros de las policías privadas que circulan por la plaza, están los BMW con vidrios polarizados. Mariya los ve rondar por la plaza todos los días, desde la recepción o desde la entrada del hotel, si es su descanso. Esos le dan escalofríos a Mariya, sobre todo cuando se detienen frente al hotel. Una vez entraron un hombre y una mujer. Él tomó una habitación y subieron. Dos horas después, el hombre bajó, subió al coche y se fue. La mujer bajó algunos minutos después, pidió un taxi y se fue. Mariya comentó la situación con la responsable, ella se alzó de hombros. Era la habitación de lujo; además, no sucedía todos los días; además, lo que el cliente haga en la habitación, mientras no sea un crimen, no nos importa.

Otra vez, uno de esos coches se detuvo frente al depósito de cerveza. De él bajó un gordo en short y camiseta gris. Mariya levantó una ceja. El tipo entró y salió con una bolsa de plástico, una botella de rakia y dos cervezas. Subió al coche y desapareció. ¿Qué sucede en esta ciudad en la que todo mundo puede comprarse un BMW mientras ella es incapaz de atreverse a contratar un crédito para un coche, ya ni decir para probar suerte en el extranjero? Veía ese tipo de cosas, la impunidad del mundo, y deseaba poder irse.

 

No era el dueño del coche, era el chofer, eso es evidente, dice Dimitar. Yordanka, a su lado, escucha sin interés la conversación, se concentra en la pista, mira a las chicas bailar. Comienza a alejarse de esa edad, se preocupa sólo por un momento pero la preocupación se ha vuelto recurrente. Luego ve a Dimitar. No, él no irá por ahí buscando jovencitas. Le acaricia la pierna y bebe su coctel. ¿Y tú te crees que porque tengo un BMW voy a andar vestido siempre de traje? ¿Que no puedo ir en calzones a comprar cervezas? Dimitar suspira. Te digo que era el chofer. Mariya se alza de hombros, aunque odia los estereotipos, supone que Dimitar tiene razón. Además, agrega Dimitar, ya lanzado, ni te imaginas lo que sucede ahí. ¿Y tú sí que lo sabes, ah?, replica Mariya. Yordanka los ignora.

Un hombre. Para Yordanka es un hombre joven y constatar esa pequeña diferencia comienza a molestarle. Un hombre se acerca discreto a una chica en la pista de baile, comienza a bailar detrás de ella, le acaricia la cintura; una mirada de reojo basta a la chica para decidir si continúa el baile o se aleja de ahí. La chica no se mueve, al contrario, pega su cuerpo al del hombre. Yordanka sonríe, no está mal. Se pregunta si sería capaz de seducirlo. Luego mira de reojo a Dimitar, su vientre esconde el cinturón del pantalón, tampoco está mal pero podría estar mejor. Piensa en la frontera de los cuarenta años, aún le faltan tres, pero las cosas van rápido, han ido muy rápido. Piensa que ya no es tiempo para irse a probar suerte a otro lado. Piensa que Mariya a veces sueña demasiado, que la idea de irse tardó bastante; quizá, si tuviera diez años menos. Yordanka suspira, ahora espera que Dimitar tome la decisión, es lo que puede salvarla; sospecha que dará el paso, sólo necesita reunir más dinero. La casa vendrá después. Mira de nuevo su vientre. Calcula que le quedan todavía diez años de atractivo. No está mal, no le irá tan mal.

Te lo digo, esos tipos controlan todo desde la oscuridad y ni quien les diga nada, para eso tienen tantos guardaespaldas. ¿Cuándo has visto que la policía se detenga delante de alguna de esas casas? ¿Has visto los coches que tienen? Siempre van armados y nadie se atreve a abrir la boca. Parece que el dinero les llueve y las mujeres también. ¿Y tú quieres que te llueva el dinero? Mariya se ríe. Para Dimitar la respuesta es obvia, le da una calada a su cigarrillo. ¿Y las mujeres? Yordanka vuelve a la conversación. Dimitar sonríe incómodo, busca la mano de Yordanka, hace un gesto con la cabeza. Mariya se ríe. ¿Sabes que en Francia mover la cabeza de ese modo significa “sí”? Ahora él también ríe, bueno, pues entonces NO, grita y levanta la mano de Yordanka como si fuera un trofeo, ella le lanza una amenaza coqueta con la mirada. Todos beben. La música invade las conversaciones, los rostros se esconden en una penumbra neón.

Dimitar piensa que le gustaría conducir un auto como esos. Le fascinan las historias alrededor de esas casas. Se imagina que entra en una de ellas en su coche, que un vigilante le abre la puerta, que lo espera su mujer —que no es Yordanka— en la piscina, mientras dos hombres armados lo observan a la espera de alguna orden. Nada, dice con la mirada, y los dos hombres vuelven a la monótona espera de la acción. Dimitar tiene un arma fajada en su espalda. Toma un coctel, la mujer de la piscina se desnuda, Dimitar se acerca, ella le guiña un ojo. Afuera se escucha un ruido, una patrulla. Los dos hombres comienzan a disparar. La chica de la piscina grita, Dimitar le dice que entre en la casa, que se esconda. Dimitar corre hacia la puerta, saca su arma. Uno de los vigilantes está en el suelo, está sangrando. Dimitar dispara, un policía cae, dispara de nuevo, está rodeado, no tiene miedo.

Tú te estás burlando de mí, no te puedo creer lo que me dices, interrumpe Dimitar mientras Mariya y Yordanka comienzan a reír a carcajadas. Cómo serás tonto, dice Yordanka.

Yo lo que pienso es que esos tipos aprovechan que tienen impunidad, digo, inmunidad, dice Mariya, sarcástica, para cometer toda clase de delitos menores. Se creen todopoderosos y te tratan como si fueras una basura. Dimitar no está de acuerdo pero sabe que no llegará a nada. Mariya es testaruda. ¿Te han hecho algo? Dice, tajante. Vive y deja vivir. No, responde, no me han hecho nada. Mariya duda, una vez… Yordanka vuelve a la conversación, comienza a escuchar a Mariya. Una vez, había terminado mi turno y fui a tomar el autobús. Había un BMW delante del depósito y dos tipos gordos, así como tú, Dimitar, se me quedaron viendo como idiotas. Yo me hice la disimulada y seguí caminando. El bus acababa de pasar, odio perderlo porque tengo que esperar media hora el siguiente, es una pérdida de tiempo. Y bueno, casi no había gente en la parada. Estaba ahí y vi cómo los dos tipos subían al coche, se daban de reversa y se estacionaban justo a mi lado. Eran apenas veinte metros pero fueron incapaces de mover sus culos y caminar. Es el coche, Mariya, dice Yordanka, es para impresionar. Dimitar asiente. Mariya continúa. Bueno, como sea, el caso es que ambos saludaron, muy educados primero, los cabrones, luego me preguntaron hasta dónde iba. Les dije. Te llevamos, dijeron. Y yo les dije, por supuesto, subo con ustedes y me llevan. Y ellos dijeron, de verdad, son sólo quince minutos, además estamos de descanso. Yo miré la hora, faltaban todavía 25 minutos así que me subí. No te puedo creer, dice Dimitar. Yordanka sonríe. De verdad, continúa Mariya, subí al coche, los dos estaban felices. El coche arrancó, olía a cigarrillo, había revistas porno y un periódico. Había una botella de whisky. ¿Así trabajan ustedes? Uno de ellos cogió todo y lo puso en la guantera. El otro conducía. Me preguntaron qué hacía, dónde trabajaba, si tenía novio, ya sabes, lo clásico, querían ligarme. ¿Te gustan los coches? Por supuesto, respondí. ¿Quieres dar un paseo o llevas prisa? Bueno, demos un paseo, les dije. No es posible, interrumpe Dimitar, tú te estás burlando de mí. Que no, te digo. Dimos una vuelta por el barrio, luego fueron y se estacionaron delante de una residencia enorme. ¿Quieres usar la piscina? Me dijo uno. Yo lo miré. Los dueños no están. Nunca están, dijo el otro. A veces pasa uno de los hijos pero no hoy, eso es seguro. Mientras abría la puerta del coche, uno de ellos me tomó por la cintura e intentó besarme, al principio resistí, pero luego… Tú te estás burlando de mí, no te puedo creer lo que me dices, interrumpe Dimitar mientras Mariya y Yordanka comienzan a reír a carcajadas. Cómo serás tonto, dice Yordanka. De verdad que estás obsesionado con esa imagen de poder y dinero, de gángsters, ¿en Sofía? Por favor, para eso hay ciudades más interesantes. En eso te equivocas, dice Dimitar, Sofía es una ciudad perfecta para la mafia porque nadie se imagina que aquí puedan ocurrir esas cosas. Desde aquí se construye la línea del poder y del tráfico hacia Europa, pues qué piensas. Bulgaria es la puerta de entrada. Como tantas otras, dice Mariya, aunque reconoce que Dimitar en parte tiene razón. ¿Qué sucederá en esas casas?, se pregunta a sí misma. ¿Cómo es posible que el gobierno permita todo eso? Corrupción, se dice, una de las tantas cabezas de la hidra. Al final se alza de hombros. Hasta ahora no ha visto nada extraordinario, nada digno de contar.

Esa es la idea, dice Dimitar, que todo parezca normal, incluso el hecho de que los autos parezcan sospechosos es normal. Así la gente tiene de qué hablar, cada quien se hace una idea y aunque ésta sea más o menos acertada, no importa, lo importante es que la gente piense que hay algo, que tenga algo para entretenerse. La gente como tú, dice Mariya. La gente como ustedes, replica Yordanka, que decide finalmente ir a bailar. Está sola, no muy lejos de la barra, sigue la música, cierra los ojos, sabe que es atractiva. Luego alguien se acerca por detrás, le acaricia la cintura. Ella saborea ese momento de incertidumbre, una mirada de reojo, Dimitar sonríe detrás suyo, la acaricia. Mariya parece llamar por teléfono, Yordanka acaricia el pelo de Dimitar, ambos continúan bailando.

 

Un hombre cruza el umbral del hotel. Mariya lo observa de reojo, demasiado elegante, le parece, para el hotel. El hombre pide la habitación especial. Mariya pide una identificación. El pasaporte es turco. El hombre es atractivo, paga en efectivo y además deja una enorme propina. El desayuno estará listo a partir de las 8h00. El hombre no espera el ascensor, toma la escalera, apresurado. Treinta minutos después un BMW se estaciona en la entrada. Mariya sonríe irónica, empieza a imaginar cosas. Cinco minutos después, el hombre baja, lleva un portafolios negro, le sonríe a Mariya, quien finge no darse cuenta o no dar mucha importancia a lo que sucede. El hombre sube al auto y desaparece.

Durante la pausa, Mariya sale a la entrada del hotel a fumar un cigarrillo. La conserje limpia la mesa de la sala principal. Mariya termina el cigarrillo y decide ir a comprar una golosina a la anciana del pequeño comercio que está en el ángulo opuesto de la calle. Los taxistas la miran pero no puede evitarlo, su hambre es más fuerte que la repugnancia que le provocan esos tipos. Piensa en el hombre del portafolios. Había varios sellos en su pasaporte, vio dos al abrirlo, Alemania, Inglaterra. La anciana hace un comentario sobre el clima. Así es, dice, cada día hace más fresco. La vista desde la plaza le ofrece una imagen incompleta de Sofía, un espacio gris y melancólico se abre al fondo, entre los árboles. Amenaza la lluvia, quizá eso era lo que decía la anciana, la llegada de la lluvia y del invierno. El verano se acaba, otro año que se esfuma y ella ahí. De pronto se siente triste, siente que el tiempo está pasando y que las cosas no están pasando. La ciudad le parece tan grande y tan poco prometedora para sus ilusiones. Tanto tiempo anticipando su partida y ahí está, Sofía al fondo, en espera de que suceda algo.

Antes de que termine su jornada de trabajo, el hombre regresa. Lleva un portafolios negro pero Mariya está segura de que no es el mismo de antes. No dice nada, se limita a sonreír. El tipo desaparece de nuevo por la escalera, apenas la mira… su compañera de turno ya está en su puesto. ¿Y ese?, pregunta. Es turco, dice Mariya, la otra hace una mueca. No está mal. Mariya asiente. Actúa un poco sospechoso. ¿Sospechoso? ¿Cómo? Bueno, entra y sale, lo esperaba uno de los beme en la puerta, ya sabes, parece que se conducen solos. Un hombre de negocios. Sí, pero qué tipo de negocios. ¿Realmente te preocupa, Mariya? No, la verdad que no, pero no puedo dejar de pensar en todas las historias sobre las embajadas y lo que dicen que sucede en esas casas. Y hablando de eso, ¿supiste la última? Dime. Al parecer hallaron armas en una de las residencias. En todas hay armas. Sí, pero al parecer era algo serio, como un escondite. Dicen que también había droga. Y de quién era la casa. Que de un diplomático del medio oriente. ¿Pero que los diplomáticos no viven en las embajadas? Sí, pero al parecer este tenía otra residencia… ¿Y..? ¿Qué..? ¿Pues qué más pasó..? Nada, al hombre ya lo regresaron a su país. ¿Eso fue todo? Parece que sí. Oye, ¿y entonces qué con el turco? Pues nada más. Ah, sí, me dejó una propina como para comprar mi silencio. ¿De verdad?, entonces le enseñaré el escote antes de que se vaya para ver si también a mí me toca algo. Ambas ríen. También quiero que compre mi silencio, dice todavía su relevo. Mariya sale del hotel, divertida. Disfruta de tu descanso, le dice la otra. Nos vemos el sábado. La lluvia comienza, ligera.

 

¿Le molesta?, dice el turco mientras se toma asiento. Mariya agradece, deja el libro a un lado y observa a ese hombre en abierta estrategia de seducción.

De regreso a casa, Mariya piensa en el diplomático, en la facilidad que tienen algunos para vivir del poder y en la ilegalidad. Piensa en Dimitar y en su obsesión por esa imagen de poder. Piensa en Yordanka y en sí misma. Se pregunta si esperó demasiado para atreverse a actuar. Se dice que quería tener todas las cartas de su lado pero a veces la carta deseada nunca llega. Piensa en el futuro que le espera si se queda en el hotel. Es un trabajo seguro o al menos eso parece. Sabe que pueden pasar mil cosas pero ella será inocente porque nada sabe, porque sólo especula. El Hotel Tulipán luce tranquilo, como todos. Demasiadas cosas, demasiadas dudas. Piensa que Yordanka tiene razón. ¿Y si me casara yo también? Luego piensa en Dimitar, en un hombre como Dimitar, un hombre como Dimitar por los próximos cuarenta años y unos hijos con las mismas aspiraciones que Dimitar o peor, con las suyas. Luego compara a Dimitar con el turco, con tantos otros que ha visto desfilar por el hotel, algunos dándose aire de importancia, bien vestidos, siempre de prisa; otros sin importarles nada, descansando, aprovechando lo accesible que puede resultar Sofía para todos aquellos que no viven en Sofía. Escucha de nuevo esos comentarios. ¡Qué barato es todo aquí! ¿Cómo es posible que con todo esto la gente no salga adelante? Economistas improvisados, la vida no es fácil, unos días aquí y ya se creen que pueden cambiar el mundo. Piensa en los tipos de los bemes, en los taxistas, en los policías, en la seguridad privada, esos hombres. Nada la convence, no consigue encontrar una opción que sirva de alternativa a esa idea de futuro lejos de ahí que se ha construido y que tanto desea. Cuando sale del metro la lluvia ha caído con fuerza y ha amainado, pero persiste. La gente se refugia como puede. Un sacerdote ortodoxo pasa a su lado y le mira de reojo sus piernas. Mariya vuelve a sus años de estudiante, a la vida en Toulouse, cuando todo eran promesas. Pirotska está desierta. Duda en detenerse en el café Athene. Mañana, se dice. Piensa que debió haberse quedado en Toulouse, debió haber buscado trabajo cuando no le importaba hacer ciertos sacrificios, cuando ya estaba allá. Eso era lo más difícil y ya estaba hecho. ¿A dónde se fueron estos quince años? El tarator de la cena le pareció particularmente frío.

 

Sale temprano. No desea quedarse en casa a ver la mañana perderse en el marasmo del tiempo. El mercado despertó hace más de dos horas. Sofía bosteza todavía. El café Athene acaba de abrir. Dos hombres toman su café, comienzan el día. Mariya tiene el día entero a su disposición. Pide un café y saca un libro, quiere refrescar su francés, al menos eso tiene que quedarle, al menos eso le pertenece. Le sirven su café, Mariya agradece distraída y se sumerge en esas páginas, en esa visión de París que tanto le fascina, esa ciudad que vio una vez y que recuerda con tanto cariño pese a que ha olvidado casi todo. Unos minutos después el camarero le presenta un plato enorme. Pastelillos de fresa y chocolate, galletas de almendra, baklava de pistache y miel. Mariya mira al camarero pero éste ya se ha dado vuelta y se dirige a la barra. Un hombre de pie frente a ella. Mariya tarda en reconocerlo. El desayuno de su hotel no parece muy apetitoso. ¿Le molesta?, dice el turco mientras se toma asiento. Mariya agradece, deja el libro a un lado y observa a ese hombre en abierta estrategia de seducción. Me han dado el día libre, dice, me quedaré una noche más en su hotel, continúa. También me hablaron de este lugar, al parecer la pastelería es buena, pero con buena compañía es aún mejor. La he reconocido, espero que no le moleste. Mariya responde a todo con monosílabos. El turco mira el libro, está en francés. Ah, veo que habla francés. ¿Conoce París?, pregunta el hombre. No, responde ella mientras sonríe y toma una galleta.

Julio Zárate

Julio Zárate

Escritor mexicano (Guadalajara, 1985). Es doctor en literatura hispanoamericana. Ha publicado dos libros de cuentos en una editorial independiente de Guadalajara y varios artículos universitarios sobre literatura hispanoamericana. Actualmente vive en Montpellier, Francia, y trabaja como profesor en la Universidad Toulouse I Capitole.
Julio Zárate

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