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El día de la independencia

martes 24 de julio de 2018
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“Un día extraordinario”, de Julio Hernán Correal

Nota del editor

“El día de la independencia” es uno de los veintiún relatos que conforman Un día extraordinario, del escritor colombiano Julio Hernán Correal, publicado este año por el Proyecto Editorial Babilonia y presentado en la reciente Feria del Libro de Bogotá. En este libro, según explica en el texto de contraportada el editor de Letralia, el escritor venezolano Jorge Gómez Jiménez, “encontramos ya una voz personal que se vale del humor, del lenguaje coloquial y de un diestro manejo de la paradoja, así como de los finales sorpresivos, para dejar su huella en el lector”.

Temprano, muy temprano, con el cielo apenas empezando a clarear, salí de mi casa. Al cruzar la avenida en espera de un bus o un taxi que me llevara a mi lugar de trabajo, noté cómo en algunas ventanas ya se asomaban las banderas tricolores y hasta ese momento me vine a percatar de que ese miércoles era 20 de julio, día de la independencia nacional.

Normal me pareció tener que ir a trabajar en un día festivo, pues desde que empecé mis labores en la televisión esa había sido mi rutina; rutina que sólo había sido alterada a mediados del año inmediatamente anterior, luego de que los actores manifestaron su intención de no volver a trabajar en estas fechas, decisión que de entrada fue rechazada por canales y productoras, pero que al final se zanjó con un acuerdo por el que, a partir de ese momento, empezamos a trabajar un festivo sí y otro no.

—Qué bien. Algo es algo —dijeron unos.

—Mucho —dijimos otros.

Porque en nuestra condición de trabajadores independientes, como de forma eufemística nos llama la ley, estábamos acostumbrados a dejar de lado la familia en estas festividades, pues asumíamos que tal vez nos llamaban así porque teníamos que trabajar hasta en el día de la independencia.

Tras unos minutos de espera y para no llegar tarde a mi compromiso laboral, decidí coger un taxi. Al interior del carro escuché el himno nacional, lo que me indicaba que ya eran las seis de la mañana, y mientras en la calle veía a un grupo de jóvenes aún con rostros de fiesta yo me dirigía al trabajo, a cumplir con lo que en un día de estos podría llamarse mi deber patrio.

Llegué a la locación y allí encontré a mis compañeros, que venían tanto o más desanimados que yo a cumplir con la jornada. Cuando el jefe de piso nos saludó diciendo que esperaba que tuviéramos un buen día, uno de los actores lo interrumpió y le pidió que antes de iniciar la jornada cantáramos el himno nacional. El confundido jefe de piso no supo qué decir, razón que llevó al actor a preguntarle:

—¿Qué pasa? ¿No se lo sabe?

—No sí, sí, por supuesto que me lo sé, pero…

—¿Pero qué? —respondió el actor, y antes de que terminara de hablar, valiéndome de mi puesto de operador de audio, puse a sonar el himno nacional por el parlante que utiliza el director cuando no quiere dirigirse hasta el set.

Sin esperar autorización, el viejo fue hasta el vehículo y del asiento posterior sacó una enorme bandera.

Con su potente voz el actor comenzó a cantar el himno. De forma tímida todos empezamos a sumarnos a su canto. Muy a propósito dejé que la música sonara hasta que acabara la segunda estrofa, esa que empieza diciendo “Independencia grita, el mundo americano”. Tan pronto se acabó el himno el director, que estaba absorto en cómo resolver la primera escena, dijo:

—Buenos días para todos, qué bueno que estén tan patrióticos.

Y tal vez por el respeto que le inspiraba el actor que pidió cantar el himno, sólo acertó a decir:

—Cantaron muy bonito.

Tras recibir las primeras indicaciones, el actor, que era un hombre mayor, respetado y muy reconocido, le dijo:

—Perdón, no quisiera importunar, pero es que siento que algo me hace falta, que algo debo hacer y quiero pedir su permiso para izar la bandera.

—¿Qué? —respondió el productor de campo al oírlo.

—Izar la bandera. ¿En su casa no lo hacen?

—¿En mi casa?

—Sí.

—Yo no sé, yo nunca…

—Estoy allá en estas fechas, eso es lo que va a decir, ¿cierto?

Le terminó su frase el actor veterano y el joven productor, sin otra respuesta más para dar, resignado, dijo:

—Sí. Eso.

—Tranquilo, vamos a suplir esa carencia. Permítame, señor, saco una bandera que tengo en el carro.

Y sin esperar autorización, el viejo fue hasta el vehículo y del asiento posterior sacó una enorme bandera que, con la ayuda de los muchachos de dirección de arte, colgó en un tubo que enterraron cerca de las carpas que armaron para vestuario y maquillaje. Cuando empezaron a subir la bandera me pidió que pusiera otra vez el himno y eso hice, para disgusto del productor de campo y de todos sus asistentes.

Tan pronto concluyó el acto protocolario, el veterano actor volvió al set. Allí agradeció la paciencia de todos y afirmó estar listo para hacer la escena. Cuando todo estaba dispuesto para empezar a grabar, con las cámaras emplazadas como lo pidió el director, uno de los camarógrafos lo llamó y le dijo:

—Señor, ¿me permite un momentico?

—¿Qué pasa?

—Un momentico.

—¿Qué?

A través del visor le mostró la bandera, que quedó en la mitad del plano, sin manera de evitarla, pues la ubicaron frente al sitio en el que tendieron el Dolly, justo en todo el tiro de cámara.

—¿Qué hacemos? —preguntó el director.

—Quitar la bandera —respondió el camarógrafo.

—¡Qué! ¿Cómo se le ocurre? ¿Quiere que tengamos a ese viejo jodiendo porque le movimos su bandera?

—¿Entonces?

—Vuelvan a armar el Dolly, cambiamos de eje.

El grupo de productores en pleno lo detuvieron diciéndole que tranquilo, que a todos les había parecido muy bueno y hasta lógico que se cantara el himno nacional y se hubiera izado la bandera.

—Pero señor…

—Pero nada.

—Descansen unos minutos —gritó el asistente de dirección y el personal de luces y cámara se dispusieron a hacer lo ordenado por el jefe para tener un nuevo emplazamiento de cámaras.

Mientras los técnicos desarmaban y volvían a tender el Dolly, el viejo actor, sentado en una silla plástica en la mitad del set, empezó a contarle a los extras cómo eran los 20 de julio en su natal Chiquinquirá, de los desfiles y los actos culturales, y de sus primeras incursiones como declamador.

Cuando concluyeron su labor, el asistente gritó:

—Actores al set.

Y el veterano actor parándose de su silla nos dijo a todos los presentes:

—Yo quisiera resarcir las molestias que les haya podido causar, pero en verdad es para mí muy importante celebrar esta fecha como corresponde. Por esta razón traje esta bandera y pedí cantar el himno nacional. Pero para estar tranquilo me gustaría saber si los he importunado, si les he causado alguna molestia, porque si es así, retiro mi bandera y me dispongo a trabajar porque no quiero ser piedra en el zapato para nadie, y como no me contestan, como nadie dice nada, mejor retiro mi bandera.

Intentó avanzar, pero el grupo de productores en pleno lo detuvieron diciéndole que tranquilo, que a todos les había parecido muy bueno y hasta lógico que se cantara el himno nacional y se hubiera izado la bandera, pues finalmente era 20 de julio, día de la Independencia Nacional, y para todos esta fecha era muy importante. Y sin dejarles terminar sus exclamaciones de patriotismo, el veterano actor se les adelantó diciéndoles que gracias, y que como muestra de gratitud nos iba a declamar el poema a la bandera.

—Salud adorada bandera que un día batiendo tus pliegues allá en Boyacá, sellaste por siempre la lucha bravía…

El desconcierto del director, el disgusto del equipo de producción, contrastaban con las risas de técnicos, actores y extras que se gozaban la situación y se debatían entre los que aseguraban que el veterano actor se había vuelto loco y los que decían que el viejo estaba mamándoles gallo a los productores, en retaliación por habernos puesto a grabar el día de la fiesta patria.

Aún hoy no sé quién tenía la razón, pero lo cierto es que, animado por los aplausos, el viejo decidió seguir con su recital y con mucha pompa anunció que nos iba a regalar el poema a la patria, lo que fue recibido con vivas, aplausos y con una fanfarria que yo puse a sonar en señal de aprobación.

Ante la inminencia de que el veterano actor continuara con su arrebato poético, el personal de producción decidió írsele literalmente encima, a decirle que estaban muy agradecidos con su recital pero que ya estaba bien, que ya los había complacido lo suficiente, lo que puso al viejo a la defensiva, y ocasionó en él una reacción más fuerte que en las ocasiones anteriores:

—Los he molestado, ¿no es verdad?

—No, para nada. Cómo se te ocurre…

—Yo sé que los molesté y siendo así ya voy a bajar mi bandera, si tanto les molesta.

—Que no nos molesta.

—¿Que no les molesta?

—No.

—¿Entonces por qué no me dejaron declamar el poema a la patria?

—No, pues porque ya hemos gozado lo suficiente con los otros poemas y…

—¿Y qué?

—Pues que… y que no queremos que te canses y que haga tanto esfuerzo porque…

Él sabe de tus declamaciones, del himno, de la bandera, y se puso muy contento cuando le contamos.

—Porque soy un viejo, ¿cierto?

—No, para nada. ¿Quién dijo viejo? Si por nosotros fuera, estaríamos felices de que siguieras declamando.

—¿Entonces a quién le molesta? ¿Al director? ¡Antonio!, ¿te molesta que esté declamando?

—¿A mí? Para nada. A mí no me metan en ese asunto.

—¿Entonces es al productor de campo? ¿Te estoy molestando con mis poemas, Manuel?

—¿A mí? No, ¿cómo se te ocurre?

—¿Entonces a quién molesto? ¿Al productor ejecutivo? Es a Javier, ¿cierto?

—No, para nada. Él está feliz de que nos hayas declamado hoy.

—¿Sí?

—Sí.

—Y ¿dónde está? Quiero que me lo diga personalmente.

—Pero es que él no está acá.

—¿No?

—No. Él no trabaja los festivos —se le escapó esta respuesta a uno de los asistentes de producción que en el acto es relevado de la conversación con el viejo.

—¿Ah no?

—No, pues él quiso decir…

—Que el productor ejecutivo no trabaja en los festivos.

—Pues no…

—No, no trabaja. Vea usted, y yo que creía que aquí todos trabajaban los festivos.

—No pues él sí trabaja los festivos, sino que estos días no viene al set.

—¿Ah no?

—No, pero él está pendiente de todo.

—¿Sí?

—Sí, claro. Él sabe de tus declamaciones, del himno, de la bandera, y se puso muy contento cuando le contamos.

—¡Ah!, qué bien.

—Sí, qué bien…

—Bueno. Entonces llámenlo. Me gustaría hablar con él para que me lo diga, así sea por teléfono.

—¿Qué?

—Que lo llamen, quiero oírlo.

Los hombres y mujeres de producción se miraban sin saber qué hacer. El productor de campo decidido hizo la llamada pero ésta entró directo a buzón.

—¿Lo tiene apagado?

—Déjenle un mensaje.

—¿Sí?

—Sí. Díganle a Javier que estoy muy apenado con él como representante del canal en esta producción. Que con esa vergüenza no podría grabar porque a todo momento estaría pensando en lo que le tengo que decir. Así que hasta que yo no hable con él no grabo porque la pena no me deja.

Sobre el mediodía ya muchos de los presentes habíamos decidido hacer nuestro aporte a esta peña cultural. Poemas, canciones, chistes, coplas, trovas, cuentos, relatos, más poemas, más chistes…

—¿Que la pena no lo deja? —repitieron en coro el productor de campo y sus asistentes, a lo que el viejo actor respondió:

—Así es, la pena no me deja.

Sin otra alternativa para salvar el día, ya que el veterano iba en todas las escenas, y siendo ellos unos empleados más, sin potestad para cancelar la grabación, ni cambiar el plan de trabajo, decidieron seguir intentando comunicarse con su jefe pues estaba visto que no iban a tener forma de hacerle entender sus razones al viejo.

Mientras el tiempo pasaba sin que ninguno de sus subalternos lograra contactar al productor ejecutivo, animado por la mayoría los presentes en el set y por las fanfarrias que cada vez con más frecuencia hacía yo sonar desde el máster de sonido, nuestra gloria de la actuación siguió con su recital, pero ya no con cantos a la patria, sino con textos de García Lorca, León de Greiff, Machado, Miguel Hernández, Neruda, Vallejo y muchos otros poetas de la tradición hispanoamericana.

Las horas pasaban, las llamadas a Javier seguían entrando a buzón y el corrillo en torno al veterano iba creciendo, con todo aquel que en el transcurso de la mañana llegaba a cumplir con su llamado a trabajar. Actores que no iban en las primeras escenas del día, extras que fueron convocados a última hora, grupos de dobles que venían para hacer las escenas de riesgo previstas para el final de la mañana, proveedores de carros, efectistas, todos se fueron integrando luego de que uno a uno habían sido recibidos por un desafinado coro que a todo pulmón les cantaba el himno nacional.

Sobre el mediodía ya muchos de los presentes habíamos decidido hacer nuestro aporte a esta peña cultural. Poemas, canciones, chistes, coplas, trovas, cuentos, relatos, más poemas, más chistes, más relatos, más canciones se oyeron en las voces de actores, extras, sonidistas, camarógrafos, luminotécnicos, utileros, escenógrafos, el director, sus asistentes, incluso de la señora de los tintos, quien fue una de las más aplaudidas en esta explosión de alegría y creatividad.

Siendo las 12:15 una de las muchachas de producción pudo por fin contactar a su jefe:

—¡Contestó! —gritó exaltada, lo que nos puso alerta a todos, en especial a Julito, el veterano actor, quien caminó hacia donde estaba la productora a pedir que le dejaran hablar con Javier.

Luego de recibir todo el informe y al escuchar la voz del viejo pidiendo que le dejaran hablar con él, el productor ejecutivo accedió a atenderlo sin tener manera de evitarlo.

—Hola, Javier —dijo el viejo y puso el altavoz para que todos pudiéramos escuchar la conversación—. Me dicen tus asistentes que a ti no te molesta que yo me haya puesto a cantar el himno nacional, a declamar y a traer banderas, causando un poco de desorden en tu grabación. ¿En verdad no te molesta?

—No, para nada.

—¡Qué bueno, Javier! Estaba preocupado de que no fuera así.

—No tienes de que preocuparte.

—¡Qué bueno! Cómo me hubiera gustado que estuvieras aquí.

—A mí también.

—Pero bueno, ya que estás al teléfono quisiera regalarte unos versos para que los puedas disfrutar.

—Muchas gracias pero ahora no puedo, voy a tener que colgar.

—Qué pena. Cómo me hubiera gustado que me oyeras. ¿Pero de verdad no te molesta?

—No.

—¿Entonces puedo seguir?

—¿Qué?

—¿Que si puedo seguir declamando?

—Sí, claro que puedes seguir.

—¡Bravo! —gritó toda la gente en la locación.

—Y como sé que todos me están oyendo les sugiero que sigan en tu casa, o en un teatro para que estén más cómodos. Así que a los contertulios les digo que tranquilos, vamos a hacer corte para almuerzo y el que se quiera ir lo puede hacer ya.

—¿Qué significa eso, Javier? ¿Me estás echando?

—No, cómo se te ocurre.

—¿Entonces? ¿Qué es lo que quieres decir?

Se reían como celebrando tener eso que ellos aún no habían perdido y que yo, tras muchos años, en ese momento sentía poseer de nuevo: ¡Independencia!

—Pues que…

—¿Qué, Javier?

—Que… que a partir de este momento… todos… todos… todos estamos fuera del aire.

Aplausos y fanfarria siguieron al anuncio del productor ejecutivo. Julito sin dejarlo que diera fin a la llamada lo despidió:

—Gracias, Javier. Feliz día de la independencia.

—Feliz día de la independencia, Julito.

Colgaron y al instante todos los presentes volvimos a aplaudir y empezamos a recoger nuestras pertenencias. Algunos se quedaron a almorzar, otros nos fuimos inmediatamente. Pero todos, sin excepción, antes de partir, nos acercarnos a Julito para darle un abrazo y expresarle nuestro agradecimiento.

Al llegar a la casa, para sorpresa de mi mujer y mi hijo, en medio de la alegría que expresaban ellos por tenerme tan temprano, mientras respondía las preguntas del niño sobre mi pronta llegada, sentí que por primera vez en años cargaba mis palabras con un aliento de libertad.

—¿Y eso? ¿Dieron fuera del aire temprano?

—Sí.

—¿Les rindió?

—No.

—¿Hicieron todo el plan?

—No.

—¿Y entonces? ¿Qué estuvieron haciendo hoy?

—Patria, mijo… Patria. Eso estuvimos haciendo. Patria.

Mi hijo, como entendiendo lo que le quería decir, sonrió y corrió a darme un abrazo, mi mujer gritó que se iba a poner a cocinar porque aún no había hecho el almuerzo. Yo le respondí que se alistara más bien porque nos íbamos a un parque y a almorzar en la calle.

En el televisor las noticias mostraban imágenes del desfile militar. Atrás del periodista que hacía el informe, un hombre con una bandera en la cabeza intentaba hacerse visible para la cámara y sentados en el atrio de la catedral, un grupo de jóvenes muy parecidos a los que había visto en la mañana, se reían como celebrando tener eso que ellos aún no habían perdido y que yo, tras muchos años, en ese momento sentía poseer de nuevo: ¡Independencia!

Julio Hernán Correal
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