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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Invitación

domingo 29 de julio de 2018
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A Julio Cortázar y Miguel Donoso Pareja
I am vertical
But I would rather be horizontal.
It is more natural to me, lying down.
Then the sky and I are in open conversation,
And I shall be useful when I lie down finally.
Sylvia Plath, “I am vertical”.

Mi vida transcurre entre libros que leer y relatos que escribir. Un continuo ir y volver, a manera de péndulo, entre textos vírgenes y textos ya escritos. Siempre me maravillé por la manera en que un escritor crea sus obras. Unos sostienen que los paren y otros afirman que los eyaculan, como si fueran hijos que riegan por el mundo y los ven brillar como a los astros cuando los vemos a lo lejos. Por mi lado, he sentido la necesidad de vomitar textos, de echar de mi interior personajes que destruyen mis entrañas y no me dejan dormir en paz, porque todos ellos son lo que nunca seré, lo que quise ser de niño —pintor, astronauta, geógrafo y hasta matemático— y que por falta de interés o de habilidad, por aburrimiento, por desesperación no he sido. Para sentirme mejor, yo vomito pequeños seres que patean mi estómago desde adentro, seres nocivos que me habitan, para matarlos en narrativas, para que sólo el hambre, el sueño y el sexo me hagan daño en mi propia realidad. Ha sido así desde que tengo memoria, un diccionario y un café sobre mi escritorio para escribir. Descubrí que puedo ser sin ser, necesariamente, porque nadie está conforme con lo que es, mucho menos un escritor como yo, asesino en cada uno de sus textos.

Con letra manuscrita —qué raro que alguien escriba aún así, dados los adelantos de la tecnología— y un boleto de avión adjunto, una carta en papel amarillento.

Acostado, boca abajo, en la alfombra de la antesala culpando a la gravedad por aquel estado y no a mi falta de voluntad, vi un fajo de cartas deslizarse como surfista por debajo de la puerta de casa que interrumpió mis pensamientos. La ceremonia se completó cuando una voz de varón exhausto y poco amigable elevó la voz, sin gritar, “correo”. Consulté el reloj de pulsera que tanto odio porque es bien sabido que “allá en el fondo está la muerte” y descubrí, olvidando mi deseo de muerte, que era ya la hora del almuerzo. Me levanté como una marioneta vieja y, entre bostezos, entré en la cocina, seguro de que nada bueno podía haber ocurrido en el mundo mientras estuve en el piso a causa del vodka y los Gauloises. Devoré un racimo de uvas que hallé en el fondo del refrigerador. Lo hice por hacer algo, pues realmente quería seguir echado sobre la alfombra para continuar con mis conjeturas sobre la muerte de Marcelo Chiriboga en París. El Chelo en un crimen pasional, quién lo podría creer. Yo no, por supuesto, pero ya era hora de que muriera y más si era por pícaro y que se uniera al resto de cadáveres del Boom Latinoamericano, siendo justamente él el último —y primer— eslabón de esa ráfaga literaria. Tomé el esqueleto de las uvas sintiéndome cazador luego de merendarse lo cazado y lo eché a la basura. Fue un pequeño entremés para poder seguir con mis traducciones al inglés de Nicolás Esparza y su libro YOSOYELMAL. Preparé café y me dirigí al escritorio. Dentro de poco acabaría con el Nico y tendría tiempo de terminar de leer a Donoso Pareja y poner un disco de Louise Attaque para disfrutarlos como se debe: en silencio y junto a la ventana, para pensar mucho.

Terminado ya mi trabajo y con mucha más hambre que en la tarde, recogí las cartas y me senté en el sofá. Antes, agarré algo de comer. Louise Attaque con su música cubría mi entorno como una gran telaraña. Con los pies y mis nachos sobre la mesita, al lado de la foto de mis sobrinas Somaia e Isabela —una árabe y la otra galapagueña—, abrí los sobres. Un sobre blanco tras otro, un río de letras y deudas que yo iba tirando a la chimenea para verles encenderse como pequeñas galaxias que se acaban en un estallido luminoso. Al final de todas, con letra manuscrita —qué raro que alguien escriba aún así, dados los adelantos de la tecnología— y un boleto de avión adjunto, una carta en papel amarillento, con letras un poco borradas, como si se hubiese escrito hace muchas décadas, pero con fecha de catorce días atrás, invitándome a formar parte de la directiva de una pequeña revista a causa de la muerte de uno de los directores. Nada raro en verdad, considerando mi currículum. Sintiéndome importante como una pirámide maya, decidí aceptar y partir al lugar que la carta indicaba, un pequeño pueblo cerca de las costas de Tarragona. Lo decidí como se deciden las cosas importantes en la vida: rápido y sin mucho dudar. Algo tan fácil como jugar ajedrez o saltar la cuerda de espaldas con un pie. Partiría tan pronto como pudiese, mientras tanto, Donoso Pareja.

Antes de irme, pagué mis deudas con la señora de la tienda, pero olvidé lavar los platos. Es casi una forma natural del escritor vivir endeudado y no ser bueno recordando cosas básicas, por lo que uno suele dejar los lentes en la nevera, prender el cigarrillo del lado incorrecto u olvidar una muerte reciente. No obstante, un par de platos no me detendría. Subí al avión con una sensación de animal enjaulado. Recordé, por azar, a Chiriboga, ahora tan horizontal como un colchón, y me sentí feliz por él y sus fobias, porque compartía con el Gabo el miedo a volar y ya no volaría más. La muerte es siempre una solución a los miedos y había arrasado con todos los grandes, incluyendo un peruano, un mexicano, un colombiano y dos argentinos. Y ahora, también con el grandísimo ecuatoriano. Saqué un cuaderno de notas con ideas de qué hacer al llegar y me dejé volar a mi destino.

Recogí los libros con ganas de largarme ya a mi alfombra, a mi ciudad, a mi país, cuando el teléfono sonó.

El pueblo parecía desierto y sólo yo caminaba a mis anchas por las calles del lugar. El sol pegaba sin piedad en nuestras frentes recordándonos lo tórrido que el mundo se había vuelto desde el deshielo. Con maletas en mano, me dirigí al edificio que la carta indicaba. Era mediodía, por lo que supuse que la gente estaría en su hora de almuerzo. Olvidando protocolos y presentaciones formales, subí las escaleras que rechinaban de viejas, un poco muertas quizá. Confirmé con extrañamiento lo que sospechaba y me regocijé en mi soledad. Dentro de la oficina todo parecía ser escalera y rechinar con sólo mirarlo: el escritorio, la silla, el paragüero e incluso la puerta. Saqué de la maleta unos libros y los deposité sobre el escritorio. No me extrañó para nada que no hubiese una computadora en el lugar pues todo era muy viejo y supuse que trabajarían a mano y papel aquí, sólo había polvo y un papel —con la misma letra manuscrita de antes— que me daba la bienvenida al lugar. Saqué un cigarrillo y lo fumé sin prisa, abúlico, mientras merodeaba mi nuevo lugar de empleo. Recordé que trabajaría en conjunto con otros tres escritores, uno de ellos de procedencia argentina, que era quien me había invitado —eso decía la carta junto al boleto—, y me pregunté cuándo los conocería. Comencé a sortear nombres, por hacer algo. Pucho tras pucho, caía la noche y se exacerbaba mi histeria total por la falta de cortesía de quienes me habían invitado. Recogí los libros con ganas de largarme ya a mi alfombra, a mi ciudad, a mi país, cuando el teléfono sonó y, con una voz atenuada por el eco y una pesada respiración, dijo: “Bienvenido. Soy Julio Cortázar. Gabriel, Marcelo y yo te estábamos esperando”.

Nicolás Esparza
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