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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

El antepenúltimo suspiro

sábado 25 de mayo de 2019
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El día que Yuneisy del Valle supo que pese a su matriz infantil estaba entrando en estado de gestación, se sintió tocada por la gracia. ¡Hijo no amarra hombre!, le resonaba en su terca cabeza de veinte años. ¿Hijo no amarra hombre? –se decía. Su madre Yamilex tenía cinco —ella la mayor— que no se reconocían sino en esos ojos marrones y esperanzados. Cada hombre un muchacho. Eso era el amor. Un ardor y una barriga.

Noches de calor y escasos desayunos. Cuando se podía. Cama compartida. Intimidad intervenida. Lo veía en sus hermanos, en su madre de cuarenta, con cuerpo de sesenta y cara vencida. Yuneisy se sentía llena; la barriga, a sus cuatro meses, se mostraba discreta, y debía insistir con sus amigas del liceo en que no eran la empanada que podía engullir uno que otro mediodía, ni la mayonesa que le había regalado el vecino mecánico, ahora bachaquero, ni los asquerositos en la plaza O’Leary cuando se podía, uno que otro fin de semana con el hermano de su mejor amiga. No, Yuneisy estaba embarazadísima y más contenta que el rabo del perro que se echaba en la puerta del rancho a comer concha de ocumo y hasta de auyama.

Al nacer sietemesino, Endrymar José no logró desarrollar los pulmones fuertes como para atormentar al mundo con su grito primario de “aquí estoy yo”.

Llegados los siete meses, su matriz niña se aventó a la superficie y le puso en las manos a un tripón del tamaño de su pueril antebrazo. Cuando se enteró Yohandrys, el padre, un tipo hosco, con un ojo entretenido, que vivía con otra tipa, con la cual tenía cero rollo, le dijo que eso de muchacho choreto no era con él. ¿Choreto mi chamo? Mejor no decirle que era cuestión de perspectiva. Que desde ese ojo tuerto que se extraviaba por ahí cuando estaban teniendo sexo y parecía irse para San Fernando de Atabapo, las cosas se veían distorsionadas. No, mejor callada, no fuera a ser que a Yohan se le volaran los tapones y la arrastrara por los pelos. “No te quiero dañá pero no te me pongas bruta…”. Choreto mi chamo… Y ese ojo, ¿sería por eso? El ojo y el niño torcido.

Al nacer sietemesino, Endrymar José no logró desarrollar los pulmones fuertes como para atormentar al mundo con su grito primario de “aquí estoy yo”. Dicen los budistas que las afecciones del sistema respiratorio son manifestaciones de la tristeza. Y la de él era de larga data. Del llanto de su madre, Yuneisy, de la madre de Yuneisy, Yamilex, y de la madre de Yamilex, la señora Josefina, con tanta tristeza apretada y sin un pecho para reposarla. Endrymar no abandonó la pelea y después del primer asalto de la incubadora se atrevió a desertar de la maternidad. Tan lejos estaba de respirar, como si no le alcanzara el aire, el de la ciudad, como si quisiera recordar que el oxígeno no es tan gratis como parece, que vivir cuesta y que vivir en la Venezuela en la que nacieron ella y su hijo cuesta más aún. Del liceo se retiró Yuneisy; total, para lo que había que aprender. Que si el cultivo de acetominofén —un monte que vendían en los viveros carísimos—, o una cosa que llaman sujeto y otra predi… Para formar una oración. Para ella la que se sabía en la iglesia. De la que salía igualito que entró, aburrida y rascándose la cabeza —un pegoste por el aceite y aquel muchacho sin aire.

Mejor procurarle horas de auxilio al bebé. Aunque fuera recorriendo la Francisco de Miranda con ese carajito en la bolsa como un cangurito cianótico.

Resonaron todos los gritos: el de de su padre ausente gritándole a su madre, el del hombre de su amiga que la estampa contra la pared todos los viernes.

Quiso ese destino que pareciera signar a los valientes que, entre tanta buscadera, para aliviar el tono de su muchachito azul, un doctor de esos que van quedando se la llevara a su consulta privada para aliviarle las horas de angustia, las largas peregrinaciones por los centros hospitalarios que se mueren de mengua sin insumos, con aparatos detenidos en el tiempo, sustrayendo vidas, arrebatando consuelo. Con su tanquecito de oxígeno comenzó Endrymar a transitar el mundo, que lo recibía con recelo, que no le dejaba su espacio vital sino a raticos, conectado a ese odioso aparato que le contaba los días. La dureza se convierte en presencia cotidiana y dispara los mecanismos de defensa de quien la ejerce, y así iba Yuneisy con su muchachito, abriendo los codos en el carrito para que no se lo rozaran, envolviéndose en una bolsa para ser madre-mosquitero-manto, a casa del gentil doctor que le hacía sentir que eran bienvenidos y que el destino a veces puede torcer la esquina y hacerse abrazo de horas, siempre breves.

Aquella tarde la ciudad se mostraba hermosa, un cielo azul de una belleza engañosa cubría su cabeza y la del pequeño. Una cuadra la separaba de la gracia cuando la sorprendió uno de tantos espíritus del mal, que les ha dado por aposentarse en las faldas del Ávila. Aquel daimon encaramado en un animal de dos ruedas lucía gigantesco ante la figura breve de Yuneisy y su mínima criatura con su armatoste espacial. “¡Dame lo que tengas ahí y rapidito, no te pongas cómica!”, le dijo poniendo delante de sus ojos una gigantesca pistola que hervía a las 3 de la tarde. Yuneisy recogió en su cuerpo menudo al pequeño.

—¡No tengo sino pal pasaje!                                                                                                           

—¿Tú me ves cara de huevón o qué? —le escupió desde una boca manchada de malas palabras. Y en ella resonaron todos los gritos: el de de su padre ausente gritándole a su madre, el del hombre de su amiga que la estampa contra la pared todos los viernes.

—¡Es verdad, no tengo nada!

—¿Y eso? —su despropósito señalaba el tanquecito, el dispositivo vital que separaba a Endrymar del sueño, de la quietud, y el reposo del para siempre.

—¡No, eso no, eso es de mi hijo, si se lo quito se muere!

—¡Ni que fuera hijo mío! —le disparó en la cara el monstruoso ser, hijo de la garganta oscura que nos cobija—. ¡Dame acá esa vaina, que está buena pal transeo.

—Llévame a mí y pides rescate… Mi familia tiene real… —dijo segura.

—¡No joda, chica! ¡Dame la vaina esa…! ¡No quiero comiquita! O te percuto aquí mismo. ¡Dame esa vaina!

Alcanzar la puerta de la clínica fue la hazaña más grande después de haberle metido un patadón directo a los testículos a un par de tipos.

Las manos muertas. El corazón recogido hasta la piedra. La cara de Yohandry mirándola desde su escafandra. La vida volviendo a ser la mierda de todos los días. Sujeto… El daimon… Predicado me mató a mi hijo. El cañón delante de sus ojos. El cíclope contando los minutos.

En una pausa que arrastró sus veintiescasos años, Yuneisy arrancó la boquilla del tanque de los labios de su hijo. Le hurtaba su último suspiro. El daimon tomó el armatoste y con el botín en la mano lo agitó en señal de victoria.

Endrymar comenzó a ponerse cianótico, pero de su maltrecha humanidad emanó la fuerza para desafiar su suerte. Contra las cuerdas y a punto de desplomarse Yuneisy alcanzó, pidiendo auxilio, la cuadra que la separaba de la esperanza, sintiendo que Endrymar se extinguía entre sus brazos. Ignoraba de qué estaba hecho el carajito. Sus pasos se alargaban mientras el llanto se tragaba su rostro. Alcanzar la puerta de la clínica fue la hazaña más grande después de haberle metido un patadón directo a los testículos a un par de tipos que intentaron hacerle una encerrona en las escaleras del barrio a los doce años. Temblaba mientras arrastraba el cuerpo de su hijo, que en silencio y ya con los fanales perdidos, lejos en San Fernando de Atabapo, en el ojo de su padre, peleaba por la bocanada de la tarde emitiendo unos sonidos que quedarían como un zumbido en la cabeza de Yuneisy para siempre. El cielo seguía majestuosamente intacto en su belleza. Después de todo Endrymar había vencido dos veces y le sacaba la lengua a la pelona, que se quedaba con las manos vacías.

Muchas horas más allá, el daimon, jinete insomne, herencia del plomo y la 38, subido en su animal de dos ruedas, exhibía el trofeo pensando en la rumba que se iba a meter vendiéndole el tanque ya descuartizado al centro hospitalario que lo requería. Endrymar lo había conseguido. Con la tracción de su caja torácica incipiente, impulsado por la fuerza de su madre, avanzó hasta los brazos del doctor que la recibía en la unidad de cuidados intensivos para darle el aliento a Endrymar. En su antepenúltimo suspiro, volvía a plantarse ante su destino.

Yoyiana Ahumada Licea
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