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Dual

sábado 22 de junio de 2019
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Años después el diálogo te es devuelto. Te explicas perfectamente. No hay mensajes pacifistas en ti, se agotaron. Te desdoblas para existir en: dos lenguas, dos países, dos géneros, conquistadora, conquistada, estudiante, maestra, escritora y hablante; recuerdas que el habla fue primero.

Has comprendido que la carroña tiene derecho a existir. El maestro te lo advertía entre besos, ¿recuerdas? Tu cuerpo en clase se contoneaba constante. Tus ojos se escurrían para no enterarte de ti misma, habías enloquecido de dolor, lo sé. La capacidad de desdoblamiento fue la que te salvó en varias ocasiones. Gracias a sus constantes separaciones del cuerpo pudo Usted encontrar el camino hacia el río. No sabe cuánto la respeto.

Antes tendrás que enterarte de lo que habías negado. El arroyo fue testigo de sus imágenes, desfilaron lentamente. Sus manos, el maestro, las víboras, el pantano, el salón de clase, tu gemela, la carta, el perro, las cadenas, las lenguas, las palabras, la indígena, la española.

Las cadenas se sueltan, te reúne con tu gemela, dos años después la gloria está, es tuya y el espejo con el cual estuviste hablando este tiempo se ha roto.

Estabas aterrada cuando recién te descubriste, la culpa te asfixiaba. Tus manos alucinaban blancura. El reflejo en el arroyo la obligó a recordar su época de aprendizaje, la universidad. Los fríos planes de vestir el escote y la falda, tu sonrisa seductora, el maquillaje discreto que sólo él notaría. Cruzabas las piernas, revelabas la rodilla que inició tus atractivos y las revueltas. Revoloteabas los dedos de los pies mientras el maestro bajaba los ojos recorriendo tus piernas. Él estancó los pensamientos en el piso, cavilaba en la sombra producto de la luz y tus zapatos abiertos. Algo te seguía, era un cuerpo sutil, desaparecía la luz. Eras obstinada, tu terquedad por aprehender el conocimiento del maestro se notaba hasta las últimas filas. El sueño de la razón produce mostros. Aceptaste temblorosa el enamoramiento. Ibas directo a la infidelidad, estabas comprometida, ¿lo olvidaste? Tú elegiste desprender la otra presencia, ignorarla, olía mal. La soltaste, y ella deambuló entre tus oraciones matutinas. Tu rostro casi infantil lo podía lograr todo menos confundirlo. Tú embellecías en la pereza que arrastró tus pies hasta recostarte en la butaca. Roncabas, dormías en clase. Hablabas sin sentido. Apretabas la mano derecha sobre tus labios, y tu sombra emergía por la nuca, reposaba atrás, luego intentaba regresar pero tus rezos la espantaban. Tú no lo notabas, asumías que tus participaciones eran lúcidas, certeras. Pobre de ti, no te conocías ni un ápice. Solías imitar, te daba pavor verte dentro. El maestro lo sabía, subió sus ojos desde el piso hasta tu frente, la sombra cambió de lugar, huyó de la cordura, se instaló en el marco de la puerta. El maestro advertía a la clase tener cuidado con el empleo de la segunda persona —puedes enloquecer en cuanto te enteres de tus alcances, dijo. Él trabajaba con presos, eso te atraía, irremediablemente te atraía. El maestro lo notó. Le pidió a la mujer de la última butaca pasar al pizarrón, era igualita a ti. Tuviste celos del llamado a participar. La joven cruzó el salón volando hacia la pizarra, silbó incitándote a la guerra. Su fealdad te era familiar. A ti te alegraba el hecho de que a tu gemela la habían encarcelado años atrás. Se lo merecía por ladrona. La mujer en el pizarrón logró remover esos recuerdos, desprendía indeseables realidades. Gozabas de una visión periférica inigualable. Ahora ella, frente a todos, escribía tu realidad paralela entre mórbidos ruidos de gis viejo, blanco. Regresaste a casa nublada. Esa noche los nervios te traicionaron. Abriste la correspondencia decorada por el polvo. Soplaste la carta de tu gemela, no te habías atrevido a abrirla en meses. Te consoló extrañarla, alguna vez supiste de ella. Agradeciste sus palabras encerradas en símbolos que a primera vista rechazabas. El compás del ruido del gis escribiendo tus verdades despertó tus encadenados apetitos. La carta emitía el perfume barato de Victoria’s Secret, tu gemela lo había vaciado a propósito en su carta. Tu espantosa, ilegible y vacía gemela que gritaba para darse a entender. Tocaste cada letra de la carta. Te extraviaste entre tus anhelos robados, la culpable era tu gemela, la responsabilizaste de tu ignorancia. Arrojaste la carta. Luego la rompiste. Tu estadía en el salón de las enseñanzas fue mero deseo de venganza. No se trataba de sexo ni seducción, mucho menos amor. Odiaste leer esa parte. Ella no se explica. Tiene el poder de confundirte, sólo a ti. Lo hace ahora. ¿No comprendes? Sigue leyendo. Vuelve a leer las hojas dedicadas a ti, en esta ocasión usa el segundo del singular en futuro para conjugar los verbos. De ahora en adelante versa la probabilidad, emplearás tu imaginación en el saber, veremos si te aclaras. Idiota. Caminarás a la dirección que te ordene, irás a casa añorando “eso” pero no sabes qué es, sentirás rencor y ni el sol podrá sosegarte. Reposarás la cabeza en tu almohada es tu única oportunidad de escapar. Soñarás, verás a la mujer fanática, ratera, vengativa, envidiosa. Verás en retrospectiva. No encuentras al maestro. Lograste amarrarlo. Tus manos estarán adormecidas, sientes el cuerpo atado. Entonces comprenderás, habrás subido un escalón en la sabiduría. Todo lo que le haces a los demás te lo haces a ti misma. Lees. Sueltas la rigidez, la zalamería, el coqueteo, la argolla de matrimonio que le perteneció a tu gemela. El maestro mueve la mano en señal de despedida. Te muestra la sombra, la vierte en tu rostro. Cuando iba a clase gustabas de gorros. Tu mano derecha espera que la capucha izquierda se abra sigilosa. Cierras los ojos de víbora, los depositas en el cesto de basura que se encuentra en la salida del salón. Caminas sin prisa. Darás el siguiente paso por ti misma, segura. Has descubierto “eso” que iba aferrado a ti. Continuarás caminando sin rumbo aparente, desasosiego. El arroyo te arrollará a trasmutar. La pesadilla continúa. Notas que el agua no fluye, intentarás cruzar, el lodo negro te lo impide. Tus pies se estancarán, tus dedos ya no bailan. Poco a poco tus piernas pierden fuerza, gritarás pero nadie estará ahí para auxiliarte. Te habrán atrapado, la hora del juicio estará en su punto. Tu gemela ha sido liberada. La soltarás. Ya no estará en la última fila observándote, la venganza se materializa, el ciclo está por concluirse. Otros deseos vendrán en camino pero a nadie le importan. Gritas desesperada. Despertarás. Intentarás interpretar tu sueño. Nada te convence. Te las ingeniarás para trascender tu dualidad, sola. Te conviene emular a una cobra, abrir tus capuchas. Cuidado, no te vaya a consumir tu propio veneno, juega, experimenta, y da la cara. Las serpientes se arremolinan en tu cama, el perro de lengua negra las saborea. Está interesado en la cobra de dos cabezas, la que abre las capuchas y amenaza con seguir festejando. Ladridos la ahuyentan, Rokó, el perro, le arranca la cabeza. La cobra ha dejado de existir. El perro te salvó de ti misma. La maestra te es devuelta, pone la argolla en su lugar, articulas perfecto en los dos idiomas y “eso” abre el candado. Las cadenas se sueltan, te reúne con tu gemela, dos años después la gloria está, es tuya y el espejo con el cual estuviste hablando este tiempo se ha roto. Ha comprendido que reflejarse es parte del pasado, el tránsito dentro del cuerpo de la serpiente culmina arrojando a la mujer que expulsa su libro, el fondo es amarillo, las aves festejan, al final El árbol de la ciencia siempre estuvo ahí, El Quijote regresa. Tú y la gemela son la misma; eres dual, siempre lo fuiste.

Hilda Sotelo
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  • Dual - sábado 22 de junio de 2019

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