Publica tu libro con Letralia y FBLibros Saltar al contenido

Dos cuentos de Omar R. Robles

domingo 10 de noviembre de 2019
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Yo decidí no estudiar más, pero Elena estudiaba música, y ya casi acabo pero no sé si irme al terminar o esperar unos cuantos meses o un año antes de dejar a mi familia.

Elena

Amaba aquel “pueblucho de mierda” —como solía llamarlo cuando creía detestarlo— con su pequeño parque y el silencio nocturno y los chismes y las mujeres que desde la perspectiva que tuvo cuando era adolescente se presumían agraciadas moviéndose de un lado a otro con un toque indiscreto que ya formaba parte de la rutina diaria de ese sitio, mostrándose necesitadas por algo que no les hacía falta, pero donde había entrada también había fila y algunos perseguían a una u otra con sonrisas, movimientos torpes y galantería absurda de la que después cada mujer se burlaba con sus amigas entre risas que convertían en más coquetería, formando un círculo persecutorio. Y de aquí para allá: hombres en bicicleta, mujeres con una pequeña canasta o bolsa y los niños correteándose después de ir a la escuela, de vuelta a casa donde los regañarían porque llegarían sucios, con muestras de un juego que probablemente terminó en una caída y muchas risas, tantas como sólo los pequeños son capaces de tener, pero ya no serían risas al llegar con el pantalón roto y sucio, agacharían la cabeza y escucharían el discurso todavía temido a causa de ser unos descuidados y blablablá, luego, a lavarse las manos que hay que comer; mientras afuera se perciben algunas burlas de jóvenes que no quieren llegar a casa todavía, eso que lo hagan los matados, los que seguían afuera querían vivir un poco más, confundiendo los trece o catorce años con la madurez, otros con la rebeldía y uno ya ni sabe cuáles son los peores porque se creen en demasía inteligentes y nada más no sale la genialidad que creen tener, entonces se debe sonreír, por pura inercia quizá, pues lo provoca la nostalgia, porque también en esos años Mario se pensaba listo. Por supuesto que era algo para partirse de la risa. Esa edad, esa mezcla de anécdotas e historias exageradas —incluso muchas que ni pasaron pero que enaltecían la reputación de un perfecto desconocido para el resto del mundo fuera de ese pueblo—, esa inolvidable etapa que lo tiene todo; ya ni la infancia en la que se divirtió más, no, la eterna juventud, eterna porque no quiere morir, no quiere cambiar, que se cree inagotable hasta que una o dos canas aparecen y las líneas de expresión dictan lo que no se quiere saber aunque ya se sabe, entonces llegan las cremas y menjurjes que se han inventado y se untan con ansias en el sentido contrario de las manecillas del reloj, como para regresar el tiempo, ¡ah, qué caray!, sólo se cansaba haciendo eso, ya ni estaba para cremas ni para intentar regresar a nada, no podría verse joven con la madurez que ahora creía tener, sin dejar de pensar en la posibilidad de que en un par de años de nueva cuenta, mirando en retrospectiva, encontraría en su madurez actual muestras de su inmadurez juvenil: así que joven permanece la ingenuidad y es el único rasgo que conservaba. Así como se conservan muchas otras cosas, sobre todo en lugares como ese: las costumbres —que por desgracia, para los que recuerdan tiempos mejores, y por fortuna, para los que creen que perder esas cosas es muestra de civilización, desaparecen poco a poco y por eso ni se nota que se van—, las cosas marcadas en el tiempo por evidencias históricas a las que no muchos prestan atención o las rencillas familiares de generaciones pasadas que seguían transmitiéndose, incluso de forma genética, por lo que el nieto del nieto de quien comenzó alguna discusión durante los años que ya nadie piensa sigue odiando al ahora nieto del nieto por quien todo empezó. Las familias, los apellidos repetidos y que por azar o vaya a saber Dios qué cosa pero esos se hicieron ricos y nosotros no, hijo, o nos iba mejor y todo se puso de la chingada, pero no digas eso en voz alta que tu madre te pone una friega que no se te olvidará jamás y Mario no, abuelo, no le diré nada, y se guardaba la palabra como el billete que le había dado, se iba corriendo con sus amigos después de escuchar a un viejo al que no le prestaba atención pero que buscaba cuando quería dinero y poquito pero le daba, que se divirtiera, hasta que de repente se encontraba a escondidas bebiendo por primera vez, nadie le decía que no lo hiciera pero la carga moral es traicionera en los momentos en que la diversión y la mala educación son lo mismo. Claro que a algunos eso no les pesa y Mario no supo nunca si debía agradecer, o no, ser así, le había servido en muchos sentidos, pero en otros no tanto y en eso pensaba ya de joven cuando el mareo provocado por algunas cervezas y unos tragos de tequila le obligaron a buscar un rincón donde expulsar lo que había bebido. Pero no llegó a ningún lugar, antes de seguir el instinto apareció Elena, la bonita de Elena, con sus ojos casi negros y la piel revestida por un brillo blanquecino, el cabello largo y quebrado, con una sonrisa un poco burlona, sí, ya conocía a Elena, la conocía desde hace mucho, cuando la vio salir de la casa de un amigo de su hermano mayor —porque ella tendría unos cuatro o cinco años más que Mario, casi lo mismo que su hermano— y para qué, se ganó una reputación horrenda, casi vulgar de una cualquiera porque ni era la primera casa solitaria de la que salía, pero no le preguntó a su hermano quién era, estaba prohibido siquiera mencionar a la familia de aquella mujer, sin querer aceptarlo esos rencores que se heredan lo alcanzaron. Aun así ya le gustaba y ni modo, ¿qué hacerle? Esa tarde pasó ebrio a su lado y ella no lo volvió a recordar de esa forma, ni le había hablado antes como para saber quién era, y ni tenía intención de hacerlo, así que no importaba. Lo que sí importaba era no acercarse, ni con el pensamiento, a los labios o a cualquier otra parte del cuerpo de Elena, una regla que tomaba un delicioso sabor al romperla, y era delicioso porque los labios dulces de aquella fémina tornaban bonito lo desagraciado, ni siquiera Mario sabía cómo había conseguido que se fijara en él, pero aprendió mucho: ni era como se decía ni tenía las facultades negativas que suponía el resto; sin embargo las invenciones y los chismes son necesarios para sobrevivir como el oxígeno mismo en lugares parecidos, por lo que a ella no le importaban y a él le tuvieron que parecer tan graciosos que le era inevitable sonreír cada vez que escuchaba algo sobre ella; después se veían, a escondidas, y se contaban todo eso y ambos reíamos hasta agotar toda la risa del día, mis dieciocho años para ese momento se habían convertido en un conjunto de besos secretos, de discreción y ocultamiento, en un juego que nos arrebataba la calma convirtiéndose en un placentero sentimiento de bienestar. Yo decidí no estudiar más, pero Elena estudiaba música, y ya casi acabo pero no sé si irme al terminar o esperar unos cuantos meses o un año antes de dejar a mi familia. Mejor un par de años, sí, para que tampoco me dejes a mí, pensaba Mario sin decir nada, claro que Elena era mayor y adivinaba ese pensamiento, a lo que sonreía bien bonito, tan bonito como cuando la veía cantar, aunque ni lo hacía mucho porque se cohibía, entonces se veía más bonita porque se sonrojaba de una forma agradable y sonreía como escondiendo esa timidez con un toque de vergüenza por verla contenta, cantando, moviendo su cuerpo con una fuerza ingenua, no intentaba llamar la atención de Mario pese a que ello era lo que conseguía, tan sólo era la lindura de su gracia, algo que Elena ignoraba y que no quería descubrir que tenía, si eso pasaba perdería su encanto y sabía muy bien que conociendo lo que me gustaba de ella abusaría de eso de una forma tan cruenta hasta que se gastara tanto, tanto y no quedara nada. La verdad es que ni yo supe lo que le gustaba de mí, y tampoco permitía que me lo dijera, nuestro gusto era nuestro mayor secreto. Y había más, muchos más, pero los callábamos; sólo se trataba de lo que teníamos y lo que teníamos lo era —casi— todo. Para cuando salimos de esa zona secreta nadie lo esperaba, entraba a su casa y aunque nunca fui del todo invitado o aceptado, tampoco se me rechazaba de una forma como lo hubieran hecho en mi casa con ella, después supe por qué, pues lo que sentía por Elena y lo que teníamos daba igual, ni te vas a quedar con ella, después de que termine de estudiar la voy a mandar lejos, ni quiero que acabe en este pueblo ni con alguien como tú. La sentencia de su padre dolía, pero no la mencionaría, sólo convertiría en cada momento algo amargo, sabiendo que estaba destinado a fracasar. Por otro lado en el pueblo comenzó a ser notado, ¿y a poco andas con la Elena?, no hagas pendejadas, pinche Mario, con ella no. Estás bien güey, hermano, si papá se entera se va a armar la grande. Pero ni se enteró ni se armó. Poco a poquito se convirtió en un chisme más que agregar a la lista que perseguía a Elena. En uno de esos chistes de los que tanto se reía, y eso le seguía gustando, seguía contándole todo a ella y ella lo escuchaba atenta, con esos ojos casi negros y brillantes a los que a veces el cabello molestaba y Mario hacía a un lado para que no interfirieran con el beso todavía torpe pese al año que llevaban juntos, por ese año que tanto gusto le hallaron ambos es que te voy a llevar cuando me vaya de este lugar, Mario, ya verás. Pese a que era mayor, la inocencia con la que dijo eso le pareció algo casi infantil porque sonaba honesto. Al día siguiente ya no la vio, se fue sin despedirse, sin que pudiera darle la oportunidad de explicarle sus temores o de preguntarle si sabía lo que haría su papá, así que tuvo dos opciones: o pensar que Elena se fue llorando o que lo sabía todo desde un principio y sólo jugó con él. Como fuera quizá ni importaba, de cualquier forma ya se había ido. Y Mario quiso lo mismo, me voy, no quiero estar aquí, estudiaré o trabajaré pero aquí ya no quiero estar, no la vas a alcanzar, hermano; no es por ella, ya te dije; pero sí era por ella, aunque no de la forma que todos empezaron a suponer, ya no quería verla, ya no quería encontrarla. Simplemente quería no convertirse en esos rumores que inundan las espaldas, en una historia que no importa a lo largo de los años porque aunque en su momento fue una buena forma de romper el silencio, después no tendría sentido porque los nuevos jóvenes la cubrirán con otras más o menos interesantes, y entonces ¿cuál sería su lugar?, ay, pinche pueblucho de mierda, me dio y quitó todo por primera vez, ¿cómo no amar un lugar así? ¿Cómo no volver para sentir que nada se ha perdido cuando todo lo que se quiso ya no está?

 

Luego me sonrojé, no sabía a dónde mirar a menos que fuera al rostro fino y blanco de la mujer pintada.

Un pintor

¿Cómo se encuentran las pasiones?

Era un desnudo, y por mero morbo me acerqué, como para ver si en la pintura existían todos los detalles de una mujer —cosa sin verdadero sentido, a esa edad yo no había visto a una mujer desnuda, así que no lo podía saber—; miré los senos, miré las piernas, miré la parte inferior de los brazos, miré el ombligo y me quedé en ese punto como quien se pierde ante algo que ve por primera vez, en su enormidad, sorprendiéndose porque esa cosa nueva y extraña, aunque ya sabida, corta un poco la respiración. Luego me sonrojé, no sabía a dónde mirar a menos que fuera al rostro fino y blanco de la mujer pintada; no era incomodidad por la gente que comenzó a llegar al museo, no les miento, de ser la única alma ahí de pie, tuve a mi alrededor a veinte personas —supuse que eran turistas, nadie entraba ahí porque sí—, pero insisto, no eran ellos, ni las señoras que me veían como regañándome con los ojos; supongo que es la ventaja de ese tipo de pinturas, uno las puede ver todo el tiempo que quiera y no lo tachan de pervertido, después de todo hay que observar bien las obras, ¿no?, confeccionar cada detalle en la mente, para que nada se escape. En fin, lo que me avergonzaba era ese rostro, serio pero con cierta altanería femenina —como dije, a esa edad yo sólo quería ver, no pensé en esas palabras sino mucho tiempo después, cuando reflexioné al respecto—; me miraba incitándome a seguirla viendo pero con un peso que también me haría sentir culpable si lo hacía; me hablaba la condenada, lo juro, con esos ojos perfectamente detallados y bien abiertos, y sus labios, sellados como tumba. ¿Qué debía hacer? Detrás de mí había un tumulto de personas, en su mayoría adultos de cierta edad, con lentes, folletos y miradas que inspeccionaban sin ningún pudor cada rincón de la pintura —y otros sólo veían a la mujer por la misma razón que yo llegué ahí, que no pretendan—, estaba atrapado, sudando, con los ojos como platos inmensos que no podían ver nada más que la seriedad; la presencia de las personas la delataban los murmullos: “un trazo precioso”, “el manejo de la luz es impresionante”, “los colores juegan alrededor de la musa”, “se dice que fue la amante que tuvo por casi tres años”, “una sutil forma de representar su belleza” y más patrañas de esas, patrañas que me molestaban porque sin darme cuenta estaba celoso, celoso porque ellos podían verla y ella sí se los permitía, ¿por qué a ellos no los miraba como a mí?, no podía irme, me avergonzaba verla pero también me enojaba que el resto sí pudiera. No la quería sólo para mí, al contrario, quería salir, alejarme; y tampoco quería que la viera nadie. ¿Qué significaba eso?, ¿qué hacer con esas incomprensiones?

Hasta ahora no puedo recordar cómo salí de ahí, pero salí. Lo sé porque ya estoy aquí, veinte años después, respondiendo a la misma pregunta que me hacen cada vez que llego a una galería como esta: “¿cómo se encuentran las pasiones?”.

 

¿Qué hay de las desventuras?

De no haber pintado hubiera tomado clases de baile, su segunda pasión. Sin embargo es una pasión por la que no se puede hacer mucho, por más que se busque, ni cómo ayudarle a las desgracias que son sus piernas enclenques y sus pies torpes que no se entienden más allá de dar pasos al caminar —porque ni para correr, ya sea el izquierdo o el derecho pero uno se terminaba inmiscuyendo en el ritmo del otro y jajajá a lo lejos porque ya besaba el suelo. Eso sí, hallaba una gracia sublime en el tango que adoraba ver una y otra vez, cosa que practicaba en casa con una escoba imitando cada movimiento de una forma excelsa.

*

Nunca hay que mencionarle a Magda, por quien lloró durante su pubertad con unas ganas confundidas con el amor. Pero no sabía qué era lo que más le dolía, si el desprecio o la risa con la que se burló ella después de leer un poema escrito en la última hoja de su cuaderno de matemáticas. Maldita profesora y su pase a leer lo que tanto le distrae jovencito, pero profe, que pase, dije. Entonces lo leyó con un miedo que de a poco se convertía en versos explosivos y que pronunciaba con una emoción sin igual

con rimas tan simples como malas
pero ya no podía parar
sin métrica ni ritmo sólo hablaba sin callar
lo peor del caso es que olvidó
que con el nombre de Magda
tenía que acabar.

Se hizo el silencio. El salón entero vio a Magda y ella fue la primera en reírse, el resto la siguió y hasta la profesora profirió una burla mientras le decía que tomara asiento y que ya pusiera atención. El camino a su lugar fue largo, extenuante, triste.

*

No, mi apellido no es ese, ¿no es usted…?, no, mi nombre es… entonces disculpe, hubo una terrible equivocación. Así que de nuevo, camino a casa, exhausto.

Esa noche dormiría fuera de casa, la emoción de la noticia que recibió no le permitió pensar en el elemento con el que una puerta puede abrirse. Pero es que quién piensa en eso cuando te dicen que podrán exponer por primera vez tu obra en la ciudad justo en el momento que estás perdiendo las esperanzas y decides volver a ese mísero trabajo que aunque no te hacía feliz tampoco te hacía sufrir por otras cosas. Al demonio lo demás, por supuesto, yo llego y salió a toda velocidad en busca de esa oportunidad, un museo, una forma de ser visto, buscando transmitir en su obra poética-visual un pequeño elemento de inspiración a alguien que se acercase y ocurriera esa magia con la que algo cambiaba en su interior por cualquier detalle, no quería la fama ni buscaba ser reconocido de inmediato por lo que hacía, tan sólo el placer de que alguien murmurara que le había gustado lo que hizo y disfrutó contemplando todo de tal o cual cuadro, eso daría el ánimo necesario, más que suficiente para seguir. Le dolían las piernas por tanto correr pero lo notó hasta que estuvo en la puerta del museo (jadeo), vengo porque me llamaron para hablar sobre unos trabajos que envié hace un par de meses, claro, permítame, el guardia fue, regresó, adelante, joven. La señorita que llamó a su casa le dijo y explicó en qué consistiría la exposición, así que si le interesa sólo hay que detallar algunas cosas más para, sí, no hay problema, muy bien, señor… y no, mi apellido no es ese, ¿no es usted…?, no, mi nombre es… entonces disculpe, hubo una terrible equivocación. Así que de nuevo, camino a casa, exhausto, con ganas de acostarse y a esforzarse o a rendirse, ya vería mañana, por ahora quería descansar, abrir la puerta para, oh, cierto, olvidó sus llaves.

 

¿Qué opina de las flores?

Hay detalles que en definitiva no encuentro como bienes que valga la pena obsequiar. Y eso ocasionó que muchas mujeres —una, pero digo muchas para que no se escuche tan triste— se alejaran de mí pensando que soy un insensible y que todo lo quiere ver de un modo pesimista nada más para no hacer las cosas que otros hacen, pues te parecen malas o tan gastadas que ya no tiene sentido. Pero no, no eran ni son esas las razones, de cualquier forma hay originalidades que terminan coincidiendo con las de otros pero las creemos únicas, así que si acepto eso, el argumento que me daba Alma no valía ni para una papa. No se lo decía de esa forma, porque en todo caso se enojaba más y salía peor que escucharla regañándome.

Ahora que Alma ya se fue y nomás no marcó ni respondió mis llamadas creo que ya está bien poder decir que esos objetos que vienen generalmente con su tallo, envueltas con papel o plástico, sin espinas —cuando son rosas u otras parecidas— y huelen delicioso —o eso me han dicho, porque cuando yo me acerco creo que empiezo a entender la definición de esa palabra misteriosa llamada “nada”— no son para considerarse un ente que define afecto o gusto por alguien, ¿en qué mundo se considera romántico, lindo, agradable, bello, grato, recibir el cuerpo agonizante de un ser que en su lugar de origen sí es hermoso?, y sí, también sé que no soy el único que lo piensa; ese tipo de regalos me indica una mala noticia porque es cosa de llegar y sin decir nada se anuncia un ten, mi vida/amor/cielo, unas flores, que no durarán porque se empezaron a morir desde el momento en que las arrancaron. No sé mucho de romance, culpo de ello las caricaturas de mi infancia, pero lo dicho, en conjunto con la idea de que es una muestra de afecto, no se combinan en un discurso que sea digno de presentarse.

La verdad es que no entiendo la necesidad de ese tipo de detalles que se disfrazan como lindos o algo así cuando en el fondo tienen un significado diferente, pero igual lo agradecen enamoradas y con una sonrisa enorme, aun cuando hay tantas cosas mejores y más bonitas. Bueno, eso creo, porque honestamente lo que yo hago no me ha funcionado del todo, varios años de soledad lo demuestran.

 

¿Cuál es la forma en la que trabaja el talento?

Como muchos artistas a lo largo de la historia —aunque no es por mera imitación como se podría deducir— el mejor trabajo que he hecho sale durante la noche, es como el talento y las ganas de trabajar funcionan en mí. Sé que no soy el único que lo hace de esa forma o que tiene un método específico; por ejemplo, un escritor no escribe si no es a mano, un poeta no hace nada si no se encuentra solo, un músico no compone si no hay silencio, éstos, claro, no son regla general, sólo palabras para ilustrar mi punto. Al fin y al cabo cada quien tiene una manera de expulsar los demonios que los persiguen o la belleza que condensan en una novela, un poema o una melodía. En mi caso debe ser de noche y un ritmo compuesto por lo que para mí es el silencio nocturno: los pocos animales que andan por ahí y —aunque vivo en la ciudad— el apenas audible sonido de algún auto que no me molesta para nada.

Sin embargo hay otros talentos además de pintar, escribir o componer música. Sé que después de tanto hacer, hoy me puedo considerar bueno pintando, así como mi vecino, que después de muchas conquistas, se puede considerar bueno en otras cosas. Y es que a ese paso siento un poco de envidia por su talento, pero también me molesta porque el mío no requiere de mucho ruido cuando lo llevo a cabo y el de él, bueno, la cabecera de su cama golpea sin parar y en repetidos momentos de la noche; ese espectáculo que no logro ver pero que me describen con esos sonidos, voces y gritos me distrae un poco de lo que hago. No me puedo concentrar.

Y sólo me queda la idea de la venganza, pues espero que el día que mi vecino vea una pintura mía, también sienta envidia por lo que hago al mismo tiempo que él del otro lado de la pared.

 

Se terminan desesperando y deciden dejar todo por la paz, como amigos, ya sabes, de esa forma es como he conseguido tener muchas amigas a las que ya ni les hablo ni creo hablarles jamás.

¿Hay alguna amistad femenina de por medio?

Podrá ser escaso pero no es imposible, y a veces pasa —aunque hasta a mí me cuesta creerlo— que una dama se me acerca con la intención de despertar en mi cuerpo y mente un sentimiento por ella, una amalgama de emociones con las que mi sentido creativo se fusione y salga algo que les parezca gozoso, gustoso, amoroso. Al principio pretendo cierto aire que me haga ver interesante, pero no las puedo engañar por mucho, considerando que estuve tanto tiempo solo sin hablar de mis sueños y pasiones con alguien me provoca ser un conversador empedernido del que finalmente se terminan desesperando y deciden dejar todo por la paz, como amigos, ya sabes, de esa forma es como he conseguido tener muchas amigas a las que ya ni les hablo ni creo hablarles jamás.

 

¿Qué tal es vivir cómo vive?

Casi a patadas y traes lo de los meses atrasados y aparte me pagas la pintura que utilizaré para arreglar la pared que llenaste de tus porquerías, soberano hijo de puta, y hasta que me pagues te regreso todas tus cosas; así que se anda con la camisa manchada deteniéndose con unas cuantas monedas en el bolsillo que son utilizadas para llamar a un amigo que te eche la mano pero uy, no tengo nada por ahora, mira que Mariana puede ayudarte pero Mariana fue quien me dijo que te llamara a ti —silencio, silencio—, es que de verdad no tengo nada; está bien, nos vemos. Y no es que se carezca de deudores que tengan dinero que no debería ser suyo sino de uno, aunque nada más fue un pequeño retrato de mi hija, no me digas que de verdad me lo ibas a cobrar; pues a esto me dedico, señor, no trabajo gratis, ¿trabajo?, ponte a hacer algo productivo y que sea de verdad importante. Y te molestas porque aceptaste el “te lo pago después” como un contrato, confianza en ese cliente con el que no hacía falta dejar nada claro porque se le conoce desde hace mucho y ni modo de ponerse al tú por tú.

Entonces me siento con las pocas monedas que ya no utilicé para llamar y las cuento una y otra vez, esperando a que se multipliquen mágicamente, cosa que por supuesto no pasa, las guardo de nueva cuenta en mi bolsillo —roto, pero no lo noto al momento. Me levanto y suena un pequeño río metálico que persigo a gatas porque veo que son las monedas, entonces Luisa me observa de lejos y se ríe, qué hago afuera con esas fachas manchadas, así que le cuento que ya no me puedo quedar en ningún lugar porque me han sacado con unos cuantos golpes del departamento, pero si te puedes quedar conmigo, ¿en serio?, faltaba más, ¿para qué están los amigos?, sí, ¿para qué?, pienso y le agradezco. Además te puedo prestar algo mientras te recuperas. Entonces me siento mal porque ni siquiera me sé su número telefónico. Pero ya levántate del suelo que cinco minutos de conversación así no me es muy cómoda en plena vía pública, por ahora acompáñame a mi casa, veré una película con Sergio, no me voy a sentir bien, ustedes ahí y yo así como estoy; te ves bien con la camisa manchada, además Sergio te quería pedir un favor —¿quién rayos es Sergio?—, si es así, vamos. Llegamos, luego oprimen play y en la historia hay un pintor, no mayor que yo, amigo del protagonista con un piso en New York cerca de Central Park, of course, y en mi cabeza sólo una palabra: “What?” —para no salirse de la lengua de la película. Luisa va a la cocina y Sergio se me acerca como confesando un secreto, que necesita un retrato de Luisa y que le ha hablado de mí, que tengo mucho talento, que ya casi se acerca su aniversario y eso la sorprendería de verdad, por lo que claro, no hay ningún problema, yo lo hago. Eso sí, te lo pago después, ¿no?

Letralia

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio