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Orgullo tenebrio
(Una visión sublime, parcial y angelical de la Normal de Tenería)

sábado 22 de febrero de 2020
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Para Esteban Villegas Toledo, el King

Nos la pintaron tan bonito, casi como que Tenería era el paraíso de los güevones: comida, hospedaje, servicios básicos gratuitos de lavandería, peluquería, sastrería y —al terminar la carrera— plaza de asignación automática. Y así llegamos: incrédulos, angelicales, ilusionados.

La primera decepción ocurrió en el inicio de clases, pues —como a novias de rancho— los de segundo a cuarto grado nos dejaron vestidos y alborotados con el cuento de que nos raparían. En balde las gorras tejidas que la víspera compramos en el mercado de Tenancingo, pues si de algo podríamos estar seguros los de primer ingreso —así nos lo habían advertido— era que los veteranos nos tusarían, por lo que más valía estar prevenidos con las gorras que con toda seguridad habríamos de usar. Pero los fresas ni nos raparon ni nada; sólo se limitaron a amenazarnos, divertidos, viendo cómo echábamos a correr, como chivos. Bueno, sólo unos cuantos pendejos mala suerte no se salvaron. Eso sí, nos condenaron a vivir durante un año en la famosa Galera. Cuatro grupos de primero juntos y revueltos ubicados en un cuarto enorme. Sólo se salvaguardaron los chipilones cuyos hermanos mayores se los jalaron para las secciones. Las secciones eran dormitorios —mejor acondicionados, más organizados— asignados a los gandallas de segundo a cuarto grado. Los de primer grado estábamos condenados a pasar un año en la Galera —según la costumbre—, aunque algunos nos resistimos a padecer ese tormento. No resignados, nos alojamos en los gallineros abandonados, lejos de la algarabía de los dormitorios estudiantiles. Pero nuestra extravagancia resultó una inocente ocurrencia si se compara con la locura de los “mayates” —oriundos de Mazatepec, Morelos—, quienes se aventaron la puntada de irse a vivir, todos juntos, en el tinaco de la Normal. Todos juntos, cogiéndose mucho cariño en aquella inmensa oscuridad; esa inmensa oscuridad que alentó la miedosa imaginación de chismosos bocafloja que propagaban el rumor de que por donde quiera que uno transitara se le aparecían seres de ultratumba.

No éramos muy dados a competir por altos promedios académicos. Eso era para pinches matados y huraños.

En tal oscuridad, quienes vivíamos en los gallineros hacíamos nuestras necesidades fisiológicas al aire libre, cantándole a la luna o las estrellas —y durante el día, escondidos entre las matas de pericón. Y en ese ámbito inocente con pinta de tenebroso había quienes —como el Cuas, coyón como él solo— lograban hacerse acompañar sobornando a un cuate, con su aniñada vocecita de pito: “Acompáñame a cagar, manito, y te disparo una tostada”.

Para espantar su miedo —propio de las noches de insomnio— otro fulano se inventó un sismo para despertar a su compañero con su delicada y sutil vocecita de: “Gallina, está temblando; está temblando, Gallina”.

No éramos muy dados a competir por altos promedios académicos. Eso era para pinches matados y huraños. Si así hubiese sido, narrar ese hecho habría quedado mejor y más pomposamente descrito en el libro Ecos de internado, de José Vizcaíno Pérez. A nosotros, por el contrario, nos resultaba más atractiva la competencia a presionar para que la puerta del comedor se abriera pronto, al grito agitado de ¡bofeeee! La verdadera competencia se hacía presente cuando, trompicando como caballos desbocados, corríamos para llegar primero a la fila en la que unos cocineros sombrerudos, mal encarados o sonrientes como chamaquitos bien portados —según habían pasado la noche—, nos servían —con sus manos mantecosas— huevos estrellados volteados, como si fueran de plástico; tortillas crudas y acedas y café con leche, en una proporción saludable de un litro de agua por una gota de leche.

En el comedor, como buenos y futuros profesionistas, respetábamos las reglas: al pinche cerrero gandalla que intentaba dejar su loza en la mesa, lo convencíamos elocuentemente, a punta de migajonazos —disparados a la cara y la cabeza— al grito de ¡loza! para delatar al bribón y conseguir el apoyo de otros comensales, hasta convertir el comedor en un campo de batalla en el que se miraba llover torrentes de migajón.

En ese plan de irrestricto respeto a las reglas no escritas, a veces la hacíamos de delicadas y avergonzadas edecanes que llevaban —hasta su litera— el desayuno a los que se hacían pasar por enfermos para esconder una santa cruda, al grado que daba lástima mirar su cara de “Perdóname, Diosito, no lo vuelvo a hacer”.

Además de las clases propias de la profesión, en la Normal recibíamos clases de todo tipo. Todo mundo se sentía una chucha cuerera en algún oficio. Del Tobi aprendimos el sofisticado arte de matarse las pulgas, aprisionándolas por encima del pantalón mientras preparaba un gargajo para apendejarlas y luego apachurrarlas; sólo al aguafiestas del conserje Cipriano no le caía en gracia ese invento de matar pulgas y por micrófono nos gritaba y exigía que aseáramos los dormitorios por el inminente brote de sarna, decía. Pero nosotros sabíamos que era un escandaloso y exagerado, porque la limpieza fue lo que más nos caracterizó. Podrán acusarnos de todo, pero no de desaseados. Infinidad de moscas y pulgas fueron testigos de nuestra limpieza. Un pinche manchado podrá decir que cagábamos de aguilita, trepados en las tazas que parecían barquillos, desparramándose. Pero nosotros lo hacíamos para ejercitar malabares con nuestro cuerpo, a fin de suplir la carencia de clase de educación física, pues el profesor Tacudo se negaba a impartirla por su irrefrenable impulso —era bien pedote— de hacerle honor al apodo de tenebrios, con el que muchos nos conocían. Los tenebrios éramos los alumnos, pero El Tacudo se creyó alumno. Fue más tenebrio que los tenebrios.

Holgazanes y todo, teníamos que lidiar con la güeva de pararnos a las seis de la mañana a tomar la primera clase de dos horas.

Desde que el Peje se aventó la puntada de llamarle fifí a todo lo que es fifí, todo mundo adopta la moda fifí de rebautizar los términos. Entonces intentaron llamarnos “tenericos”, aunque nosotros —sin ninguna pretensión— nos reconocemos como “tenebrios”. Un tenebrio —decían— era borracho, un holgazán —buscabullas, mantenido del gobierno— que ingresó a la Normal de Tenería quién sabe cómo, y que en lugar de pagar derechos de piso por alimentos y hospedaje mensualmente era beneficiado con la Partida de Repartición Estudiantil, mejor conocida en el gremio como el PRE, que no era otra cosa más que una pinchurrienta suma de dinero mensual que el gobierno otorga a cada estudiante y que —dicho sea de paso— no alcanzaba ni para las méndigas caguamas.

Pero, holgazanes y todo, teníamos que lidiar con la güeva de pararnos a las seis de la mañana a tomar la primera clase de dos horas, sin opción de hacernos los desentendidos y quedarnos echados en la cama, porque Camerino Juárez Pascual padecía insomnio o lo tiraban de la cama desde temprano y, ocioso, no hallaba mejor entretenimiento que llegar hasta la Galera y, casi completamente a oscuras, azuzaba a los pelones a gritos de “Jóvenes, a clase, ya es hora”, “Jóvenes, a clase, por favor, ya son las seis”. Muchos años después, no nos explicamos cómo era que Camerino vencía el miedo para llegar hasta la Galera y gritarnos —como “madrota”. El hecho es que aunque nos daban ganas de gritarle que dejara de estar chingando y que regresara a dormir, reprimíamos el coraje al saber que se trataba del director de la Normal. No nos quedaba otra opción que levantarnos, de cara larga, para ir a tomar clases aburridas.

De los grillos peces, es decir, los que le hacían el caldo gordo al Partido Comunista Mexicano, aprendimos a aventarle la bronca a los profesores que nos reprobaban; los acusábamos de autoritarios y orejas y borregos del sistema hambreador. Por eso nos deleitamos con la salida de Raymundo Camacho, el matemático, quien a los burros les pedía una hermana, a cambio de “pasar” su materia: “Y eso, no cualquier cucaracha”, decía Camacho, para promover con su prepotencia el desánimo de quienes —emocionados— estaban en plan de canjear una hermana por una calificación. Nos deleitamos, también, con la salida del Chino Morales y de Jorge Cardoso —director y subdirector de la Normal—, a quienes amablemente subimos —a punta de patadas— a los camiones que los llevarían a la basura de la Usedem, aunque algunos querían regresarlos, intentando sacarlos de los autobuses —a desgreñadas— por las ventanillas.

Al clan de los atraco mucho le tocó protagonizar, como gobernadores, las agresiones más dolorosas en la historia reciente de la Normal. En 1981, Alfredo del Mazo intentó partirnos la madre, metiendo al Batallón de Radiopatrullas del Estado de México (Barapem) —o lo que de sus despojos aún quedaba— a la Normal, para acorralarnos una noche en la explanada central —como a pollos— y sacarnos a la siguiente mañana, sin darnos tiempo de pepenar más que unas cervezas, refrescos y golosinas de los vehículos secuestrados el día anterior, cuando atiborramos la Normal de carros secuestrados para recordarle al gobierno que aún existíamos y que ni un pedo nos tiraba. Y en 2008, el copetón de Peña Nieto protagonizó el frustrado intento de cerrar la Normal. De Atlacomulco tenían que ser los infelices.

Las que de plano se aprovecharon de nuestra inocencia fueron las fulanas de las normales de Amilcingo, Teteles y Panotla, quienes con frecuencia nos inducían a secuestrar autobuses con el pretexto de la necesidad de acudir —por imperiosa emergencia— a encuentros académicos, cuando en realidad sólo obedecíamos el mandato de las que, divertidas, nos movían el monito para llegar como zombis a tirar la baba con la bola de culonas, chichonas, ganonas que, con los años, se convertirían en nuestras dueñas, embaucándonos para formar y sobrellevar los gastos de una familia. Y desde entonces, no pudimos quitárnoslas de encima. Algunas hasta nos acompañan a las reuniones de egresados, con el pretexto de hacernos compañía. Pero tras el pretexto está la verdadera intención de evitar que arrastremos la lengua con alguna otra fulana —con dueño o sin dueño— que podríamos hallar en las reuniones o en el camino. Otros caímos en la trampa que nos tendieron nuestras colegas de trabajo. Como colegas las conocimos y, tan pronto nos echaron el ojo, pusieron la bala; y aquí las tenemos, también, jalándonos el bozal. Otros más —candorosos— ya estábamos apartados desde antes de ingresar a la Normal. Fuimos presa de algunas lagartoncillas que, intuyendo que pintábamos para respetables profesores, nos ofrecieron el ojo del moro, y con ellas acabaron nuestras pretensiones de solteros cotizados. Y así, los que escapamos de todos esos peligros, de cualquier manera caímos en las redes de otras fodongas que igualmente nos tienen aquí, esclavos a su servicio.

Cuando estudiantes, se nos hinchaban los cachetes de tanto echar pestes contra el SNTE y contra el gobierno.

La convivencia de cuatro años despertó en nosotros un sentimiento parecido a la hermandad. Por eso, muchos nos consideramos hermanos, aunque a veces daban ganas de partirle su madre al infeliz que nos ponía lumbre bajo la cama mientras dormíamos. Nos hicimos diestros en cachetear al que dormía la siesta, en picarle el culo al despistado, hasta hacerle sacar la lengua —no sabemos si de coraje, si de sorpresa o de contento. Fuimos diestros, también, en competir para conquistar —y a veces compartir— a las mujeres que se cruzaban por nuestro camino en la Normal o sus alrededores, haciéndonos vivir la adrenalina pura cuando nos robábamos a las cocineras y las hacíamos pasar la noche a nuestro lado en los gallineros; incluso, cuando le robamos la hermana al director —o sea, a Camerino.

Sin todavía creérnosla, egresamos de la Normal con la ilusión de ir a jalar orejas de chamaquitos desobedientes, para paliar en algo nuestras frustraciones. De jodidos profesores le brincamos a puestos mayores. Algunos somos o fuimos respetables directores, supervisores o coordinadores. A otros, hasta nos dio por desempeñar cargos de representación gremial, acomodándonos fácilmente en esa vacilada que se hace llamar el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). Le hemos sacado provecho a los cargos de representación, amasando grandes cantidades de dinero y propiedades de la noche a la mañana. Pues, para eso son los cargos, ¿no? Los ideales de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM) —asociación a la que pertenecíamos por el simple hecho de ser normalistas rurales y de la que, bien a bien, nunca supimos de qué se trataba— valieron un comino cuando tuvimos oportunidad de hacernos de cargos de representación sindical. Como sea, ya desde entonces traemos pegada la vocación del besamanos y de perritos falderos del poder. Cuando estudiantes, se nos hinchaban los cachetes de tanto echar pestes contra el SNTE y contra el gobierno, pero pocos años después —ya como profesores— se nos hinchaban las rodillas de tanto postrarnos —cabizbajos— para acatar —mansitos— las antojanzas de doña Chucky o de Papá Gobierno. Así somos de ortodoxos —ortodoxos, no arrastrados.

Y así —con más necesidad que entusiasmo— aquí estamos, contando el tiempo que pasa y contando los compañeros que se desgranan y nos dejan para vivir —nosotros— de nostalgia —a costa de pensiones gubernamentales— evocando diabluras pulqueras de normalistas rurales que se regodean, ufanos y cachetones, al entonar —con el orgullo propio de un tenebrio— el himno de los jaramaos: “Tenería, tus aulas gloriosas / son la estrofa de un himno triunfal…”.

Saúl Hurtado Heras
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