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El cuaderno de la hormiga

jueves 5 de marzo de 2020
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Debo admitir que no soy un autor beneficiado por el cincel de las musas. Me cuesta hilar las ideas, encontrar el conector idóneo, escribir la palabra exacta, evitar la cacofonía y guardar el tempo. Me someto a desgastantes jornadas de corrección en las que, si bien me va, me sobrevive una oración al final del día. Soy asiduo a talleres literarios donde a veces afirman que debo ocultar una historia dentro de la historia, ora que es necesario dejar huecos en el texto para que el lector los llene, ora que retratar un momento cotidiano es suficiente para generar obras maestras. Otros aseguran que debo encontrar la metáfora correcta.

Estoy condenado a escuchar una y otra vez cómo preparar arroz.

A pesar de los embates, permanezco optimista. En defensa propia, soy un fiel creyente de que la escritura se aprende y perfecciona. Si acaso existe la inspiración, ésta sólo se acerca cual abeja atraída por flor abierta. Yo soy la flor que se abre vigorosa a fuerza de trabajo. Por eso mismo, cuando me enteré de la posibilidad de vivir un verano en Quintana Roo, acepté de inmediato. No en busca de inspiración como aseguran quienes intentan condenarme a la ignominia, sino en búsqueda de la metáfora perfecta.

*

El resto me regaló un vuelo retrasado, un aeropuerto diminuto con un destino único, calurosas calles semidesiertas y una piel que arde, incluso a la sombra.

*

He llegado hasta el inicio de México (o el fin, si se toma el norte como punto de partida) —lo vi en letras tridimensionales sobre el Boulevard de la Bahía, junto a la fuente del pescador— con el fin de escuchar a descendientes de mayas hablar en castellano y transliterar tales audios.

Espero encontrar de viva voz una leyenda, pero las entrevistas ya están dirigidas a exigencias de una banalidad lacerante. Estoy condenado a escuchar una y otra vez cómo preparar arroz.

¿Hay poesía en el arroz?

*

Chetumal me arrebató las montañas y a cambio me otorga una bahía donde no es posible nadar ya que es la residencia de un cocodrilo al que la gente osa llamar “Larry”.

A pesar de esta castración, puede que la ciudad me haya dado una posible metáfora: situadas sobre el Boulevard de la Bahía hay diversas esculturas, la más destacable a mi parecer, la figura amplificada de una resbaladilla doble de yeso. Tal es la dimensión de la escultura que en ella cabrían cómodamente dos adultos. Lo más interesante de esta obra es que va a parar a la bahía, como una insinuación al disfrute acuático, y a los pocos metros hay un letrero que advierte sobre los cocodrilos.

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En Bacalar hay un cenote que le fue arrebatado a los locatarios.

Me cuenta el hombre a quien le arrendé esta habitación que hace algunos años el cenote de la bruja era su favorito porque en él no cobraban. Después los intereses se dividieron y enrejaron el perímetro terrestre circundante del cenote.

Sin embargo, me confiesa que la gente se resiste al hurto; trepan una barda y desde allí saltan para acceder al cenote. Es un secreto a voces, por así decirlo. En realidad, es más un secreto a gritos, ya que he escuchado al menos veinte veces las instrucciones para burlar la restricción metálica. Una de ellas me lo dijo un francés radicado en Canadá.

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Una avispa ha visto dentro de mi alma más profundamente de lo que ha hecho mujer alguna.

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Mi propia piel ha decidido jugar en mi contra y no se digna a activar la melanina que me sé dentro del cuerpo por nacer en lo que algunos llaman Mesoamérica.

El enemigo más terrible y eficaz lo porto omnipresente a mi subjetividad.

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En el Aserradero, una de las pocas entradas públicas a la laguna, conocí a una moradora que no puede entrar en gran parte de la misma debido a su baja estatura y su desconocimiento de natación. Dijo que lleva la vida entera viviendo allí, que no existe otra cosa que disfrute tanto como sentarse a mirar los colores de sus aguas. No obstante, nunca hubo nadie que le enseñara la técnica adecuada para mantenerse a flote y una vez que aprendió al agua como un posible asesino, se prometió nunca afrontarla.

Esta mujer deshace mi teoría sobre la capacidad inherente para la natación de los quintanarroenses. Al parecer no está en su código genético.

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Alondra, la encargada de darme más entrevistas que he de transliterar, me regaña después de leer este diario. Dice que en Chetumal la mayoría son migrantes y me deje de teorías sin fundamentos reales. Remató añadiendo que mi impresionismo no me llevará a sitio alguno.

Quise rebatir que me llevaría hacia la metáfora. Callé luego de buscar una en los recovecos de mi mente y de mi tinta gastada, sin éxito.

*

Busco todas las noches la aparición de Larry. Un compañero de la universidad ya lo fotografió y asegura que el animal sonrió ante el flash. He lanzado flashazos que sólo iluminan un instante el agua de la bahía, pero Larry no aparece.

Me siento víctima de una broma, o un ser condenado a la mala suerte. Aún no lo decido.

*

Este fin de semana fuimos a un viaje de ida y vuelta a Bacalar, donde he reñido con una mujer que deseaba extraer un caracol anaranjado de la laguna. La increpé señalando que por culpa de acciones irresponsables como la suya las gaviotas de Bacalar sufren para encontrar sus alimentos.

Nos sé diferentes realidades, divididos por un fino cristal, pero no por ello menos impenetrable.

Me sentí lleno de orgullo cuando soltó el caracol. Claro que la mueca de fastidio aderezó la satisfacción de hacer las cosas bien con el dulzor del triunfo. No obstante, mi grandilocuencia duró poco. Al recorrer los alrededores de la plaza principal encontré que los locatarios realizan piezas ornamentales con decenas de caracoles similares al que hoy salvé.

La realidad me apaleó y ganó por knockout.

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Mis compañeros de vivienda no comprenden por qué cuando mi piel adquiere una tonalidad rosácea me apresuro a salir del agua, busco una sombra y leo algún libro mientras ellos retozan en el agua hasta que la luz del día se extingue y es hora de volver a casa.

Por mi parte, yo no comprendo cómo cada semana aceptan gustosos que la piel se convierta en infierno nocturno.

Entre todos ya han gastado al menos dos frascos grandes de gel de aloe vera.

Nos sé diferentes realidades, divididos por un fino cristal, pero no por ello menos impenetrable. Podemos vernos y oírnos, pero nunca estaremos verdaderamente juntos, porque no podemos comprendernos.

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La literatura podría ser la burbuja de mi divinidad mártir.

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Nunca había visto tormentas más fuertes. Alondra asegura que son simples lluviecitas. Luego añade que recuerda el horror del día que un ojo de huracán se posó sobre Bacalar. Dice que no se perdió tanto, porque aún no había tanto.

El turismo llegó con la expansión de fotografías y consejos de viajes en Facebook. Agrega no saber qué podría ocurrir ahora si azotase un huracán. Y al final, se le escapa como un susurro que no soporta más la presión, que a veces desearía que llegue otro, como regalo de cumpleaños.

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Desde que empezó la canícula, yo también quisiera presenciar un huracán.

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Antes de visitar el cenote Xunaan ha, los chetumaleños me advierten que tenga respeto del agua y jamás la ofenda. Reiteran que no arroje piedras al cenote, ya que ante tal ofensa, el agua podría subir a atraparme, o podría generarse un remolino que me arrastre hacia sus profundidades.

Cuando me lo cuentan, me digo que son chapucerías. Sin embargo, sé que no me atreveré a lanzar nada dentro del cenote.

*

Se escuchó un crujido y la tierra se tragó una laguna.

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En el Mayab vi una mujer llorando porque la laguna de Chancabakán, donde pescaba con su abuelo, desapareció. Aseguró que había muerto todo en ella, aun cuando su hijo viajaba en el asiento trasero.

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Una extranjera no paró de imprecar sobre su mala fortuna. Su pronunciación de la lengua inglesa me llevó a suponer su nacimiento al sur de los Estados Unidos. Una posible texana disgustada, cuyos reproches se pueden resumir así:

No sé cuánto tiempo pasé contemplando la irregularidad del agua estrellándose contra el coral.

No podía creer haber gastado tantos ceros para encontrar un mar marrón en Tulum. Para ella, las ruinas en el acantilado no representaban otra cosa que piedras como tantas otras a las que su marido ya la había arrastrado a conocer.

Finalizó sentenciando que no volvería jamás a tierras tan sucias porque ella, sin duda, merecía algo mejor.

Pagaría por ello.

*

Las playas de Cozumel quedan del otro lado de la isla. Como no tenía tiempo para ir hasta allá, me dejé llevar por un grupo de bañistas que juró la existencia de una playa cerca de la estación de ferrys.

Arribamos a una diminuta entrada al océano a través de corales ennegrecidos. Por un instante, imaginé este escenario más propio de una playa mediterránea, donde el coral muerto fuera simple roca.

No sé cuánto tiempo pasé contemplando la irregularidad del agua estrellándose contra el coral mientras los bañistas que me llevaron hasta allá retozaban en la transparencia. Pero sé que mi embeleso lo cortó una niña con pantalones cortos, una camiseta con rostros impresos de una novela infantil que, estoy seguro, nunca vio, unos googles y una pregunta entre los labios.

—¿Hoy no hay erizos?

Una niña de seis años que bien pudo morar en Delfos.

A los pocos segundos de su voz resonando en mis oídos, escuché un lamento proveniente del mar. La horda de bañistas salió y el pie de una de ellos sangraba.

*

Al contacto de mi pie con la arena en Holbox, la palabra “bioluminiscencia” y las nubes grises acecharon todos los rincones. Una suiza de padres cubanos se encargó de contarme en su casi perfecto castellano que las luces marinas son la razón por la cual ha vuelto a México, a descansar dos semanas solo en esa isla.

Cuando la tormenta cedió, de inmediato tomé rumbo hacia la playa. Allí encontré un restaurante donde le pregunté a un barista sobre el anuncio del tur hacia la bioluminiscencia que ostentaba la entrada del sitio. Con acento argentino, me dijo que no era necesario pagar ningún tur: bastaba caminar hasta donde se encontraban unas lanchas. Me impactó la distancia. Eran casi treinta metros. No obstante, cuando entré, por más que mis pies avanzaban al interior del mar, el nivel del agua apenas subía.

El mar de esta isla se niega a tragarse a los humanos.

*

Nadie se dignó a la amabilidad de explicarme que la lluvia arruina la bioluminiscencia.

*

Ante el fracaso frente a la luminosidad acuosa, me dejé arrastrar por una belga decidida a ver flamencos. Caminamos entre intervalos de silencio por un tramo de poca profundidad entre islas. El agua hacía lento el traslado, pero no había otra manera de llegar ya que el agua era demasiado baja para que una lancha corriera por allí.

Durante nuestros intercambios de silencio me dedicaba a mirar su magra espalda e imaginar que al encontrar los flamencos, ella, durante su arrebato de júbilo, correría a mis brazos y nos fundiríamos allí mismo, en el agua.

Conocí a un venezolano varado en Cancún por un contratiempo en su vuelo hacia Madrid.

Suponía que por primera vez, luego de tantos meses de sequía, por fin viviría el desenfreno de un amor de verano.

En una de mis elucubraciones transitaba, cuando el cielo fue rasgado por una parvada de diez aves rosadas al vuelo. La belga se detuvo al instante. Sus ojos siguieron a los flamencos por el aire hasta que desaparecieron hechos puntos diminutos en el horizonte.

Volvió sobre sus pasos.

Cuando la increpé, se elevó de hombros, dijo que ya había cumplido su cometido, que tenía hambre y que el camino de vuelta duraría al menos una hora.

Esa noche cenó con un alemán.

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Partí de la isla sin obtener ninguno de los tesoros reservados para quien sabe esperar.

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Cuando por la madrugada transito estas calles, temo más la aparición de un jaguar a la de un asesino.

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Conocí a un venezolano varado en Cancún por un contratiempo en su vuelo hacia Madrid. Debe esperar todo el fin de semana hasta la salida del siguiente vuelo con espacio para él.

Contrario a lo que imaginé, no huía del régimen, simplemente necesitaba una operación de columna antes de perder la totalidad de su movilidad.

Dice que salió de Maracaibo en un vuelo hacia Cúcuta, donde tomó un autobús hacia Bogotá y de allí voló directo a la Ciudad de México donde su hijo mayor —quien llevaba viviendo en el país más de una década— lo esperaba. El hijo intentó asegurarlo en el IMSS, pero la burocracia mexicana lo impidió. Entonces, su hermana radicada en Bilbao sugirió que el sistema médico español era menos complicado.

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El señor Andrés habla con su mujer todos los días. Hoy le contó emocionado que aquí por cincuenta pesos le dieron un platillo, arroz, cuantas tortillas pudo comer y un vaso de agua. Luego, añadió con tristeza que cuenta los días para poder trabajar nuevamente, comprarle un ticket de vuelo y sacarla de ese infierno. Dijo que limpiará mierda si es necesario, pero un día estarán juntos otra vez.

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Mi amigo venezolano no quería ir a la playa en soledad, así que me preguntó si podía acompañarme. En el camino no paró de hablar sobre Maracaibo; de la felicidad, la comida, el lago.

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Como el agua en Playa del Carmen estaba invadida por el ejército marrón que aqueja a las costas del Caribe, lo único que pude hacer fue caminar por la arena para evitar la quinta avenida, infectada de turistas sin poesía.

Para mi sorpresa encontré a dos hombres cavando huecos enormes donde bien podrían caber cinco personas de pie. De inmediato imaginé un genocidio, pero los cadáveres de este país terminan en fosas en medio de la selva, la sierra, la barranca o a las afueras de cualquier ciudad, no en medio de la zona turística más importante.

Me senté sobre la arena y esperé por horas con tal de saciar la curiosidad: cuando estuvieron terminados tres huecos, vertieron en ellos toneladas de sargazo. Un ecocidio.

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El paraíso se termina (al menos para mí) sin que me haya dignado a despertar con premura suficiente para mirar el sol ascender desde el océano. Tampoco he escrito otra cosa que este remedo de diario.

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De vuelta en Cancún, ya resignado a la soledad, recorrí la arena blanca del Caribe para admirar los estragos de un huracán estrellado hace más de una década: un escalón enorme que señala lo que alguna vez fue la verdadera playa y no el relleno extraído del fondo oceánico.

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Ahora, estoy seguro, se abre una etapa para mí. Ya nada podrá oponerse a mi brío irrefrenable.

Hoy he ido a la playa Delfines. Un niño a la orilla del mar jugaba con la arena mientras las olas cosquilleaban sus pies, mientras él, implacable, vertía esa arena humedecida por aguas caribeñas a un vaso de plástico que luego estampaba en ráfaga para formar la torre de un supuesto castillo. No obstante, el pequeño siempre vertía al momento exacto del arribo de la ola. Paciente, esperaba la retracción del agua para retirar el vaso y descubrir que de su torre sólo permanecía un diminuto montículo de arena blanquecina.

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Me queda un día antes de tomar el vuelo de regreso al frío de la lluvia en tierra lejana. Si reviso este cuaderno de notas que, bien podría decirse, ha fungido como diario, concluyo que he logrado mi cometido.

De este viaje por fin conozco, desde la sabiduría que otorga la retrospección, la mejor metáfora de todas:

Una hormiga recolectora de migajas que presiente las historias de los diminutos trozos de los que se va haciendo. Una acumuladora de añicos ajenos para construir su casa.

Ahora, estoy seguro, se abre una etapa para mí. Ya nada podrá oponerse a mi brío irrefrenable. Sólo me queda demostrarle a mis enemigos que soy un verdadero artista que sabe mirar al mundo y no concentrar su proceso creador en sí mismo, cual narciso.

Itzele Romi
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