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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Aquí estoy

sábado 27 de junio de 2020
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1.

Alguien me escribe, lo sentí esta mañana de nuevo. Vi sus dedos teclear mi nombre después de mencionar el fundido a negro y mi voz en off. Busca entre sus apuntes una frase para empezar, una contundente. Las repasa una tras otra, hojea las letras escritas a mano y suena, quizá muy pronto, el tono de su celular. Son mensajes de grupos del chat. Le preguntan: ¿Vamos a la finca del Toño? Sí, responde entre titubeos. Quiero escribir antes. ¿Sigues con la idea del guion? Tengo el esbozo de un personaje en mi mente y lo he anotado en una plantilla de Internet. Ya. Me avisas allá. Mira la página del documento en Word. Hay apenas dos líneas. Yo hablaría antes que las luces me introduzcan al mundo. Si acaso presionara ctrl+z, aparecería el párrafo de la descripción de un planeta distante; si lo presionara dos veces más, un plano detalle acercándose a mis ojos, despertando del sueño. Ninguno le parece un buen comienzo. Cambia la canción de la computadora.

Tras una hora apenas ha escrito mis palabras iniciales, una confesión en fondo negro que va aclarándose hasta mostrar una habitación aislada, como la suya. Revisaba el celular cada rato, hablaba con su pareja, veía sus redes sociales y videos aleatorios de Internet, derivándose de una nota de curiosidad a otra. No entiendo hacia dónde marchará. Yo me creía una especie de divinidad cuando me pensó y describió con mis cualidades y notas sobre mi historia de fondo, pero veo que esta situación me hace creer que seré una noble caída en desgracia, a menos que haya desarrollado, entre sus amontonados papeles, a otros personajes. En todo caso, dudo que sea posible. No encuentro a nadie más y ya van semanas que estoy aquí, en este cautiverio. A veces, alguien cobraba forma y surgía como una nube inmaterial. No demoraba en morir preso de la indiferencia o alguna distracción momentánea del autor, después que él borrara lo que había escrito en la computadora. Así los veía desplomarse y desvanecerse por completo.

Tardó poco en alistarse y salir de casa.

 

Piensa en mí y también en otras cosas o, mejor dicho, historias. Es como cuando alguien desea encontrar un billete en el suelo, a mitad de un paseo sin rumbo.

2.

Las conversaciones que va desarrollando con sus amigos me involucran. Dicen que filmarán un cortometraje. El autor habla de la habitación. Revisan los cuartos vacíos de la finca del Toño y piensan en las modificaciones. Producir una historia de ciencia ficción, con ambientaciones posapocalípticas. Acondicionamos el cuarto a la forma del interior de una nave… hacemos un cambio de planos y la llevamos a otro lado. Vamos a los géiseres de Sol de Mañana, en Potosí. Editamos el video con unos filtros y listo. ¿Cuánto es de viaje? No lo sé. En grupo logramos descuento con las agencias. Hay que darle. Un cuate fue y dice que el paisaje es de la puta, le voy a decir que me pase las fotos. Igual puedes chequear en Google.

 

3.

Toma un colectivo hasta inmediaciones de su hogar, está lleno y se queda parado frente a la puerta corrediza, con el aire y la mirada al exterior. Piensa en mí y también en otras cosas o, mejor dicho, historias. Es como cuando alguien desea encontrar un billete en el suelo, a mitad de un paseo sin rumbo. Alrededor se arman nuevos seres, flotan presencias, burbujean… aunque nadie cobra una forma concreta, o puede que no, puede que se vayan armando, una de las masas prevalece… por más minúsculos que parezcan, creo que son moscas. El autor anota algo en su celular, llega a casa, se coloca ropa suelta y empieza a escribir en la computadora. No me siento llamada, sino más bien veo que a medida que teclea un tacho de basura con frutas podridas surge. Ha colocado un título referido a moscas, una biblioteca, y una de ellas con inteligencia superior. Todas las moscas crecen de golpe, saltando el ser huevos, larvas, cresas, y salen del basurero; sin embargo, una de ellas permanece, aunque sus zumbidos ya la delaten como adulta. Pregunta: ¿Está bueno allí afuera? Es la única a quien escucho en mi idioma. El resto sólo contesta con un zumbido insignificante. ¿O soy yo quien lo considera así? El autor se ha quedado sin aliento justo antes de acabar la primera plana, pero es lo suficiente para que las moscas se queden aquí.

 

4.

Me acerco al basurero. Las moscas que sobrevuelan alrededor parecieran buscar otros recipientes de fruta descompuesta, algo en donde posarse, y su vuelo permanece cansino sobre el aire. Hablo al basurero: ¿Hola? Continúa con la pregunta: ¿Está bueno allá afuera? Un poco, no sé cómo será estar más allá. Al menos en este momento, le respondo. Entonces, allá o aquí adentro, supongo que da igual. ¿Estás seguro? Claro. Desde mi conciencia puedo figurarme otros lugares. ¿Qué es lo que ves tú? El cuarto de quien nos está escribiendo, veo libreros, fotocopias y anotaciones, una cama, un televisor. Quizás tú puedas darme una pauta, si salgo y abro los ojos sólo veré una fracción de lo que me dices, si me lo cuentas me hago una imagen. ¿Y si te digo que vale la pena salir de ahí?, pregunté. Intentaría hacerlo, aunque siento que hay una fuerza que me lo impide.

 

5.

¿Cómo podría decir que me senté al lado del basurero? No lo sé. Pude sentir la flexión de mis rodillas y el peso de mi tronco en las nalgas, probé en la silla que tenía frente al computador y luego en el mismo vacío, la sensación era bastante parecida, como un mimo que hace que las cosas cobren cuerpo en medio de la invisibilidad. Me senté al lado de la madriguera.

El autor aún seguía durmiendo. Se levantó casi a las nueve. Caminó con pereza a la cocina, engulló un pan con té, revisó el celular y se conectó. Después de encender la computadora continuó con la historia de la mosca. ¿Cómo lo sé? Fácil. Las moscas alrededor se juntaron hacia el basurero y todas, metidas adentro, arrastraron a la pensadora. La vi. Tenía los ojos un tanto más circunvalados y las patas como alambres negros. No… ¿qué les pasa?, les dijo con un tono de molestia. La miré y le saludé. Hola. La mosca se sacudió y voló dando giros en torno a mi figura. ¿Quién eres? Tú me hablaste cuando estaba adentro, ¿verdad? Me examinaba de un lado a otro. Alguien a quien escribió él, respondí y señalé al autor que había tomado su celular, estaba enfrascado en los mensajes. ¿Él me creó? Parece que sí, yo de un momento a otro llegué a sentir que estaba aquí, que era alguien, que existía. Entonces la mosca fue hasta la computadora portátil, leyó el texto saltando de una letra a otra y se reconoció, buscó posarse ante la pantalla del autor, pero él seguía leyendo y escribiendo los mensajes y las charlas de los grupos de chat. La mosca se frustró y vino a mi lado, se posó sobre una cima de libros y fotocopias anilladas. A diferencia de las moscas comunes, no frotaba sus patas sino más bien colocaba una de ellas por debajo de su pico o boquilla, en una pose de pensador.

 

Lee en voz alta quién soy y también empieza a relacionarla con alguien más. No me jodas, se exalta, si es tu ex.

6.

¿Crees que actuaría normal si viera que estamos aquí?, me interroga la mosca. De seguro se llenaría de vergüenza y ninguno de los dos estaría reproduciéndose sin sentido ni fin, conmigo… a mí no me darían importancia, verían cómo vuelo y nada más. Si ellos te vieran, cambiaría todo.

Yo los veía. En la distancia. Las prendas revoloteadas con la sábana. El rechinido de los muebles, del catre. Los líquidos, secreciones, acompasados en voces quebradizas. Camino hacia ellos. Me inclino. Miro todos los ángulos. Quiero destaparlos y mi mano no puede sujetar ninguna tela. Tendría que aguardar al calor, pero llueve afuera y el sonido de la lluvia contra el techo y las casas produce un tono conciliador. Llegaron como cómplices, entraron a la habitación y de inmediato se quitaron las ropas. Se dijeron que estaban con frío, y ella le confesó que prefería el calor de su piel. No hay nadie en la casa. Sólo ellos. Los minutos pasan mientras se mantienen en las mismas posiciones.

Pasó media hora. Ella ha encontrado la plantilla con anotaciones después de colocarse la ropa interior e ir al baño. Es mi descripción. ¿Y esto? La expresión se torna fuera de sus casillas, malhumorada. Es para el personaje de un guion… para la carrera. Lee en voz alta quién soy y también empieza a relacionarla con alguien más. No me jodas, se exalta, si es tu ex. Eres una mierda. Él pretende explicarse. Yo aquí… dándote todo y vos sigues pensando en ella. Ya tuvimos una pelea porque espiabas su Face, pero no aprendes ni mierda. Hay rabia contenida. Él procura detenerla. La sujeta y ella hace más fuerza para salir, ella le da una bofetada fuerte, al punto de calcar su mano en la mejilla. Sus ojos lagrimean. Perdón. Lo cambiaré. No me di cuenta.

 

7.

Es extraño sufrir cambios, los tuve que vivir. No desechó la hoja. La botó al cesto, pero un día después la tomó de nuevo y comenzó a tachar detalles. Mis labios se cayeron como gajos de mandarina desprendiéndose y dejando el vacío del borrón de un lápiz. Me surgieron otros y otros y otros, gajos y más gajos en el suelo se desvanecían al igual que pestañas y ojos que caían y rodaban. La mosca se quedó viendo sorprendida. Supongo que los rayones fueron restos que aún tenían algunas palabras legibles o, por lo menos, descifrables.

Ya no era ella, la persona a quien habían acusado, la persona a quien habían mencionado, la persona en quien se basó para crearme. Recuerdo verla cuando se conectaba a Internet. La seguía espiando. ¿Algún día ella leería el guion y lograría ver, percibir, notar, distinguir… o solamente encontrarse en el vídeo… si es que lo filman? Soy otra, me digo convencida de los cambios. Recojo mis restos y los suelto en el aire como si fueran hojas otoñales.

 

8.

Su novia le escribió. Dijo que lo ha pensado bien, que no pueden tener nada más, que termina la relación, que hubiera comprendido si el gesto de escribirme, de crearme, fuese un acto voluntario, pero no que haya sido algo que se le escapó y vivió en su inconsciente. Eso significa que jamás la olvidaste, eso es más doloroso. El autor le escribe muchos mensajes, asfixia la pantalla del chat, llama un par de veces y no recibe respuesta. Es una puta, exclama para quitarse presión. Golpea la pared. Idiota. Las lágrimas se resisten a salir. Quiere arrojar el celular y el llanto lo toma. La mosca me mira y dice que si no podría hacer algo por él. A fin de cuentas, mi existencia es parte de la culpa del autor. Si tú no hubieras aparecido, de seguro él habría estado de lo más normal. Voy al lado del autor. Lo acaricio, pero nada lo cambia. No sé por qué tuve que hacerle caso. ¡Mosca inútil!, me salta la rabia y la persigo, la aplasto con toda mi fuerza. Veo un reguero de sangre. No dura mucho tiempo. Se rearma.

 

9.

No hablamos desde ese día con la mosca. Nos apartamos en rincones diferentes. No le escuché nada, salvo los zumbidos que al final terminaron siendo un sistema de comunicación con sus pares. ¿Cómo lo sé? Fácil. De repente las otras me asediaron y, por más que las aplastara, se rearmaban una y otra vez. Librarme de ellas. ¿Cómo lo haría? Tendría que aguardar a que escribiera su historia hasta el final. Era la única explicación lógica. Pero el autor andaba cabizbajo, sin ganas de nada. Se quedaba viendo videos inútiles y contestaba al teléfono con desgano. ¿El guion de la historia? No volvió a mencionarlo… la hoja donde estaba escrita quedó enterrada por papeles, entre documentos que descargaba de Internet y trabajos de la universidad.

 

Leo las palabras del autor, reflexiona sobre la brevedad de la vida de una mosca.

10.

Han pasado casi dos semanas del día de la ruptura. Quiero desaparecer. Me siento en cautiverio y asediada. ¡Basta!, grito. No distingo si los zumbidos son de burla, de reagrupación, o simplemente de nada. El autor ha escrito que no viajará, que está sin un quinto, pese a que hayan conseguido ofertas con una agencia de viajes. No comenta nada de su ex pareja. Le han llegado rumores de ella con alguien. Un tipo difícil de precisar por lo genérico del aspecto. Revisa las páginas de las redes sociales y trata de interpretar las frases que comparte, los estados y también las personas que comentan. Entra en sus perfiles y procura adivinar la clase de persona que es… se compara, ríe como una forma de desprecio.

Se sienta a escribir. Con el impulso, la historia de la mosca avanza y la convierte en una mosca con una voz más nítida. La narra tecleando con rapidez y torpeza. Aumenta el volumen de la música. Me acerco al basurero, veo a la mosca y su paulatino envejecimiento. Leo las palabras del autor, reflexiona sobre la brevedad de la vida de una mosca. Recuerda el cuento de una autora, donde una mosca sufre el embiste por la tinta de una pluma hasta la muerte. Escribe sobre la autora, Katherine Mansfield, una mujer con la delicadeza y elegancia para escribir algo tan mínimo y contundente, pero él no… él es un desastre. Veo a mi lado a la autora por apenas un instante. Veo su mirar nervioso y desconfiado ante mí, y también veo cómo borra el archivo de golpe y lo deja completamente en blanco. No sirvo para esto… murmura. Las moscas se desgajan y desvanecen. Estoy sola, otra vez.

 

11.

Todavía espero el día que empiece a escribirme o me elimine de una vez por todas. El tiempo ha marchado como una sucesión de objetos encanecidos y rastros de relaciones amorosas que se volvieron recuerdos. Y sigo aquí. Una vez, el autor tomó el papel, lo leyó y algo en su rostro cambió, un gesto quizás, quizás recordó los días de aquella chica, el conflicto y su final. Lo he visto escribir decenas de trabajos, pero nada como yo… y dejó el papel en una caja con sus escritos de adolescente. Me pregunto cómo habrán sido todos ellos. Ellos ya están escritos, yo apenas soy una plantilla olvidada y un documento de Word en una indigesta cantidad de archivos…

Lo siento, pero aguardo con la mano en el corazón, como una compañera silente, testigo de tu vida. Si algún día me escucharas, recordarás que entre aquellos archivos estoy yo. Te pediría que me des fin o comiences una vez más conmigo. Ruego que lo sepas —y si lees esto es porque es la única forma que tengo para hacerte saber dónde estoy—, que sean tus palabras las que me definan por completo. Gracias…

Fabricio Callapa Ramírez
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