Saltar al contenido
Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Perro de sulky

martes 2 de febrero de 2021
¡Compártelo en tus redes!

Lo llamaban Sombra, porque siempre estaba tirado debajo del sulky, un galgo negro como un carbón que no servía ni pa’ perro, como decía su dueño, don Rigoberto. Y nótese que digo estaba y no andaba porque de hecho cuando don Rigoberto no usaba el sulky, el Sombra continuaba echado a su reparo. Y es que no salía de allí más que para lo necesario y entiéndase esto como lo más básico de lo básico, es decir, para sus necesidades fisiológicas y para comer, si no podía llevarse la comida abajo del sulky, y beber en el bebedero de las vacas. Después no había santo que lo hiciera moverse de allí. Podían caer rayos y centellas que lo máximo que hacía era pararse para no encharcarse el cuerpo; los extraños podían entrar como pancho por su casa y llevarse todas las vacas y todos los chanchos que muy posiblemente ni se molestaría en ladrar, y si una perra se alzaba y quería aparearse con él tenía que arrimarse debajo del carro, de lo contrario que se la montara el perro de la esquina.

Hoy cuando me he levantau el patio estaba más pelau que suelo de gallinero.

Era como si él fuera una pieza suelta del sulky que de alguna manera misteriosa, o mágica, o magnética incluso, se mantenía ahí bajo su influencia o, para usar una analogía astronómica: como un satélite gravitando alrededor del planeta sulky atraído por su fuerza gravitacional. O tal vez el sulky era de su propiedad y don Rigoberto, un pobre iluso que pensaba lo contrario. Para redondear el concepto digamos que perro y carro formaran una ecuación que se antojaba indivisible, donde estaba el sulky debajo estaba el Sombra y donde estaba el Sombra arriba estaba el sulky.

Bien, la historia que me hizo escribir sobre el Sombra, mejor digo sobre él y el sulky, ya que no había uno sin el otro, fue la siguiente. Una mañana, don Rigoberto se levantó y descubrió que le habían robado el sulky y con él se habían llevado al Sombra de yapa. Para el pobre de don Rigoberto fue como si un huracán le hubiera volado el techo del rancho, y para peor de males ahora tendría que cinchar como loco con aquella pierna mala que no lo podía hacer llegar ni a la esquina. ¿Cómo haría para desplazarse ahora? ¿Montar la yegua vieja?, ni pensar, y llegar al pueblo para recibir la magra pensión del gobierno significaba hacerse socio del taxista, porque la mitad se le iría en la tarifa de ida y vuelta.

Cerca del mediodía, un gaucho amigo lo acercó en su carreta hasta la comisaría.

¿Qué se le ofrece, don Rigoberto?, le preguntó el comisario, sorprendido al verlo llegar, ya que el hombre nunca se había metido en ningún lío (ni de muchacho siquiera) ni hecho jamás ninguna denuncia.

Me han robau el sulky, dotor comisario, dijo el viejo, con la mirada afligida.

¡A la pucha che!, ¿y cuándo fue eso, don Rigoberto?, preguntó el comisario.

De madrugada habrá sido, dotor. Hoy cuando me he levantau el patio estaba más pelau que suelo de gallinero. Las palabras se le apelotonaban en la garganta al pobre viejo.

Muy bien, ¿y de qué color está pintado el sulky? El comisario ya tenía delante suyo un cuaderno y lápiz para ir anotando datos.

En algunas partes rojo y en el resto color madera nomás, dijo el viejo, levantando cansadamente los hombros.

Bueno, no es mucha cosa, ¿alguna marca, algún detalle como para reconocerlo? El comisario ahora sólo tamborileaba el lápiz contra el cuaderno.

No, dotor, nadita de nada, respondió con tristeza el viejo.

Pero, don Rigoberto, así no será nada fácil dar con el paradero del sulky. A esta hora el maula que se lo robó ya lo habrá pintado de otro color. Piense, don Rigoberto, piense; quizás algún raspón, alguna particularidad que no se pueda borrar ni con pintura, algo que lo haga inconfundible. Mire que por más que la policía busque y rebusque sin algo en que agarrarse no se puede hacer nada. El comisario ya empezaba a tener lástima del pobre viejo. Don Rigoberto pensó y pensó hasta que se acordó del perro.

¡Sí, dotor!, hay algo que hace a mi sulky diferente de todos los sulkys, es el Sombra, dijo, ya más animado ante la descubierta milagrosa.

¿Y quién es ese Sombra, don Rigoberto?, preguntó intrigado el comisario, que no conocía al perro.

Mi perro, bueno, el perro del sulky debería decir, dijo el viejo, rectificándose.

¿Usted me está diciendo que el sulky tiene un perro o yo le escuché mal?, preguntó el comisario, medio confundido por lo inaudito que acababa de escuchar. Entonces don Rigoberto le contó lo narrado arriba.

Ah, si es así como usted lo está diciendo entonces es pan comido, dijo el comisario, ya tan animado cuanto el viejo, porque en el fondo, a pesar de ser policía, era un hombre bueno.

Y la vida continuó como siempre sin sobresaltos, a no ser por alguna que otra ocasional tormenta fuerte, hasta el invierno del 18.

¡Y dicho y hecho!, no es que a los tres días encontraron el sulky, o mejor dicho al sulky y al perro. Estaban con el Luchito Morón, cuando se acercó a la forrajería a comprar mazorcas de maíz para los chanchos y un conocido lo reconoció, a pesar de haberlo pintado de azul, porque el Sombra estaba lo más pancho echado debajo.

Don Rigoberto volvió a ver el sol cuando se asomó a la puerta, alertado por gritos insistentes que clamaban por su nombre, y vio el sulky refulgiendo de azul brillante, rodeado de tres o cuatro peones, encima de un carretón de carga tirado por una yunta de percherones estacionado delante del rancho.

¡Ahí lo tiene, don Rigoberto!, le gritó el cabo Gaitán, apenas se apeó, pero en seguida se rectificó, digo, ahí los tiene, porque el perro venía junto.

Y la vida continuó como siempre sin sobresaltos, a no ser por alguna que otra ocasional tormenta fuerte, hasta el invierno del 18 cuando el Sombra amaneció hecho un ovillo de lana, duro como una piedra debajo del sulky. Don Rigoberto lo enterró junto a un paraíso que crecía solitario detrás del rancho. A la otra mañana que le sucedió a la de la muerte del perro, don Rigoberto, al asomarse al patio, de nuevo vio la ausencia del sulky. El corazón dio un sobresalto en su pecho. El viejo salió con la pierna mala a la rastra amparándose con una mano en las paredes del rancho, buscando con la mirada turbia para todos lados el sulky desaparecido.

Pero la pucha si será malicia de mandinga, se lamentó el viejo. Pero como una cosa sobrenatural o un milagro hecho por el propio Dios de los cristianos no es que al rodear el rancho don Rigoberto, con los ojos agrandados por el asombro, vio el sulky junto al paraíso cobijando con su presencia la tumba de su dueño, el Sombra.

Francisco Anselmo Baldarena
Últimas entradas de Francisco Anselmo Baldarena (ver todo)