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Un pianista

sábado 25 de julio de 2026
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Es jueves y dedicarás la tarde a leer a Eduardo Halfon. Este guatemalteco calvo y de barba tupida es el autor que buscabas hace tiempo. Sus historias son breves y concretas, describen escenas cotidianas. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Estatal de Carolina del Norte, pero al ejercerla no sintió una emoción de verdad. Vivió trece años en Estados Unidos, huyó del conflicto interno que agobiaba a su país. Regresó a Guatemala para estudiar filosofía y letras, preocupado por haber descuidado el español. Encontró un propósito y se entregó a él.

Publicó su primer libro, El boxeador polaco, en 2008. En esta obra cuenta el sufrimiento de su abuelo en un campo de concentración. Un amigo de su mismo pueblo le salvó la vida al explicarle cómo responder en el juicio, le dijo que era un boxeador.

Tiene una mirada paternal. Es un padre presente. No usa la literatura para desconectarse del mundo. Narra el temor que sintió al saber que sería padre, la elección del nombre, el parto, las noches de llanto y los paseos de domingo. Sus textos te hacen dudar de la paternidad. Si llegas a serlo, él será tu referente. Lleva a su hijo de dos años a conciertos de música clásica. Ante los instrumentos, se pregunta si el niño es demasiado joven para permanecer allí. Está rodeado de cortesía. Reprime el juego y el llanto. El niño escucha, señala a los músicos y los nombra. Éstos no le prestan atención.

Salen del teatro. Caminan y encuentran una sala con un piano. Entran sin permiso. Pone las manos del niño sobre las teclas. Le enseña a tocar.

El relato te asombra. ¿Quién no desearía ser Halfon? Terminas la lectura y quieres empezar de nuevo. No una, sino diez veces. Dudas. Tu propósito no es odiarlo. Pasas a otra historia. No te deja la misma huella. Te detienes en la última página. Dices: “Quiero escribir como este hombre”. Avanzas hasta el punto final. Te detienes otra vez. Escribes en una hoja suelta: “Carece de prepotencia; esa es su mayor cualidad. No escribe para deslumbrar. Recuerda que eres joven. Él encontró su vocación a tu edad”.

Guardas el libro. Apagas la lámpara. Sales de la biblioteca. Agradeces por las cinco horas de lectura ininterrumpida. Caminas. No sacas de la cabeza la escena del piano. Halfon logra algo extraordinario: quieres que el tiempo vuele para regresar a sus relatos. Quieres aferrarte a sus libros y no soltarlos jamás. Es la señal de un gran narrador. Leerlo es deslizarte por un tobogán. No encuentras baches, te lleva directo a la médula.

Llegas a casa. Dejas el bolso en una silla, acomodas los libros y sales de nuevo. Siempre has creído que caminar complementa la lectura. No sabes por qué. Te gusta. Miras las hojas de los árboles. Respiras aire fresco. Saludas a desconocidos.

Escuchas un piano. El sonido proviene de una casa con las cortinas abiertas. Un bombillo está encendido. Piensas: “Algún artista crea”. Acortas los pasos. Volteas. Es un anciano. Te mira y lo miras. Quieres aplaudir. Deberías sentarte en la acera a escucharlo. No lo haces. Eres tímido. Volverás a pasar por esa casa hasta que el hombre te diga quién es.

Halfon es fantástico. Te queda la imagen de él y su hijo frente al piano. La vida es extraña. Te pone enfrente las historias que acabas de leer. Te grita: “Mira esta escena, haz algo con ella”. Regresas a casa. Sacas la libreta. Escribes: “El anciano del piano también es calvo. Tiene gafas y barba. No es Halfon, pero se parecen demasiado”.

Norvey Echeverry Orozco
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