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Cara al viento como un león, de Daniel Barroso
(capítulo 22)

sábado 31 de julio de 2021
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“Cara al viento como un león”, de Daniel Barroso
Cara al viento como un león, de Daniel Barroso (Imaginante, 2020). Descarga gratuita en la web del autor

Cara al viento como un león
Daniel Barroso
Novela
Imaginante Editorial
Buenos Aires (Argentina), 2020
ISBN: 978-987-8313-71-9
220 páginas

—Me persigue un hombre, Elbiamor. Me persigue el brazo de un hombre. ¡Qué digo!, me persiguen la mirada y la sombra del brazo de un hombre, que en una estancia de Maipú aulló como un ahogado cuando la trilladora dejó convulso y serpenteando su muerto brazo sangrante.

—Yo era un niño, Elbiamor, el niño que busca en las manos de su padre el hombre que soy; un niño que escribía poemas de niño entre la tierra bruna del sur cercano y sus pasturas feraces y verdeagua, bajo un cielo encabritado de tormentas quietas que tronaban de dolor por el muñón de un peón de campo. Y yo, Elbiamor, el niño poeta que buscaba en las manos de su padre el brazo muerto y sangrante del ahora manco Rearte, que supo, hasta ayer nomás, domar un bagual a la manera de los indios Pampa.

—Me persigue la sombra enjuta y cerril del oligarca que dejó que el brazo muerto y sangrante corcoveara en los pastos secos, hasta amansarle las tensas arterias que lo unían al corazón como los suspiros al alma. Enfundado en sus botas de patriarca y con rebenque al hombro, no permitía, el rubicundo fundador de alambradas, que se perdiera el tiempo en menesteres de quirófano ni en lamentaciones por un brazo que ya no piala ni enlaza. “¡¡El manco a sus labores!!”, dijo el muy atildado patrón mientras con su rebenque apartaba bichos y briznas de alfalfa. Y agregó: “¡que con el brazo que aún puede con el fierro para la yerra siga cumpliendo su conchabo y que el doliente brazo mocho no importune con sus corcovos de sangre y con sus relinchos de mostrenco al trote!”.

—Ningún recogimiento, ninguna misericordia para ese brazo sangrante (muerto y sangrante), ya fuera peón de barraca o animal que en el pretil espera su hora; era un sudor, apenas la anatomía brutal de una lágrima. Brazo animal que fecundó esa latitud de llanura otrora cobijo de la indiada. Tierra robada entre fusilería y repartija: a tantas leguas al norte como el sudor aguante, a tantas leguas al sur meta galope y con las riendas flojas, a tantas leguas al este buscando la ceguera misma de un cielo que se deshace como agua y al oeste, por donde la noche empieza a devorar las sombras y la distancia se borra ahogada en el paisaje, ahora hecho sangre del manco mientras los perros cimarrones husmeaban.

—Palos y alambres, barcos y encajes: esa fue la insignia de los primeros oligarcas y los últimos patricios, los que despilfarraron oro, los que derramaron odio, los que a un muerto brazo de un peón surero lo tiraban al agua turbia de una zanja.

—Me persigue el muerto brazo sangrante de un hombre, Elbiamor. En cada fogón donde arrimo el cuerpo y dejo al garete mi alma veo esa mano sobre guitarras y costillares de carne ardiendo. Veo el brazo de esa mano tensando las riendas de un potro bravo, boleando ñandúes y liberado en caricias metido entre piernas de mujer sobre un catre blando y velas que se apagan.

—Yo, Elbiamor, el niño poeta que escribió un epitafio para el domador Liberto Frías, mientras un llanto de un dolor nuevo arreciaba sobre el íntimo cielo de mi alma y el tío irlandés fumaba apoyado a un cedro moro, apiadándose del niño que escribe poemas y busca en las manos de su padre el muerto y sangrante brazo de Rearte. Y el hombre que soy, Elbiamor… el hombre que soy, aferrado a ese muñón del desprecio de los poderosos, aferrado a esa sangre que riega todas las latitudes de la Patria, aferrado a un ultraje que rezuma santidad, y ese dolor me santifica cuando en cada brazo muerto y sangrante veo miles de peones en la sangradera de la barbarie, que van desde los campos de Anchorena hasta los portones de los talleres Vasena y la Semana Trágica.

—El niño poeta, Elbiamor, tempranamente entendió que la oligarquía era el fundamento innoble de nuestra desgracia y el hombre que soy, que se buscaba en las manos de su padre, entendió tardíamente que un epitafio, además de un acto de amor, pude ser una declaración de guerra, o al menos una barricada.

— ¿Quién puede humanizar los pliegues monstruosos de la historia Patria? ¿Quién puede detener el cálculo del despojo sobre un horizonte de alambres y estacas? ¿Quién puede reclamar la heredad de la tierra y de las bestias sus boñigas y afrechos ante el poema de un niño que llora por hombres que no pudieron llorar y que nombra dolores que se prefieren callar?

Daniel Barroso
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