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Cuatro relatos de Carlos García Page

sábado 18 de septiembre de 2021
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Hallelujah

Hace cuatro años murió Cohen. En el concierto de Navidad, un coro de niños cantaba su Hallelujah, traducido al español y a la ortodoxia del colegio. Su iglesia es moderna, con cristaleras medio abstractas y de una sola nave, pero la canción no encaja allí si no va camuflada de villancico. Esa falsificación no le importó a mi pena, empeñada en subrayarse con lágrimas.

Este año han pasado demasiadas cosas. Llego al mismo concierto con la piel escamosa de un anfibio, la sangre fría y una añoranza de branquias. Me creo insensible. Pero no es posible olvidar lo que sucede. Para reducir el aforo de familiares e invitados, hoy sólo toca la pequeña orquesta de violines. Los espectadores están separados en los bancos, al tresbolillo. Todos los pequeños músicos lucen mascarilla; mi hijo Jaime ya es adolescente y la lleva a juego con su pajarita.

Los profesores son menos coquetos. Está Natalia, una bielorrusa animosa que da clases de violín y de orquesta. Está Julia, la organizadora del cotarro musical del colegio y profesora de piano que se ausentó a principios de curso por problemas familiares. Para ella venir es un esfuerzo por darle continuidad al proyecto, por saltar estos meses atroces, por vivir. Es un desafío, una terapia, un disimulo.

La tercera o cuarta pieza es Hallelujah, donde Natalia se luce con un solo.

Caen las escamas de mi piel. En los momentos de tristeza suelo recordar que, hace cuatro años, en un mal momento, mi hijo apareció con su violín. Ante mis ojos y mis oídos interpretó con gran musicalidad unas frases de la novena de Beethoven y me salvó el día, casi el año. Eso es vivir, subidas y bajadas, a veces superpuestas, exteriores e interiores. Mi padre lo denominaba la respiración de la vida.

Después, Jaime nos contará que durante el ensayo vio llorar a Julia, dos veces. En la zona elevada del altar, los violinistas se miraron algo incómodos, sin saber. Los suspiros recorrían la nave casi desierta, más profundos y menos limpios que las notas del piano. Necesitó del abrazo de Natalia.

Ahora se agarra a la concentración, a la disciplina y a otros recursos interpretativos para acompañar las canciones desde el teclado, sin perderse. En el primer banco se sienta su hija. Está muy grande ya, es un año menor que mi hijo. Se suceden las canciones, tocadas con gran corrección, con sentimiento incluso.

La tercera o cuarta pieza es Hallelujah, donde Natalia se luce con un solo. El arco de Jaime no se mueve como los demás, por una pequeña descoordinación. Nos dirá luego que ha empezado Submarino amarillo, que la partitura se le había traspapelado y que si no se había notado. Reiremos. Hacerlo no esconde que, durante toda la ejecución, se me derramaran las lágrimas. Reír y llorar.

El concierto acaba con un villancico convencional, el único en el que interviene la hija de Julia. Vuelvo a pensar que ha crecido mucho. Está a unos cuatro metros a la derecha de Jaime, con otra compañera interpuesta, en el mismo escalón. Lleva un discreto pañuelo anudado en la cabeza. Inspiro, expiro, sin controlar la sensación de ahogo. La miro y miro a mi hijo. Es la respiración de la vida.

Cesa la última vibración en las cuerdas y nacen los aplausos. Duran unos largos minutos. Hay alegría. Natalia y Julia se abrazan. Han vuelto a hacerlo. Las mascarillas no esconden las sonrisas. Con el violín en la mano, Natalia dirige unas palabras de felicitación a los niños. Nos desea todo lo bueno a las familias. El próximo año debe ser mejor.

 

Por san Marcos

Padre nunca iba a escribir un libro. Lo había dicho el señor maestro. Bueno, en realidad, don Tomás dijo que un hombre para ser considerado como tal debía hacer tres cosas: plantar un árbol, tener un hijo y lo del libro. Su tono tirando a amargo no concedía oportunidad a ningún adulto de Toldevilla, mi pueblo. Tampoco se la daba a ningún chico de la escuela, por muy alumno suyo que fuera.

Se lo dije a mi padre a la hora de comer, lo de las tres cosas. Me miró durante un segundo pero luego siguió desmenuzando pan duro sobre la sopa de ajo, sin responder nada. No solía meterse en conversaciones que no le llevaban a ninguna parte. No solía hablar.

Anda, no molestes a tu padre, dijo madre. Traía en una gran sartén los huevos fritos del segundo plato. Uno para ella, otro para mí, dos para padre. Por san Marcos podéis venir a Entreaguas, dijo él.

Llamaba Entreaguas a un pequeño huerto junto a un riachuelo, el Moscas, que corría rehundido. Una acequia iba algo más arriba, sobre un pequeño terraplén. Fuimos el año pasado por estas fechas, los tres. Aún no había decidido si el sitio me gustaba o no. Sí me gustaban los pájaros, se comían los insectos que atraía el agua.

Como padre hablaba poco, lo que decía iba a misa.

Hizo una marca con el talón del pie derecho. Es aquí, tendrás que cavar con la azadilla, dijo.

Por san Marcos, salimos temprano por la puerta del corral. Padre me dio la azadilla que usaba para trabajos menores. Él llevaba la grande y un palo muy largo con un bulto abajo, atado con tela de saco. Es el cepellón, tiene las raíces del manzano, me había dicho hace un año. Entonces yo no tuve que llevar nada y me limité a acompañarlos, a mirar cómo cavaba la tierra y a perseguir vencejos con la mirada para no aburrirme. Ni me enteré de cómo había colocado el palo en vertical. Entonces yo era demasiado pequeño pero ya no, al parecer.

Espabila y no te amohínes, dijo madre. Llevaba un cubo vacío y seco, con un rodete de tela dentro.

Caminamos alejándonos del pueblo, al menos media hora, por un camino ancho y seco. A ambos lados, verdeaban campos de cereal, algunos los trabajaba padre. El huerto era más fértil. Ahí estaba el manzano que plantó el año pasado, parecía más recio y estaba en flor. La primavera es un buen momento para empezar cosas.

Padre miró hacia el río, a la corta sombra del frutal, y respiró fuerte. Hizo una marca con el talón del pie derecho. Es aquí, tendrás que cavar con la azadilla, dijo.

Mientras me miraban atacar los surcos, no cruzaron ni una palabra. Notaba sus sombras, cómo se movían según se gastaba su paciencia. Se aburrían pero no eran de mirar vencejos. Los mayores son raros.

Noté de pronto que padre me apartaba. De dos golpazos contra la tierra, hizo un agujero donde cabían las raíces del árbol, el cepellón entero.

Más caga un buey que cien golondrinos, dijo madre. Era de sentencias y refranes. Mujer refranera, mujer puñetera, decía alguna vez. Había llenado el cubo con agua de la acequia y la estaba echando alrededor del palo vegetal, ahora vertical.

Yo me sentí algo triste, ridículo con mi inútil azadilla, inútil como un golondrino.

Mi padre me miró, inexpresivo. Su cara me recordaba la piel que trabajaban los curtidores. En los ojos se asomaba algo pero no lo dejó salir.

A la vuelta, yo jugaba a volar como los vencejos, con los brazos extendidos, yendo y volviendo por el camino. Pero no me salía ir rápido. Ellos marchaban juntos detrás. Madre había recogido algunas hierbas verdes para los conejos, junto a la acequia. Las llevaba en el cubo y el cubo en la cabeza, sobre el rodete.

El viento que venía de sus espaldas me trajo las palabras de padre:

A este paso, el chico nunca plantará un árbol.

 

Soledad

Vivía sin compañía y se rodeaba de piezas con retorcido simbolismo. Un gato de escayola en homenaje a su presbicia. Ese busto invertido de Wagner como muestra de su inextinguible pasión por la literatura. Un abrecartas dorado junto al portátil desde donde despachaba los correos electrónicos y participaba en las redes sociales.

La cuenta de Twitter le había dado una segunda vida, bien pasados los sesenta. Había vuelto a escribir, había aprendido a valorar lo breve, a pesar las palabras, a jugar con la ambigüedad, a ponderar los sentidos. Era de las pocas usuarias que no necesitaban fotos para promocionarse y que diferenciaban sarcasmo de ironía.

Pocos meses después de ese descubrimiento, se halló una falla cerebral compatible con el alzhéimer. La pista se la dio el aseo, donde los botes de gel se vaciaban con mucha frecuencia. Un día que consiguió obviar sus pensamientos y mantener su concentración en la ducha, pudo contar que se limpiaba determinadas partes del cuerpo hasta en ocho ocasiones.

Olvidó colocar pósits sobre los objetos, con las letras adecuadas para nombrarlos. No recordaba ya su novela favorita, Cien años de soledad.

Todo se confirmó con unas pruebas en blanco y negro aunque, en los resultados, su cerebro aparecía tintado con distintos colores, en diferentes áreas. Había acudido al especialista creyendo que la realidad jugaría a darle lo contrario que aguardaban sus temores. Pero en esa ocasión, la vida soslayó la ironía.

Sabía que el alcohol empeora los síntomas y los efectos de la enfermedad pero no podía renunciar a él. La lucidez le pesaba demasiado. Llevaba ya años aflojando las bombillas sobre los espejos, como defensa ante el marchitar de su belleza. Ya se le ocurriría algo contra esto, se engañó.

Primero, desaparecieron unas palabras específicas. Se atascaban en las neuronas, sin poder salir. Nombres propios como un pianista ruso intérprete de Messiaen o ese grupo musical de Málaga. Luego fueron las palabras corrientes. Recordaba sus definiciones pero no aprehendía los significantes.

No es capaz de enumerar las primeras que perdió porque, claro, no las retiene. Sí sabe que cada vez fueron más.

Olvidó colocar pósits sobre los objetos, con las letras adecuadas para nombrarlos. No recordaba ya su novela favorita, Cien años de soledad. Del viejo Gabo había aprendido que hay música en las palabras, hasta llegó a imitarlo bastante bien.

Ahora mismo, Soledad está leyendo en voz alta sus viejos tuits, con un vaso de whisky en la mano. Incapaz de comprender los volátiles significados, llora por la belleza que se desvanece cuando se apagan sus sonidos.

 

Sin adjetivos

Aunque vivía lejos, acostumbraba a esperarla a la puerta de su trabajo. La acompañaba mientras andaba hasta la estación. Le hacía más amena la espera en el andén con algunas bromas. En el tren, callaba. Solía estar tan lleno que era difícil comunicarse. Volvían a recuperar las sonrisas en la estación de destino. Ella hacía un esfuerzo por no aparentar cansancio. A él le gustaba imaginar cosas para alegrarla. Llegar hasta el autobús costaba a veces algunas carreras. Pero cuando lo aguardaban o durante el trayecto, conversaban animadamente. Ella lo quería. Él la quería. Se les notaba en cada palabra. Hasta en las que no se decían.

El recorrido a pie hasta su casa era más lánguido. Muchas veces, ella le invitaba a subir. Últimamente lo hacía con frecuencia. En el ascensor ambos guardaban silencio, embebidos en sus pensamientos. Mientras ella abría la puerta, él se imaginaba que las cosas pudieran ser de otra forma. ¿Pasas? Sí, claro. Solía dirigirse hacia su habitación, él a la cocina. Quedaban muy cerca, charlaban mientras se cambiaba para ir cómoda. Llevaba despierta desde las cinco y media; estaba destruida. Él quería curarla, cuidarla. Le preguntó si le apetecía una infusión. Ella contestó que no, que le podía el hambre pero aún más el cansancio. Iría a tumbarse al sillón. Cuando el estómago le doliera, se levantaría. Ese día, él se vino arriba, le ofreció unos mimos, unas caricias, un masaje. Ella se enfadó, con toda la razón. ¿Y cómo vas a hacerlo? Lo siento, es verdad; sólo quería ayudarte, escribió él.

Él quería curarla, cuidarla. Quería levantarse con ella cada día, prepararle el desayuno mientras se duchaba.

Ambos miraron sus teléfonos móviles. La realidad se les había acercado tanto que manchaba sus ilusiones. Cada uno estaba en un extremo del chat.

Se despidieron.

Él estaba confuso; solía habitar una ficción.

Ella sabía que se engañaban; le había caído la peor parte.

Él quería curarla, cuidarla. Quería levantarse con ella cada día, prepararle el desayuno mientras se duchaba. Quería darle ánimos cada madrugada, mientras le llenaba el táper con la comida que habían cocinado juntos. Quería compartir el coche con ella. Quería recoger su casa. Quería recogerla a la salida del trabajo, verla conducir mientras reían. Quería hablar cara a cara en el ascensor. Y encenderle el calentador para su ducha. Quería prepararle la cena mientras ella descansaba en el sofá. Quería acompañarla y velar su sueño.

¿Y cómo vas a hacerlo?

Quería y no podía. Sólo ahora era consciente.

Ella también estaba llorando. Desde el principio, sabía que todos sus sueños eran imposibles, lo habían hablado. Y se había dejado arrastrar, engañar.

Parecían poder tocarse, a veces lo habían hecho. Pero distaban más de quinientos kilómetros.

En sus sueños siempre había una playa. Vivían un verano luminoso, trabajado, fatigado, hermoso.

Y ya la brisa refrescaba.

Sin adjetivos.

Carlos García Page
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