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Spaghetti western

sábado 26 de agosto de 2023
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El camión se detiene al lado de la acera. Bajo de un salto, cojo el cubo con las dos manos y arrojo la basura a la tolva. Echo también unas bolsas que hay acumuladas por ahí al lado, activo la cuchilla empacadora y el sistema hidráulico presiona la porquería hacia dentro. Me subo a la pequeña plataforma y una vez me cojo al asa silbo para que Fran se ponga en marcha. Aquí atrás el aroma es hediondo. Todo el olor del detritus acumulado durante años sale hacia mí y me inunda. Al poco llegamos al siguiente cubo que hay que recoger, el camión se frena y repetimos la operación. Es así toda la noche.

Pasamos por la zona de los restaurantes, frente al acceso al puerto. La pestilencia de los contenedores es intensa, así que trato de respirar sólo por la boca. Entonces veo una cara conocida. Me fijo en el tipo, vestido de traje, camina con las manos en los bolsillos. Sin duda es él. Hago un gesto al camión para que me espere y me acerco.

—Hola. Eh, tío Ben.

El hombre tarda en reaccionar. Se da la vuelta y me mira. Parece que le cuesta reconocerme, imagino que es por el casco y el traje fluorescente. Los años no le han pasado en balde. Todo su pelo es blanco y camina encorvado hacia delante.

—Vaya. No te reconocía vestido así. No sabía que trabajabas de basurero.

—Llevo unos meses. Como el horario es nocturno mucha gente no está enterada.

Permanecemos unos segundos en silencio. Empiezo a arrepentirme de haberle saludado.

—Bueno, tengo que volver al trabajo. Estaría bien juntarnos un día para hablar. De los viejos tiempos y tal.

—Yo voy a tomar una copa al bar del francés. Está detrás de la catedral, no sé si lo conoces. Cierra bastante tarde. Pásate al acabar el turno, si quieres. Te puedo invitar.

Me lo pienso un momento. Son casi las dos de la madrugada de un martes. El día y la hora me resultan un poco deprimentes. Pero no tengo prisa por ir a casa, y mañana puedo dormir hasta tarde. Además, así puedo avisar a alguna amiguita y luego hacer tiempo a ver si me contesta.

—De acuerdo. Cuando acabe de trabajar me paso por allí. Todavía me falta como una hora. Espero que no se te haga muy tarde.

—Tengo todo el tiempo del mundo.

Nunca me gustó la poesía como tal, pero hay temas de música con los que conectas.

El tío Ben se da la vuelta sin despedirse y se va en dirección al bar. Yo me subo a la plataforma, silbo y Fran arranca de nuevo. De la cabina salen los acordes de un disco de los Red Hot Chili Peppers. Suena la canción que habla del puente y la ciudad. Tenía una novia en el instituto que me la tradujo, es una letra muy bonita, creo que logré entenderla. Nunca me gustó la poesía como tal, pero hay temas de música con los que conectas. Claro que ni Almería es Los Ángeles ni yo soy Anthony Kiedis. Trato de pensar en aquella chica. Caigo en la cuenta de que no recuerdo mucho de ella, ni siquiera cómo era su cara. Es curioso, alguien que en un momento dado fue la persona más importante de tu vida y con los años acaba en el fondo de tu memoria.

Recogemos los últimos cubos, me subo a la cabina con Fran y ponemos dirección al vertedero municipal. Enciendo un cigarro para cada uno y saco un bote de Coca-Cola de la neverita portátil. Cuando lo abro salta un montón de espuma, me salpico entero y empiezo a jurar.

—¿Quién era el tipo ese con el que hablabas?

—Tenía una tienda de ultramarinos, se llamaba Hermanos Benítez. Era muy famosa, vendían de todo. Carne, salchichas, embutidos, quesos y conservas, esas cosas. Se juntó a mi tía cuando ella se separó. Con los años se casaron. Para nosotros era el tío Ben. Le teníamos mucho cariño, siempre nos estaba regalando chicles o chocolatinas. Años después me enteré de que le ponía los cuernos. Le daba igual que fueran mujeres guapas o feas. Ella lo llevó muy mal, empezó a beber más de la cuenta y a tomar antidepresivos. Cuando murió mi tía, Ben fue perdiendo el contacto con nosotros. Mis padres no querían ni oír hablar de él. Hacía años que no lo veía.

Fran estira el brazo y pilla un bote de cerveza Voll Damm del posavasos. Da un trago que dura segundos. Se limpia con la manga y me mira con su ojo claro, el que casi pierde en su época de pescador furtivo.

—Sólo te preguntaba quién era. No hace falta que me cuentes tu vida.

Me pongo rojo de ira, pero no le contesto. Cambia el CD y llegamos al vertedero sin hablar, al ritmo de Rage Against. En el portón de entrada unas pintadas de los vecinos nos recuerdan que el lugar es un foco de su odio. Las poblaciones cercanas sufren todo tipo de problemas debido a los olores y vertidos. Las filtraciones llegan al agua y la contaminan, y toda la zona está llena de personas que sufren enfermedades raras. Si finalmente lo cierran nos despedirán o tal vez nos reubiquen, y entonces volverán los quebraderos de cabeza. Me hace gracia pensar que lo mejor para la gente no es lo mejor para mí.

Ayudo a vaciar el remolque, pegamos un lavado rápido con la manguera y nos vamos a los vestuarios. Yo me doy una ducha que no sirve para nada, porque este olor se impregna hasta lo más hondo del cuerpo. Además, el agua caliente se acaba en seguida, por lo que tengo que aclararme el pelo tiritando. Me visto con los pantalones vaqueros y una camiseta negra y me dirijo al viejo Opel Corsa. Fran me está esperando apoyado a la puerta del copiloto. Esa bola de sebo podría reventar la carrocería y acabar aplastado contra el suelo. Apesta a sudor y suciedad, porque él no se ducha después de trabajar. Ignoro si lo hace al llegar a casa o si lo hará en los próximos días. Bajo la ventana de mi lado y el aire que entra hace que mi cigarro se consuma a la velocidad de la luz. Lo acerco hasta la rotonda donde está su coche y yo sigo hacia la urbe. Hago una breve parada en una máquina expendedora para comprar un paquete de galletas saladas y una chocolatina. Aparco en el muelle y voy dando un paseo hasta el bar del francés. El ambiente es depresivo. Hay una luz muy tenue, el altavoz reproduce éxitos españoles de los ochenta y la clientela está formada por varones de edad avanzada que beben en silencio. Me siento en un taburete que hay a pie de barra, al lado de Ben, que ni siquiera se gira para mirarme. El dueño, un ex militar de la legión francesa que, todo el mundo sabe, se dedica a traer inmigrantes de Argelia, se acerca con cara de pocos amigos.

—¿Qué va a ser?

—Una jarra de cerveza tostada y un chupito de JB. Y a mi pariente otra ronda de lo que esté tomando.

Nos pone la bebida. Brindamos y estamos unos segundos sin hablarnos. Me fijo en el vaso de Ben. Está tomando ron con cola en vaso de tubo alemán. El combinado de la vieja escuela.

—¿Sueles venir por aquí?

No puedo decir que fuera un hombre guapo, pero su forma de ser era cautivadora.

—Todos los días. Me levanto tarde, a eso de las doce. Me preparo un desayuno fuerte. Tortilla o huevos revueltos y un café. Veo unas películas de vaqueros fumando una cajetilla de tabaco y tomando unos tragos de Sansón. Por la tarde salgo a hacer unos recados, ceno y salgo a beber. Y aquí estamos.

Me fijo en su piel, que tiene un color extraño. Recuerdo aquel tipo animoso. No puedo decir que fuera un hombre guapo, pero su forma de ser era cautivadora. Siempre sonriendo, contando chistes y tomándote el pelo. Y rodeado de otros personajes como él, granujas que iban en pandilla. Me pregunto qué fue de aquel tío Ben.

—¿Qué hay de tu hija? Recuerdo que vivía en Madrid.

—Hace años que no sé nada de ella. Bueno, sí. Sé que fue madre. Y que eligió al tipo equivocado. Un borrachín con la mano demasiado larga. Lo último que hay que hacer es levantarle la mano a una mujer. Creo que sigue viviendo por ahí.

Se me ocurren muchas preguntas que hacerle. Pero casi todas son sobre temas o personas que me resultan incómodos de tratar con él. Doy un buen trago a mi cerveza y liquido el chupito. Trato de acabar rápido para largarme. Sin embargo el tipo pide otra ronda antes de que pueda decir nada. Decido beber en silencio y que sea él quien hable.

—Últimamente estoy viendo muchas películas de Clint Eastwood. Están haciendo un ciclo en un canal de la tele por cable. Echaron esas tan buenas, ya las había visto. En una hacía de predicador. Y aquella tan famosa en la que buscan un tesoro escondido en una tumba.

El bueno, el malo y el feo.

—Esa es. Cojonuda. Ayer vi la que ganó el Óscar. Sale un negro, un vaquero de color negro. No hay quien se lo crea, me fastidió la película. Esas cosas me sacan de quicio.

—Debe tratarse de Sin perdón. Es Morgan Freeman, muy buen actor. Hace tiempo leí algo sobre eso. Se cree que en verdad cerca de la mitad de los cowboys eran negros. Fue el cine de Hollywood el que les dio la espalda al escoger sólo actores blancos.

—Un vaquero negro. Habrase visto. Estoy deseando que vuelvan a echar las producciones italianas. Los spaghetti western que se rodaban aquí, en el desierto de Taberna. En esas es fácil saber quién es quién. Salen los indios y los vaqueros. Los buenos y los malos. Yo no quiero que me hagan pensar más de la cuenta.

La cerveza tostada empieza a causar efecto en mi cabeza. Es un daño colateral del cansancio, del trabajo y de la cena ligera. Saco mi teléfono móvil y dejo de escuchar a Ben. Mando un mensaje a una vieja amiga con la esperanza de no dormir solo. El camarero nos pone un cuenco con restos de maicitos y cacahuetes. Cojo un buen puñado y me lo meto en la boca.

—¿Qué tal tus padres? ¿Siguen viviendo en San José?

Pienso en contarle la verdad, pero sería demasiado deprimente.

—Sí, siguen viviendo allí. Mamá se jubiló y alquila los apartamentos por quincenas. Solamente en verano. El resto del tiempo cuida del huerto. Mi padre continúa pescando, aún tiene la lancha. Le gusta mucho ir al bar, pero cada vez lo hace menos. Están bien, ya sabes.

—¿Crees que podría ir a verles algún día?

—No creo que les hiciera mucha ilusión. Puedes probar a llamar por teléfono.

Me mira de reojo por encima de su hombro. Apura su copa bebiendo más de medio vaso de golpe. Saca un paquete de tabaco y un papel y empieza a liarse un cigarro, aunque es muy torpe y le queda demasiado grueso. No lo humedece bien, se le despega y echa unos juramentos. Antes de que lo vuelva a intentar o se ponga a llorar le cojo el material y se lo hago yo mismo.

—¿Tus padres hablan alguna vez de mí?

—Hace años que no. Ha pasado mucho tiempo.

—Podrías decirles que intenté dejar de beber. Es cierto. Quise hacerlo, sólo que no pude.

—Claro, se lo diré.

—Y diles que lo siento. Diles que… Nunca me paré a pensar en las consecuencias.

Es curioso cómo un objeto que no es apto para su cometido original se puede reconvertir en algo útil.

Me quedo mirando al viejo. Tiene la mirada perdida y los ojos rojos y vidriosos. Dejo el cigarro recién liado en la barra, al lado de su copa. Acabo mi cerveza y me levanto. Le pongo la mano en el hombro. No le miro a la cara, fijo la vista en la mesa de billar que tiene el tapete roto. Está inservible para jugar, así que los feligreses la utilizan para apoyar sus bebidas. Es curioso cómo un objeto que no es apto para su cometido original se puede reconvertir en algo útil. Me hace gracia y me río.

—Me ha encantado volver a verte, tío Ben. La próxima vez elijo yo el bar. Alguno de música rock. Y en el que haya mujeres.

El viejo se gira hacia la barra en silencio y enciende el cigarro. El camarero le mira, se acerca con paciencia y le dice que no se puede fumar dentro del local. Ben no le hace caso, ni siquiera levanta la cabeza. Yo salgo del garito, les dejo que resuelvan sus problemas y doy un paseo por la zona del puerto. El intenso aire hace que me estremezca y no tengo una chaqueta que ponerme. Camino con las manos en los bolsillos y los brazos pegados al cuerpo. En la cabeza llevo como una losa el efecto de las cervezas, pero una idea me atraviesa el cerebro. A lo mejor ya lo había pensado antes, pero es ahora cuando toma forma en mi cabeza de manera nítida. No soy capaz de esquivarla y hace que me enfade. Es una aguja que llevo clavada desde hace años. Saco el teléfono y busco el número de mi padre. Es muy tarde, aunque sé que tiene problemas para dormir y muchas noches se las pasa sin pegar ojo, fumando y pegado a la radio mientras bebe toneladas de infusión de boldo para aliviar sus digestiones pesadas. Tras pensarlo un momento decido marcar su número. Pasan los tonos y parece que no lo va a coger, pero finalmente se oye una respiración y una voz ronca.

—¿Sí?

—Papá. Hola, soy yo. Perdona por la hora.

—Es muy tarde. ¿Qué mosca te ha picado?

—Verás, hay algo que quería preguntarte.

—¿En plena noche?¿No puedes esperar a que sea por la mañana?

—Yo, nunca te lo he preguntado, pero… ¿Quién fue el hombre con el que se acostó mamá?

—¿Cómo?

—Cuando os separasteis. El hombre con el que pillaste a mamá. ¿Era Ben?

—No sé nada de ti en meses, y de repente se te ocurre llamar de madrugada para preguntarme eso. Estoy muy bien, gracias. Mañana me hacen una prueba en la próstata porque casi no puedo mear. También me he apuntado a un curso de labores en el aula para mayores. Aprendo a coser botones y a arreglar los rotos del pantalón.

—Lo siento, papá. Yo…

—Si quieres saber algo más puedes llamar a tu madre a la residencia. Pero ya sabes cómo está de la cabeza. Adiós.

Sigo caminando hacia delante, porque nada de lo que haga ahora cambiará el pasado.

Me quedo mirando la pantalla un rato. Ahora mismo me encantaría volver al bar y tener unas palabras con el hombre que posiblemente arruinó la vida de mi familia. Sin embargo sigo caminando hacia delante, porque nada de lo que haga ahora cambiará el pasado. Suena un mensaje en mi teléfono. Es mi amiga, me responde que puedo pasar por su casa si quiero, que los niños duermen y está sola. Enciendo un cigarro y lo fumo en silencio mientras camino hacia el coche. Trato de decidir si estoy de humor para verla. Antes de llegar me quedo un rato mirando al mar y el muelle de madera, que está siendo restaurado. En la noche, parece una serpiente gigante que se introduce en el agua, iluminada por una colección de luces que se reflejan y crean una mandíbula de color naranja.

Arranco y voy hacia el Barrio Alto. Tardo unos minutos en llegar. Las calles están barridas, sólo se ven unos pocos motoristas que llevan comida a domicilio y alguna patrulla de la policía. Giro en la rotonda y llego a unos edificios en obras donde se puede aparcar. Hago una llamada perdida para que me abra el portal. El silencio es tan grande que hasta la respiración parece amplificada, así que decido subir caminando en vez de tomar el ascensor. Mientras asciendo por las escaleras, empiezo a pensar en las consecuencias que tienen en los demás las cosas que hacemos. Cuando llego al tercero, la puerta está entreabierta. Recuerdo que en la entrada está el mueble de los zapatos, así que me pego a la pared para no tropezar con él. Al entrar en el salón veo la habitación en penumbra, iluminada por la luz que sale de la televisión. Carlota está sentada en el sofá, vestida con un pijama. Sus hijos de tres y cinco años están dormidos, su marido nunca está entre semana. Estoy excitado, pero a la vez empieza a pesarme ser parte de un engaño. Me acerco a darle un beso, hace un gesto con el dedo para que guarde silencio y me abraza. Estamos un rato así, hasta que la música de la película que está puesta hace que me gire.

—¿Qué estás viendo?

Por un puñado de dólares. Me encanta. Se rodó aquí cerquita.

—No sabía que te gustaran los spaghetti western.

—Me gustan las pelis del oeste. Están echando un ciclo en la televisión, las dan a todas horas. En éstas es fácil distinguir al bueno del malo. Ojalá fuera así de sencillo en la vida real. O una cosa o la otra.

Miro fijamente la escena. Presto atención a los edificios, que parecen endebles decorados de cartón piedra, y a los actores de reparto y los figurantes. Hasta los árboles parecen falsos. Carlota me coge la cara para que me gire hacia ella y me mira sorprendida.

—Si no te conociera, diría que estás a punto de llorar.

Guillermo Martínez Collado
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