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La vida agitada de Iván Proghenzin, oligarca ruso

martes 19 de diciembre de 2023
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La destrucción masiva de los tejidos, la rubicundez de vastas extensiones del cuerpo, la hinchazón de la práctica totalidad de las facciones ante la irrigación imparable del veneno, que aún supuraba maloliente de oídos y mucosas, entorpecieron la identificación del cadáver, que habría requerido la intervención de la policía científica de no ser porque los resultados de las pruebas tardarían entre tres y cinco días, un margen de tiempo demasiado ancho para la temible impaciencia de las élites, por lo que finalmente se acordó, por unanimidad, que el cadáver coincidía, en efecto, con el de Iván Proghenzin, el oligarca ruso que ochenta y tres días antes había desafiado al Kremlin tras veintitrés años de gobierno universal e invicto de Fiodor Rushenko, al que muchos atribuyen la orden de deformar el cuerpo hallado en la casa de campo del presidente Putrashenko, de desahuciarlo por el veneno, si bien no podría haber servido a Iván Proghenzin, oligarca ruso, concluyeron algunos de los asistentes, sino que tuvo que haber sostenido a un indigente al que se habrían apresurado a enterrar, lo que explicaría y alimentaría las interminables declaraciones de testigos que, aún hoy, afirman, taxativos, que el vendedor de perritos calientes del Parque Serguievka no es otro que el mismo Iván Proghenzin, oligarca ruso, chef del Kremlin, mercenario y rebelde, que habría logrado sobornar a los agentes encargados de su custodia y como hombre de recursos infinitos, como hombre hecho a sí mismo, se las habría ingeniado para regresar al discreto, moderado encanto del anonimato más estricto tras abominar, recalcitrante, de los excesos pasados, aunque tampoco faltan quienes sostienen que ha tomado los hábitos y lleva una vida frugal de pan y agua en un convento franciscano a las afueras de Vladivostok, o aquellos que especulan, incluso, con la aberrante posibilidad de que se haya vuelto abstemio acérrimo, pero, en cualquier caso, poco se sabe de la infancia, adolescencia y primera juventud de Iván Proghenzin, oligarca ruso, más allá de que pesó casi siete kilos al nacer, según se ha podido documentar, lo que provocó en la madre una hemorragia de tales dimensiones que desbordó los deficientes recursos de que disponía la medicina rusa de entonces, muriendo la buena mujer una hora después del parto entre horribles convulsiones, aunque se comentó que su mayor tormento fue imaginar que su bebé, de pantagruélico apetito, pasara al cuidado del padre, militar en la reserva asfixiado por las deudas y que aún hubo de endeudarse más para sufragar las tres cubas de leche de vaca semanales que apenas si daban para salvar al muchacho de la desnutrición, una carga ignominiosa que despertaba en el padre sofisticados accesos de cólera que lo empujaban a cometer actos extravagantes como leerle las obras completas de Pushkin de madrugada, arrojarlo al hielo nocturno durante horas o propinarle series de directos al bazo e hígado, sesiones directas que el muchacho recibía sin inmutarse, cuando no con disimulado entusiasmo, hasta que una tarde, en plena ejecución, se desplomó el buen hombre debido a una apoplejía tuberculosa, según se desprendió del informe forense, donde también se hizo constar la extraordinaria rigidez del brazo con que se disponía a descargar el último y fallido golpe, sostenido el puño en alto, contra el férreo abdomen del joven oligarca, que hubo de determinar si partírselo para amoldar el cuerpo a las dimensiones de la caja o enterrarlo tal cual apenas cubierto por la más humilde mortaja, siendo esta última opción la escogida por el joven Iván, dadas las estrecheces económicas que lo acogotaban, según él mismo declaró en una entrevista donde aseguró, además, haber enterrado a su padre con sus propias manos y que, tan pronto había arrojado el último puñado de tierra sobre el brazo enhiesto del progenitor, arrambló con los escasos objetos de valor, unas monedas, el reloj de plata y se adentró en la oscuridad del crimen organizado dispuesto a labrarse un nombre, por lo que partió piernas, descoyuntó brazos, aprendió a leer y a escribir con Tolstoi y Dostoyevski, extorsionó a funcionarios, se aplicó en las cuatro reglas, regó de cocaína y hachís las bandejas de cada una de las fiestas de las más altas instancias corruptas en la década de los noventa, destacó en el manejo de la regla de tres, atracó bancos y no fue hasta el secuestro de la hija de uno de los incipientes oligarcas de la imberbe Comunidad de Estados Independientes que fue detenido y encarcelado en la prisión más atroz de toda Siberia y donde tuvo ocasión, durante los siguientes diez años, de mostrar arrepentimiento, de agachar la cabeza y hasta de interesarse por la cocina, faceta en la que destacó desde el momento en que el afán y desmesura con que devoraba las viandas y rebañaba tanto su plato como los de sus compañeros, a los que intimidaba con sólo mirarles a los ojos y que todavía, tantos años después, sólo bajo la promesa de filmarles a contraluz y con la voz distorsionada, han aceptado declarar algunos ex reclusos que lo trataron entonces, llamaron la atención del cocinero, cada vez más podrido por los muchos años de condena, que vio en él al más digno de los sucesores y que se habría emocionado, de haber leído otra rara entrevista a nuestro hombre, cuando declaró que fue de ese pobre cocinero de quien había aprendido los ingredientes infalibles con que confeccionar la mostaza casera, verdadero secreto de sus celebérrimos perritos calientes de tres pisos, los más populares en todo el distrito este de San Petersburgo, cuya elaboración, se ha constatado, requería el ímprobo esfuerzo de levantarse a las seis de la mañana sin faltar un solo día durante cuatro años, si bien el carácter indomable e irremediablemente innovador de Iván Proghenzin, oligarca ruso, pronto se estrelló contra las fronteras de aquella monotonía previsible hasta que una mañana gélida de febrero, tras dos semanas enteras sin apenas dormir, se cuenta que, sudando a chorros fríos, gritando a pulmón, despertó a la revelación: su destino no iba a ser vender perritos calientes de tres pisos hasta el día de su entierro, sino convertirse, nada más y nada menos, que en el principal proveedor de comidas del mismísimo Kremlin, por lo que armado con una mochila repleta de perritos calientes de muestra y una determinación férrea, se plantó a las puertas de palacio y se cuenta que permaneció junto a la garita del guarda siete días y siete noches y que había jurado no moverse de allí hasta que lo recibiera el mismísimo Fiodor Rushenko en persona, quien, impresionado por aquella voluntad inquebrantable tan típicamente rusa, le concedió la tan ansiada audiencia y tras degustar aquellas delicias, inflamado de ardor patriótico, juró solemnemente no haber probado nunca bocado tan maravilloso, tras lo cual nombró a Iván Proghenzin nuevo proveedor oficial de palacio y le hizo partir con suculentos encargos semanales que fueron aumentando su estima en la corte hasta alcanzar cumbres tales que nadie se atrevió a objetar lo más mínimo cuando Iván Proghenzin, futuro oligarca ruso, solicitó un crédito y todo tipo de facilidades para abrir el mejor restaurante que San Petersburgo hubiera conocido jamás, facilidades que otorgó por la vía de apremio el grandísimo Fiodor Rushenko, iniciando de este sencillo modo la relación de confianza mutua más estrecha y resistente que jamás se había visto en toda la historia del Kremlin, una cadena de encargos tan sostenida que no tardó Iván Proghenzin en amasar una inmensa fortuna, lo que lo convirtió, definitivamente, en nuevo oligarca ruso, cuya valía demostró nuevamente cuando, pasado un tiempo, las relaciones con los Estados Unidos se agrietaron y nuestro hombre, incapaz de sustraerse al devenir histórico, desbordante de iniciativas de toda índole, cargado de testosterona, acudió de nuevo a palacio, ya sin necesidad de audiencia previa, donde expuso al presidente su indignación, como ciudadano y oligarca ruso, por las continuas afrentas y mentiras lanzadas desde el otro lado del Pacífico, así como su plan para combatir al enemigo en el terreno digital, a cuyo efecto había ideado una fábrica de contrapropaganda masiva que estaba lista para actuar de inmediato, muestras de fertilidad creativa y lealtad absolutas que conmovieron una vez más al primerísimo, que autorizó la solemne apertura de la fábrica de propaganda antiamericana, un éxito rotundo que al poco de su inauguración ya era una máquina imparable de confusión y falsedades, a la par que introducía en el tejido productivo a más de mil ingenieros y programadores informáticos, datos que provocaban en el Kremlin un entusiasta y unánime frotamiento de manos que sólo se detuvo al estallar una nueva guerra, esta vez contra la vecina Ucrania, oportunidad inigualable para que Iván Proghenzin, oligarca ruso, desvelara un secreto que había guardado con celo extremo hasta entonces y que no era otro que la fundación y mantenimiento de un ejército de mercenarios a los que entrenaba personalmente desde hacía años gracias a las aterradoras experiencias adquiridas en una antigua etapa suya como explotador de minas de oro en África, de la que no tardaron en estallar relatos sobre sucesos extraordinarios y sangrientos que enmarcaban la personalidad arrolladora y temeraria de nuestro hombre, que tras ser convocado de urgencia a petición propia y una vez concluida la pertinente reunión a puerta cerrada celebrada en el Gabinete de Crisis en la madrugada gélida del 23 de marzo, partió al frente de batalla al mando de su ejército privado formado por casi treinta mil hombres, en su mayoría ex combatientes de Afganistán y ex reclusos sin nada que temer y menos que perder que, apenas transcurridas dos semanas desde la marcha sobre el sureste de Ucrania, ya habían arrasado y sometido tres ciudades, saqueado veinte aldeas, derribado incontables helicópteros y cazas enemigos, malogrado cuatro intentos de asesinato y la lista de sus hazañas no habría dejado de asombrar al mundo de no haber sido por una pertinaz escasez de municiones, a lo que se añadió la probada falta de apoyo logístico del ejército regular ruso, en el que no se podía confiar plenamente habida cuenta de las ocasiones en que no sólo golpeaba por su cuenta, sino que atacaba con dureza extrema y traición desleal al escuadrón de mercenarios, bautizado como grupo Turgueniev por ser este clásico de las letras, se cree, el único que Iván Proghenzin, oligarca ruso, nunca llegó a leer y que poca resistencia podía ofrecer ante semejante cúmulo de infortunios, que obligó a Iván Proghenzin, oligarca ruso, a reclamar sus exigencias a gritos, debido a las enormes distancias de la estepa rusa, al Ministerio de Defensa y al Estado Mayor del Ejército, cuya clamorosamente lenta y cauta reacción no consiguió otra cosa que crispar más los ánimos, ya caldeados hasta la extenuación, y agitar el desamparo hasta que Iván Proghenzin, oligarca ruso, no pudo más que desafiar al mismísimo ministro de Defensa y al general del Estado Mayor, ordenando a sus despiadados mercenarios que abandonaran su gloriosa conquista en territorio ucraniano, dieran media vuelta y dirigieran los tanques, nada más y nada menos, hacia Moscú, para sorpresa mayúscula y furia incontenible de Fiodor Rushenko, que anuló de un plumazo todos los contratos con su proveedor, dinamitó la relación de confianza mutua más estrecha y persistente de toda la historia del Kremlin y decretó represalias brutales y ejemplares contra su antiguo camarada, ahora traidor a la Rusia Eterna, quien, ajeno a estas maniobras, tomó la estratégica ciudad de Rostov entre el alborozo popular de su millón y medio de habitantes, se dejó besar por las mujeres y las ancianas, se hizo coronar con guirnaldas de flores improvisadas con esmero por los niños que no dejaban de auparse al jeep que lo transportaba a lo largo de su recorrido triunfal, momento este del que trascendió, poco antes de su muerte, que había calificado como el mejor de toda su agitada vida, derribó seis helicópteros y dos aviones de mando rusos, avanzó ochocientos kilómetros en dirección a la capital y ya se encontraban los tanques mercenarios y despiadados a apenas doscientos kilómetros de Moscú, cuando Iván Proghenzin, oligarca ruso, ordenó la detención de su marcha imparable, aplacó enseguida el desconcierto y las voces críticas, pocas, que se habían alzado y tras unos instantes de incertidumbre, que a muchos pareció eterna, ordenó al escuadrón dar media vuelta y regresar al frente de batalla ucraniano, no sin antes anunciar su retirada definitiva de la guerra para evitar un innecesario derramamiento de sangre de consecuencias incalculables, y haber aceptado, según se informó más tarde, el acuerdo de paz propuesto por el presidente, que había incluido la mediación del homólogo bielorruso, y a cuyo país, vecino y amigo, se dirigía tras obtener la palabra del todopoderoso Fiodor Rushenko de que su seguridad personal sería respetada, detalle enturbiado por la avalancha de noticias que se sucedieron a partir de ese momento, cada vez más confusas y retorcidas, que tampoco aclaraban si el cadáver hallado a los ochenta y tres días del exilio en la casa de campo propiedad del presidente Putrashenko, donde se lo había alojado de manera temporal, pertenecía a Iván Proghenzin, antiguo oligarca ruso, ex mercenario, antiguo empresario de élite, ex proveedor oficial de cáterin del Kremlin, ex presidiario, que habría pagado con la pena máxima su deslealtad a la Rusia Eterna, ya que la destrucción masiva de los tejidos, la rubicundez de vastas extensiones del cuerpo, la hinchazón de la práctica totalidad de las facciones ante la irrigación imparable del veneno, que aún supuraba maloliente de oídos y mucosas, entorpecían su identificación y generaban acalorados debates hasta que se decidió, por unanimidad, que, en efecto, pertenecía a Iván Proghenzin, si bien la capa de secretismo que las élites habían lanzado sobre el asunto desde el principio pronto despertó sospechas como las de que Iván Proghenzin, oligarca ruso, no había muerto, sino que había logrado sobornar a sus vigilantes para que lo ayudaran a escapar y ya se encontraba de camino a Vladivostok, donde lo esperaba un contacto encargado de ocultarlo provisionalmente en un convento franciscano hasta que se calmaran las aguas, aunque tampoco han faltado los que señalan el inquietante parecido físico que guarda un vendedor callejero de perritos calientes del Parque Serguievka con Iván Proghenzin, el oligarca ruso amigo de Rushenko desaparecido en la guerra y antiguo comandante en jefe del grupo Turgueniev, si bien han apuntado que el vendedor callejero parece mucho más anciano que el ex mercenario, que, desde luego, cuesta atribuirle el vigor marcial del inquieto proveedor del Kremlin y más aún creerle cuando, al preguntarle, el vendedor afirma siempre y con rotundidad ser el mismísimo Iván Proghenzin, ya que lo traiciona un tono de voz impostado, que todos coinciden haber percibido, por no hablar de la convicción, igualmente compartida, de que, en el fondo, sólo lo dice porque le viene bien al negocio.

Javier Delgado
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