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Idiosincrasia

sábado 10 de febrero de 2024
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“Necesitamos vender más periódicos”, se justifica uno de mis jefes, segundos después de encargarme que cubra una noticia detestable. “¿Dónde está tu integridad periodística?”, trata de atacarme. “De paseo con tu buen gusto”, le espeto poniéndome la chaqueta para enfrentar el frío viento de La Paz.

Hago cálculos mentales, necesito apresurarme para evitar la hora pico. Por suerte, el ansia por la primicia ha motivado al jefazo a cederme un auto del periódico, en específico el que maneja el desquiciado del Pedro, ese petiso degenerado que volará hacia la plaza Alonso de Mendoza como para llegar a tiempo para la sacra hora y meterle un par de salteñas por ahí.

Plana y soleada, la Zona Sur se va convirtiendo en un ch’enko de autos estancados por Las Cholas y, en dos parpadeos, el Pedrito está gritándoles a un par de transeúntes lerdos en El Prado paceño con su soez voz aguda y gangosa. Con el corazón todavía en la garganta, alcanzo a lamentar la falta de protestantes en el marchódromo y bajo resignado del auto para invitarle al Pedrito unas tucumanas que me ve con ojos de “si no me invitas te haré mala fama con los otros chóferes del periódico”.

Tengo cero ganas de cubrir una pelea a puños entre dos tipejos, a cual peor que el otro, pero resulta que son un escritor y un historietista y, a los ojos de mis jefes, de eso se trata la vida artístico-cultural paceña. Y, bueno, vivir acá no es barato, así que toca morderse la lengua para que los jefes no te saquen a patadas del agujero que te da plata para cenar perroburguers de la 6 de Agosto.

En Bolivia la farándula son los políticos y el chisme es cómo escapan de ser encarcelados por corruptos y mercenarios.

Me siento en una banqueta y lo miro al Pedrito devorar tucumana tras tucumana, inevitablemente reflexionando en mi grotesca suerte. Si por mí fuera, estos dos podrían haberse matado y ni así habrían entrado a la única página de cultura de mi periódico, perdida entre tanta tinta desperdiciada en los papelones de las autoridades, porque en Bolivia la farándula son los políticos y el chisme es cómo escapan de ser encarcelados por corruptos y mercenarios. ¿Desperdiciar espacio para ayudar a estos artistas machorros a estar en un registro histórico por un lío de divos? No, gracias.

Pero, para mi desgracia, tanto el historietista, Rafael Marquiegui Lordoña, como el escritor, Gabriel Marenga Masiel, son unos exagerados hambrientos de atención, así que los prolegómenos a esta pelea han sido días y días de amenazas escritas y en video que se han lanzado el uno al otro en redes sociales. Y, por lo general, en mi periódico les importa una mierda si sale o no la página de cultura, pero desde que tuvieron que aceptar que ya nadie lee nada analógico o más largo que un post de dos párrafos en internet, vinieron a interrumpir mi abandono pidiéndome noticias superfluas e irrelevantes, como la infinidad de chismes que hay entre folkloristas narcisistas o esta dichosa pelea, porque todo eso vende, a diferencia de las noticias importantes como la falta de ley del cine en Bolivia o la inoperancia del ministro de Culturas pues, en palabras de uno de mis jefes, “suenan a quejas de llorones”.

Así que aquí estoy, insolándome cerca del poco concurrido Museo Tambo Quirquincho, a la espera de que cualquiera de esos dos aparezca para molerse a golpes. Ya hay mirones, la mayoría gente asidua a clubs de lectura o escribidores que se autopublican y usan muñequeos políticos para obligar a niños y niñas a leer sus obras en los colegios. Pero también hay un ruidoso grupo de curiosos que siguieron el drama en internet y ya tomaron bandos, que charlan animadamente, como si el Marquiegui y el Marenga fueran dos pokemones a punto de sacarse la cresta.

Nadie vitorea cuando llega el primer contrincante. Más chato que alto, Marenga irrumpe con su paso altanero de siempre. Apenas puede hacerse crecer un bigote grueso y escaso, pero lo lleva con un orgullo incomprensible, aún más por ese peinado con raya al medio que igual parece casualmente despeinado. Anoto en el celular: “Lleva una chompa azul de algodón con una mancha de alguna salsa mal limpiada cerca del estómago, y unos jeans oscuros que se caen de sucios”, porque si saco la cámara que me prestaron en el periódico y tomo fotos, no sólo llamaré su atención, sino que de seguro inflaré un poco más su colosal ego.

El Marenga se ha hecho famoso porque una vez le salió bien un cuento de ciencia ficción y le dieron un premio local. Se aplaudió a sí mismo más de lo que lo aplaudían los demás, pues su victoria coincidió con la llegada de las redes sociales y, la verdad sea dicha, creo que eso lo convertiría en uno de los primeros influencers paceños.

Y es que a la gente le encanta leerlo al Marenga. No su cuento premiado, ni los libros que plagió y autopublicó después, sino sus largas divagaciones virtuales en las que insulta o ridiculiza algo que cree indigno de él.

O sea, todo.

Marenga camina al centro de la plaza, nadie dice nada porque los paceños somos tímidos, al menos al principio, hasta que “entramos en calor” o llegamos a la tercera copa. Él igual actúa como si nadie existiera y, fingiendo dignidad, se sienta al pie del monumento en honor al conquistador español que consideró una buena idea fundar la ciudad en un enorme agujero.

Poco se sabe de él, más allá de que se hizo famoso organizando un festival medieval de ciencia.

Unos minutos después llega Marquiegui, un poco más alto que Marenga, más robusto también, pulcramente vestido, con una barba de candado geométrica y paso seguro. Poco se sabe de él, más allá de que se hizo famoso organizando un festival medieval de ciencia y porque un día apareció de la nada como representante de los historietistas de La Paz, sin siquiera saber dibujar un monigote o escribir un guion. Callado, con el ceño eternamente fruncido, tiene fama de mal borracho y apuñalaespaldas.

El Marenga se levanta y fuerza una risa estrepitosa mientras se acerca al Marquiegui. Al parecer todo comenzó cuando el Marenga publicó en Facebook una larga sarta de insultos disfrazados de crítica constructiva a los historietistas, entre ellos “el mediocre anónimo barba de candado ese que se hace al grande, pero no es más que un cojudo posero que ni escribir su nombre debe saber”. Olvidándose que nadie en este país quiere invertir mucho dinero en arte y cultura, el Marenga les recriminaba a los historietistas no sacar “el gran cómic boliviano”, alegando que estaban más ocupados en armar camarillas y acostarse los unos con los otros que en escribir o dibujar.

Lo jodido es que el Marenga no estaba diciendo nada nuevo o, bueno, nada que no pueda aplicarse también a los literatos, los pintores, los payasos, los actores, los cineastas, casi todo el sector cultural, exceptuando a los folkloristas, a esos los mima el Estado así que nadie los puede tocar. Lo que hasta ahora no entiendo es por qué el Marquiegui se dio el trabajo de responderle al obtuso ese, a sabiendas de que cada semana prácticamente copia y pega el mismo post insultando por turno a todos los sectores culturales, tan sólo cambiando los nombres, ni siquiera los insultos.

El Pedrito empuja la enésima tucumana por su gargüero sin siquiera mascarla, mirando divertido cómo el Marenga le grita “marica de clóset” al Marquiegui y éste no hace más que ponerse rojo con los brazos en pose de pelea. “Era que cobren entrada”, le comento al Pedri y éste me mira como si hubiera descubierto a Jesús en mi rostro y, sin decir nada, se pierde en la multitud que grita e insulta a los luchadores. A favor, en contra, no importa, la cosa es el ruido que va creando una multitud. Porque, además de los bien enterados que esperaban este duelo desde hace días, se han añadido un montón de curiosos que se acumulan alrededor y que no se meten a la pelea gracias al control de los policías quienes, propina de por medio, hábilmente entregada por el Pedrito cada que uno de ellos se acerca, imponen su autoridad. Ellos, al igual que los vendedores ambulantes de comida que nos rodean, huelen el negocio y se quedan a cuidar que la pelea no termine.

Los luchadores apenas se dan un par de empujones. Más son los insultos, sobre todo los que ponen en duda la hombría del otro o aluden a la ligereza sexual de sus progenitoras. Más interesante está ver a toda esta gente reunida, gritando, comprando papas rellenas, tucumanas y salteñas, riendo y charlando, algunos incluso dándole dinero al Pedrito, quien ha establecido una red de apuestas en un chasquido. Un puño se cierra dentro de mi estómago, de pronto el olor de la gente y el smog me repugna, no puedo evitar pensar que acá, en este mediocre intercambio de empellones, está la verdadera salvación de los artistas bolivianos.

Por fin el Marenga lanza un puño que sólo barre el aire vacío pues, pese a no parecerlo, el Marquiegui es rápido. El Marenga pierde el equilibrio y se libra por un pelo de que el historietista lo agarre en un poderoso abrazo. Desde el suelo, el Marenga agarra un poco de basura y la lanza al rostro del Marquiegui, quien hace lo mejor para cubrirse, descuidando la guardia, y permitiéndole al escritorzuelo aprovechar el espacio para propinar una fuerte mordida a la entrepierna del historietista.

A policías y vendedores se han sumado influencers que hacen un “en vivo” de la pelea para que estén los que no están.

El alarido no es tan fuerte como los vítores y las risas del público. A policías y vendedores se han sumado influencers que hacen un “en vivo” de la pelea para que estén los que no están. Mi mente anticipa la infinidad de memes que habrá del asunto y una sorda tristeza me hace sentir culpa por la cantidad de fotos que estoy tomando.

Sí, aquí está, esta es la solución, acá está la mina de oro para los artistas nacionales: un Celebrity Deathmatch boliviano, pero en la vida real, con una serie de combates entre artistas. Es decir, poner en un ring a un fotógrafo y un pintor, por ejemplo, y hacerle publicidad a la pelea exponiendo sus obras, inventarles gimmicks y drama telenovelesco en redes sociales y el día de la pelea vaciar los bolsillos del público con comida, con apuestas, con mercadería y toda suerte de embustes, pero bajo el noble propósito de pagarle bien a los artistas para que, moreteados, vayan tranquilos a seguir creando. Quién sabe, a lo mejor hasta ganan público durante sus peleas.

O incluso usar esa plata para combatir la precariedad laboral del sector, inyectar plata a los bolsillos de los políticos correctos para que peleen por mejores leyes para los artistas, aunque sea lograr una mejor institucionalidad, menos politizada. O poner toda esa plata para que los colegios y universidades les enseñen a sus alumnos que el arte es importante, que nos ayuda a entender mejor el mundo, que les enseñen a no pensar en pequeño, a comunicarse mejor, a que la politización y la demagogia son parte del problema, que el arte merece algo más que sólo limosnas de un par de bichos raros del sector privado.

El Marquiegui se levanta agarrándose la ingle. Su jean ha absorbido la mayor parte del masquido del Marenga, cuya boca sangra pues, ahí a sus pies, hay un diente que perdió después del mordisco. De hecho, el escritorzuelo se revuelca en el suelo, llorando, pidiendo ayuda médica para su sonrisa y el Marquiegui, inseguro, se acerca asustado porque, según mi investigación previa, no puede tener otra denuncia por violencia de este calibre si no quiere ir preso. Pero ni bien se agacha para ver mejor al Marenga, éste le da un tremendo golpe con una piedra, derrumbando al historietista de la misma manera que dos de las ex esposas del Marenga denunciaron fueron maltratadas: golpes traicioneros con piedras que podrían haberlas matado.

Mientras el escritorzuelo se levanta y grita de alegría ante los aplausos y los vítores, le hago una señal al Pedrito, quien se apresura en cobrar y pagar lo apostado. Le doy un rato y finalmente me acerco a un policía y le muestro mi credencial del periódico. Palidece y se pone nervioso, se mueve rápido donde uno de sus superiores, le dice algo y me señala y ambos se ponen furias, gritan a la gente para que se dispersen y dan la orden de arrestarlo al Marenga. No es mi primer rodeo, así que aprovecho la confusión para largarme junto al Pedrito.

En un suspiro estoy de vuelta en el periódico. El Pedrito está de buen humor, ha ganado harta plata con este viajecito, lo cual no impide que me lance indirectas para que le dé una propina por su trabajo. Le doy mis últimos veinte pesos y corro a la redacción. Todo está igual, con un silencio apenas roto por los teclados cantando. No saludo a nadie, ni tampoco me saludan, atareados como estamos en terminar nuestras notas para el periódico de mañana.

Así que me siento y comienzo a teclear. Tac tac tac. Las palabras surgen, pero de rato en rato tengo que ver las fotos para recordar detalles y ponerlos en la crónica. Tac tac tac. Dicen que los periodistas tienen que ser imparciales, pero eso sólo es un mito que se acaba ni bien te corrigen tu primer artículo y tu editor te dice “tienes que buscarle el lado más escabroso a la noticia”, por lo que cuido de incluir algunos detalles escandalosos, sólo para que no me friegue mi jefe y pueda irme temprano en lugar de dar más tiempo del que me pagan.

Tac tac tac.

Como todo periodista hace queriendo o sin querer, intento escabullir mi percepción en el asunto.

Como siempre, como todo periodista hace queriendo o sin querer, intento escabullir mi percepción en el asunto. Tac tac tac. A mi alrededor siento movimiento, emoción y agitación. Supongo que algún político hizo alguna monería y, como buenos faranduleros, los periódicos no tenemos otra más que hacer el reporteo. Tac tac tac. Me río un poco de mis sueños de hacer peleas semanales para recaudar platita para el sector, pero solamente me río para no llorar. Tac tac tac. Incluso si lograra transformar semejante chiste en un proyecto de verdad, los mismos artistas no se pondrían de acuerdo. La envidia entre artistas es tal que los unos pedirían más que los otros y todos creerían que merecen más, y al no recibir lo que exigen acudirían a sus amigos en el Gobierno nacional o municipal para sabotear el proyecto.

Tac tac tac.

Y, más allá de eso, qué pesadilla organizar algo así y lograr que tenga calidad y la mantenga cuando apenas logramos que los conciertos internacionales tengan buena iluminación y sonido y si la tienes es sólo porque llegan con equipos del exterior. Tac tac tac. Y ni hablar de los conservadores moralistas que se quejarían del espectáculo degradante, al menos hasta que alguien les ofrezca una tajada de las ganancias. Tac tac tac. O los progres poseros que se quejarían de lo mismo, con otras palabras, callándose con la misma solución que sus supuestos enemigos ideológicos. Tac tac tac. Y, lo peor, la banalización, porque sí, las personas que trabajan doce horas al día no quieren salir del trabajo para ir a una exposición de pintura, quieren llegar a sus casas para acostar a sus hijos y poner Netflix para ver por enésima vez Yo soy Betty, la fea, antes de desmayarse agotados, nada listos para tener que enfrentar otro día más de vivir para trabajar. Al menos hasta que sea viernes y todos podamos perder la timidez después de la tercera copa en algún boliche cualquiera.

Tac tac tac.

Sería rico darle plata al sector, pero de un día para el otro lo único que querría esa gente que vive para trabajar sería ver artistas golpeándose y ya no ver el arte en sí. Tac tac tac. Y claro, los del sector de lucha libre se quejarían y hasta harían huelga.

Tac tac tac.

Levanto la mirada. La redacción ha vuelto al silencio intemporal de los tecleos, pero afuera cae la tarde. Entre esa nota fetiche de mis jefes y un par más embutidas abajo, donde sí se habla de cosas importantes, se me ha ido la tarde. Reviso mi celular y me entero de que el arresto del Marenga y el Marquiegui se hizo viral, especialmente porque los historietistas sacaron varios videos e ilustraciones pidiendo que se libere al historietista y se condene al escritor. Los escritores no hicieron lo mismo, bueno, unos cuantos sí, los amigos del Marenga, que se criaron en el mismo barrio y, como él, piensan que, si no viviste en ese barrio, mereces morirte.

Salgo del Facebook y entro al WhatsApp. Llamo a mi contacto en la policía y me cuenta que al final el Marquiegui logró pasar platita por debajo y lo dejaron ir. No sin antes sacarle más platita para que lo tengan en la cárcel al Marenga por lo menos hasta el fin de semana. Y ya que el Marenga sí usó un arma contundente, lo cual se suma a las denuncias de abuso doméstico que carga desde hace años, entonces está fregado. Lo van a retener unos días, pero como igual pagó, va a salir antes del fin de semana.

Tac tac tac.

Estoy agotado, sólo quiero irme a casa y comerme una perroburguer en el camino.

Con un suspiro apoyo todo el peso de mi cansancio existencial en el espaldar de mi silla. Cierro los ojos un rato y trato de no pensar en nada, de simplemente estar ahí, respirando, ligeramente satisfecho pese a sentirme así de derrotado. Ya está todo hecho: redactado, diagramado, revisado y listo. Estoy agotado, sólo quiero irme a casa y comerme una perroburguer en el camino.

Me acerco a uno de mis jefes y le presento la página lista para su impresión, porque si no la aprueba no me puedo escapar de aquí. Me mira confundido. “Hermano, perdoná, no te dijimos, no sale Cultura mañana, dos senadores se han peleado a puñetazos en plena sesión y estamos cubriendo todo al respecto. Además, el ex presidente le ha retado a un debate al actual presidente y eso se está llevando más páginas, vamos a incluso sacar edición especial, toca madrugar”, dice con un tono ufano que no se molesta en disimular.

“¡Ah! Bueno…, suerte”, respondo y procedo a irme, ignorando sus gritos de que me ponga la camiseta de la empresa y que un buen periodista se queda hasta que la noticia está completa. “Dile a la de redes que suba mi nota ahorita a la web, van a tener likes”, le respondo y me salgo.

Afuera el Pedrito está riendo con el resto de los choferes y cuando me ve me saluda efusivamente. “Hermanito, ¿no quieres que te lleve a tu casa? Hoy bien te has portado y gracias a vos voy a poder ir al cine esta noche”, me grita. Acepto y la Zona Sur se vuelve una mancha borrosa mientras vamos a toda velocidad hacia el centro de La Paz.

“¿Qué vas a ir a ver? Porque recién han estrenado una muy buena peli nacional”, le hago charla. “No, hermano, esas pelis bolitas son muy lentas, llenas de cosas raras o huevadas sociales. Voy a ir a ver la última de Rápidos y furiosos, dicen que hay una sala 4D donde el asiento tiembla cada que hay explosiones. Si quieres vamos, yo te invito”.

Lo miro un rato, pero él tiene los ojos fijos en el camino. Reprimo un suspiro y el cansancio vuelve a pesarme, sólo que un poco más pesado, un poco más insondable, un poco más desesperanzado. “Sí, del carajo, vamos”, le digo y sonrío.

Adrián Nieve
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