IV. En un principio
Comencé a contarle...
—Tuve una tía abuela que vivió cien años, completitos y sin excusas, porque para ella vivir tenía que ser con una pasión y propósito tan consumados que puedo asegurar que cada una de sus arrugas tenía una moraleja, y cada una de sus canas, una declaración de amor. Mi querida Teté era una lección de fortaleza, gallardía y entrega; y nunca se rindió, porque incluso el día en que dejó su cuerpo, la encontraron sentada sobre un tronco caído, apoyada a la sombra de un árbol de guayacán florido, bañada de sus pétalos amarillos a la orilla de un cruce en el campo, con la misma sonrisa con la que siempre iba a ayudar a quien la necesitara. Parecía tener la satisfacción de una encomienda cumplida.
Aquella esquina se convirtió por años en un destino de peregrinaje de muchos—. De su recuerdo me llegó una espiración, y proseguí...

Semillero
Manuel Silva Guasch
Novela
Ediciones MaSi
San Juan (Puerto Rico), 2024
ISBN: 979-8988086512
443 páginas
—Debía de tener tres años, como mucho, cuando la conocí. Desde entonces, supe que era mágica. Siempre jugaba conmigo a revolotear las mariposas del jardín. Nos acostábamos a ver pasar las nubes, llenas de puertas y ventanas abiertas, músicos gorditos con cabelleras de arcoíris ondulados revoloteando al viento, y peces con pipas de caramelo. A cada rato llegaba interrumpiéndonos algún campesino, azorao y cabizbajo con su sombrero de paja estrujado entre sus manos, a solicitar su presencia para que socorriera a algún enfermo con sus menjunjes de hierbas y sahumerios, o para ayudar a traer con su risueña bienvenida a bebés pimpos de alegría a la vida. La buscaban de todas partes, hasta del otro lado de las montañas. La solicitaban desde joven, cuando se ganó el amor y respeto de todos por sus remedios santos, y ella cruzaba a caballo tomándole días sus recorridos. Por años, lo hizo con Masen, su mamá, quien le llevaba solo trece años, y que vivió cien años también, siguiendo la misma vocación. Mucha gente pensaba que eran hermanas gemelas, pero mientras que Masen vivió el sueño de una maternidad realizada con los abrazos de su Pa’ Pepe, un hombre de palabra que llevaba el colmadito del pueblo, vendiendo la leche de su propia vaca, huevos de sus gallinas, y las verduras y frutas de su finquita, además de la potería, Teté conoció a un hombre moderno que marchó por el pueblo con su uniforme de la Marina estadounidense, en 1898, prometiéndole villas donde no ondeara la bandera de Castilla. Cursaba escuela superior, a sus dieciséis años, y trabajaba transcribiendo mensajes del telégrafo, traduciendo los puntos y rayas del lenguaje en clave Morse, y luego los pasaba a algún joven que salía corriendo en su mula a entregarlos, hasta que invadieron los estadounidenses y se llevaron a todos los hombres a defender la capital en aquella guerra que llamaron la Hispanoamericana, y Teté misma también los entregaba. Ella era muy recta y orgullosa de su puesto en la Compañía de Telégrafos de Puerto Rico, siempre uniformada con su bolso y sombrero de cartero, hasta que se probó más allá de su deber patrio. Una tarde, bajo un chubasco de esos de gotas de a galón, no logró mantener sus pecas colorás limpias del barro de donde intentaba sacar su bicicleta, y nadie podía ni ver de qué raza era, cuando uno de los soldados estadounidenses, un marinero, se apartó del relajo de su grupo que bebía bajo el techo de zinc afuera de un colmado, pasándola de lo más campantes apenas un día después de su desembarque. Ella, como siempre, tenía su cabellera rubia hasta la cintura escondida en un moño bajo la gorra; pero entre tanto halar de la bicicleta espetada en el lodo hasta mitad de rueda, y el hecho de que sus propias zapatillas estaban en riesgo de quedar sembradas bajo el empecinado suelo rojizo, Teté se amarró la falda con un nudo apretado a un lado y resguardó sus zapatos donde la corriente de la cuneta no se los llevase, en el umbral de la puerta de aquel único colmado a la orilla de la carretera. Uno fue a socorrerla, pero los demás, en su relajo, la tomaron contra el que salió del grupo para ayudar a la isleña, tildándole de desesperado tras una hembra después de tanto tiempo en alta mar.
Teté no había cruzado palabra con el gringo, cuando le bloqueó el paso con la mano y logró de un halón destrabar su bicicleta fuera del lodo, lo cual la hizo caer plantada de espaldas al fango, haciendo que tras el trastazo salieran volando su gorra y toda aquella cascada de cabellera. Su gorra se fue con la corriente en la cuneta. Al verla, todos se callaron tragándose sus prejuicios. El único que logró afincar su paso en el suelo entre resbalones para ayudarla y alcanzó la gorra se llamaba Johnny. Él le pedía mil excusas por la sarta de improperios inmaduros de sus compañeros, quienes permanecían boquiabiertos bajo el techo de zinc, con sus pequeños vasitos de papel blanco y canecas en mano.
—What am I doing? You probably don’t understand a word I’m saying, do you? But let me tell you, you are a beautiful girl. I’m Private Sailor John Herman —se presentó él aprovechando que tenía su mano en la suya cuando la ayudó a recuperarse de un resbalón, pero Teté solo lo miraba seria y extrañada. Entonces Johnny recogió su bicicleta y señaló el camino fuera del lodo.
Caminaron mientras Johnny le describía lo bella que pensaba que ella era; que tenía esa cabellera rubiona rojiza hermosa como los primeros rayos de sol en primavera, igual que la cabellera que extrañaba de su madre; pero que sus ojos verdes le recordaban a los de su hermana, que quería y extrañaba tanto, pues murió en la gran hambruna de Irlanda de una década atrás. Ella respondía con una extraña sonrisa de medio lado a todas las sonrisas que él le daba mientras hablaba, hablaba y no se callaba.
Por fin, luego de cruzar varias cuadras por caminos forrados de pétalos de flamboyanes rojos y amarillos caídos tras el aguacero, haber recorrido el costado este, el sur de la orilla con el Caribe y regresado por el oeste del pueblo, se encontraron de nuevo en la misma esquina, donde un colmadito a las afueras ofrecía un techo de zinc para guarecerse de los elementos y una puerta con el emblema de la Compañía de Telégrafos de Puerto Rico. Teté abrió la boca por primera vez para decir:
—Thank you for your help, and for walking me around.
Johnny quedó atónito tras oír el perfecto inglés con el que ella acababa de dirigírsele.
—But-but... Wait! How come? I thought you didn’t speak English! —expresó sonrojado luciendo como si acabara de recibir una buena cachetada al saberse descubierto de toda su indiscreta admiración, que pretendía secreta.
—My name is Teresa Isabel Ortiz, and I studied Spanish, English, and French too, in school—. Siguió ella hablándole en su inglés de acento británico, pues era el único que había oído de su maestra, la señorita Sloan, quien había llegado de la isla de Saint Thomas, y también había sido transcriptora en los principios del telégrafo, hasta que tuvieron que prescindir de ella, pues solía regar información privilegiada, como cuando esparció malintencionadamente que el preciado caballo de don Jacinto, el mandamás de la hacienda Lafayette, el ingenio azucarero más grande de la comarca, había ganado la gran carrera en San Juan, y todos sus acreedores lo recibieron en la plataforma de la estación del tren, todos con sus cuentas en mano. Fue una venganza muy cruel por un antiguo desplante de amoríos. Pero todo el mundo confiaba en Teté y todo aquello de la señorita Sloan quedó en el pasado.
—En mi casa tenemos muchos animales, y mi gato, y nunca se nos ha ocurrido olerlos, ni las barbaries que sus amigos pretendían que usted le hiciera — estableció como hecho Teté en el idioma que él entendía. A lo que Johnny quiso responder sin lograr más que una avalancha de excusas atropelladas, hasta que por fin logró armar una oración cuerda:
—En realidad, no son mis amigos. Estamos juntos solo porque llegamos todos en la misma lata de sardinas, el barco USS Gloucester. Aunque me reporto el lunes al USS Wasp — terminó por explicar decaído en un volumen cada vez más bajo. Ella imaginó el suplicio al que Johnny tendría que someterse con aquellos indecentes. Después de todo, a él solo le había oído decir cosas bonitas.
—Tienes que cuidarte —le expresó Teté con pena.
—Sí, eso intento —respondió con inocencia Johnny.
—No. No me refiero a que te cuides solo de tus camaradas. Me refiero a que, si te oyen contarle a un insular sobre los planes de la Marina de tu país, qué barcos vienen y van, supongo que no te harán pasar un muy buen rato, si es que lo sobrevives —terminó de explicarle Teté antes de que doblaran por la esquina del colmado. Johnny se quedó seco y traslúcido al percatarse de su indiscreción sobre estratagema militar y del hecho de haber caído a la merced de la isleña.
—Pero confío en ti —suplicó él.
—Lo sé. Además, ¿a quién se lo iba a contar yo? ¿Quién le iría a creer a una humilde transcriptora del te-lé-gra-fo de Puerto Rico? —Y, sacando sus zapatos del umbral y entrada su bicicleta, le dio las buenas noches justo antes de cerrar la puerta entre ambos y dejarlo de una pieza afuera.
—¡Señorita Ortiz! ¿Confío en usted? —arremetió con tono de súplica el marinero. A través de la puerta, Teté contestó:
—Tranquilo, que soy separatista —confesó ella sintiendo cómo nacía un gran suspiro de alivio en el pecho del marinero al otro lado de la puerta, y escuchando pendiente aún:
—¿Señorita Ortiz?
—¿Sí?
—¿Sería posible que nos veamos mañana?
—El telégrafo nunca descansa. Estoy segura de que no podré evitar verle.
—Hasta mañana —dijo como una plegaria Johnny.
—Vuestra Teté sí que sabía cómo tratar a los hombres, pero ¿cómo sabéis tanto detalle íntimo de los amoríos de vuestra tía abuela? —retó María la veracidad de mi relato tras un sorbo de su segundo mojito.
—Teté era, y siempre será para mí, mucho más que un mero espectro de la historia de mi familia. Teté engendró en mí mil preguntas que nunca cesaron de crecer preparándome desde chiquito a formularlas. Incluso me heredó una pieza de evidencia sobre todo este cuento: una pequeña taza de café de estilo victoriano, decorada con flores y hojas doradas, y la inscripción “Forget me not”, cuyo vínculo entenderás muy pronto. Teté me hizo saber que lo único que nos distanciaba eran los años, pero no nuestra humanidad. Teté me lo contó todo como si fuéramos hermanos, sin chiquiteos, aunque a su debido tiempo.
—Entonces, ¿qué ocurrió después? Eso de Forget me not suena a promesa de picaflor —indagó llena de sospechas María. Y continué...
—Al amanecer del otro día, ya ataviada con su uniforme y llevando una bandeja con cafetera y tazas al despacho del telégrafo, en el colmadito en el ala oeste de su casa, su padrastro se encontraba recibiendo esos incesantes ruiditos entrecortados del telégrafo escribiendo puntos y rayas en hojas de papeles individuales, con los nombres del originador y el destinatario de cuyos mensajes ella transcribiría después, pero cuál fue su sorpresa cuando la primera persona en fila para entrar al ella abrir las puertas fuera Johnny.
—Cabo John Herman, ¡usted sí que es madrugador! — exclamó Teté sorprendida, cuando se percató de su actitud poco expresiva, y que seguía atropellándole los pasos otro soldado, abriéndole camino detrás a un séquito de encopetados rangos mayores. Pa’ Pepe, su padrastro, consiguió caer plantado al pie de la puerta.
—Buenos días. ¿Quién corre este quitrín de telégrafo? — inquirió uno de los uniformados en español entrecortado mirando alrededor como un husmeador prepotente.
—Soy el propietario, José María Silva, a sus órdenes. ¿A quiénes tengo el placer de recibir, y cómo les sirvo? — contestó aprehensivo Pa’ Pepe.
—El señor es el general Miles, comandante de la flota estadounidense a cargo de la liberación de Puerto Rico del imperio español—. Prosiguió traduciendo de forma simultánea mientras el general Miles hablaba:
—Esto es una situación de guerra. Por lo usual, habría destruido cualquier posibilidad de comunicación para el enemigo, pero entiendo que, debido a sus convicciones políticas personales, estamos en el mismo bando, por lo que, si nos entendemos, no tendré que anular su estación de telégrafos—. Pa’ Pepe gesticuló con la mano para que se sentaran ambos en la mesita donde los clientes escribían sus mensajes.
—¿Café? —preguntó Pa’ Pepe acercando la bandeja con las tazas y cafetera antes de proceder con su conversación. Teté se irguió en atención al lado de su jefe y padrastro, como segunda oficial al mando, vestida con su uniforme y pendiente de cada ínfimo detalle de aquel momento, auscultando la situación con cuidado y, muy en particular, la falta de expresión en el rostro del cabo Herman, quien, con la mirada alta y esparcida como para captar cuanto aconteciera en la periferia, se abstenía de gesto alguno. Ella notó también la seria expresión de Pa’ Pepe. Parecía haberse transportado a aquellos días antes de pedirle a ella la mano de su madre en matrimonio, cuando Teté apenas contaba con seis añitos, aunque esta vez se notaba bastante menos risueño. Fueron circunstancias que le habían traído hasta su madre y ella, desde Barcelona, a las orillas opuestas del mundo.
De muy joven, José María se unió a los flancos republicanos antimonárquicos en la revolución de la Primera República Española en 1873, que, aunque duró muy poco, fue un grito genuino en contra de la hipocresía de una supuesta casa divina que imponía sus conveniencias y reyes esclavizando al pueblo con sus cuentos de derechos celestiales y suntuosas recompensas por ser los elegidos de la Providencia, en vano. Su pierna derecha quedó rota en varias partes bajo el peso de su equino en batalla, y su izquierda, traspasada por una lanza, pero aún levantaba su espada contra el enemigo desde el piso y entrelazaba tras cada inhalación y golpe de su sable, a gritos:
«¡Viva la soberanía nacional! ¡Abajo los Borbones!».
José María fue capturado, junto con la esperanza del pueblo. La monarquía volvió a regir y comenzó por burlarse de sus opositores, quebrando cualquier posibilidad de una nueva insurrección al apoderarse de la conveniencia de todos sus bienes, desterrando y eliminando de los libros de historia a quienes pretendían que no pudieran volver a levantarse ni como el fantasma de un mártir de su ridícula causa hereje. Así fue como llegó José María cojeando al pueblo de Arroyo, Puerto Rico, y se encontraba ahora bebiendo café en su despacho con el demonio de la antimonarquía encarnado, pero de igual forma asesino, corrupto, esclavista y engañoso. Con todo y eso, prometía librar a Puerto Rico de aquella hipocresía consagrada, y lo único que tenía que hacer era - nada: detener cualquier mensaje que avisara de su presencia, callar y sentarse cómodo a ver cómo el imperio monárquico se descalabraba a su alrededor. Solo que no fue tan sencillo.
Tan pronto como los estadounidenses declararon la liberación de las joyas de la Corona, las colonias españolas, se acomodaron a engullir su botín en la misma forma desmedida y poco decorosa con que una banda de crías porcinas se arrebatan las tetas de la madre. Era un régimen militar sobre la base de que defendería en el océano Atlántico a la llave para su expansión y monopolio mundial, el canal de Panamá, y se repartió las mejores tierras para el cultivo de mayor ganancia en el mercado norteamericano, la caña de azúcar. Ahora los recién liberados podrían acumular grandes porciones de miseria al aplastar la economía local devaluando su peso al nivel de siquiera un suspiro, logrando la quiebra de todos por igual. Inclusive prohibieron cualquier manifestación cultural, comenzando por su bandera e idioma, pero no contaban con la resistencia. Pronto comenzaron a aparecer por todo el sur papeles engomados o pinturas sobre las paredes, de un triángulo con la estrella en el medio, llamando de ese modo a la conciencia patria. Nada había cambiado. Solo había llegado otro fuete con más bríos.
Más tarde, Teté se encontró siguiendo el mismo protocolo que parecían haber implantado Pa’ Pepe y el general Miles, sentada en aquella misma mesita, compartiendo un café con el cabo Herman, solo que con una gran diferencia. Él presumía de haberle abierto el corazón cuando despilfarraba todo cuanto se le venía en mente sobre su opinión de la belleza y naturaleza que se lucía en ella cuando pensó que ella no entendía sus declaraciones, y pese a la política expansionista de su uniforme, ella hubiera preferido arrancárselo y dejarlo sin más que esconder, confiar en sus ojos de niño tímido o inmigrante explotado. Los marinos estacionaron un destacamento casi justo afuera de casa de Teté, de tal forma que controlarían la estación del tren que quedaba tan lejos como a una pedrá de distancia, cerca de las afueras del pueblo, el malecón con su bahía y la asediada estación de telégrafos. Dada la suerte, a él le asignaron velar por el telégrafo, algo que podría interpretarse como una trampa cínica y ventajista, o una resbalosa cáscara puesta por el destino. La impulsividad de ambos estaba siendo puesta a prueba, y sus posibles secretos colgaban del tenderete expuestos a la vista de todos, ocultándose con sigilo detrás de torpes titubeos, muestra de la impaciencia de ambos. Se tomaban turnos para lograr admirarse sin que el otro le pescara con esa dulce mirada de quien se pierde embelesao disfrutando del suave contorno de esa sonrisa que desearían poder saborear como mantecado antes de que se derrita. El aire se cargaba de deseo y de esa preocupación de quien teme ser juzgado como impropio. Mil veces sus dedos se acercaban sobre la mesa como quien de forma despreocupada podría acercarse demasiado, por accidente, al alcanzar un lápiz; y mil veces la tensión del latir en sus venas, como marea de luna ebria y despiadada, y los triángulos seguían apareciendo, llamando a la revolución que imploraba a los isleños a pararse frente al ejército armado a plantar el pie firme.
—¿Qué son esos triángulos, y qué significan? — cuestionó Johnny a Teté. A lo que ella comenzó a responder con una sonrisa repleta de ironía, queriendo contestarle comenzando su revolución allí, firme, destacando el por qué ella no podía obviar la invasión que él representaba, aunque de igual forma quisiera rendírsele.
—Es que — titubeó Teté — ustedes prohibieron nuestra bandera, ¿recuerdas? Y ese es el cemí de nuestro espíritu — terminó de desenfundar ella. Como madre que reconoce la pequeñez de entendimiento en el niño, posó su mano sobre la de él dejándolo loco y sin idea, y ella logró recoger su mano antes de tentarse a apretarlo como si fuera un abrazo de cuerpo entero, sedienta de más. Con la misma, se levantó de la mesa y recogió su bolso lleno que acababan de sembrarle al frente para que procediera con su misión de entregas. Le sonrió nerviosa de nuevo logrando adentrarse un poco más por sus pupilas, agarró su bicicleta y salió.
El desafío a la Armada siguió manifestándose por todas partes, solo que ahora el triángulo estrellado era, más bien, la firma de autoría al acto de sabotaje, y dio la casualidad de que el cemí estrellado se encontraba por toda el área que cubría el telégrafo del sur. Acto seguido, la Armada arrestó al señor José María Silva, pero los triángulos seguían apareciendo igual. No era lógico, y por eso lo soltaron. Entonces, arrestaron a su niña. Había suficiente evidencia en su contra, pues, aunque no le encontraron los pasquines encima, o algún pote de pintura blanca, sí encontraron que se hallaban sembrados por toda su ruta de entregas, pero los triángulos no cesaron de aparecer durante su encierro tampoco, y tuvieron que liberarla. Aquella calurosa celda, con su aire estancado y pestilentes alientos repletos de acusaciones vanas, cuyas patitas de moralidad no daban ni para gatear, no pudo encerrarla. La soltaron, y se encontró de nuevo en la ceremonia del café con Johnny, solo que esta vez él se atrevió a obsequiarle con una tacita repleta de diseños florales, como los jardines que veía en su cabellera primaveral y, a un lado, la dedicatoria «Forget me not», que con sus ojos llorosos y el pulso tembloroso logró extenderle en un apretón de manos, y su piel se fundió con la de Teté, y ambos lograron sostener la mirada dentro del otro hasta que sus corazones no pudieron más, y como la resaca de la marea, los acercó, fusionando ambos labio con labio, saturados de lágrimas, y se soltaron empujados por sus latidos desmesurados. Johnny, como instinto de protección, dio media vuelta y marchó por aquella puerta, dejándola colgada en el aire como fantasma transparente, enterrada dentro de la grieta de aquel instante que rehusaba perder. No sé si él en verdad prometió regresar, o si ella oyó que eso era lo que su corazón gritaba, pero Teté jamás halló otro corazón que saliera de su camino a dibujar cemíes estrellados para que la liberaran, y después dedicó su vida a las pociones y el gran amor que ella mostró por su tierra, que aún sigue robada — concluí.
María me miró como suspendida en el aire, y a falta de un comentario, solo suspiró. Para cuando me dejó en mi hotel, luego de hasta miradas que mi imaginación declaró como insinuantes y coqueteos no tan inocentones, tuve que rechazarle su invitación a darme otro tour por el resto de la ciudad el domingo. Le expliqué que tenía que marcarme en un mapa todos los puntos de interés donde tenía que ir a investigar y planificar mis estrategias y puntos de partida. Nada, que ella era mi cliente, y tenía que mantener la distancia para una relación profesional por completo.
V. Modus operandi
En el caso presente de las trescientas piezas hurtadas, dudo de que logre llegar al origen de la colección; pero sí sobre cómo llegaron a ser parte de la colección del Museo Antropológico Reina Torres de Araúz y las estructuras en las que fueron depositadas, incluyendo esto quiénes fueron sus inversionistas, ingenieros, arquitectos, obreros de construcción, uso(s) e historia previa de la estructura, suplidores de herrería, vitrinas, alarmas, etc. Todo lo que pudiera señalar hacia un posible perpetrador, o sus secuaces, desde antes de la construcción. La cantidad de trabajo que requería abarcar era sobrecogedora. No importa cuántas veces hubiera llevado a cabo este tipo de operación, lo cierto es que hay veces en que aturde tanto que no sé por dónde comenzar. Es como intentar barajar demasiadas cartas a la vez. Se te pueden salir de las manos.
El expediente del inventario robado solo tenía una breve descripción de las piezas: su tamaño, peso, composición, forma y período de origen; pero de la colección entera solo tenía cuatro retratos frontales y dos laterales de unas cuatro piezas. Como prueba, me hizo sentir algo inhabilitado, si es que no frustrado, de modo que decidí salir a ver la ciudad un poco, para despejarme y ambientarme. Quería obligarme a manejar sin rumbo, pero la tentación fue demasiada para mis dedos, y terminé marcando como destino al Museo del Hombre Panameño en mi GPS. Ese fue el edificio original del primer hurto.
Allí estaba, una imponente estructura con diez columnas dórico-romanescas tan góticas como sus dos pisos de alto, que se mostraba cerrada al público desde hace mucho tiempo, aunque queda al comienzo de un amplio paseo flanqueado por tiendas y cafeterías, por donde las familias y parejas se pasean. Presencié con curiosidad cómo mujeres indígenas con coloridas indumentarias y prendas de piedrecillas, o chaquiras, entretejidas cubriendo sus delgadas pantorrillas, rodeaban el edificio con sus tiendas de carpas, exponiendo coloridas obras de arte geométrico sobre textiles oscuros que ofrecían de forma muy tímida a la venta. Me les acerqué a curiosear. Eran formas intrínsecas tejidas para emular la forma de diferentes animales, predominando pájaros y peces, que llamaban molas; pero lo que más curiosidad despertó en mí fue que, mientras podían comunicarse conmigo en un español perfecto, aunque en tono receloso, entre ellas se conversaban muy animadas en un idioma o dialecto fuera de mi comprensión por completo. Llevaban sus negras cabelleras cubiertas por un pañuelo de colorido brillante en combinación con sus estrechas faldas, justo hasta donde comenzaban sus pantorrillas, y finas pantallas de oro en sus orejas y nariz, contrastando de forma hermosa con su tez rojiza. Intenté entablar una conversación admirando sus obras, presentándome; y cuando me dijeron sus nombres, les pregunté sobre sus significados, aunque me resultaran casi impronunciables. La mayor y más seria de ellas se llamaba, traducido al español, Brillo de Estrellita, y la adolescente, Onda de Agua Cristalina. Logré sacarles una conversación muy interesante, aunque algo parca. Cuando comenté sobre el hermoso y largo significado de sus cortos nombres, tuve que preguntarles también si la palabra «Panamá» en verdad significaba ‘lugar de abundantes peces y mariposas’, como decían todos los cuadernos turísticos que había visto, y me causaba la misma curiosidad por ser tan corta y descriptiva a la vez. Se miraron entre ellas riéndose, y parecía que mi pregunta se perdería en el aire, de manera que agarré unas diez molas y saqué de mi cartera ciento cincuenta dólares. La más joven los tomó cabizbaja y me dijo, muy bajito pero sonriente, que la palabra Panamá no existía. En su tribu, de donde se asume venía la palabra, los kuna yala, la palabra es «panabá», ʻla tierra más alláʼ, que es como describió su líder, el saila en aquella época de coloniaje europeo, a la tierra a donde debían huir para evitar a los invasores. Es obvio que no les funcionó. Brillo de Estrellita estaba atendiendo a otros turistas, cuando oyó a Onda de Agua Cristalina decirme eso, y pareció que había dicho ya demasiado porque rápido le alzó el tono y gesticuló con sus manos, lo que entendí como que Onda de Agua Cristalina estaba perdiendo demasiado tiempo con este turista y que dejara de conversar de una vez. Me guardó las molas en fundas plásticas y me las entregó cabizbaja, silente, y ahora sin su sonrisa. Le agradecí su atención y seguí mi camino. «Qué curioso cómo una sencilla pregunta de un turista puede destapar una olla de grillos», pensé sin darle más vueltas al asunto. Comoquiera, me encaminé hacia otra de las curiosidades del paseo.
Una indígena que se distinguía de otra tribu, pues su indumentaria lucía muy distinta, tocaba una gran quena mientras un hombre con penacho y taparrabos bailaba, cuando sentí mi teléfono celular vibrar en mi bolsillo. Era un mensaje de mi oficina en Puerto Rico, enviándome el formulario digital del reporte diario, con los datos de la cuenta, etc., cuando sonó una llamada que entraba de un número local. Era María, o, mejor dicho, la señorita Eiranova.
—¿Interrumpo? —dijo en respuesta a mi saludo.
—No. Para nada. ¿Cómo estás?
—Pues me preguntaba si, como estáis frente al antiguo Museo del Hombre Panameño, querríais ver dónde pasó todo la primera vez. Bajé mi celular para reaccionar girando mi cabeza a casi todo alrededor y, medio en paranoia, hallar desde dónde me estaba espiando, cuando tuve que retroceder en reversa tres pasos ante la sorpresa de que en efecto se me estaba escabullendo, respirándome detrás de la nuca. Admito que, aunque lo encontré un coqueteo algo inocente, no me gustó nada. Todas las alarmas en mi cabeza comenzaron a sonar, y es que nunca me he llevado bien con las casualidades, en particular las que empiezan a lucir hasta coreografiadas.
—María, ¡me sorprendiste! Es que no hacía a Panamá tan pequeño como para tropezarme con nadie, a la soltá.
—Bueno, ayer me pedisteis disculpas por si me estabais quitando de mi tiempo libre, y ahora yo os pido disculpas. Es que estaba yendo a comprar un abanico en una tienda aquí cerca, cuando os vi, y, si no os molesta, me gustaría aprovechar la oportunidad para mostraros el viejo museo. ¿Os atrevéis? — dijo levantando la caja de un abanico como muestra a su explicación.
—¡¿Atrever?! Me encantaría, pero tremendo llavero que debes de cargar para andar con tus llaves personales, las del MARTA y las de este.
—Comparto este secreto de Estado solo porque sois nuestro asegurador—. Sacó un llavero con apenas ocho llaves. — Aunque este museo se encuentre clausurado al público, aún lo usamos como almacén para varias colecciones — aclaró tan casual y lógica que me calló hasta las sospechas por el momento. Me ofrecí como voluntario para cargarle el abanico mientras caminamos a las puertas inmensas tras las columnas, donde nos encontramos con un policía que hacía guardia, al que María saludó de forma informal y sin ceremonias como si acabara de conversar con él hace un instante. De hecho, sí lo había hecho, pues él también velaba su auto estacionado al otro lado de la calle.
—Este policía es nuestro antiguo amigo y compañero Pascual. Pascual, este es nuestro nuevo amigo y compañero en el MARTA por los próximos meses, el agente de recuperaciones de MUSE Insurers, el señor Manuel Antonio Soler. Cualquier cosa que él pueda necesitar, os solicito que le cooperéis.
—Un placer, señor Soler — respondió sonriente el guardia. Un señor que estimé que, a su madura edad, ya debiera de tener mucho más rango, e inclinó su cabeza hacia mí como una pequeña reverencia.
—Bienvenido — añadió de forma cortés mientras me extendía su mano en saludo y sacaba un llavero para abrir un primer cerrojo en una puerta contigua a las principales, luego de lo cual, María insertó una de sus llaves en el segundo cerrojo más abajo. Ambos, Pascual y María, abrieron la puerta accionando sus cerrojos a la vez, y entramos a un zaguán en el que quedamos encerrados a solas ella y yo. La habitación medía como mucho unos cuatro pies por otros cuatro pies. La luz se encendió automática, quizás activada por un sensor termal, o de movimientos, o por las llaves. María retomó de nuevo su papel de guía turística al contar sobre cómo ese diminuto vestíbulo era una de las remodelaciones que le hicieron al museo luego del ataque, invasión y saqueo de los norteamericanos en 1989. Un tanque había entrado por entre las columnas y abierto un cráter en el edificio por el que entraron los saqueadores y vaciaron el Salón del Oro aquella primera vez, aquel 20 de diciembre. Entonces, ella accionó una clave en un teclado en la pared y caminó unos pies hacia la pared a la derecha donde había otro teclado. Entró otra clave y volvió al teclado original, a entrar otro código. Sacó su celular del bolsillo y, luego de marcar otras teclas en este, lo acercó a una bocina en la pared donde, luego de unos tonos electrónicos, la puerta por fin se abrió con un simple y sencillo clic. Era el acceso de seguridad al vestíbulo principal de la entrada para el público al museo.
—Hasta ahora, supongo que reconocéis que las únicas modificaciones de entrada que hemos hecho, aparte de las sugeridas por MUSE, fueron las claves electrónicas del celular, pero estoy segura de que conoces esta tecnología también. Todas las anteriores existían antes del robo del 2003.
—Así que, quien haya entrado en aquella madrugada, tenía las llaves del guardia de seguridad también, además de los códigos. ¿Cada cuánto tiempo le cambiaban las llaves y combinación del cerrojo? ¿Quién era el encargado de hacerlo? ¿Era el cerrajero privado o público? ¿Cuántas copias se hacían? ¿Qué le pasó al guardia aquella noche? — ametrallé con preguntas mientras las contaba con los dedos.
—Según el informe completo, del cual te entregaré copia mañana, las llaves y combinaciones se cambiaban sin previo aviso al guardia de turno entre cada uno y tres días, aunque no hacían falta excusas para cambiarlas cuantas veces fuese necesario si surgía cualquier sospecha. El costo nunca fue determinante. Se les entregaban a diario y las devolvían en la jefatura policial a la entrada del palacio presidencial que queda a unas cuadras, en el casco antiguo. El encargado de seguridad del museo era el licenciado Hermes Gaztambide, que llevaba en la seguridad del Museo desde su inauguración, cuando era apenas un cabo, el 15 de diciembre de 1976. Vive aún, si deseáis entrevistarle. Nunca se le probó más que evidencia circunstancial, y sigue viviendo en la misma casita, en el casco antiguo. De hecho, para el final, cuando fue ascendido a jefe de seguridad, era él mismo quien tallaba las llaves en una máquina propiedad del museo, igual que lo hago yo ahora, con el MARTA nuevo. Antes, como ahora, se hacían tres copias, una para cada turno de guardias — respondió como si las hubiera contestado mil veces.
Entramos a una de las dos naves principales del edificio, con techos altos, denotando que el espacio era tan profundo como los conocimientos que allí antes se encerraban. Pero qué triste es ver un museo vacío, desmantelado, como si hubiera mudado su coraza de caracol desechable. Los escaparates laterales y vitrinas centrales estaban todos vacíos. Era una escena algo dantesca presenciar cómo la historia de las nueve tribus principales de Panamá, los legados de la colonización española y los vestigios de la cultura hispano-anglosajona yacían entre estas sombras de vitrinas en formación concéntrica, vacías luego de haber mudado sus contenidos a otras instalaciones, como si solo fueran los ropajes en una maleta entre aeropuertos.
—¿El valor de las vidas de cuánta gente se habrá encerrado entre estas paredes? Y ahora, vacío. ¿Nunca te preguntas eso? — lancé la cuestión como un globo flotando al vacío.
—Si a números de la población os refieres, que sé que no es solo a eso, serían menos de un par de millones. Más si contáis a todas las vidas que influenciaron al modesto alfarero que creó la humilde vasija que una vez se lució en estas vitrinas, junto con sus sueños, estrategias de vida y valores, hijos que llenaron sus vidas de felicidad y preocupaciones, o la ofrenda de amor que era crearla para su pareja. Estamos hablando de tanta vida que no cabe en un número. No sé —titubeó ante la grandeza de semejante pensamiento.
—Indescifrable, como los mismos eslabones humanos en el maraño de cadenas enredadas que somos; con sus razones para sonreír, llorar, cantar — contesté en reflexión. Me miró a los ojos como si hubiera visto el destello de un diamante en la oscuridad de un profundo pozo. A la verdad, yo mismo sentí ese mismo vértigo en su mirada. Sentí que me caía dentro de sus ojos, cuando saltó para esquivarme, igual que una reacción involuntaria, al voltearse y comentar con despiste:
—Lo más interesante de este edificio son las colecciones que almacenamos en el sótano. Se adelantó desviando la atención queriendo evadir y guiarme hacia estos otros tesoros escondidos.
—María, ¿cuál era el Salón de Oro? — la interrumpí en seco, como quien no se percató del intento del desvío anterior. Tras un leve titubeo entre regresar o seguir hacia abajo, comentó con lo que le quedaba de un leve aliento:
—Es solo que, sí. Por aquí. Regresó y me iba a guiar a la otra nave, sus pasos sonando retumbantes hasta el eco de cada porosidad de las suelas de sus zapatos incrustados con piedrecillas recogidas de la calle afuera. Quise disfrutar por un instante, verla caminar; su figura contorneada como los balaustres de barandales españoles, con la más delicada y fina cintura. Fue lo único que alcancé a analizar en ese leve segundo que disimulé estar siguiéndola de forma inocente. Ahí fue cuando se volteó de repente y me sorprendió admirándola más de lo apropiado entre profesionales; y siendo lo dominante que parece ser, concertó un taconeo al frenar en seco y demandó en tono molesto:
—Señor Manuel Soler, ¡necesito poder confiar en ust...!
—¡¿Confiar?! ¿Confiar, cuando usted me ha programado y manipulado desde nuestro primer encuentro hasta el punto de conseguir encontrarme «por casualidad» en un punto y hora en una ciudad de millón y medio de habitantes? No, señorita Eiranova. Usted está buscando a alguien al que le pagan por ser desconfiado y que sea tan crudo como honesto, que, de hecho, sí. Es también cierto que hay mucho de usted que me encanta, pero ¡no puedo explorar esa perspectiva sino hasta después de que le cumpla mi promesa de encontrar la colección!
Terminado mi exabrupto de certeza innegociable, di media vuelta para regresarme, y tomé el pomo de la puerta para abrirla, pero no me abrió y tuve que contenerme para no dar un berrinche de niño acorralado.
—No os va a abrir sin mis códigos — dijo en un tono monocordio, desarmado y sutil, lo que accionó en mí una casi erupción del susodicho berrinche. Saqué mi celular de un bolsillo; y tras oprimir los mandos de una app, me descubrí cómo no tan indefenso al reproducir sus códigos electrónicos que había grabado sin que se percatase antes, y la puerta abrió con un clic. Me volteé para presenciar cómo quedaba boquiabierta, y me despedí:
—Hasta mañana a las nueve. Salí y cerré la puerta detrás de mí sintiéndome que este sería un buen momento para que la tierra se abriera y me tragara, desapareciéndome para siempre, y evitarme confrontar el hecho de que eso sí era un berrinche y que le había dicho a María que me gustaba. No. No que me gustaba. ¡Que me encantaba! ¡A una cliente! Y que hacía tanto tiempo que no me había atrevido a decirle eso a nadie. En mi mente flotó de nuevo esa incesante pregunta sobre cómo es que somos tan fáciles de manejar hasta por la belleza. ¿Cuántas cosas de la vida nos manipulan negando ese derecho divino al libre albedrío? ¿Cuántas cosas son elementos de esa belleza, como el orden que nos atrae, la luz, los colores, las líneas, los patrones, el balance entre todas las anteriores? ¿Qué es lo que hay dentro de nosotros que llena el vacío con esas piezas, como una llave que cierra un mecanismo macizo y nuestro comportamiento al reaccionar a todas las anteriores? ¡Malditos sean los genes! Cómo odio los controles externos, en particular cuando vienen de adentro, y seguí pensando, madurando esa idea que me llevase al todo, o a esa singular contestación, hasta que tuve que encontrar esa pequeña puerta en ese infinito muro y salí de nuevo con una respuesta que me liberase: balance. Solo para recordar que los extremos sobran, acerté en mi mente destacando que ahora sí era mejor que respaldara mi actitud jactanciosa con resultados exitosos. Me sentí culpable. No podía creer mi comportamiento, pero sí. No sabía qué era, pero había algo más detrás de todo esto.
- Semillero, de Manuel Silva Guasch
(páginas selectas) - domingo 23 de junio de 2024



