1
Es 17 de mayo de 2029 y he terminado una nueva mudanza. Esta vez hacia los cerros, los incandescentes cerros guayaquileños que son menos propensos a las inundaciones y, sobre todo, a las ratas. Creo que es prudente decir a estas alturas que las ratas han triunfado. Desde que vine a vivir en Guayaquil, hace ya más de diez años, era evidente que la verdadera batalla era contra ellas. Ahora se han tomado la ciudad y la ciudad ya no funciona más con el tiempo de los hombres sino con el de la rata. Pienso en la racista y pretérita El planeta de los simios y la encuentro benevolente. El dominio de las ratas no es del tipo esclavista como creo se sugiere en la saga. El dominio de la rata es demográfico, no simbólico. Ya antes, estos roedores (¿no es esta una palabra demasiado frágil, demasiado irrespetuosa?) casi extinguen a la humanidad en dos ocasiones. Las ratas no han necesitado aprender nuestra lengua ni han reproducido un sistema de dominación colonial ni instaurado un modelo económico militar. Esto es quizá lo más tenebroso de todo. Cuando uno se enfrenta a una rata en la soledad de su habitación, en el parque o en un estacionamiento, busca en su mirada brillante una respuesta y no encuentra nada. Sólo queda la resignación, la espera: la caricia de su oscuro pelaje, la percusión de sus dientes devorando.
Pero este sólo es el segundo peor de mis problemas. Mejor dicho, se trata de un problema en mi calidad de ciudadano: ya las personas, como siempre, se han acostumbrado a su situación actual y la soportan con la mediocridad habitual. Los enamorados, incluso los que viven en los sitios más exclusivos de la ciudad, se han acostumbrado a copular en medio de las ratas. Mi problema, ese siempre, tiene que ver con la escritura. No puedo escribir. Estoy paralizado. Hay veces que me encuentro en la situación perfecta para la escritura, por ejemplo, después de haberme culeado a una de mis asistentes o colegas, y no emerge ni un solo verso. Ni después de jalar perico, ni después de beber whisky, ni después de desayunar, ni después de cagar. Ni de noche ni de día. Ni en mi oficina o como quiera que se llame ese depósito de libros que es mi oficina (tal vez más convenga llamarla bodega). La inspiración o cualquier cosa que tenga que ocurrir para activar mis manos y mi cerebro me es esquiva. Las musas, también suelen llamarle a la inspiración. Pero creo que a las mías se las culeó una por una el maestro Splinter.
Escribir de qué, esa es la cuestión. En estos tiempos o en otros. Sobre estos tiempos o sobre otros o sobre el futuro: da igual. Escribir, un gesto tan rudimentario para nuestro tiempo, en que consideramos altos intelectuales a los diseñadores gráficos y artista a cualquier performer. Me parece que de lo único que se puede escribir hoy en día es de ratas, incluso del amor de las ratas, porque no cabe duda de que es ese amor lo que explica su éxito, un amor furioso como nosotros ya no sentimos, no podemos sentir.
Es con estas preguntas que me detengo ante la página vacía, o ante la luz desesperada que emerge de una portátil, por lo menos mientras dura la batería: imposible tener algo cableado en la casa por estos tiempos. Detenido ante la amenaza de absoluta oscuridad, donde ya sólo cabe envolverse a tientas entre los toldos, esperando que haya suficiente comida regada en las inmediaciones de la cama, me refugio en el pasado, en lo que ha sucedido hace tiempo y que parece —y de hecho es así— que pertenece a otra era de la humanidad. Desde allí surge la sombra de un rostro, el rasgo de una voz, una mirada, cierta conversación, cierto rigor. Varias promesas que incumplí. Sobre todo una.
2
Los días 17 de cada mes Fermina me recordaba que era nuestra fecha de aniversario. Exactamente, en agosto de este año habríamos cumplido once años de casados. Seguramente ella celebrará, supongo que no ese mismo día —aunque ya no me extrañan de ningún modo las simetrías—, su aniversario de bodas con otro hombre. Las cosas allá por las montañas tampoco están mejor. No me refiero a que allí han triunfado, por ejemplo, los gallinazos. Allí el problema es el sol, según tengo entendido. Hace tiempo que no voy por allí y las noticias llegan con todo tipo de dificultades hasta Guayaquil. Ciertamente, no llegan tampoco noticias de Fermina y, gracias al cielo, no me han llegado desde hace ya mucho: como dice Francesca: nada más terrible que recordar en el tiempo del horror los días felices. O algo por el estilo (esa página está devorada).
Lo cierto es que no sé dónde se encontrará Fermina o si se estará triste o feliz o sólo está en estado de putrefacción como supongo que estamos todos. En el fondo, a pesar de todo, lo único que le deseo es que tenga paz. Estoy convencido de que la paz, por estos tiempos, es lo que en otros conocimos como dicha.
A veces la imagino con sus amigos celebrando algún cumpleaños en esos bares hipsters de Quito que se pusieron de moda por aquellas épocas. Ignoro si existen todavía. A veces la imagino cocinando en su departamento algún elixir de esos con los que solíamos alegrar la cotidianidad. A veces la imagino en una construcción, con su casco de arquitecto y sus botas de caucho, meneando ese culo radioactivo que fue del que me enamoré y me sigue provocando erecciones a pesar de la elipsis. A veces la imagino jugando con unos niños sin rostro, son sus hijos y tienen sus ojos. A veces la imagino culeando, como le gustaba, hecho cuchara, sin mirar la cara de su hombre. O de su mujer, porque también esas cosas pasan.
La memoria está atravesada ya por los años y los desastres y la indiscriminada enfermedad. No puedo recordar su rostro ni escuchar su risa. Supongo que debe ser tan guapa como entonces. Supongo que si la tuviera al frente mío por unos segundos pensaría lo mismo que hace once años. Quiero pensar que nos besaríamos, pero imaginar no sirve de nada. De hecho, imaginar tiene consecuencias casi siempre adversas, porque la imaginación es el órgano del futuro y no hay posible futuro en esta ciudad, sólo la expectativa de que un buen día, no muy lejano, nos cubrirán por completo las fétidas aguas de los esteros: su irremediable dolor.
Hasta que eso pase mi único refugio son las promesas incumplidas, lo que estuvo a punto de acaecer y sobre lo que he querido escribir durante todos estos años. Es lo único que queda a salvo del destino. Lo que quedó en la intemperie y se confundió con la tarde burocrática de los tiempos. Y muchas metáforas más por el estilo que no cabe enlistar por ahora. La metáfora es sólo eso, posibilidad. De modo tal que aquel 17 de agosto de 2018 es aún posible de alguna manera. Fermina se había emborrachado. Esta fue la primera vez que estuvimos juntos, si no recuerdo mal, en un sofá cama, en la casa de mis primas. No tuvo que pasar demasiado para que ella tomara esa mala decisión. Fue un error sin duda. Un error que no dejó de tener, sin embargo, su belleza. Pero no es de esto de lo que quería hablar. Quiero hablar de las promesas incumplidas. Lo que ocurrió aquella noche, ocurrió inexpugnablemente. Lo que importa es lo que pasó en los seis meses que siguieron esa noche, lo que ella me había pedido como prueba de mi amor: que le escribiera la historia de nuestro primer palo en aquel sofá. Ella quería que ese fuera mi regalo de bodas. Y esto fue algo que nunca pude cumplir, porque me escapé con una chica quince años menor, la semana previa. Nunca supe cómo escribir eso, entonces no me casé. No me pude casar. Quizá ahora sepa cómo hacerlo, aunque como dije, mi problema de fondo es, precisamente, la impotencia, la antesala de la página, la divagación. Como ahorita, prefiero seguir hablando de las ratas y no de ella. A veces pienso que, si logro escribir esta historia, una historia no exenta de su maravillosa fetidez, quizá no sea demasiado tarde para que Fermina dé por cumplida mi promesa; es cierto también que desde hace algún tiempo en mi vida todo ocurre siempre demasiado tarde.
3
En 2018 salía con una mujer casada. Decir que salía es quizá impreciso, pero es el término que se utilizaba para dar cuenta de una relación, aunque fuese meramente sexual y puertas adentro. Esa relación ocurrió entre una serie de innumerables de tormentos de su parte y de la mía. También, por aquellos años una amiga mía fue violada en mi casa durante una fiesta. Hubo denuncia, hubo relajo, aunque no soluciones de la justicia ecuatoriana, ni de la justicia divina. También, pasé por una racha de adicción a la cocaína de la que estaría orgulloso Tony Montana, y que no sé si estaba al principio de todo esto o al final. Lo cierto es que un día me encontré un martes a la tarde y tenía sed, me metí las manos al bolsillo y en lugar de encontrar unas monedas para comprar chaulafán encontré una bolsa de diez dólares de esas que vendían en Kramer. Procedí enseguida a ingerir la blanca sustancia. Al cabo de treinta minutos debía presentar un libro de la editorial que dirijo hasta ahora. Pude hablar sin problema, pero al salir de la biblioteca un ataque de tos por poco me tumba por las escaleras: supe que debía parar.
Es en medio de todas estas circunstancias que decidí tomarme unas vacaciones en las montañas. No había ido allí desde hacía tiempo, quizá un par de meses. Había decidido no ir con la frecuencia acostumbrada por mi creciente temor a los aviones; “el siguiente es en el que me muero”, solía decirme cuando aterrizaba a salvo en ese aeropuerto encañonado. Encima, los vientos veraniegos lo empeoran todo. Volar hacia las montañas durante julio y agosto es verdaderamente un suplicio. Esos vientos manipulan el avión a su antojo y por momentos parece que uno va a terminar colgado de la cordillera oriental. Aún así, mi necesidad de salir de Guayaquil resultó mayúscula. Estaba desesperado. Temía que, de seguir aquí, enloquecería del todo. Además, el marido de la mujer casada me había amenazado con mandarme un sicario. He de decir que este viaje a Quito, sólo pocas horas después de mi arribo, me tenía preparada una sorpresa inesperada. Inesperada digamos, en el sentido en que es inesperado encontrar una virgen en un cabaret aunque, claro está, esto puede ocurrir y de hecho ha ocurrido no con poca frecuencia.
Mi hermano estaba preocupado por mi estado mental y de salud. Durante esa primera tarde en Quito advirtió ciertamente que mi semblante delataba asuntos turbios, pero como solía pasar entre él y yo, esos asuntos eran tratados de manera superficial y, en cierto modo, burocrática: sabíamos que lo importante era no ir hasta el fondo de las cosas, para eso están los psiquiatras. En su lugar nos acompañamos y ocultamos nuestros dolores en apasionadas conversaciones sobre fútbol o política o cine. Después de que nos hubiéramos tomado unas cuantas cervezas en algún bar de la ciudad, decidimos que sería buena idea aceptar la invitación de mi prima Anita no muy lejos de donde pasábamos la tarde, se podría decir que de manera afable.
Paramos en una tienda El Español y nuestra compra mesurada de cervezas reveló que quizá no teníamos la intención de quedarnos mucho tiempo. A mi hermano y a mí nos acompañaba su esposa. Cuando llegamos, el cariño de siempre, la familiaridad. De más está señalar que cuando uno dice esas frases es para expresar distancia, alejamiento. Este era ciertamente el caso con mis primas. Es que cuando va pasando el tiempo lo único que comparte con la gente es el pasado y este es el único lugar posible de encuentro.
Allí llegó Fermina.
4
Uno nunca sabe cómo comienzan las cosas, pero siempre sabe cómo y por qué terminan. Los finales siempre son más decisivos, más claros, más bellos. Los comienzos no. Yo podría especular ahora. Podría decir que todo lo inició ella cuando se sentó a mi lado. Pero también podría decir que todo lo inicié yo, porque desde un punto a esa parte no le había quitado la mirada de encima. Esa noche llevaba lentes. La gente quizá creyera que llevaba lentes porque los necesitaba o para dar un aire intelectual, pero en realidad los llevaba porque se veía más sexy con ellos puestos, más si sólo eso es lo que vestía. Pero lo realmente impresionante de Fermina, aparte de su sensualidad, era la naturalidad con que los llevaba. Fermina no insinúa nada, sólo lo dice y tiene formas de decirlo. O las tenía entonces. Cuando uno estaba en una conversación con ella sabía que estaba en una aventura impredecible. Y la verdad es que no importaba. Su inteligencia peligrosa, su humor un poco descarado, su dulzura casi indetectable, pero que yo supe capturar de inmediato. Esto no me lo había dicho nunca pero no había nada más dulce que su mirada, a pesar de que estuviera a punto de decir algo terrible.
El caso es que ante nuestra tibieza, “sólo llevemos unas cinco bielas”, nos dijimos con mi hermano, Fermina había traído una botella de caña manaba, ante lo que nuestro alcoholismo no supo negarse. Los pequeños shots de caña circularon con una velocidad asombrosa y, más temprano que tarde, estábamos viendo videos de los años noventa, década en la que habíamos crecido sin saber lo desganada y fea que fue. Ahora sé bien que en su impenitente mal gusto estaba toda la felicidad del mundo o, al menos, toda la alegría del mundo. Crecimos en los noventa entre los Back Street Boys y Salserín, eso nadie nos lo podrá quitar nunca.
La noche avanzó de manera imprevista y poco a poco la chica de los lentes se iba agrandando en mi imaginación. Seguro que en aquella etapa tenía dientes y que mi mirada debía ser la de un hombre joven, valiente y prometedor, aunque pesara en mi alma la sombra de un adicto y un prófugo. Esa noche, por un momento olvidé lo miserable que era. Había olvidado, por ejemplo, que hace menos de un año me había abandonado mi primera mujer.
Pero todos venimos con nuestra miseria, eso también lo supe después, cuando tuve la suerte de estar enamorado de Fermina y de que ella me quisiera, y aquella noche lo supimos guardar muy bien, porque la botella de caña no tardó en finiquitarse y las cosas se empezaron a parecer más a las de una película de Álex de la Iglesia. Fermina ya tenía la cara de traviesa que después le conocí, cuando bebía, pero también cuando culeaba. En un momento que tuve oportunidad, le dije a mi prima: “Me gusta tu amiga, man” y su mirada me hizo saber que, quizá pocos minutos antes, ella le había dicho lo mismo.
Hay que saber una cosa, y lo digo con cierto aplomo, o con el aplomo que sólo pueden darnos la derrota, la enfermedad y la falta de imaginación: en mi vida nunca tuve suerte en el amor. Siempre me enamoré de mujeres que no me amaban, incluyendo, y sobre todo, mi primera mujer. Aquella noche sentí que así fue, si bien el encuentro había estado maliciosamente planificado por mis primas. Funcionó. Ni bien le pregunté a mi prima sobre la cuestión me volví a sentar a su lado y, aprovechando que los concurrentes estaban idiotizados en algún video de Aerosmith, nos tomamos la mano. Posé mi mano sobre la suya, mejor dicho. Allí acaba. Allí empieza.
En lo sucesivo nuestras manos empezaron a escalar el cuerpo contrario como si nunca hubieran tocado algo parecido. Luego lo inevitable: un beso que no fue un beso, sino que debió haber sido una mutua comilona. Rápidamente su aliento con olor a caña manaba me inundó el cerebro y los espectadores se ponían incómodos por ver cómo se encrudecía la huevada. Mi hermano, prudente como siempre, decidió marcharse antes de tener que observar un espectáculo del que habría tardado años en recuperarse. Mis primas se tomaron un poco más de tiempo algo entorpecidas por la sucesión de imágenes y de shots de caña manaba: seguro que no creyeron que la cosa fuera tan rápido, quizá imaginaran el éxito de aquella noche con una salida futura. Pero ni Fermina ni yo éramos así, habíamos entrevisto en esos besos que se abría, de manera estrepitosa, una lanford hacia el futuro. Quizá es por eso que nos empezamos a quitar la ropa, quizá por eso la impaciencia de tener que penetrarnos en ese mismo instante.
La oscuridad no era plena, pero le había descubierto los pechos, al tiempo que ella encontraba, con eficacia, mi verga parada y ya expectante. Procedió a introducírsela sin contemplaciones. Ninguna pregunta sobre preservativos, ninguna pregunta sobre el honor: sólo una preocupación: mis primas todavía despiertas y curiosas y borrachas y espiando. Pero no importó, al final, en un momento en el que una voz parecía acercarse, pretendimos estar dormidos, para después seguir, para después buscar en la oscuridad y el silencio un modo de seguir culeando. Y así pasó, de un modo accidentado, es cierto, pero como si hubiera método en ese caos.
Lo que pasa después es una peripecia hasta su casa y hacia la mañana siguiente. Yo ya había empezado a buscar una forma de acomodarme en su cuerpo, quería verle desnuda, quería sentir plenamente el peso de su mirada mientras le penetraba. Pero apenas nos dispusimos a partir se presentaron todo tipo de situaciones propias de una farsa. Ella apenas podía caminar sin tropezar. Reía y hablaba sin ningún sentido. Demoramos quizá una hora buscando la llave de su auto que se había extraviado y a su perro que la acompañaba siempre a todos lados. Tuve que manejar su auto hasta un edificio no muy lejano de allí, siempre yo sin estar del todo sobrio. No sé cómo en ningún punto de la noche ella no creyó que le estaba secuestrando. Cuando finalmente llegamos a su casa y nos desvestimos ya nada volvió a ser igual para mí. En mi mente durante esos próximos meses, acaso los más felices de mi vida, nunca más salí de esa habitación. Si me concentro lo suficiente creo que puedo olerla, puedo sentir en mis dedos el tacto de su sobrecama, tramar la poca luz que entraba, la fetidez.
Claro que culeamos toda la noche. Sobre todo con ella arriba. Sentía que le entraba todo mi miembro, hasta el tronco. Gritaba. La presencia del schnauzer era desconcertante, pero una patada lo tranquilizó. Tenía una vagina maravillosa que probaría tantas veces después y que podría reconocer si la viera en una película. Era maravillosa. Lo hicimos tantas veces, más de las que pueda ella recordar, hasta las cinco de la mañana, y quedamos rendidos, exhaustos. Dormimos el uno sobre el otro con una naturalidad que, si no hubiera sido tan satisfactoria, hubiese metido miedo. Y, algo de miedo hubo. ¿Miedo a qué? Supongo que al futuro, como he dicho antes. Por aquellos tiempos el futuro era un desbarrancadero. Esa noche tuve miedo de perderla, pero, sobre todo, miedo de estar con ella. Ese miedo me acompañó durante todo el tiempo que estuvimos juntos y que fui feliz. Estoy en paz con ese pensamiento, porque no me equivocaba, en lo que siguió a nuestra relación supe que a ella le fue muy bien en su trabajo y que siguió viviendo. Conoció otros tipos, buenos y malos, según oí hablar a mis primas tiempo después, aunque como he dicho, hace años que no he viajado a mi ciudad y ahora no tengo dientes ni valor.
Esa mañana, por cierto, antes de que nos despidiéramos, culeamos por sexta vez en la jornada. Me le subí encima con toda la intención de penetrarla por el ano. Luego nos bañamos juntos y reímos y nos despedimos, nunca más nos volvimos a ver.
- El tiempo de la ficción - martes 25 de junio de 2024


