Hablo en lenguas, como los endemoniados. Y la similitud saltará a la vista de cualquiera que alguna vez haya trabajado como intérprete. La posesión lingüística es tan fuerte como la satánica, sólo que los intérpretes ni siquiera tenemos quien nos exorcice. Para la mayoría de las personas que hablan más de un idioma, la segunda o tercera lengua es una herramienta, una llave que les abre puertas. Para mí, como en algún suicidio ritual, las lenguas son esposas, y la llave que las abre duerme en mi estómago.
No sé cuándo la leve esquizofrenia del bilingüismo fue volviéndose algo más, cuándo pasé de la obsesión casi cómica con la exactitud de los términos a la manía, cuándo me empezaron a hablar los demonios. Lo que sí sé es que desde muy temprana edad intuí que las palabras no eran confiables, que todo podía tener más de un nombre, y que el significado último me eludiría siempre. Como en una cebolla, aun después del esfuerzo de arrancar capas y capas, el centro no mostraba nada diferente del envoltorio: era mucho, no era más.
Mis abuelos maternos emigraron a este país durante la segunda guerra mundial, mis abuelos paternos una generación antes. En mi casa se hablaba un español salpicado de italiano, y se decía en yugoslavo lo que no se quería que yo entendiese. Porque todos esperaban que yo, primer casi purasangre argentino, llegara a donde nadie había llegado antes, me mandaban a tomar clases de inglés con una viejita del barrio que había sido maestra en un pueblito perdido en las montañas cerca de Loch Lomond, Escocia, en los años treinta.
Miss Margaret McDougal, o Miss Maggie, como le decíamos los chicos del barrio, fue una de las escasas certezas de mi infancia. Noble viuda del borracho Ian, Juan para todos, un empleado del ferrocarril que iba a trabajar con una impecable camisa celeste y moñito a lunares, Miss Maggie era una mensajera de otro mundo. Como una pieza del Madame Tussaud’s, vestía siempre igual, con trajecitos de colores pastel que contrastaban con los grises y negros de sus coetáneas del barrio, y siempre me ofrecía té en las mismas tacitas, en el mismo momento de la clase. Los gatitos de porcelana de los estantes miraban siempre para el mismo lado, y el gato real, Sir Winston, siempre dormitaba en estado cuasi-vegetativo sobre el mismo sillón. Todo esto me llevó a estar convencido por mucho tiempo de que el inglés era una lengua más precisa, más sólida que las otras. La que más desconfianza me producía era el español, a la que todo el mundo en casa le escapaba cuando había que decir cosas importantes. El español se transformó para mí en una zona de peligro, en una lengua fácil que servía para hacer las compras y hablar del tiempo, en la lengua de los detestables maestros del colegio que nunca podrían recitar con las deliciosas cadencias de Miss Maggie y que nunca, aunque hubiesen podido, me servirían té.
No fue sorprendente, entonces, que me volviera el alumno estrella de Miss McDougal. No perdía una sola clase y llegaba puntualmente con mis ejercicios completos y mis lecturas hechas. Pedía material extra para practicar y lentamente me fui transformando en la autoridad lingüística de más o menos cuatro cuadras a la redonda. Me consultaban hasta los hermanos de mis amigos que estaban en la secundaria y todos los que no querían pagar aun los modestos honorarios de la McDougal, porque mis padres, a pesar de mis frecuentes pedidos, nunca me permitieron cobrar un peso.
Con diez años, y poco conocimiento del mundo más allá del colegio, el cine y los manuales de historia, no tenía en ese tiempo mucha idea de qué tan actualizada o eficaz era la metodología de Miss Maggie. Mis padres no estaban mucho más informados que yo en esa área, ni en muchas otras, para ser honesto, con la excepción del sexo.
Si existían, Miss Maggie nunca uso Libros de texto para la enseñanza del idioma inglés, como los que compraría yo más adelante. Usábamos un cuadernito negro de tapa dura para Grammar & Lexis y una variedad de textos para lectura, en su mayoría poetas y novelistas del siglo XIX y anteriores. Yo no sabía entonces que estaba adquiriendo un inglés arcaico en sonidos, estilo y vocabulario, y que de encontrarme con un niñito inglés de mi edad hubiera sonado como un engendro babélico y anacrónico, pero por suerte eso nunca sucedió, y mantuve mi reputación e ilusión de precoz maestro bilingüe hasta bien entrada la adolescencia.
La exposición tan temprana a tantas lenguas me dio una facilidad especial para las entonaciones y los acentos, que hacía que pudiese imitar, con sorprendente rapidez y exactitud, lenguas que no había oído jamás. Cuando iba al cine, de a ratos cerraba los ojos para no tentarme y leer los subtítulos, y me concentraba en lo que los actores decían, repitiendo en un murmullo frases en alemán, ruso y francés. Hacía lo mismo con las canciones que escuchaba en la radio y con los discos, a los que prefería, porque los podía volver a poner hasta aprenderme las letras completas.
A los dieciséis me llevaron al médico porque pensaron que estaba anémico. No había evidencia física alguna, más allá de mi delgadez en épocas de preanorexia, de que realmente me pasase algo. Más bien era una preocupación con lo que veían como una cierta apatía, una malsana predilección por los libros y un desinterés real por el fútbol, sumado a uno aparente por el sexo femenino, y que creaba ese temor a lo innombrable que se tradujo finalmente en “anemia”. A pesar de que los análisis dieron bien, el médico me recetó vitaminas para serenar a mi madre y todo siguió más o menos tranquilo por un tiempo. Dos años después tendría que decidir qué carrera seguir, y ahí no iba a haber vitaminas que le devolvieran la paz a nadie.
Durante esos dos años la preocupación de mis padres por mi potencial homosexualidad se calmó gracias a Dolores, la hija del sodero. En la época en que el delivery de soda y leche todavía no tenía nombre, el sodero y el lechero visitaban la casa dos veces por semana. El lechero venía por segunda vez los sábados, lo que nos aseguraba a todos el flan de los domingos, única y magnífica especialidad culinaria de mi padre, que, con la excepción del proverbial postre, lograba quemar hasta el agua. Los sábados lo empezó a acompañar al sodero en sus repartos su hija menor, Dolores. Nunca tuve una foto, así que nunca podré corroborar si mi recuerdo es veraz, pero para mí Dolores era toda tetas, y no sólo en los soleritos de verano, aun debajo de los gruesos pulóveres caseros que algún familiar le tejía en el invierno. Cuando descubrí a la Lolita de Nabokov algunos años después, no lograba abstraer a la prepúber nimphete de la incipiente madonna de la soda. Tetas mediante, la pasión era la misma. Toda la semana era una preparación para esos cinco minutos del domingo, del brevísimo instante de contacto con esa mano tibia que recogía las monedas, de esa risa vulgar que para mí sonaba como un arroyo. Siempre me pregunté el porqué de mi pasión por Lolita. Había chicas en el colegio secundario, vecinas en el barrio, y muchas de ellas tan bien dotadas como Dolores, pero nunca nadie me había llamado la atención. Creo que lo realmente especial de Lolita era que nunca hablaba. Lo que pasaba por “buenos días” era una especie de mohín con la cabeza inclinada, el “gracias” cuando le daba las monedas era una sonrisa más amplia —el único momento en el que nos mirábamos a los ojos— y el “adiós” un gesto similar al primero pero que terminaba con la cabeza hacia abajo, hundiendo el mentón en el cuello. Si había algo que decir, siempre lo decía su padre y ella asentía o se reía, “Ya mañana Loli empieza las clases, ¿no, Loli?”. Pestañeo, sonrojo, mohín ladeado. Nunca pregunté ni supe si era muda. Lo que sí recuerdo es que en mis fantasías Dolores hablaba en distintos idiomas con las voces de mis actrices extranjeras favoritas. Las voces sensuales de la Hayward y la Hepburn acompañando a las enormes tetas de la Loli.
Apenas terminada la primera de las preocupaciones de mis padres, comenzó la segunda. En uno de sus muchos latigazos de ironía, quiso el destino que lo que mis padres vieran como primer escalón hacia una carrera próspera se transformara en la carrera misma. Cuando les informé que pensaba desdeñar futuros respetables y rentables como el de doctor en sus muchas versiones para desperdiciar mi vida y sus esperanzas en una miserable carrera como traductor, supe que la palabra hijo podía tener significados que nunca había imaginado. Todo lo que se me había dado hasta entonces con la apabullante generosidad del interés me fue quitado. Había venido fallado, como un electrodoméstico, pero no se me podía devolver. Entonces se me quitó la palabra. Sorprendentemente, de un día para otro, dejé de ocupar un lugar en el circuito de comunicaciones de la casa. Y lo que es aún más sorprendente es que nunca dejaron de hablarme.
Antes de la Edad Media, que un poseído hablase en lenguas que desconocía era la marca del espíritu santo. Luego pasó a ser la marca del demonio, y la iglesia una vez más se comió su propia cola, como las infinitas serpientes celtas. Lo mío fue una transición similar, y casi de un día para otro la democión familiar de héroe a traidor trajo aparejada una dolorosa aunque fascinante sensación de libertad. Sin hacer nada realmente terrible, sin mayor esfuerzo que el goce que me producían los textos, logré disfrutar del aislamiento moral de un asesino en serie. La pobre Miss Maggie nunca se hubiera podido imaginar que su querido Dickens había dejado en mí la marca de Caín.
Mientras me estiraba sobre decenas de cabezas para leer la lista que aparecía en la vitrina transparente del hall de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales con los nombres de los que habían aprobado el examen de ingreso, me di cuenta de que las dudas sobre mis preferencias sexuales no se habían acabado con las tetas de Dolores. Era el único hombre de una lista de ochenta y siete aspirantes. Con el tiempo, la inquietud que mis gestos vírgenes de fútbol y mi carrera en letras generaban en los que me conocían se transformó en una fina pantalla de independencia. Nadie preguntaba demasiado por miedo a no saber qué hacer con la respuesta, y yo me libraba de tener que enhebrar explicaciones lo suficientemente ambiguas para que me dejaran en paz.
Después del primer mes de clase quedaron claras dos cosas. Que yo no había perdido mis dotes de alumno estrella, y que había tres personas en las clases con las que se podía entablar una conversación, profesores excluidos. Diana tenía mi edad y vivía con sus padres en un barrio de los suburbios. Llegaba a la facultad después de un viaje laberíntico en colectivos, trenes y subtes digno de una historieta del Hombre Araña. Estela estaba separada y tenía una hija; vivía con sus padres a pocas cuadras de la facultad. Cecilia era de un pueblo de provincia y vivía con una tía relativamente cerca de mi casa. Nos solíamos reunir para estudiar en un bar cerca de la facultad. Recién ahora, cuando las recuerdo, me doy cuenta de lo parecidas que eran. En realidad hay una cierta lógica en el estereotipo. Al fin y al cabo, la gente que elegía estudiar traductorado era un puñado del puñado de gente que decidía estudiar humanidades dentro del puñado de gente que accedía a una educación universitaria, era normal que fuésemos todos mellizos. Yo también iba a pensar, por algún tiempo, que me les parecía.
Ese grupo fue mi primer contacto con gente que no pensaba que lo que más me interesaba en la vida era trivial. Al fin conocía gente para la cual los serpenteos dentro de un diccionario eran motivo de una excitación casi sexual, gente para la cual estar a la moda no quería decir tener el pelo del color correcto sino haber leído al último autor reseñado en los suplementos literarios, gente que hacía gala de primeras ediciones como si fueran joyas de Tiffany’s. Cuánto de todo ese parnaso edulcorado era hipocresía era algo que iba a descubrir más adelante, pero mientras tanto disfrutaba de los vicios que me ofrecía el lugar al que el mezquino paraíso hogareño me había desterrado.
Cuando estaba cursando el segundo año de la carrera conseguí mi primer empleo en una editorial de textos escolares. Me encargaba de las traducciones de enciclopedias norteamericanas e inglesas, que junto con “refritos” de textos españoles, formaban la mayor parte de los manuales para la escuela primaria. El trabajo me obligó a cambiar algunos horarios de estudio, pero también me permitió alquilar un cuarto en una pensión cerca de la estación de tren y mudarme de la casa en la que me había transformado en un espejo permanente de los fracasos ajenos. Si no hubiese estado tan feliz, la pensión me hubiera parecido lo que era, un sucucho oscuro y deprimente. Sólo había dos estantes como para los collectibles de Miss McDougal, y yo no tenía un peso extra para comprar bibliotecas, así que las pilas de libros servían para tapar la humedad del empapelado, y el humo de los cigarrillos para enmascarar el olor. En el baño había un resquebrajado inodoro marca Pescadas, altísimo y frío, que hacía que los inodoros del resto de los lugares que frecuentaba pareciesen diseñados por Frank Lloyd Wright. A pesar de su sordidez, la pensión Broadway fue en realidad el primer y último lugar en el que supe, por dos inolvidables meses, lo que es la felicidad.
Hacía tiempo que venía haciendo oídos sordos a las cosas que estaban pasando en la universidad y en el país. No quería alianzas ni lealtades. No quería pertenecer a nada. Diana era la más dura conmigo, también la más activa en las luchas. Hasta Estela, que no estaba afiliada a ningún partido y tenía menos tiempo porque tenía que ocuparse de su hija, trabajaba algunas horas en el centro de estudiantes. Cecilia terminó volviéndose a su pueblo cuando las manifestaciones se volvieron una ocurrencia casi diaria y las listas de desaparecidos empezaron a aumentar. Años después me enteré de que era hija de un marino que terminó suicidándose cuando empezaron los juicios a la dictadura militar. Yo me anoté en la mayor cantidad de materias que se me permitía cursar, y casi siempre encontraba una excusa para no acompañarlas a las reuniones o manifestaciones. Ya casi no nos reuníamos en el bar a estudiar, ahora que yo tenía “el departamento”, como lo llamábamos. Además ya había habido dos arrestos en el bar y Estela se estaba poniendo paranoica.
Un sábado a la mañana planeábamos reunirnos en la pensión, pero habían venido a fumigar la Broadway por unas cucarachas enormes y desafiantes que aparecían cada mañana en la cocina. Los golpes de repasador apenas lograban hacerlas tambalear un poco, y después hacían frente como una división Panzer. El veneno finalmente había acabado con los bichos y su autoestima, pero había dejado un olor insoportable en el edificio. Además estaba lluvioso y húmedo, lo que empeoraba la ventilación, así que decidimos encontrarnos en el bar.
Cuando andábamos por el segundo café me levanté para ir al baño. Estaba lavándome las manos cuando escuché unos gritos y unas puertas golpeándose. Antes de que pudiera decidir qué hacer, un policía con un fusil en la mano abrió la puerta del baño de un empujón y me dijo: “Salí de ahí, vos” y entró a corroborar que el resto del baño estuviese vacío.
Cuando salí, el bar entero estaba con las manos contra la pared y había otros seis policías con armas en alto. Se me aflojaron tanto las piernas que no pude moverme y me quedé ahí reclinado contra la puerta del baño. Instintivamente di un vistazo hacia el lugar donde estábamos sentados y reconocí la boina tejida al crochet de Estela entre sus inconfundibles manos elegantes que ahora temblaban posadas en la pintura azul de la pared como mariposas. Por un segundo se me cruzó la ridícula imagen de una película de Esther Williams, todo el simétrico grupo iba a dejarse caer hacia las tibias aguas turquesas de una piscina hollywoodense, abriéndose lentamente como una margarita. “¡Movete, vos, maricón!”, me dijo el policía a la vuelta de su inspección del baño, y algo me golpeó en el costado. Y fue ahí que, sin recordar haberlo pensado un segundo, balbuceé: “I... I’m an American, sir, I’m a tourist, I can show you my passport...”, dije, acompañando las palabras con un gesto que indicaba algún bolsillo interno de mi piloto donde sólo estaban mi cédula y un encendedor. “¿Qué dice el pendejo?”, preguntó otro, mientras yo seguía repitiendo la mentira que se había transformado en mantra. “I... I am staying at the Sheraton Hotel, please, sir, I can show you my passport. I am an American... I”. Quizás fueron los anteojos, quizás el piloto Perramus nuevo que había heredado de mi padre con la mudanza, quizás el acento, o el cuerpo tembloroso y cobarde en el que les molestaba reconocer a un compatriota; sea lo que fuese, alguien dijo: “Dejalo ir al gringo puto ese, siempre son problema”, “Los gringos o los putos, che?”, se rio uno, y la risa de los seis sonaba cada vez más fuerte y hacía eco en el bar vacío con todos los pétalos de la margarita pegados a la pared. Y en el medio de las risas y la escenografía inmóvil me fui yendo hacia la puerta más cercana, sin mirar atrás, sin pedirle perdón a la hebilla francesa del rodete siempre prolijo de Diana ni a la boina de Estela, sin palabras para pensar. El policía que estaba al lado de la puerta me sonrió, se pasó la lengua por los labios lentamente, y se echó a reír otra vez mientras me daba un puntapié en la pantorrilla que me tiró sobre unas baldosas rotas que le hicieron dos sietes al Perramus de mi papá, que él nunca había usado y que yo jamás me volvería a poner.
Caminé rengueando sin saber a dónde iba, buscando poner distancia en el tiempo más que en el espacio. Los mocasines resbalaban en la lluvia cada vez más fuerte, los gotones sobre los anteojos y el gris cada vez más oscuro del cielo hacía que el rojo del semáforo brillara como una braza. Debo haberme cruzado con otras personas, pero en mi recuerdo camino solo. Después de unas cuadras me doy cuenta de que no tengo mis libros, ni mis cuadernos, y al miedo de que averigüen mi nombre y mi dirección lo ahoga la mezquina preocupación por la pérdida de los libros. Me pongo a pensar cómo recuperarlos, a quién pedirle que vaya al bar, cuánto tiempo esperar, cuándo decir que los perdí, y a cada paso de mi plan se cruzan imágenes del bar y mi letanía en un idioma prestado al que ahora me unían un pacto fáustico y unas manos de largos dedos delgados contra una pared de fórmica descascarada.
A la semana siguiente me cambié de comisiones de estudio en las materias en las que pude, y decidí dar las otras libres. Los teóricos se conseguían en transcripciones ilegales mimeografiadas que años después se comprarían, legalmente, en las fotocopiadoras que crecían como hongos alrededor de las facultades. Nunca era lo mismo que asistir a las clases, pero tenían el valor agregado de errores dignos del comediante más excelso. Los que grababan y transcribían los textos eran alumnos que cursaban la materia y que no necesitaban distinguirse por particulares dotes académicas; con tener voluntad, un grabador y una Remington destartalada alcanzaba. Fue así como supe, por ejemplo, que “Tennis y Williams” habían sido coautores de Un tranvía llamado deseo. De todos modos, extrañaba ir a las clases. Ahora todo tendría que ser recreado en la sordidez del Broadway. Al ersatz de las clases se iba sumando lentamente el de mi existencia. De Diana y Estela no supe nada más. Sus familias, que quizás tuviesen mi número de teléfono, nunca me llamaron. Las pocas veces que iba a la facultad creí sentir que algunas personas me miraban mal, pero eso era algo que había sentido toda mi vida, así que nunca sabré si fue real. Ah, y nunca recuperé los libros que dejé en el bar.
Durante el tiempo libre que me dejaba mi nuevo horario empecé a tomar algunos alumnos particulares en el barrio. También empecé a tomar clases de francés y alemán con esos sistemas de discos que no le funcionaban a nadie, pero que eran mi única posibilidad en ese momento. Mantuve el empleo en la editorial pero además empecé a hacer algunos trabajos para gente que ponía cartelitos en la facultad pidiendo traductores y por algunos avisos en el diario. Lentamente me fui haciendo de una considerable clientela y empecé a pensar en dejar la editorial. No tenía casi ni un momento del día libre. A mi familia la veía una vez por mes, y por supuesto se quejaban como si realmente les importase.
Un día apareció un gato en la puerta de la pensión. Supuestamente no se permitían animales, pero considerando que yo pagaba la renta regular y puntualmente y que había varios cuartos vacíos, la dueña me dejó quedármelo. “¡Pero mire que si hay olor a meo, se va!”. Jerónimo (santo protector de los traductores, además del renombrado indio) era lo que los ingleses llaman un “marmalade” (mermelada, que es siempre de naranja para los ingleses —las mermeladas de otra cosa no se llaman mermelada— y “orange tabby”, gato anaranjado a rayas, para los menos metafóricos norteamericanos). Era uno de esos gatos rojizos de los que iba a tener dos más a lo largo de mi vida, y que resultaron tener bastante buen temperamento. Jerónimo tenía tres maullidos diferentes y dos tonos de ronroneo, además de los raros silbidos y escupidas de cuando se enojaba; a saber, dos veces: durante un segundo ataque de las cucarachas descaradas, y el día en que lo picoteó una paloma. Por algún motivo, la fauna de la zona —con la excepción de mi gato de confitura— era especialmente agresiva, como si estuviesen actuando la ira reprimida de los que habitaban ese pobre barrio desgastado.
Uno de los maullidos de Jerónimo (nunca lo llamé de otro modo, ni Jero, ni ningún otro indigno diminutivo) tenía la entonación exacta de una pregunta, y lo usaba cuando me iba a la mañana y cuando volvía con bolsas de algo que había comprado. El segundo maullido era brevísimo, como un mínimo aullido ahogado o una tos, y era marca de urgencia —estaba abriendo la bolsa de comida demasiado despacio o no me iba a acostar a la hora debida y lo obligaba a dar vueltas alrededor de la cama. El tercero era el más misterioso, un maullido prolongado, gutural, que nunca pude asociar con nada. No era un llamado a una gata en celo, no era porque había estado solo mucho tiempo, simplemente sucedía, muy de vez en cuando. Estiraba un poco el cuello, se quedaba muy quieto, parecía escuchar algo y lanzaba ese maullido existencial y desgarrador. Inmediatamente después parecía olvidarse, o resignarse, o volver de donde fuera que estuviese, daba un pequeño sacudón y miraba a su alrededor como si un mago lo hubiera acabado de hacer reaparecer de una nube de humo violáceo.
Nunca me preocupó mucho saber qué pensaban los otros seres humanos, cuáles eran sus secretos o sus frustraciones, nunca mantuve esas charlas pastosas donde la gente se cuenta sus miserias para reconfortarse. ¿Qué puede descubrirse después de siete cafés que ya no hayan escrito Flaubert, Joyce o los centenares de otros profesionales del puente entre palabra y sentimiento? Nada que valga la pena, nada que valga siete cafés. Pero sin embargo, hubiera pagado por saber qué era lo que sentía Jerónimo cuando inundaba el cuarto húmedo de la Broadway con su grito solitario.
No me decidía a dejar la editorial porque era el trabajo más seguro, pero con los alumnos, las traducciones y la facultad ya no me quedaba mucho tiempo. Finalmente, ni siquiera tuve que tomar la decisión porque anunciaron unos recortes de presupuesto y a las dos semanas me despidieron. Me ofrecieron seguir haciendo unos trabajos freelance, pero pagaban bastante poco y no me convenía. “Vos vas a conseguir trabajo en cualquier lado, inglesito”, me dijo mi flamante ex jefe con una palmadita paternal, “lo que vos tenés es un don, pibe, ¿sabés?, ¡un don!”.
Casi sin darme cuenta, mi contacto con otros seres humanos, que nunca había sido demasiado, se iba reduciendo más y más, y como mis “dones” lingüísticos no se extendían a lo social, los intercambios con otras personas se volvieron cada vez más incómodos. Mis interacciones eran un proceso de reacción, rara vez iniciaba una conversación y nunca hacía comentarios espontáneos sobre el tiempo o las infinitas y diarias fluctuaciones de las finanzas o la política nacionales. Aún cuando iba a pedir información o un servicio a una ventanilla de un banco, por ejemplo, solía pararme y esperar que me mirasen y me animaran con un “¿Sí? ¿En qué lo puedo ayudar?” antes de decir qué quería.
Uno de los pocos días en que me quedé a trabajar en la biblioteca de la facultad mientras preparaba mis últimas materias, se me acercó uno de los asistentes de Teoría de la Traducción, un tal Willy, tan Guillermo como yo era Daniel y no Danny. Me avisó que Maure, el doctor Maure, el titular, quería hablar conmigo, y quería saber si me podía quedar un rato después de algún teórico. Le dije que sí y le pregunté si tenía idea de por qué quería verme. Me dijo que creía que era por algo relacionado con un trabajo. Se despidió con una de esas palmaditas confianzudas y condescendientes que siempre me desagradaron tanto.
Me quedaban sólo dos materias que pensaba dar ese fin de año, en unos seis meses. Si tenía algún tipo de angustia por la proximidad de mi graduación no la sentía conscientemente ni parecía traducirse en ningún comportamiento que yo pudiese identificar. A menos que la relación que empecé al mes siguiente con Andrea tuviera algo que ver con suavizar la transición. Si ese fue el motivo, en realidad lo que hizo fue hacer todo bastante más áspero.
Andrea se encargaba de las traducciones de francés en la editorial, y la despidieron al mismo tiempo que a mí. Mi madre la hubiese definido usando adjetivos como “callada” y “trabajadora”. Para mí era simplemente plain, que puede traducirse como “desabrida”, o “lavada”, o “insípida”. Y sí, era trabajadora. Andrea me llamó por teléfono más o menos un mes después de que nos despidieran. Nunca habíamos tenido demasiado contacto, pero yo le había dado mi teléfono una vez que me comentó que tenía que hacer un trabajo práctico para la facultad sobre un roman medieval (si mal no recuerdo eran unas estrofas de Le Chévallier de la Charrette) y yo le había ofrecido un diccionario de francés antiguo que me había prestado Diana para una monografía que tuve que hacer sobre Chaucer, y que tenía una interesante historia. Estaba firmado J. C. A., París, 1968. Diana me contó que el tal J. C. era hijo de un militar que yo probablemente conocía. J. C. había estudiado sociología en La Sorbona, luego volvió a la Argentina y, después de varios años en la guerrilla, lo fusilaron en Tucumán, aunque según el militar de turno había muerto en una confrontación. Otro más de los tantos “enfrentamientos a quemarropa” de esa época. El tiro se lo habían dado tan de cerca que la madre lo reconoció sólo por el mechón de pelo rubio ensangrentado. “Lalo”, como le decía Diana, le había prestado el libro en el 73 y ella nunca se lo había podido devolver. Nunca me animé a preguntarle cuál había sido exactamente la relación entre ellos, Diana tampoco se ofreció a explicar y, de todos modos, después de aquel sábado ya no había manera de averiguar. Así que mi libro era una pequeña pieza de la historia nacional, un eslabón entre el Mayo francés y las miserias políticas nacionales, un recuerdo de alguien que, como yo para mi familia, era a la vez orgullo y mancha. Por suerte Andrea finalmente no llamó para pedir el diccionario. En realidad no me gusta mucho prestar libros.
Yo ya me había olvidado de todo esto, así que cuando Andrea me saludó amistosamente por teléfono me llevó unos segundos reaccionar. Me preguntó cómo andaba, si había conseguido otro trabajo, y otras pavadas más mientras yo pensaba para qué me habría llamado realmente. Y finalmente llegó el pedido. ¿Nos podríamos reunir a tomar un café alguna tarde? Pensé que si decía que no Andrea iba a volver a insistir —era una chica muy trabajadora—, así que pensé que era mejor sacármela de encima rápido.
Pasaron seis meses entre aquel café y mi partida para Londres, pero en mi memoria ese período a veces lleva años y a veces un día. Del café fuimos a la pensión (Andrea insistió en pasar a ver el diccionario y conocer a mi gato). A la semana pasaba por ahí y le trajo un ratón peludo a cuerda a Jerónimo. Volvió a llamar en unos días para invitarme al cine. La modestia del físico de Andrea contrastaba con la opulencia campesina de Dolores, pero las dos compartían el mismo respeto por el silencio. Si bien Andrea parecía bastante determinada a que nuestra relación pasara a planos más íntimos, nunca me abrumó con planteos o explicaciones. Ejercía su presión a través de la presencia, como alguien que lucha contra la indiferencia implacable de la burocracia yendo todos los días a la misma oficina pública a preguntar si ya llegó el expediente.
Y dio resultado. Se quedó a dormir una noche, más o menos al mes de aquel primer café. Por suerte ella parecía tener algo de experiencia, así que la dejé hacer. Tenía unos pechos pequeñísimos que casi desaparecían cuando se acostaba de espaldas. Recuerdo deslizar mis labios sobre ese pecho chato buscando un pezón como los cachorros sobre esos vientres lisos, salpicados de pequeñas tetillas como verrugas. Quizás si la hubiese amado los veintidós años de espera hubieran valido la pena. La memoria más duradera de esa noche es la de otro cuerpo junto al mío, del calor de un abrazo. Esa noche dejó sentadas dos cosas para siempre: que nunca podría vivir demasiado tiempo solo, y que no necesitaba amar para poder mantener una relación.
Fui a la facultad unos diez minutos antes de que terminara el teórico de Maure. Me invitó a pasar a la sala de profesores. Nos sentamos en esos sillones enormes que debían haber pasado de un edificio público a otro innumerables veces, y que tenían el cuero opaco y desgarrado como la corteza de un pan. A Maure le habían pedido que recomendase a dos personas para un trabajo en Cancillería y un posible traslado en un tiempo a la embajada argentina en Londres. Como estaban las cosas, querían a alguien serio y eficiente sin compromisos políticos. “Usted no anda metido en nada, Fossatti, ¿no? No es que me importe, pero usted sabe, va a haber averiguación de antecedentes”. Le confirmé que eso no me preocupaba, le agradecí el ofrecimiento y me fui con una tarjeta con el nombre de un coronel retirado en letritas doradas en relieve.
Después de una entrevista un tanto incómoda con tres militares y una empleada con cara de personaje de historieta de los años 30 (pelito engominado, anteojos negros de marco grueso y un trajecito gris ajustado alrededor de una cintura desproporcionadamente pequeña) y de una espera de una semana para averiguación de antecedentes, me ofrecieron doce horas de clase semanales en la Cancillería además de una cantidad interesante de documentación para traducir. También vino la propuesta de un trabajo full-time en Londres, en la embajada argentina, a partir de diciembre o enero de ese año como fecha máxima. No le dije nada a Andrea, que había empezado a dejar caer comentarios aislados e indirectos que apuntaban a compartir residencia. A los dos meses de aquella noche, ya nos veíamos casi todos los días en algún momento, y la única excusa para la cual ella no encontraba alguna solución era la de estudiar. Y como ya se acercaba la fecha de mis dos últimos finales, pude empezar a espaciar las visitas.
La idea de ir a Londres era algo con lo que yo fantaseaba desde la época de la McDougal, claro que el Londres que aún imaginaba tenía más que ver con Oliver Twist que con los Beatles. Empecé a comprar libros y mapas, hasta me estudié los planitos coloridos de subtes y trenes. Entraba por lo menos a una agencia de viajes por semana con algún inventado proyecto de viaje y salía con los bolsillos llenos de folletos y a veces hasta un afiche.
Quizás lo más importante del ofrecimiento de Cancillería fue comprobar que no había registro de lo que había pasado aquel sábado en el café. Como yo nunca había averiguado nada, no estaba muy seguro de que alguien hubiese hecho algún comentario, o inventado algo para comprometerme. La semana que duró la averiguación de antecedentes la pasé casi toda encerrado en la pensión. Andrea leyó el miedo como pasión y yo encontré un atributo del sexo que me iba a servir mucho en mi vida, el sopor de ese orgasmo en compañía, tanto más efectivo que la soledad de la masturbación. El sentido de la descarga que alguien recoge, la ilusión de entrega, la gratitud inesperada por un acto puramente egoísta redimen al sexo de la mera funcionalidad y lo elevan a la reconfortante si falsa categoría de placer compartido. La adrenalina y el éxtasis de tirarse al vacío con la garantía de que cuando empieza el miedo real siempre habrá algo que nos amortigua. Yo no podía confiar, ni siquiera en mí. Sólo me podía dejar caer, como hacían algunos cantantes de rock, sobre ese público fiel, alguien a quien no me ataran las desconfianzas y las mezquindades del amor, alguien que para mí fuera sólo brazos, sólo cuerpo, sólo red. Lo único que iba a complicar estas relaciones a lo largo de mi vida era que siempre, obstinadamente, ellas me iban a amar.
Después de esa semana de reclusión digna del cine francés, se calmó mi ansiedad, y mis energías, como ya expliqué, se volcaron a organizar mi partida. Mi relación con Andrea, ahora más que nunca in absentia emocional de mi parte, mejoraba diariamente. Es decir, eso decía la alegría de Andrea, sus planes para una mudanza y un ligero cambio de tonos en su ropa, blusas rosa y verdes pastel que parecían casi fosforescentes contra los grises y marrones adormecidos de la pensión.
Cuando faltaban dos meses para mis dos exámenes finales y tres para mi partida, Andrea ya estaba casi mudada a la pensión. Cancillería ya había empezado el papelerío y en unas semanas iba a venir un secretario de Londres con el que iba a tener una entrevista. Yo caminaba por las calles como un fantasma, ya me había ido. Miraba la pirámide de mayo y veía a Nelson; sólo los taxis que me frenaban dos por tres en los talones y me sacaban de mi ensoñación con esas suculentas, hiperbólicas puteadas porteñas, me recordaban que todavía estaba de este lado del Atlántico.
Una tarde llegué a casa y la encontré a Andrea acostada en la cama, con las sábanas hasta el cuello, los ojos hinchados y unas manitos que le asomaban sobre el borde de las sábanas sujetando un pañuelo abollado en un puño, como una nenita tuberculosa. Le faltaba el moño desgarbado de raso blanco en la cabeza.
—¿Te engripaste?
Después de las convulsiones de un llanto que mandó a Jerónimo abajo de una pila de ropa en un rincón, Andrea me explicó lo que pasaba. No sólo me explicó, sino que me mostró. En el inodoro había una mancha sanguinolenta que iba chorreando lentamente, pegajosa, hacia el pequeño dique que la llevaría a la cloaca. En el centro había un pequeño bulto blanquecino, que apenas se distinguía bajo la gelatina roja que lo cubría. Andrea, entre sollozos y abrazos, me pedía perdón por no haberme dicho antes, perdón por perderlo, por causarme dolor, y usó la palabra hijo. El agua que perdía el inodoro iba haciendo pequeños surcos en el centro de la masa roja y todo cambiaba lentamente como en una lámpara de lava. Si lo dejábamos toda la noche seguramente todo se habría resbalado y desaparecido a la mañana. Yo seguía mirando fascinado mientras abrazaba a Andrea, que temblaba y me decía que todo iba a estar bien. Lentamente la llevé a la cama y se volvió a acostar. Me ofrecí a llevarla a un hospital y dijo que ya había hablado con el médico y que iba a ir mañana, que si no tenía hemorragias fuertes estaba bien. Le hice un té y le di un beso en la frente, justo donde iba el moño de raso blanco, y me acosté al lado de ella hasta que se durmió.
Después volví al baño. Ya había caído más agua y el glóbulo blanquecino se veía más claro. No tenía forma, una especie de coágulo más grande. No era más humano que un pedazo de uña o un diente de leche. No era nada por lo que hubiera que pedir perdón. Eso no era el hijo de nadie. Tiré de la cadena oxidada y bajé la tapa de madera; antes cerré la puerta para que Andrea no se despertara.
Durante las semanas que siguieron, Andrea interpretó mi silencio como dolor y mi indiferencia como perdón por cualquiera que fuese el pecado que ella creía haber cometido. Es sorprendente lo poco que la mayoría de la gente necesita para satisfacer sus deseos. Un mínimo bosquejo alcanza para construir escenarios de la complejidad de un Bosco. Quizás es sólo aparecer en el momento en que alguien necesita verse en un espejo, el viejo síndrome de la madrastra de Blancanieves; sólo que, a diferencia del cuento, los espejos de esas almas hambrientas no suelen rebelarse y decir la verdad. Así que por un mes más seguí reflejando al enamorado melancólico que Andrea siempre había visto en mí.
Aun cuando le planteé, como algo nuevo, el ofrecimiento de Cancillería, sin asomo de sugerencia de ir juntos, no pudo ver más allá de algún elaborado plan del destino que hacía que todo hubiese sido para bien. Y así, enredada en esa nebulosa mezcla de determinismo medieval y cuento de hadas, Andrea salió de mi vida como había entrado, sin mayores agitaciones. Su cara fue lo último que vi desde la puerta de embarque. Una sonrisa amplia de esperanzas de llamadas y postales y un posible final feliz a una historia que yo ya había empezado a olvidar.
La entrevista con el secretario de la embajada en Cancillería había sido bastante más agradable que la anterior. Carlos Malbré había trabajado en la embajada desde 1970. Mi trabajo iba a consistir en traducir documentación y hacer trabajos de interpretación sucesiva y simultánea en reuniones gubernamentales y sociales. Una “gauchada” adicional que se me iba a pedir era que ayudase a la familia del embajador con el inglés. “Unas clases, si hace falta, o alguna ayuda a los hijos con la tarea del colegio. No mucho, todos hablan bastante bien, las nenas iban acá a uno de esos colegios privados pitucos”. Le dije que no había problema. La embajada me alquilaba un departamento a unas pocas cuadras y se encargaba del pago de todos los servicios, excepto del teléfono. A veces había trabajo los fines de semana, pero también iba a haber días en los que sólo tendría que trabajar unas horas, o podría tener el día libre, así que se compensaba. Vacaciones ya iba a ser más complicado y lo iba a tener que arreglar allá. Es decir, si quería venir a Buenos Aires, porque escapadas al otro lado del charco me podía hacer en un fin de semana. La idea de un sábado en un café de París o Ámsterdam era algo en lo que ya había pensado, o más bien, como dicen los ingleses, “toyed with”. No “played”, no meramente “jugado”, sino el objeto hecho verbo, algo cercano a los ecos casi eróticos de “jugueteado”. Y ahora Malbré me decía que era posible.
Mi familia tomó mi partida con una alegría casi culposa, como si se los aliviara de un deseo mucho más oscuro. Yo desaparecía, pero de una manera más temporaria y cercana a sus fantasías de prosperidad que la única solución que les era posible desear si me quedaba en la Argentina. La muerte de un hijo puede tomar muchas formas y, al contrario de lo que sugiere el folklore popular, no es siempre lo peor que puede pasarle a alguien.
Londres fue todo lo que yo esperaba y más. Iba a viajar mucho el resto de mi vida, pero aunque no sabía esto entonces, sí sabía que nada que viera después de Londres me iba a gustar tanto; una de esas intuiciones, como sabía la desdichada de Andrea que nunca iba a volver a amar a nadie como a mí. Mi vida en Londres era tranquila y dulcemente monótona. A los pocos meses ya vivía con Stella, una estudiante de The Royal Academy of Arts que conocí una tarde en la Tate. Una chica brillante que había conseguido una de las escasas becas disponibles. Durante ese período adopté mi segundo gato, un animal taciturno y con bastante mal genio que no respondía nunca al nombre de Occam.
Poca gente sabía o imaginaba que era argentino, así que la ola de vergüenza que se desató con los juicios a los militares de la dictadura me pasó por arriba. La relación con Stella duró tres años, y quizás hubiese durado más si yo no me hubiese negado a acompañarla a Japón. La gente como Stella debería jugar siempre a la lotería, porque más allá del talento se sabe que en esto de las becas juegan muchas cosas. Y no me refiero a quién se conoce o si uno da justo el perfil que se busca, hablo de algo más sutil, a la aguja de un imán que frente a dos casos casi iguales tiembla y se lanza a un lado como si hubiera un fundamento real. Stella era siempre el polo norte, con su cabello paje y sus ojos enormes, con esa delgadez tuberculosa que evocaba a la vez a las inválidas victorianas y las niñitas sensuales de los daguerrotipos perversos de Lewis Carroll. Muchos, muchísimos años después, cuando yo ya vivía aquí en Estados Unidos, me la encontré en el MoMA. El mismo pelo, ahora canoso, la misma elegante delgadez enfundada en un abrigo holgado de tweed y gamuza. Viajaba a Washington al día siguiente. Una scholarship del Smithsoniano para un trabajo de investigación sobre la pintura de los esclavos durante la Guerra de Secesión.
Inglaterra fue el lugar donde viví más tiempo, a menos que llegue a los noventa, cosa que no creo. Y fue también el lugar donde viví más cómodo. Incluso durante esos horribles meses en los que se me acusó de haber sido instrumental en el hundimiento del Belgrano colaborando con el servicio de inteligencia. Por suerte mi período de luminaria a la James Bond fue breve y todo se calmó bastante pronto. Igual, pasé un año y algo en el consulado argentino en Ginebra y luego decidí mudarme a Gales para trabajar para una pequeña editorial en Aberystwyth, cerca de la costa oeste, mientras seguía haciendo traducciones para Cancillería. Allí conocí a Gwyneth, mi esposa de veinte años, a la que enterré hace dos meses. No tuvimos hijos, sólo varios gatos, dos de los cuales todavía me acompañan.
A veces extraño el calor del pequeño cuerpo de Gwyn a la noche, aunque acá en la Florida, para ser honesto, calor es lo que sobra. Cada mes mando un artículo sobre algún tema local al Western Mail, el diario de mayor difusión en Gales, y también tengo una columna sindicada en otros cuantos diarios galeses, y con eso y la jubilación de Cancillería me las arreglo bastante bien.
Empecé varias veces a escribir mis memorias, pero siempre parecen más un diario de viajes que el relato de una vida, y siempre llego más o menos hasta acá. Quizás está bien que así sea. Quizás lo más importante no se pueda escribir y sólo pueda expresarse en algún desgarrador grito atávico, como el maullido ahogado de Jerónimo en la humedad helada de la pensión Broadway.
- El intérprete - sábado 5 de octubre de 2024


