La hora del recreo era uno de los momentos más esperados. Después de exprimirnos las meninges con problemas matemáticos, sucesiones interminables de fechas históricas, capital y cultura de cada país del mundo y muchas cosas más, sonaba la campanilla, las puertas de los salones se abrían y ¡todo el mundo afuera! El patio de la escuela se llenaba de gurises a los gritos, se oían risas, unos corrían jugando a la mancha, otros buscaban el mejor lugar para no ser descubiertos durante la escondida, algunos, munidos de cinco piedritas más o menos redondeadas, se sentaban en cualquier lado y se ponían a jugar al puente. Las nenas más chicas hacían rondas cantando “a la rueda rueda...” o la historia de una farolera que se enamoró de un coronel...
Pero los intrépidos muchachuelos y las mozuelas más temerarias recorríamos el patio buscando adhesiones para el Ese Ese.
Interesante juego resultó el Ese Ese. Quién sabe cómo llegó al pueblito. Quizás bajó del ómnibus en el bolso de alguno de los hijos de bancarios, de regreso de la colonia de vacaciones... O quizás acompañó a alguno de los tantos niños y adolescentes de la ciudad que iban al pueblo a visitar a parientes. El asunto es que ese jueguito empezó a hacer furor. Era la gran ocasión para transgredir.
Los interesados se colocaban, uno al lado del otro, contra el muro. El juego era a rotación, uno de los compañeros miraba hacia los del muro y le tapaba los ojos con una mano al que jugaba, que les daba la espalda. Ahí empezaban las risitas, los murmullos, secretos al oído de la compañera de al lado...
“Ese, ese, ese, ese”, empezaba el que dirigía el juego, una mano sobre los ojos del jugador y la otra señalando uno por uno a los compañeros apoyados al murito. Cada “ese” era uno de ellos.
¡Qué momento crucial! ¡Qué nervios! Cuando el vendado detenía la cuenta diciendo “¡Ese!” tenía que decidir entre “¿beso, abrazo o caricia?” y dirigirse hacia el que le tocó en suerte para cumplir con lo elegido. Con el tiempo la picardía llevó a agregar una opción, “cachetada”, que se usaba mucho contra quien no nos gustaba o, al contrario, con quien nos hacía latir el corazón. Se sabe que a una cierta edad se disimula el hecho de gustar de alguien tratándolo mal.
El que dirigía el juego tenía el destino de todos en la mano. Si era una amiga le pedíamos que nos apretara los ojos cuando llegaba el que nos gustaba, así podíamos decidir con seguridad. Era muy gracioso cuando llegaba el momento de besar (en una mejilla, por supuesto) o de abrazar (estirando los brazos desde medio metro de distancia) y la persona elegida no quería. ¡Cuántas persecuciones por todo el patio detrás del desafortunado! El resto del grupo se desternillaba de risa observando la escena. Por supuesto, no todos los que contaban “arreglaban” el resultado, la mayoría eran imparciales.
Cuando todo volvía a su cauce se proseguía con el juego. Cuando tocaba la caricia era un gesto tan leve que en general se elegía para no comprometerse.
Pensándolo ahora, estoy casi segura de que los que jugábamos éramos todos compañeros de la misma clase, quizás alguno de una clase más baja, seguramente casi nadie mayor que nosotros. Curioso, ¿no? A esa edad los que tenían un año más o menos eran o “grandes” o “chicos” para nosotros.
El que no quería arriesgarse se ofrecía siempre para cubrirles los ojos a los jugadores. Algunos, por lo general varones, eran bastante sádicos cuando se trataba de engañar al desprevenido, varón o mujer que fuere. Conociendo algunas antipatías, el despiadado director del juego (llamémoslo así) hacía señales erradas a propósito, y ahí el jugador, enojado y a regañadientes, se veía obligado a respetar las reglas.
Llegaba la hora de la campanilla y todos de vuelta al aula. Muchos alegres, otros menos por no haber logrado un acercamiento a la persona esperada. Era la edad en la que se insinuaban preferencias, se asomaban los primeros amores, los tímidos se volvían más tímidos y los extrovertidos se hacían aún más osados.
En la clase volvíamos a ser los compañeros de siempre, dispuestos a negar todo en un santiamén.
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