El sicario del Sacromonte
Jaime Molina García
Novela
Aliar Ediciones
Granada (España), 2024
ISBN: 978-84-10374-47-8
294 páginas
“Son las cinco de la tarde y en esta ciudad, seguramente en cualquier ciudad ociosa y consentida, a esa hora o das una conferencia o te la dan”. Así empieza el filósofo invitado al Ateneo su discurso artificiosamente espontáneo, se nota que ha ensayado ese chascarrillo de inicio para ganarse el favor de la audiencia, que no digan que es un individuo aburrido sin sentido del humor a pesar de que el tema que se tratará a continuación es arduo y mal anfitrión de bromas y frivolidades.
“¿Cuándo matar al padre?” se titula el ciclo de charlas patrocinado por una cadena de electrodomésticos local como si semejante cronología pudiera tratarse en comité de sabios, algunos padres y otros no.
Arranca el ponente con una serie de citas previsibles y un tanto manidas, que si Freud, que si Dostoievski, que si Albert Camus. “Este mató más a la madre que al padre en la ficción, aunque luego en el día a día la quisiera bastante ya estuviera ella muerta o viva, cosas del simbolismo y la metaliteratura”.
Los presentes bostezan disimuladamente como se espera que haga esa clase de público tan docto como envilecido (al fin y al cabo están allí por ser parricidas potenciales aun en el plano estrictamente teórico), no parece que el busto parlante haya escogido un enfoque innovador o divertido o irreverente, se ciñe a lo de siempre quizá porque no hay más que lo de siempre, sea en estas lides intelectuales del crimen, sea en cualesquiera otras. Campos trillados generación tras generación. Un padre no se libra de ser también un hijo por mucho que lo desee.
—Matar al padre —entra de lleno el ponente en el meollo de la cuestión—, matarse selectivamente a uno mismo para extirpar de cuajo la parte heredada que tanto se odia, ese cáncer con metástasis que se hará dominante si se le permite crecer y que al final corromperá por completo al ser nuevo para que la rueda siga girando y un hijo de puta geste a otro hijo de puta. Spoiler: sale mal —añade usando un lenguaje coloquial y juvenil restando trascendencia a lo que acaba de soltar. Silencio en la sala.
Se abre el turno de preguntas. Una de las asistentes alza el brazo solicitando el uso de la palabra. Se le concede de inmediato. Lanza una pregunta inverosímil, extemporánea, y el público comienza a murmurar. Sin embargo, el conferenciante le responde con aplomo e ingenio, obviando lo inverosímil de la interrupción. Risas y aplausos.
A unas cuantas ciudades de allí dos hombres separados por kilómetros, dolores y deudas pendientes miran a la vez sus reflejos. Uno frente al espejo y el otro sobre un cuchillo de acero que actúa cual magdalena imantada de Proust atrayendo recuerdos y desgracias. Ambos se odian mutuamente tanto como a sí mismos aunque esto segundo sólo lo intuyan, a lo mejor ni eso. El tipo del espejo pronto será libre de nuevo, el del cuchillo es su hijo.
***
Una nave en un polígono a las afueras nunca está exenta de peligro. Era pequeña y por dentro presentaba un aspecto abandonado: unas pocas estanterías vacías, restos de otras vidas, olor a viejo de los antiguos propietarios. La suciedad de las ventanas llamó la atención de Lucas. Apenas entraba luz en esa oficina en desuso. Eso no impidió que viera a Matías atado a una silla, duramente golpeado, con restos de sangre seca en la cara. Jaime, el gitano, deslizó un machete encima de la mesa, y Lucas miró con desconcierto el rastro que dejó en el polvo. Se resistía a cogerlo. Jaime forzó la situación, estaba allí para hacerlo, así que lo tentó:
—Te pagaré bien —le aseguró.
Lucas negó con la cabeza, por dentro estaba horrorizado. Jaime mantuvo su estrategia de persuasión para tratar de convencerlo:
—Tú tienes lo que hay que tener, lo noto. Y necesitas parné, eso está claro.
Lucas extendió la mano indeciso, el machete lo estaba esperando. Se sentía confuso, más que nunca. La duda y el miedo lo retuvieron y retiró la mano. ¿Iba a ser un cobarde toda la vida? Jaime cogió el machete por la hoja para que Lucas lo tomara por el puño. Éste lo hizo sin convicción, como un autómata. Lucas miró su mano. Temblaba. Matías suplicaba. Todo se confundía con esa respiración tan fuerte. Apretó el machete y miró al prisionero, su gesto horrorizado. Jaime lo cogió de la cabeza, estiró su cuello y se lo ofreció como una recompensa.
—Quiero que mires a este desgraciado.
Lucas así lo hizo, miró. Pero sólo escuchaba su súplica:
—Por favor, dejadme marchar —rogaba una y otra vez, como una letanía.
Pobre iluso. Lucas empuñó el cuchillo con decisión. Con más fuerza de la que esperaba. Jaime soltó la cabellera de Matías con brusquedad y se volvió hacia Lucas con un gesto perentorio. El cautivo lloraba cada vez más fuerte. Lucas puso el machete en su cuello, en cuya hoja sucia no se reflejaba el miedo, como si se sintiera seguro de sí mismo. O eso pensó hasta que volvió a ver su mano trémula. El gitano puso su mano sobre la de Lucas para aplacar su tembleque y le susurró unas palabras al oído. Los lamentos de Matías seguían resonando como un ruido de fondo, pero Lucas ya no los oía.
***
Lucas aparcó su moto en la misma farola de siempre. Se quitó el casco, mostrando su cara de hastío. Atravesó la puerta del bar donde trabajaba, dejando atrás el recuerdo del mismo cartel: Bar Candela. Un letrero sin pretensiones, sin luces de neón. Sólo letras negras sobre fondo blanco, lo cual podía ser achacado tanto a una falta de estilo como a una pretendida simplicidad. Todo era viejo, allí no había pasado el tiempo desde hacía cuarenta años: los mismos rayones y desconchones en las mesas, sillas cojas, serrín en el suelo revuelto con servilletas de papel usadas. La decoración la componían fotografías con plantillas de futbolistas, carteles antiguos de ferias o de espectáculos taurinos que Ramón, el dueño del bar, se negaba a cambiar y que cayeran en el olvido. Y es que, desde que abrió el negocio, se sentía más seguro haciendo las cosas tal y como las había aprendido, resistiéndose ante cualquier amago de novedad o cambio que no viera claramente justificado para mejorar los beneficios.
Al ver entrar a Lucas, lo saludó con un gesto parco, le dejó su lugar en la barra y se metió en la cocina. Uno de los clientes habituales, Jesule, gitano a mucha honra, aprovechó que el jefe no estaba a la vista para abordar al joven, que todavía llevaba el casco amarrado a su antebrazo:
—Quillo, échale un chorro de coñá al café, que está muy caliente.
Acostumbrado a este tipo de peticiones, Lucas agarró la botella de coñac y llenó de ilusión a esa taza, contentando a ese cliente de toda la vida. Cuando alzó la mirada, apareció en su radar Kavi, un chaval que se pasaba el día holgazaneando por el barrio y que se había subido en su moto como si se tratara de una atracción de feria. Lucas dejó la botella dando un golpe seco sobre la barra, saltó por encima de ésta y salió escopetado a por el mocoso. Al oírlo, Ramón se asomó por la ventana de la cocina, con cara de asombro.
No soportaba que le tocaran la moto y aquel niño tenía sus manos sucias agarrando el manillar, al tiempo que daba culetazos sobre el asiento, simulando un buen viaje.
—¡Eh, tú! Baja de ahí.
Lucas agarró el brazo de Kavi y tiró de él con fuerza. Lo suficiente como para bajarlo de la moto.
—¡Te he dicho mil veces que mi moto no es un juguete!
—¡Déjame, o te rajo las ruedas! Lucas soltó su brazo.
—Si me vuelves a tocar la moto, seré yo quien te raje a ti, ¿estamos? —dijo Lucas, mirándolo con fiereza.
Kavi salió corriendo y, cuando estuvo a una distancia que consideró segura, le dedicó a Lucas un gesto bastante grosero. Más calmado, volvió a entrar al bar y, nada más hacerlo, pudo comprobar cómo Ramón lo miraba con desaprobación.
—¿Quién te ha dado permiso para salir?
—¡No quería que ese mocoso me estropeara la moto! —exclamó Lucas, harto de justificarse.
Ramón iba a replicar algo, pero se mordió la lengua, suspiró y volvió a lo suyo.
—¡Qué malaje el payo! ¿Tú no has hecho nunca cosas así de niño? —preguntó Jesule, sin resistirse a dar su valoración de lo ocurrido.
Lucas reprochó aquella intromisión con una mirada reprobatoria, pero prefirió guardar silencio para no perder su escasa energía. Limpiar la vajilla era lo único que podía entretenerle, así que se aplicó a enjuagar platos, tazas y cubiertos y meterlos en el lavaplatos. Se quedó abstraído mirando un cuchillo y se vio obligado a recordar cuando era un niño.
En la casa de su infancia, alineaba en su memoria los muebles desnivelados de la cocina, mientras su padre, Augusto, demostraba su dictadura sobre el cuerpo de su madre, dándole golpes inmerecidos hasta que logró tirarla al suelo, arreándole una patada en el estómago. Lucas, con la protección frágil de un niño, tironeó de la camisa de su padre.
—¡Déjala, déjala! —salieron esas palabras de la boca del pequeño, con la intención inútil del que menos fuerza tiene.
—Aparta, mocoso.
Augusto lo empujó, lanzándolo contra la pared. Mercedes se levantó con el instinto de un animal herido que quiere proteger a su cachorro, cueste lo que cueste, abrazándolo para evitar los golpes. Prefería mil veces que se los dieran a ella. Augusto soltó un bufido y se marchó de la cocina lanzando un grito de rabia. Mercedes intentó tranquilizar a Lucas mirándolo con ternura, y sintió cómo su hijo se abrazaba a su cuello.
—¿Te has quedado dormido o qué? —le preguntó Jesule.
Lucas salió de su ensimismamiento y miró al parroquiano con gesto distraído.
—No, ¿qué quieres?
—Ponme otro carajillo, pero esta vez que esté más cargado.
—¿Más cargado de café o de coñac?
—Qué gracioso. ¿Tú qué crees?
Lucas se secó las manos con un trapo de cocina, sacó el cargador de café de la cafetera, tiró los restos en un cajón y rellenó el hueco con café molido.
***
Augusto había visto pasar gran parte de su vida en esa cárcel. Le brindaron la oportunidad, al poco tiempo de llegar, de redimirse de sus fechorías trabajando y, como le reducían tiempo de su condena, decidió que cualquier cosa valdría la pena si podía salir antes de aquel agujero, algo que estaba a punto de suceder, pues en unos pocos días lo pondrían de nuevo en la calle.
Durante el último mes, su cometido era tirar de un carro de ropa sucia, siempre haciendo la misma ruta. Le sacaba de quicio el chirriar de las ruedas, pero era mejor no pensarlo demasiado para que la irritación no saboteara un buen día. Ese sonido metálico sólo duraba hasta que las ruedas del carro tocaban el suelo de la lavandería, uniforme y pulido, apto para amortiguar ese suplicio. Augusto le hizo una seña a Kike, uno de los reclusos, para dirigirse a la zona en la que la cámara no los vigilaba. Una vez allí, sacó un paquete de entre la ropa sucia, mientras no quitaba ojo a dos funcionarios que rondaban el área vigilando a los presos.
—¿Es todo? —preguntó Kike.
—Sí. Ahora dame lo mío.
Kike le entregó un papel con una dirección anotada.
—Ve a este sitio y pregunta por el encargado. Dile que vas a recoger el pedido de tu primo Kike.
Se estaba guardando el papel cuando un funcionario pasó junto a ellos.
—¡Menos cháchara y a trabajar!
Augusto no soportaba según qué órdenes. La voz intransigente de un guardia podía ponerlo alerta y hacerle perder la calma; pero, en ese momento, la mantuvo. No perdió de vista su objetivo en ningún momento. Puso la ropa sucia en la lavadora y volvió a empujar el carro hacia la salida. Al pasar junto a Kike señaló el paquete oculto entre la pila de sábanas.
—Es mi herencia. No la dilapides el primer día, cabronazo.
—Descuida, la meteré en el banco.
Augusto continuó su camino mientras Kike, tras comprobar que nadie lo observaba, abrió el paquete: un teléfono móvil y una cajetilla de tabaco de la que extrajo unas cuchillas afiladas. Sonrió expectante, impaciente. Desmontó el móvil. Una papelina de cocaína.
—¡Qué grande eres! —dijo para sí, con una enorme sonrisa.
***
En cuanto se enfundó en sus vaqueros, Augusto volvió a sentirse de nuevo él mismo. El sonido de la reja al abrirse le confirmó que su momento había llegado. Siguió al guardia hasta el mostrador, donde un funcionario comenzó con la gestión deseada.
—¿Nombre?
—Augusto Peregrina.
El funcionario buscó el expediente en el ordenador y, tras comprobar unos datos, hizo un gesto con la mano y dijo:
—Espera aquí un momento.
—Descuida, no pienso volver a entrar.
El funcionario permaneció con el rostro imperturbable y se dirigió al almacén, de donde salió al cabo de un minuto con una caja de cartón. La dejó sobre el mostrador. Para Augusto no existía nada más que esa caja: sus pertenencias, sus retazos de una vida pasada.
—Aquí tienes tus objetos personales. Comprueba que no te falta nada.
Augusto comenzó a extraer sus posesiones, algunas de las cuales ya no recordaba que existían: un billetero de piel, un mechero cromado, un reloj de pulsera chapado en oro y un móvil antiguo. Lo metió todo en su bolsa de deporte y cerró la cremallera. Apenas le había dado tiempo a deleitarse con el tacto de cada objeto cuando el funcionario le extendió el formulario.
—Firma aquí.
Llegó el momento deseado, o no tanto, dependía de la ocasión, pero aquel día estaba melancólico minutos antes de cruzar la verja que lo separaba del mundo exterior. Un mundo que, de repente, se le antojó extraño y lejano. Su respiración agitada así lo indicaba. Al salir a la calle sintió un ataque de ansiedad y dejó caer la bolsa al suelo. Apoyó una mano sobre la pared. No tener sus emociones controladas taladraba su mente. Al verlo, una mujer se acercó hasta él cautelosamente.
—¿Se encuentra bien?
La pregunta bienintencionada de la mujer sólo logró enervar a Augusto, que reaccionó como si le hubieran clavado un alfiler.
—Métase en sus asuntos, señora.
—Sólo trataba de ser amable.
—He resistido quince años sin que nadie me compadezca.
La mujer reanudó su marcha acelerando el paso, con gesto asustado. Augusto trató de mantener su ansiedad a raya. Esa debilidad no debía formar parte de él. Ni esa debilidad ni ninguna. Tenía asuntos que resolver. Trató de acompasar su respiración y comenzó a caminar. Miró de soslayo hacia un coche recién aparcado y distinguió una familia con una madre y un niño de diez años. No se detuvo. Sabía que no había venido nadie a esperarlo, así que siguió caminando hacia la parada del autobús.
Una vez sentado en el vehículo, Augusto comenzó a mirar ensimismado el paisaje. Observó con cuidado cada detalle que le llamaba la atención, sobre todo los modelos de coches nuevos, los edificios modernos y los carteles publicitarios. Intentó perderse entre las caras de la gente, pero nada llamó particularmente su atención, hasta que vio a aquella señora gorda y vieja subir al autobús. Ésta recorrió el pasillo bamboleándose de un lado a otro, por lo que su orondo cuerpo chocaba contra los demás viajeros. Antes de llegar a donde Augusto se encontraba, el chaval que iba a su lado le cedió el asiento a la anciana, obligando a Augusto a cerrar sus piernas abiertas, cosa que le molestó. Para su sorpresa, detrás de la señora caminaba una chavala de veinte años con un cuerpo de escándalo. Esa sí que le hubiera gustado que ocupara ese asiento en vez de la ballena. Como eso no iba a ser posible, decidió mirarla descaradamente.
—A esa no le sobran los michelines, ¿verdad, señora?
La anciana lo miró, mostrando su desprecio. No abrió la boca. Augusto continuó con su discurso, a sabiendas de que la mujer no quería escucharlo.
—No lo decía por usted, claro. Seguro que en otro tiempo usted también volvía las miradas.
La anciana decidió quitarse de su lado, visiblemente molesta. Se levantó con movimientos torpes y buscó un asiento unas filas más atrás. Augusto, a sus anchas, abrió sus piernas de nuevo. Giró su cuerpo y miró sin disimulo a la muchacha, que se dio cuenta y lo retó con un gesto desafiante. Él sostuvo su mirada con insolencia, consciente de que no tenía nada que perder. Sintió la repulsión con que la muchacha le sostenía la mirada hasta que, para evitar un conflicto, decidió ignorarlo y apartó la vista. Augusto prefirió no tensar la cuerda; acababa de salir de la trena y no era plan de crear un problema tan pronto, así que se centró de nuevo en el paisaje de la ciudad que se extendía ante él y que se le hacía más extraña de lo que había podido imaginar.
- Bautizo de sangre
(fragmento del primer capítulo de El sicario del Sacromonte, de Jaime Molina García) - lunes 28 de octubre de 2024



