Para Zenón Eloy Chávez Zegarra
Aunque había cumplido ochenta y nueve años en agosto, no fue sino hasta el día en que volvió a ver a su hijo que sintió que su senectud se tornó desgraciada.
Desde aquel día, tomó plena conciencia de la lentitud y pesadez de sus pasos, de los temblores que dominaban sus manos y de que había perdido, sin darse cuenta, la capacidad de controlar incluso sus emociones más leves.
A veces, por ejemplo, se sorprendía a sí mismo con un nudo en la garganta que antes bien hubiera podido controlar forzándose a pensar en otra cosa, y que ahora —por estar “desgraciadamente viejo”, según decía— no tardaba en convertirse en llanto.
El problema, decía para sí mismo, disimulando el temblor de sus manos, no era que estuviera viejo. Viejo era desde hace más de veinte años, y siempre había considerado su edad provecta como una suerte de presea que podía lucir frente a los más jóvenes. El problema, entonces —cavilaba—, era el carácter desgraciado que había adquirido su vejez, de pronto, la tarde en que volvió a ver a su hijo.
La ciudad no era la misma, qué duda cabe. Los años habían pasado cubriendo de cemento las calles y distorsionando la distribución de las arterias de la ciudad, otrora comparable a un tablero de ajedrez.
Don Francisco Chávarry, sin embargo, gustaba de imaginar que nada había cambiado. Mientras caminaba por el antiguo jirón El Comercio, soñaba despierto que el viento se llevaba el presente. Entonces, transportado por su imaginación a días pasados, encendía un cigarrillo y tarareaba viejas canciones que apenas recordaba.
La tarde del diecisiete de diciembre, antes de volver a ver a su hijo, caminó, como siempre, fingiendo tener prisa para no detenerse a conversar con nadie. Sólo se detuvo en una tiendecita para comprar dos cigarrillos. Se los fumó sin pausa y, conforme se acercaba a la casa de Armando, su hijo, se le agigantaba en el pecho una opresión que sólo al estar frente a él encontró explicación.
Cuando se abrió la puerta, don Francisco, intentando aparentar serenidad, sonreía sin motivo.
—¿Dónde está mi Armando? —preguntó.
—Pase, pase, don Panchito. Está adentro, en su cuartito.
¡Jodida vida!, se decía don Francisco. En otros tiempos, mi Armando hubiera salido él mismo a recibirme. Con su cara de serio, seguramente, pero no hubiera permitido que nadie más me abriera la puerta. Así era él, brindaba mucha importancia a las pequeñas cosas, a los detalles y atenciones con la familia y los amigos. Imagino que ahora debe sentir una frustración sin nombre.
Cuando entró en la pequeña habitación que su nuera había acondicionado para Armando, don Francisco tenía una palidez inefable. Las manos le temblaron como nunca antes, el corazón se le empequeñeció y el alma se le escapó sin remedio por quién sabe qué caminos sin retorno.
En la cama, postrado, Armando se esforzó para esbozar una sonrisa.
Luego, padre e hijo contuvieron las lágrimas con la complicidad del silencio. Mil y un recuerdos invadieron sus mentes y, tras varios minutos mirándose, callados, se tomaron las manos y hubo más silencio.
Ese fue el comienzo de la vejez desgraciada de don Francisco. Y cómo podía ser de otro modo: su hijo, su único hijo, estaba postrado en una cama, víctima de un cáncer generalizado. Los médicos, tras muchos exámenes y tratamientos fallidos, lo habían desahuciado.
¡Jodida vida!, se decía don Francisco. ¿Acaso no debería morir yo primero?
Don Francisco estuvo parado junto a su hijo poco más de dos horas. No dijo una sola palabra, aunque había mucho guardado en su corazón. Hubiera querido, por ejemplo, repasar junto a él toda su historia familiar, pero prefirió el silencio.
Su memoria, sin embargo, lo llevó hacia el día infausto en que murió su primera esposa. ¿Por qué? Lo ignoraba. Pero estando ahí, parado junto a la cama de Armando, recordó los dolores de doña Gertrudis, su modo de aferrarse a la vida en aquel hospital capitalino y, sin lograr recordar el tono de su voz, trajo a su memoria las palabras de su esposa: “Cuida de nuestro hijo hasta el día de tu muerte, por el amor de Dios”. Luego, entre sollozos, le hizo prometer que, sin importar cómo, sin considerar los medios, evitaría el sufrimiento de su hijo.
Don Francisco se lo prometió, dudoso. Bien sabía que en la vida el dolor es inevitable y que el sufrimiento no cesa por la voluntad ajena. Pero, ¿cómo negarse a prometerle algo a su mujer, que estaba a punto de abandonar este mundo?
—Te prometo, viejita, que nuestro hijo no sufrirá. No, si de mí depende.
Los ojos de doña Gertrudis lo miraron como jamás lo habían mirado. Había en ellos una ternura inconmensurable. Quizá, en el fondo, también la moribunda sabía de la imposibilidad del cumplimiento de esa promesa, pero, a la vez, valoraba el hecho de que su marido estuviese dispuesto a comprometerse a lo imposible para verla morir en paz.
Cuando la enfermera entró en la habitación, sonaba en la radio “Lejos de los ojos”. El señor Chávarry no podía dejar de relacionar las sonoras estrofas con su futuro inminente: comenzó a sentir, inexplicablemente, la soledad del mañana. Imaginó la cama medio vacía y pensó en ella como la extensión del sepulcro que alojaría a su esposa. Se miró en el espejo de su vieja habitación y se descubrió viudo, abandonado.
Cerca de la hora en que murió doña Gertrudis, personal del nosocomio le pidió a don Francisco que se retirara y esperara afuera un momento. Él supo que esa sería la última vez que vería con vida a su mujer. Lo presintió con todo su cuerpo con una especie de corriente que, en un segundo, lo invadió de pies a cabeza. Entonces, se percató de un raro viento que entraba por la ventana moviendo la cortina, y miró en ella una especie de pañuelo que flameaba traduciendo la mudez de un adiós que no conoce de palabras.
Después le avisaron de la muerte de su mujer. En la radio, con poca nitidez, sonaba un viejo himno cristiano, cuya letra no recuerdo. Don Francisco, en cambio, nunca pudo olvidarlo.
Ese mismo himno cristiano sonó la tarde de diciembre en que don Francisco volvió a ver a su hijo y compartió con él grandes minutos de silencio. Quizá por eso llegó a preguntarse si era posible que una madre heredase a su hijo, no sólo el cáncer que la carcomió, sino también las circunstancias de su muerte.
Pensando en esto, aunque intentando diluir sus cavilaciones, se acercó a Armando y se arrimó a su oído, como para contarle un secreto. “Ya no sufras, hijo mío. Esta tarde, al retirarme, me llevaré tu cáncer”, le dijo.
Don Francisco caminó lentamente hacia su casa. Parecía contar sus pasos, más lentos que nunca. Hubiera querido fingir prisa, denotar apuro, pero la conciencia de su lentitud le aconsejó no hacerlo. Caminó, esta vez, confesadamente cansado.
Por la noche, mientras su mujer acomodaba las almohadas en la cama, tuvo la necesidad de confesarle lo que había hecho, que se había apropiado del cáncer de su hijo y que, más temprano que tarde, su salud iba a deteriorarse con la misma velocidad que Armando se recuperaría.
La mujer lo escuchó con calma, intentando comprender la desesperación y la impotencia que el anciano, seguramente, guardaba en el alma.
Al día siguiente, en un arrebato de devolverlo a la realidad, le dijo, ya sin tanta calma, que en lugar de soñar con robar un cáncer debería mantenerse fuerte para afrontar la muerte de su hijo. “Me tienes aquí y estaré contigo cuando eso ocurra”.
Don Armando, notoriamente ofuscado, aunque con una suerte de satisfacción en el rostro, tomó la mano de su mujer y la puso sobre su pierna.
—Si no le he robado el cáncer, dime por qué tengo aquí un dolor que se agiganta conforme pasan las horas. Este dolor es en el mismo lugar donde mi Armando tiene más profundizada la metástasis. Convéncete, mujer, yo he de morir en lugar de mi hijo.
La mujer lo abrazó. Y el viejo se echó a llorar.
Más tarde, don Francisco no podía mantenerse en pie a causa del dolor que, ahora, le martillaba también la espalda.
Pero más que el dolor, lo atormentaba no poder ir a visitar a su hijo. Hubiera querido ver cómo iba recuperándose, pero cayó en la cuenta de que el cáncer robado le había arrebatado la posibilidad de ponerse en pie.
Sin embargo, como el deterioro de su salud tenía como correlato la mejoría de su hijo, pensó que pronto sería Armando quien acudiría a visitarlo. Entonces las cosas recuperarían su orden: el hijo despediría al padre y llevaría flores a su tumba los domingos.
Don Francisco no permitía atención médica alguna. Cuando el médico que lo auscultó recomendó su traslado a la capital del departamento, se negó rotundamente.
Sabía que tenía que morir para que viviera su hijo y sólo deseaba que la muerte lo encontrara en su casa, donde Armando podría visitarlo sin problemas antes de su deceso.
Como habían pasado ya casi tres semanas y su salud estaba cada vez peor, presentía que la visita de su hijo estaba cercana.
A diario preguntaba por Armando. ¿Ya puede ponerse en pie? ¿Le han cesado los dolores? ¿Podrá caminar pronto?
Su nuera, que lo visitó un sábado por la tarde, le contó que Armando ya no se quejaba de dolor en las piernas, que había pedido que le buscaran un viejo libro para leer y que, después de mucho tiempo, había pedido que abrieran las ventanas para que entrara el sol con todo su esplendor.
Le contó también que, sin embargo, de un momento a otro, Armando había comenzado a alucinar: ayer nomás, don Panchito, me dijo que estaba usted parado junto a él, acariciándole la espalda.
—No son alucinaciones, mujer. Soy yo en verdad, apartándolo del cáncer.
La mujer lloró inconteniblemente al salir de la casa de don Francisco, que se quedó postrado en su habitación con un conato de sonrisa en el rostro, una oración en el alma y el deseo de tener pronto a su hijo a su costado en el corazón.
Días después, don Francisco estaba más cerca que nunca de entrar en agonía. Casi no hablaba ni quería probar bocado. Una enfermera le administraba morfina para calmar sus dolores y acaso alcanzaba algunos momentos de aparente lucidez.
A las tres de la tarde de un día lluvioso, despertó súbitamente de un liviano sueño y escuchó, a lo lejos, una banda de músicos que tocaba “El cóndor pasa” con cadencia lenta y melancólica, como si se tratara del susurro del viento nostálgico de los andes.
—¿Escuchas, mujer? —dijo con la voz apagada, rugosa, casi agonizante.
—No escucho nada...
—¡La banda de músicos! Parece que llevan a alguien al cementerio...
La mujer, incapaz de contener las lágrimas, intentó disimular el dolor que le desgarraba el alma. La melodía seguía sonando, mientras ella lo abrazaba entre sollozos.
—Creo que sigues soñando, Panchito —dijo la mujer, con su voz quebrada por el llanto.
Don Francisco cerró los ojos, sintiendo una mezcla de confusión y resignación. Se envolvió en una atmósfera de recuerdos. Pensó en su hijo recuperado. Y con cada nota que llegaba a sus oídos, percibía una calidez reconfortante que inundaba su ser, acompasando su viaje final hacia un lugar de serenidad eterna.
- Cáncer robado - jueves 7 de noviembre de 2024


