El día que lo decidieron era lunes, lo recuerdan perfectamente porque fue como comenzar la semana laboral, pero al revés. Habían estado sábado y domingo haciendo el amor, escuchando música, bebiendo tés aromáticos como le gustaban a ella, comiendo desaforadamente frutas y bombones para recuperar energías. Todo había comenzado varios meses antes, con la mirada pícara de Paulina. Los ojitos castaños que brillaban cada vez que lo miraba. Tan serio él, siempre de traje.
Entre los sobres y las fichas médicas, entre las órdenes de consulta y los turnos, Paulina lo miraba.
Él siempre tan puntual, tan pulcro y discreto, tan medido.
Paulina tan carcajada al aire y pañuelos de colores, tan imprevisible y femenina, tan instintiva y hembra agreste.
Sobre su escritorio de secretaria, un enorme jarrón con flores silvestres le servía de trinchera improvisada para camuflarse y espiar al Dr. Ricardo G. & G., su jefe. Muchos días lo acechó desde allí, creyendo que él no la notaba.
Pero cuando Paulina pasaba a su lado como una brisa suave de primavera, él se quedaba olfateando en el aire el aroma tenue y dulzón de su cuerpito gentil.
Ella lo desestructuraba, lo tentaba constantemente con sus pasitos gráciles y fluidos. Sus vestiditos vaporosos y coloridos se deslizaban acariciadores sobre su hermosa piel broncínea.
Bastó un comentario simple y banal para que todo se precipitara con la inexorable fatalidad de lo inevitable.
—¡Qué calor insoportable, Paulina!
—Sí, doctor... —ahí comenzaron a bailarle los ojitos, y llegó la invitación impulsiva, que salió espontánea de sus labios antes de detenerse a pensar—. ¡Qué bien nos vendría una ducha!
Fue dulcemente irresistible.
El Dr. Ricardo G. & G. era el hombre adecuado. Había recibido la educación adecuada, había estudiado la carrera adecuada... Hablaba adecuadamente, vestía adecuadamente, pensaba adecuadamente, sentía adecuadamente... Y la invitación de Paulina era muy inadecuada. Tal vez, justamente por eso, era también tan tentadora.
Durante varios días las palabritas inocentes le carcomieron la cabeza. “¡Qué bien nos vendría una ducha!”...
“¡Qué bien nos vendría una ducha!”, esa frase era un dardo que se estrellaba una y otra vez en su cabeza. Un bombazo. Ella ahí, invitándolo al placer. Y él, tan congelado en el asombro, tan tartamudeante, tan desesperadamente necesitado de sus alas.
Finalmente, venciendo todos sus propios prejuicios, Ricardo reservó una habitación en el Hotel Cosmopolitan. Sábado y domingo. Sábado y domingo. Sábados y domingos. Una locura...
Y se animó al abismo de sus labios, al abrazo y las promesas. Hasta que llegó ese lunes, ese día que decidieron no salir más de allí.
Llegó el momento de llamar a su amigo del alma, el indispensable Julio Florencio.
—Ya que me la mando, me la mando completa, Florencio. Por favor, cubrime las espaldas. No sé... Me fui de vacaciones, estoy en un congreso... O lo que se te ocurra. Paulina tampoco va a estar, por supuesto. Solamente vos vas a tener mi número de celular. Mirá que esté todo en orden.
Y Julio Florencio, siempre tan de fierro, supo bien qué hacer desde el principio. Lo hacía feliz sentirse cómplice de esta escapada de Ricardo. Se la merecía, hacer algo libremente, sin planificaciones ni mandatos. Era la primera vez que lo veía seguir espontáneamente sus propios deseos. Hacer algo porque sí, porque se le daba la real gana.
El azar dispuso la habitación 702. Séptimo piso, suite nupcial, con balcón panorámico y baño king size...
La ducha comenzó a caer, tibia, mansa, acariciadora... y a partir de ese momento, el agua no dejó de fluir.
A veces el cuerpo sabe lo que la mente ignora. Sabiduría profunda y pura. Sabiduría ancestral y primitiva que guía los movimientos sincronizados de los dos. Danza muda e infinita de los amantes.
Ricardo adoraba enjabonar esos pechitos morenos que se le escapaban entre sus manos grandes.
Paulina acariciaba suavemente el cuerpo varonil y se asombraba cada vez que el animal potente de su entrepierna se erguía con tanto brío, que la invitaba a montar con una natural alegría de celebración.
La primera semana perdieron la noción del tiempo y el espacio. El universo era esa ducha tibia, las caricias y el sexo desenfrenado. Dormir, despertar y recomenzar en un ciclo dulcemente amoroso.
Los dos quedaron delgados y famélicos. Puro ojos.
El hambre llegó. Desde su celular el Dr. Ricardo G & G. hizo el pedido y un dron delivery les comenzó a traer religiosamente el menú del día. “Variado y saludable” era la única consigna para la comida. Todos los días el dron entraba por la ventanita del baño y depositaba la bandeja sobre el mármol blanco.
La bebida nunca fue un problema.
(Durante los primeros días todo había parecido estar bajo control).
El agua no dejó de caer en ningún momento. Había desbordado la bañera, corría por el piso del baño, avanzaba hacia el vestidor y luego se extendía por el dormitorio. La alfombra espesa era sumamente absorbente y demoró un poco el implacable desastre... Pero luego, indefectiblemente, el agua comenzó a aflorar por el pasillo del séptimo piso y corrió hacia la escalera. Desde allí, se abalanzó con un ímpetu de cascada indomable.
El agua tibia desembocaba en el hall central del gran Hotel Cosmopolitan y seguía su rumbo hacia la puerta giratoria, que se transformó en un extraño molino de vidrio que giraba incesantemente provocando un oleaje singular.
Los bomberos debieron intervenir para encauzar la salida del río tumultuoso hacia la más cercana boca de tormenta. Ya algunos curiosos se agrupaban en la calle.
En vano el conserje había tratado de comunicarse con la pareja. Por el teléfono interno, nada... a golpes de puño en la puerta de la 702, y nada... a los gritos, amenazando, rogando, implorando... y nada.
Hubo intentos de contactar a la familia del Dr. Ricardo G.& G., pero la oportuna intervención de Julio Florencio salvó la situación nuevamente. Ejerciendo su profesión, el Dr. Julio Florencio, abogado especializado en Derecho Civil y Penal, Magister en DD.HH., manipuló a la gerencia del Hotel Cosmopolitan con el argumento del respeto a la privacidad para que esa puerta no fuera abierta bajo ningún pretexto.
La idea de cortarles el agua surgió enseguida y parecía la solución ideal para evitar la inundación. Pero el corte del vital elemento sólo pudo durar unas pocas horas, porque entonces fue el argumento de los DD.HH. básicos el que sustentó el discurso de Julio Florencio. “No se puede negar el agua a nadie”.
La flia. G.& G. se hizo cargo de los gastos para evitar el escándalo. Medida, por supuesto, inútil, porque el escándalo ya se había desatado. Se logró un acuerdo de pensión completa para dos “ad aeternum”, para lo cual debieron comprar la mayoría de las acciones del Cosmopolitan.
Así, el agua siguió corriendo interminablemente. El Cosmopolitan pasó a ser un Hotel Venecia e impuso una nueva moda de muchachitos botones gondoleros que transportaban a los turistas en pequeñas y coquetas embarcaciones iluminadas con velas aromáticas.
El agua es prodigiosa, puso en evidencia algunos errores estructurales y de construcción. No habían calculado bien algunas pendientes y el error humano floreció inesperadamente en varios estanques “naturales” en los pisos séptimo, quinto y segundo. Nadie sabe cómo ni por qué, surgieron algunas plantitas acuáticas y, luego de varios meses, comenzaron a distinguirse algunos animalillos pequeños. En el séptimo piso había pececitos rojos, en el quinto, dorados, y en el segundo, saltarinas ranitas multicolores. Una innumerable familia de caracoles azules había comenzado a deambular lenta e inexorablemente a lo largo de las escaleras.
Por obra y gracia de la ducha eterna, una energía poderosa comenzó a fluir por todo el Cosmopolitan. Flora y fauna prosperaban con pasión y los pequeños seres se reproducían alocadamente. Las ranitas multicolores comenzaron a invadir todo el hotel y, cuando menos se las esperaba, pegaban sus saltos entre los cristales del bar o sobre las inmaculadas almohadas de seda.
Por una cuestión de necesidad y urgencia, el Cosmopolitan comenzó a regalar peces de colores, plantas y ranitas a modo de “souvenir”. Fue todo un éxito de marketing y una eficaz metodología para controlar la superpoblación.
Como siempre, un sector de la sociedad se indignó. Muchos hombres y mujeres de bien alzaron sus voces airadas contra los dos amantes de la ducha eterna. Los más combativos provocaron manifestaciones, marchas, piquetes, cortes de rutas... Tiraron bombas de estruendo y vomitaron cascadas de insultos.
Como casi siempre, en el fondo, muy en el fondo de los argumentos basados en la moral y las buenas costumbres, serpenteaba la envidia venenosa.
Lograron que la máxima autoridad de la ciudad se apersonara en el Cosmopolitan. Don Reginaldo Figueroa fue el único que osó entrar a la habitación 702. Con la llave maestra abrió la puerta, chapoteó hasta el baño y se quedó alelado ante una visión sumamente perturbadora e indescriptible.
La intervención de don Reginaldo fracasó estrepitosamente. En primer lugar porque ni Ricardo ni Paulina notaron su intromisión. Ellos estaban concentrados en su propia realidad... y, en segundo lugar, porque el máximo jefe político cambió radicalmente de parecer luego de la experiencia vivida. Don Reginaldo salió con los ojos llorosos, las manos temblorosas y, con un hilo apenas audible de voz, declaró frente a las cámaras de televisión que no osaría nunca más desalojar de allí a los amantes. “Sería un sacrilegio... sería un sacrilegio...”, murmuraba como un mantra hipnótico. Y después de eso, se retiró para siempre de la política y de la vida pública. Hizo votos de silencio y se dedicó a la meditación contemplativa hasta el fin de sus días.
Cuando ingenuamente llamaron al obispo, con la lejana esperanza de que él pudiera interceder para que la pareja abandonara su tan impúdica actividad, se encontraron con los ojos chispeantes de furia y la cara granate del prelado, que sacó a empujones a los que osaron sugerir su visita al hotel. Luego, desde su púlpito acusador, condenó al infierno a esos descarados pecadores, fornicadores sin bendición formal, sin visto bueno de iglesia alguna, sin pago de misas ni de ceremonia matrimonial. ¡Escandalosos ecuménicos! Solteros, libres y sin religión conocida... Como es lógico, pidió a sus fieles que rezaran por las almas de estos descocados pecadores. Y los fieles fueron fieles a este pedido, fieles al mandato, aunque en sus vidas privadas cada cual podía ser tan infiel como quisiera... Siempre y cuando confesara sus culpas cada domingo y se golpeara el pecho para alivianar la indigestión espiritual.
Al jefe de la policía ni siquiera se animaron a convocarlo. Sabían que el comisario Pompeo Moreyra no perdería el tiempo en amantes descarriados. Estaba demasiado ocupado tratando de resolver crímenes verdaderos, no “ese show sentimental”, según sus propios dichos ante algunos periodistas indiscretos. Nadie sabía que, en el fondo, a don Pompeo le despertaba ternura pensar en la parejita del Cosmopolitan. ¡Y nadie nunca debía sospechar estos secretos sentimientos del hombre duro, el recio comisario Pompeo Moreyra! Así como había mantenido en un total hermetismo su secreta costumbre de encerrarse en el baño (entre interrogatorio e interrogatorio a los reos más peligrosos) a leer antiguas novelitas de Corín Tellado, sentado en el sanitario mientras lloraba a moco tendido y se limpiaba la nariz con el papel higiénico. Todo un artilugio esconder a Corín Tellado en... No iba a poner en peligro su imagen con una visita que podría hacer brotar lágrimas (¡lágrimas!) de sus profundos ojos negros. Ya le servía de antecedente lo sucedido con don Reginaldo Figueroa...
Por suerte Ricardo era uno de los mejores obstetras de la ciudad. Eso fue de mucha ayuda para atender adecuadamente a Paulina en su primer embarazo y posterior parto. Todo marchó naturalmente, sin dificultad, ella era una mujer joven y sana.
Tuvieron una nenita hermosa, un capullito de carne rosadita y regordeta. Marina.
Más adelante llegaron sus hermanos Gabriel, Miguel, Alejandro y Lolita. Todos salieron al mundo exterior a su debido tiempo, una vez destetados y caminando sobre sus propias piernitas.
Crecieron bajo la tutela amorosa de su padrino Julio Florencio...
La guerra también llegó. Los bombardeos lo desgarraban todo a mordiscones ciegos. Las muertes absurdas ganaron las calles y los campos. Pero, en medio de los escombros y las ruinas, el edificio del Cosmopolitan permanecía milagrosamente erguido. Algunas balas lo rozaron, casi todos sus vidrios se rompieron...
Mientras los estallidos sonaban aterradores, la ducha eterna seguía cayendo empecinadamente.
Fue una época terrible, pero pasó.
Llegó un nuevo gobierno, otro régimen, otra dirección ideológica. Y ellos seguían bañados por el agua tibia. Seguían sus amorosos rituales infinitos.
A pesar de las numerosísimas reformas que se hicieron, a nadie le pareció peligrosa la continuidad de la ducha eterna.
Algún tirano de turno creyó (muy ingenuamente) que esa ducha era inocua, inofensiva... y hasta podría resultar una distracción útil para el populacho ignorante.
Durante muchos años vivieron en esa matriz tibia y acuosa de la ducha eterna. De su dulce corriente surgieron plantas, peces, ranitas, caracoles y bebés rosados y gorditos.
Habían renunciado a todo lo superfluo. Por eso comían con las manos y ya no necesitaban calzado ni ropa. Solamente el peine de plata de Paulina se perpetuaba en el tiempo... El momento del peinado era un mimo más, un lento ritual placentero. Como una ceremonia sagrada que se celebraba todos los días entre los mármoles complacientes del baño.
La cabellera de Paulina, que caía como una blanquísima cascada lacia hasta sus tobillos, seguía siendo sedosa y bella. Quizás tan bella como la espesa barba del Dr. G.&G.
Y la ducha eterna seguía allí, recordándole al mundo entero que existía algo mucho más poderoso que la civilización, la cultura, las guerras, las ideologías, las máscaras y los discursos. La ducha eterna seguiría empapando a quien pasara por allí.
Para dar vida, dar energía, dar, dar y dar...
- La ducha eterna - sábado 20 de septiembre de 2025


