El 21 de septiembre me levanté antes de las cuatro. Tenía que llegar al Templo de las Siete Muñecas para observar el equinoccio de otoño. No podía perderme dicho fenómeno que se repite inexorable ante los ojos de turistas, estudiosos y arqueólogos, para el asombro de quienes no cesan de admirar la extraordinaria capacidad de los mayas en su cálculo astral.
No bien llegué al sitio arqueológico de Dzibilchaltún al norte de Mérida, me sentí un poco obnubilada por la modorra del brusco despertar. Me llamó la atención no encontrar el lugar lleno de turistas ni estudiosos del citado fenómeno astronómico. ¿Me habría equivocado de fecha? No, si lo tenía bien presente. Mi iPhone me lo había recordado con su obsesivo timbre: cita en Dzibilchaltún: equinoccio solar.
Al entrar al sitio arqueológico me apresuré a revisar el mapa para orientarme. Hacia el norte por el sak bé principal está el templo de las muñecas. No obstante, no encontré el sak bé o camino maya, en cambio observé una sucesión de palapas a lo largo del sendero que conducía a la ciudadela. Los habitantes que iniciaban las faenas del día me miraron extrañados. Traté de preguntar algo, pero no comprendieron lo que dije. Sin decir una palabra volvieron a sus labores y yo continué mi camino. El sol se perfilaba en el horizonte, pero ya ni siquiera me importaba observar el fenómeno solar, sino encontrar algún camino de regreso.
Avancé hacia el sur y descubrí la plaza central. Allí reconocí la capilla en medio de la explanada. Siempre me había asombrado la particularidad de su fachada: un arco de templo católico empotrado en una plataforma maya. Al acercarme se hizo evidente que algo estaba mal, pues el templo se cernía majestuoso ante mí sin rasgos de ruina ni desgaste. Al frente se veía una construcción de palapa que hacía las veces de nave central de la capilla.

—¿Quién sois? ─preguntó una voz.
Entre las sombras del guano que cubría el cobertizo distinguí una figura que semejaba un fraile franciscano ataviado con sotana de color grisoso y una capucha que ocultaba su rostro. El miedo me paralizó.
─Vine a observar el fenómeno del sol...
─¿Qué fenómeno? El fraile se acercó y me observó de pies a cabeza. Era evidente su extrañeza—. ¿A qué fenómeno os referís? ─exclamó alterado y yo alcancé a vislumbrar piras inquisitoriales, autos de fe y otros exabruptos. El fenómeno era yo.
En ese momento distinguí a otros franciscanos y a personajes de rasgos mayas que me auscultaban con recelo y extrañeza. Yo los miraba con horror y ellos me devolvían la mirada con paroxismo.
El fraile ordenó mi captura.
Intenté huir, pero me apresaron en cuestión de segundos. Después no supe lo que ocurrió. Me sentí acarreada por senderos y alboradas. Alcancé a divisar unas argollas incrustadas en lo alto de un muro: el juego de pelota. Edificaciones de los períodos clásico y preclásico se cimbraban majestuosas. Algunas se mantenían enteras, ajenas al desgaste del tiempo. Hasta las estelas mostraban las inscripciones en la roca lisa casi perfectas.
Perdí el miedo y me concentré en detallar el espectáculo que se ofrecía ante mis ojos. ¡Qué joya para un arqueólogo descubrir la nitidez de los glifos y petroglifos en su esencia primigenia! Observé las cornisas de las plataformas, donde se cimbraba imponente el dios Chaac en las esquinas de los cuadrángulos; los colmillos de la serpiente Kukulkán sobresalían en cada friso y pude apreciar cómo se entrelazaban los cuerpos de los anfibios en forma de equis a través de la plataforma rectangular. Pasamos por el cenote Xlacah donde sobresalían los lirios que flotan en la superficie cristalina. Su nombre en maya tenía un timbre melódico: Nic Te Ha.
De pronto me invadió el vértigo ante un abismo que se abría ante mis pies. No estaba ante el cenote Xlacah, sino al borde del profundo Cenote Sagrado de Chichén Itzá. Me asediaron remembranzas de núbiles doncellas ofrendadas a los dioses del inframundo. Por fortuna, yo, ni núbil ni doncella. Mis verdugos se retractaron cuando emergió una serpiente. ¿Sería la Tsukán, veladora del cenote, que rechazaba su ofrenda?

Continuamos el recorrido por entre pirámides y edificios fabulosos en cuyos muros sobresalían bajorrelieves de jaguares y calaveras coronadas por águilas y serpientes emplumadas. Traté de escudriñar a mis captores. Ahora me conducían seres enigmáticos en trajes rudimentarios de algodón. Hablaban una lengua desconocida plagada de xchs y chss. Los observé preparando un ritual con bálsamos al fuego entre cánticos y danzas. Un sacerdote daba órdenes a diestra y siniestra desde una silla de piedra. Me situaron al frente del Chac mool, mi figura maya preferida. No me emocionó advertir sus manos abiertas sobre un pecho plano esperando la ofrenda. La cabeza girada hacia mí esbozaba una risa maléfica con una suerte de complacencia.

De pronto me hallé ante el Templo de las Siete Muñecas. Me cegó el resplandor del sol que se asomaba poderoso en el centro del marco de piedra. Todo lo demás se desvaneció en la oscuridad. Cerré los ojos y me perdí en la inconciencia de saberme portadora de un secreto milenario.

El ritual continuaba y hasta mis oídos crecía el rumor de cánticos en rítmicos monosílabos articulados: Xcs, Gis, Pucs, Kah, Gee, Wizz. Cuando abrí los ojos me encontré en medio de la algarabía de turistas gringos y europeos que murmuraban en sus regurgurantes lenguas exclamaciones de asombro y perplejidad: Ohh, Woo, Gee, Wizz! Sus cámaras con lentes portentosos intentaban capturar el instante en que el dios Kiin se asomaba en el centro de la estructura ostentando su máximo poderío.
Mis captores habían desaparecido. Me quedé alelada frente al templo del sol observando cómo el astro se elevaba en el firmamento hasta perderse en un cortejo de nubes. Yo me sumé a la muchedumbre de curiosos que observaban el fenómeno equinoccial aquella mañana del 21 de septiembre.
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