Monín salió de la avenida Baldorioty, cruzó por el sector La Cerámica y llegó a la casa del santero con el alma en un hilo. Llevaba varias semanas sin dormir, atormentada por un susurro que sólo ella escuchaba, una sombra que la perseguía a todas partes y un frío que parecía emanar desde su propio pecho. Su esposo le aconsejó que fuera a un médico, pero ella siempre supo que este desvarío no era causado por un problema de salud.
El santero, hombre de ojos cansados y voz ronca por el exceso de tabaco y pitorro, la observó en silencio mientras sondeaba el motivo de su visita. Luego encendió un cigarro, dejando que el humo atestara la habitación de una niebla densa.
—Lo que te sigue no es un muerto —le dijo, convencido—. Es un eco.
Monín lo miró, confundida.
—¿Un eco? ¿Un eco de qué? —preguntó.
El santero se levantó, agarró unos caracoles y comenzó un ritual que pareció durar muchísimo. El humo de su cigarro formaba figuras en el aire, algunas tan claras que casi parecían reales.
Finalmente, el santero terminó.
—Tengo que preguntarte algo más —dijo—. ¿Estás segura de que no lo invocaste?
Monín negó con la cabeza, aunque no estaba segura de la respuesta.
—¿A quién? ¿A... la presencia? Pues, para ser sincera yo... bueno, yo me encontré algo el otro día.
El santero levantó una sola ceja, cosa que hacía muy a menudo, y escupió dentro de un cacharro.
—Unjú. ¿Y qué te encontraste?
—Una cajita vieja en el patio de casa. Estaba semienterrada, cubierta por unas hojas. En realidad fue mi marido quien la encontró cuando estaba desyerbando. La abrimos, por la curiosidad, usted sabe. Y adentro había papel quemado, o sea, cenizas. También había un ramillete de algo que parecía ser pelo y un espejo con las esquinas rotas.
—Ese espejo no era un espejo cualquiera. Era una puerta —sentenció el santero.
Monín sintió que se quedaba sin aire.
—¿Una puerta? ¿Cómo así?
—Una puerta para que entre algo que no pertenece a este mundo —explicó el santero.
—¿Para que entre un... muerto?
—No es un muerto. Es un eco de ti misma, tu propio id, que se apartó de ti cuando sintió el llamado de la oscuridad. Cruzó al otro lado cuando te miraste en ese espejo. Ahora quiere regresar pero está estancado allá.
El santero se levantó y buscó tres velas —una blanca, una roja, una negra— y una botella que contenía un líquido que parecía agua.
—Tienes que guiarlo para que regrese y cerrar la puerta. El lunes por la noche vas a apagar todas las luces y prender estas velas santiguadas con cascarilla. Hazlo frente al espejo. Pero primero le vas a poner a Eleguá un plato con guayabas y unas moneditas. Préndele un cigarro también. Refréscalo con coco verde, pa que te colabore. Te me cubres la cabeza con algo, como si fueras musulmana, y no mires al espejo nunca. ¿Entendiste bien? Nunca. Después golpeas el suelo tres veces y derramas en el piso tres chorritos pequeños de lo que está en esta botella. Lee la oración que te voy a dar, sopla humo del tabaco y vierte un poquito de aguardiente también. Hay que cerrarle el paso a lo que venga detrás. Vete tranquila. De aquí tú te vas bendecida por toda mi comisión.
El lunes en la noche Monín esperó a que su esposo se acostara y siguió las instrucciones al pie de la letra. De repente, la habitación se empezó a enfriar y escuchó al susurro acercarse y hacerse más fuerte. Algo la acompañaba e intentaba olfatearla. Su instinto le gritó que no mirara, pero no pudo vencer a su curiosidad. Abrió los ojos durante un instante y se vio a sí misma en el espejo, pero supo que lo que allí se proyectaba no era ella. Los ojos de esa figura destilaban un hambre ajena. Pero antes de que pudiera reaccionar, la figura salió del espejo y se abalanzó sobre ella. Monín cayó al suelo.
Cuando despertó del impacto de la caída, las velas ya estaban apagadas. Al mirar a su alrededor, todo le pareció normal y respiró aliviada. Se levantó y se dispuso a recoger todos los artilugios del ritual. Tomó el espejo en sus manos y vio en él a una mujer idéntica a ella, pero... no era ella. Estaba segura de que no era ella. Supo entonces que había cometido un error gravísimo. Monín se encontraba ahora atrapada al otro lado del espejo, y la criatura que la miraba desde afuera ocupaba ahora su lugar. La criatura sonrió, se despidió de Monín y quebró el espejo.
- El susurro - sábado 25 de octubre de 2025


