Nuestros hijos están muertos.
Tu Samuel y mi Alejandro. Se nos fueron pensando que nosotras los odiábamos y vea, de pronto, tenían razón.
No te estoy diciendo esto porque me caigas bien o porque sienta que te deba algo. Lo hago porque el psicólogo me pidió que te contara todo. Me dijo que esta actividad era buena para sanar o alguna vaina así. La verdad, no le entendí del todo, pero bueno, aquí me tiene haciendo el intento.
Nuestros hijos se amaban y eso era innegable, por mucho que nos doliera. Sonia, querida, ¿recuerda cuánto discutimos cuando descubrimos que estaban juntos? Era un constante vaivén de acusaciones sobre quién había pervertido al hijo de quién. Yo, por mi parte, solía criticar mucho la apariencia de tu hijo:
—Ese pelado tuyo que tiene pinta de vagabundo, todo tatuado y con las orejas rotas.
—Por lo menos el mío no camina como maricón —me respondías indignada.
—Si no fuera por tu hijo, el mío no sabría cómo delinearse los ojos.
—Pues le combina muy bien con esa voz chillona que tiene.
Y así, seguíamos dándole vueltas al asunto sin ponernos de acuerdo y sin querer admitir que todo ese numerito era sólo para tratar de desahogar nuestra frustración. Sentíamos que los habíamos perdido, incluso antes de que ocurriera la desgracia que sellaría su destino.
Les rogamos que no se fueran a Medellín, que se quedaran en el pueblo. La ciudad se había vuelto muy peligrosa y no valía la pena arriesgarse tanto por un simple berrinche.
—¡No es ningún berrinche! —me gritó Alejito mientras empacaba sus maletas—, y tampoco te estoy pidiendo permiso. Vos me dejaste muy claro que no te gusta verme con Samuel y pues ahora que me voy, ya no nos vas a tener que ver más.
Y cumpliendo su palabra, se fueron a la ciudad con lo poco que tenían.
Ambos apenas habían terminado el bachillerato, pero no les fue difícil conseguir trabajo. Mucha gente había abandonado la ciudad por miedo. En esa época, la guerra contra el Cartel de Medellín estaba en su momento más caliente y eran muchos los que preferían no quedarse en medio del conflicto. Por lo mismo, no faltaban las vacantes disponibles.
Un amigo que tenían en común les rentó una pieza a un buen precio y pronto empezaron a trabajar en una famosa empresa de textiles. Mi hijo trabajaba en las bodegas y Samuel era operario de máquinas.
Alejo me llamaba una vez a la semana y siempre tenía algo nuevo por contarme. Les iba bien en el trabajo y pronto me enteré de que lograron dejar atrás ese cuarto y alquilar un apartamento cerca de donde trabajaban. Aunque no todo era bueno. Mi hijo también me contaba sobre lo que veía en la ciudad, cómo había escuchado en más de una ocasión detonaciones cerca de su apartamento y cómo una vez mientras él y Samuel tomaban el colectivo un hombre se subió con un revólver y mató al conductor. Tuvieron que llegar a casa a pie.
—Al menos no tuvimos que pagar pasaje —bromeó, pero a mí no me hizo gracia.
Él sabía que escuchar todas esas historias me dolía y por eso mismo me las contaba. Era su manera de vengarse de mí. Las conversaciones concluían conmigo pidiéndole que volviera, que lo extrañaba mucho y no quería que se expusiera de esa manera. Alejo solía responder con un rotundo “no” o simplemente colgaba.
Tú también llamaste a tu hijo muchas veces, pero él nunca te contestó, en cuanto oía tu voz daba por terminada la llamada. No sé qué le hiciste o dijiste, pero debió ser muy malo para no saber nada de ti. Aunque bueno, ¿quién soy para juzgar? Hasta cierto punto, yo también fui responsable de la muerte de ambos.
Por las noches oraba por él bienestar de Alejo. Sin embargo, mientras pasaban los meses, de a poco dejé de pedirle a Dios que alejara a mi hijo del tuyo, y mejor comencé a pedir por su seguridad, por la de ambos. Tu hijo me caía mal, pero no tanto como para desearle la muerte. Incluso llegué a decir que por favor le diera la fuerza, pues sin mi presencia allí, él era el único que podía proteger a mi muchacho.
Las llamadas semanales no me ayudaron a lidiar con la ausencia y cada vez que dejaba el teléfono me quedaba con la certeza de que no regresaría pronto. Por lo que, después de algunos meses, no pude más y decidí aventurarme a la ciudad. Te ofrecí que me acompañaras, pero aún no habías logrado dejar tu orgullo de lado.
—¿Y nosotros qué vamos a hacer por allá? ¿Alcagüetearles el degenere? —preguntaste mientras agarrabas con fuerza la camándula que colgaba bajo tu cuello—. ¡Ni hablar, querida! Si ellos quieren vernos pues que suban al pueblo, a ver si aprenden a no ser tan ingratos con la madre.
De seguro habrías cambiado de opinión si hubieras sabido lo que ocurriría después.
Luego de hablar contigo, llamé a mi hijo y le conté mis intenciones.
—Ma, ¿está segura de que quieres venir?, la cosa está muy peligrosa y no quiero ponerla en riesgo...
—Pues si tanto se preocupa el muchacho por mi seguridad, déjeme ir. ¿No ve que me tiene con el corazón en la mano? No he podido dormir bien. Sólo quiero ir a ver cómo está.
Hubo un silencio de unos segundos, hasta que finalmente respondió:
—Bueno, ven si quieres. Aquí cerca hay una panadería que hace unos muy buenos pandebonos. Podemos comer allá, siempre compramos pan después de volver del trabajo.
—Perfecto, mañana bajo temprano —me dispuse a despedirme, pero antes agregué— y no coma tanta harina que luego se me infla.
A la mañana siguiente, me puse mi mejor pinta y, a primera hora, me fui a la terminal del pueblo. Desde pequeña, siempre me ponía indispuesta cuando bajaba a Medellín. Tantas curvas me provocaban mareos y el descenso hacía que se me taparan los oídos. Esta ocasión no fue la excepción. Por suerte, una muchacha que estaba sentada a mi lado me regaló unos chicles y un poco de agua.
Cuando llegamos a la ciudad, el bus cruzó junto a unas grandes columnas que se alzaban entre las casas de un barrio popular.
—¿Ese es el metro? —pregunté mientras me inclinaba para ver la estructura.
—Pues se supone que así es, pero veo que va como mal la cosa —contestó la chica—. No me sorprendería que terminaran primero el metro de Bogotá.
Durante ese viaje me enteré de que la muchacha se llamaba Sandra. Ella era estudiante de enfermería e iba a pasar unos días cuidando a su tía que había perdido una de sus piernas a causa de la diabetes.
El barrio donde mi hijo vivía quedaba cerca de la ruta que transitaba el bus, así que debía estar atenta. Sandra conocía la ciudad mejor que yo y le pedí que me ayudara.
—Ya casi te bajas, tranqui que yo le aviso al conductor.
Desgraciadamente, cuando nos acercábamos y la chica ya se disponía a dar el grito, una fuerte explosión retumbó cerca de nosotros.
—¡Dios mío! ¿Qué pasa? —pregunté alarmada.
—Pues por mi experiencia —contestó el conductor con toda la tranquilidad del mundo— diría que fue un carro bomba.
Una columna de humo ascendió entre las casas, y el aire se impregnó por un fuerte olor a quemado. Miré a Sandra y su cara confirmó todos mis temores: la explosión provenía del barrio al que me dirigía.
—¡Por aquí, por favor! —grité mientras me levantaba de mi asiento.
Le tiré la plata del pasaje al conductor y salté del vehículo. Sandra gritó detrás de mí, pero no logré entender lo que decía. Con bolso en mano y unos tacones negros corrí por la avenida hasta adentrarme en el barrio. El olor a quemado se fue intensificando y me vi obligada a cubrirme la nariz con un pañuelo. El aire estaba cargado de calor como si te quemara respirarlo.
No pude llegar muy lejos, la policía cerró la zona y pese a mis insistencias no se me permitió el paso. Un policía se me acercó y me explicó cuál era el protocolo para poder ingresar, pero no escuché nada de lo que dijo. Mi mirada se quedó absorta en un brazo que yacía tendido sobre la humeante acera. Era un brazo solitario, ajeno a un cuerpo, le faltaban dedos a la mano. A pocos metros de la extremidad yacía una bolsa de papel llena de pandebonos.
Sandra llegó corriendo poco después, yo me giré a verla y sin decir palabra la abracé mientras descargaba todo mi dolor sobre su hombro.
—No se dé por vencida. Puede que su hijo no estuviera cerca al momento de la explosión —dijo tratando de calmarme—. ¿No tiene a alguien a quién llamar?
Sin responder, me acerqué a la primera vivienda que vi y les pedí que me prestaran el teléfono. Ahí fue cuando te conté lo sucedido. Sandra estuvo conmigo hasta que llegaste, luego se despidió y no supe más de ella.
Horas más tarde, nos encontrábamos las dos en Medicina Legal y allí un funcionario nos explicó lo que había pasado con nuestros hijos.
Como había deducido el conductor del bus, la explosión había sido provocada por un carro bomba. Claramente, nuestros hijos no eran los objetivos, sino un grupo de policías que solía desayunar en el local donde ellos me estaban esperando. Quizás si nos hubiéramos citado un poco más temprano, yo ya no estaría contando esto.
Alejo y Samuel estaban en una de las mesas de la parte de afuera, por lo que se llevaron la peor parte. Nos dijeron que murieron al instante, que no sufrieron. Sin embargo, el dolor que ellos se ahorraron a nosotras nos llegó doble. El hecho de que no quisieran mostrarnos los cuerpos hacía que fuera imposible estar tranquilas. Más tarde, cuando leí los resultados forenses, supe la razón de tanto misterio. El funcionario me dijo que no era necesario que conociera todos los detalles, pero insistí. No pude llegar a su encuentro en la cafetería, pero al menos podía hacerlo en el papel.
Al entrar en contacto con la explosión, ambos fueron sometidos a una fuerte presión. Los órganos internos colapsaron, la piel y los músculos se desgarraron, y los ojos fueron expulsados de las órbitas. Estaban tomados de la mano al momento del estallido, por lo que los cuerpos fueron empujados uno contra el otro. Varios huesos se fracturaron y extremidades salieron volando, como ese brazo que encontré en el pavimento. Todo concluyó con los cuerpos impactando contra la pared de ladrillo que tenían detrás. Quizás, si hubieran estado cerca de una ventana, los restos se habrían dispersado más, y no habría sido tan fácil reconocer los cuerpos.
Los cadáveres de nuestros hijos ardieron por algunos minutos, pedazos de metralla se incrustaron en su piel y restos de aluminio se fusionaron con la carne. Así fue como los encontraron y por eso no nos permitían verlos, y di gracias por no haberlo hecho.
Tiempo después, cuando fuimos a recoger los restos, se nos dijo que había un inconveniente. Un problema que, en el fondo, yo ya sospechaba desde hacía tiempo: los restos de nuestros hijos se habían mezclado en la explosión, y ya no se sabía con certeza a quién pertenecía qué parte del cuerpo. Tripas, vísceras, huesos, órganos... todo mezclado en una grotesca amalgama.
—Los forenses han logrado identificar los cuerpos parcialmente, pero no podemos asegurarles que les entreguemos los restos en su totalidad o que los restos que les demos sean únicamente los de sus hijos.
Fue una decisión dura, pero al final acordamos lo que creímos que era lo más prudente. Yo no iba a permitir que alguna parte de Samuel se quedara dentro de la urna de mi Alejito y yo sabía que tú pensabas igual respecto a mi hijo.
Tras una breve deliberación, pedimos que nuestros hijos fueran cremados juntos y que sus cenizas se guardaran en el mismo cofre. Al día siguiente fueron velados en conjunto y, después, depositados en el mismo osario. Habríamos preferido alguna alternativa, pero era la única opción que teníamos si queríamos tener la mente tranquila.
Las cenizas de nuestros hijos están juntas y permanecerán así por mucho tiempo. Nunca logramos que se separaran. Sonia, nos ganaron.


