Sucesos inesperados, tal vez paranormales, tienen lugar en el hospital público General Marco Vinicio, en Nueva Loja. No importa en qué país queda, pues esa no es la causa que motiva este relato. Si llegado el momento quieren confirmar la historia, podrán investigar su paradero y visitar la ciudad. Pregunten por Juan León, el médico. Él les corroborará lo que les contaré.
El caso es que Juan León es amigo de mi amigo Eugenio. Por pedido del primero, el segundo me preguntó si estaba dispuesto a encontrarnos, los tres, al anochecer del miércoles. El lugar del encuentro sería El Rinconsito (sí, así, con “s”), un bar sencillo de trabajadores, poco concurrido en el horario que habíamos acordado.
Eugenio no me adelantó el motivo de la reunión. Sólo mencionó que su amigo quería contarme “algo”. Creían que yo era la persona indicada para conocer la historia que quería compartir.
Perdón, no me presenté aún: mi nombre es Martín Nova, vivo en Nueva Loja, divorciado, sin hijos. Soy periodista.
Nos encontramos a la hora convenida. Eugenio nos presentó. Nos sentamos y pedimos una cerveza; Juan también, ya que esa noche no tenía guardia, aclaró. Después de saludarnos, se hizo un silencio de algunos segundos.
Juan, con la cabeza algo gacha, me miraba de reojo. No con desconfianza: diría que con timidez. Tenía los codos apoyados en la mesa y, con los brazos extendidos, aferraba el vaso con ambas manos, como descargando sobre él la tensión. Unas ojeras oscuras delataban su falta de sueño. Imaginé que sería por las largas guardias que le tocaba cumplir. Por lo demás, se lo veía pulcro y cuidado, como corresponde a su profesión.
Mi amigo, su amigo, lo animó a que comenzara a hablar.
—Seguramente usted no va a creerme, señor, pero puede confiar en que le contaré la verdad —fue lo primero que dijo.
—Usted hable, jovencito. Yo luego decidiré qué hacer.
Lentamente comenzó el relato, siempre serio. A medida que hablaba, notaba que su mente se remontaba hacia otra dimensión, un lugar al que yo no podía llegar.
Lo primero que hizo fue ponerme en contexto. Pocos meses antes del hecho, le habían adjudicado la plaza para las prácticas en el Marco Vinicio. Eran cinco los que trabajaban juntos, incluido él. Me dio el nombre de todos, pero no pude retener más de dos. Uno era practicante, como él, y los demás, residentes.
Le tocaban las guardias de noche y los fines de semana. Mientras lo escuchaba, pensaba si eso tenía algo que ver con el suceso que quería relatar. No quise interrumpirlo. Como le había costado empezar, lo dejé seguir.
Me contó que, entre otras tareas, llenaba formularios sobre la situación de los pacientes, participaba en las rondas clínicas y, ante cualquier cambio importante en el estado de los enfermos, debía avisar inmediatamente a su superior, el jefe de residentes, Silvio, algo mayor que él, pero aún joven.
El relato pasó entonces a versar sobre el supervisor. Según sus palabras, era un profesional excelente; por eso había llegado a ese puesto siendo joven. Resaltó que era “buena onda” y que se llevaba bien no sólo con los residentes, sino también con los pacientes. Nos reiteraba:
—Para hacer un buen diagnóstico, es importante conocer profundamente al paciente y también a su entorno. Dialogar con ellos es una de las herramientas más útiles que tiene un médico.
El practicante hizo una pausa. Tomó el resto de la cerveza que le quedaba. Noté lo lento que le pasaba el líquido por la garganta. Me miró a los ojos; pareció ignorar a Eugenio, que permanecía en silencio.
Juan León me preguntó si conocía el hospital. Le dije que sí, que lo había visitado un par de veces por pequeñas dolencias y otras por cuestiones profesionales, pero que nunca lo había recorrido en su totalidad.
Me habló especialmente del Cuarto Piso. Pasó de largo la ubicación de la farmacia, la sala de cirugías, la UTI, la maternidad. Se detuvo en las explicaciones sobre ese sector. Por deformación profesional, se me ocurrió que lo medular se encontraba ahí.
Lo detalló: tenía un auditorio, biblioteca, un par de salones para clases, mesas y sillas para comer algo, un dispenser de agua y una cafetera automática.
Aclaró que el Cuarto Piso era de uso exclusivo del personal. Sólo podían disponer de sus comodidades los profesionales, médicos y enfermeras. No estaba permitido el acceso a pacientes ni familiares.
También estaban las camas donde descansaban los practicantes.
Lejos de sentirme agobiado por el relato, lo escuchaba atento. Me intrigaba a dónde quería llegar. La conversación era un monólogo, pero ameno. El tono de voz era moderado, aunque hablaba con marcado énfasis.
Como sospechaba que “el cuento” iba para largo, quise pedir otra cerveza. Eugenio llamó al mozo y pidió tres, sin consultar a su amigo, suponiendo que el alcohol calmaría su ansiedad.
Antes de seguir, volvió a disculparse:
—Señor Nova, una vez más quiero pedirle disculpas por el tiempo que me está dedicando. Pero, para que comprenda la situación, no me queda más remedio que darle estos detalles.
—Siga —le respondí.
Después de varios minutos dedicados a la minuciosa descripción del Cuarto, me habló del área de internación. Me explicó que en el Vinicio se atendían muchas patologías y que, como en cualquier hospital, había pacientes de corta estadía y otros que pasaban de Terapia Intensiva a Sala General.
Tomó un trago y agregó:
—Hay enfermos casi permanentes. Personas cuyo estado es tan crítico que no les permite estar mucho tiempo fuera del hospital. Van y vienen, se vuelven caras conocidas. Casi todos sabemos qué padecen.
Como el caso de Francisco. Don Pancho.
Me llamó la atención: lo mencionó como si yo lo conociera. Por mi gesto, se dio cuenta de que no.
—Pancho es ese hombre que solía verse caminando por el centro de la ciudad. El que se acercaba a conversar con la gente. Tenía un semblante sereno, una breve sonrisa clavada en el rostro y buscaba siempre un poco de charla.
Moví afirmativamente la cabeza. Lo recordé al instante. Yo cubrí la noticia. Cuántas veces me lo había cruzado camino al periódico.
No tenía familia. La había perdido en un incendio. Vivían en una casa precaria, de paredes de madera, en un barrio de las afueras de Nueva Loja. Cuando ocurrió la desgracia, él no estaba. El fuego se extendió tan rápido que su mujer y sus dos hijos no pudieron salir.
A partir de ahí, no volvió a trabajar. Pasó mucho tiempo sin hablar. Vivía bajo una lona sostenida por palos, en el terreno donde antes estaba su casa y ahora sólo quedaban pastos chamuscados. Pasaba los días en silencio, comiendo lo que le acercaban los vecinos.
Luego la asistencia social se hizo cargo. Estuvo internado, lo trataron por psiquiatría y otras dolencias. El alma rota le había afectado las facultades mentales.
Con el tiempo, bastante restablecido, volvió a hacerse cargo de sí mismo. El Servicio Social se encargó de alquilarle una piecita y de acercarle medicamentos y comida. Recorrió las calles buscando conversación, compañía. Se convirtió en uno de esos personajes que tiene todo pueblo.
Pero hacía tiempo que no lo veía.
—¿Qué le pasó? —pregunté—. Hace mucho que no lo veo.
—Una enfermedad renal crónica. Tremenda.
Tenían que hacerle diálisis periódicamente. Era un caso delicado. Estaba en el hospital con frecuencia. Todo el personal lo conocía. Siempre con su ligera sonrisa y esa resignación en la mirada.
Ya creía que íbamos a entrar en el meollo. Por suerte, así fue.
Eugenio habló por primera vez desde que pidió la cerveza. Me tocó el brazo.
—Escuchá, escuchá. Ahora viene lo interesante.
Llevábamos cuarenta y cinco minutos. Ya me volvía a dar sed.
Juan continuó:
El doctor Silvio estaba en su oficina completando formularios. Cerró la carpeta, se frotó los ojos, se recostó en el sillón. Minutos después, decidió subir al Cuarto Piso. Quería un café, despejarse, conversar con los residentes. De esto nos enteramos después.
Su oficina quedaba en el Primer Piso. Fue al ascensor. El botón no respondía. Esperó. Miró alrededor. Turno nocturno: casi nadie.
Decidió subir por las escaleras.
Al llegar, se topó con don Pancho.
—Buenas noches, doctor —le dijo—. Parece que el ascensor anda mal. Nos tocó hacer ejercicio.
Silvio lo saludó. Lo conocía desde hacía años. Pancho le devolvió el gesto con su sonrisa habitual.
Agotado, confundido, reaccionó tarde.
Se acercó a nosotros, que estábamos compartiendo charla y café, preocupado y serio. Sin saludar siquiera, preguntó:
—¿Quién autorizó a Pancho a subir? ¿Quién le permitió el acceso al Cuarto Piso? Debía estar con suero. Mañana tiene diálisis.
Nos miramos entre nosotros; nadie respondió.
Pidió que nos comunicáramos con la jefa de enfermeras. Que preguntáramos si alguna de ellas sabía algo. Fui yo quien llamó, dijo Juan León. Estaba más cerca del intercomunicador. La enfermera le dio la respuesta que esperaba.
Silvio lo miró. Lo interrogó con la mirada.
Juan se animó:
—Doctor... ¿está seguro de que era Pancho?
—Por supuesto. Me habló. Hasta sabía lo del ascensor. Me saludó y me dijo que me cuide —contó.
Como si hablara para sí mismo, Silvio murmuró:
—¡Que me cuide yo! —cerró el comentario con un sonido que se escuchó como un “ja”.
Un silencio de engranaje roto: todos sentían la presión de la máquina intentando avanzar, pero nadie se animaba a ser la pieza que cediera primero. Temían ofender al doctor.
Finalmente, un residente habló:
—Don Pancho falleció hoy a la tarde. La Asistencia Social trasladó el cuerpo al cementerio.
Vimos a Silvio perturbado. Miraba hacia abajo y meneaba la cabeza. Parecía buscar respuestas dentro de sí.
—No puede ser... —repetía—. No puedo haberme equivocado.
Fue al dispenser. Tomó agua dos veces. Se fue sin despedirse.
Durante varios días no volvió. Nos informaron de eso, pero no de las razones.
El practicante de medicina cerró el relato:
—Y eso es sólo el comienzo.
Me terminé la tercera cerveza. Me recosté sobre la silla. Miré a Juan León sin saber todavía si iba a cumplir lo que le había prometido al empezar la charla: ¿le creía? Las preguntas siguieron rondando en mi cabeza.
Saludamos al mozo de El Rinconsito. Fuimos los últimos en irnos. Se había hecho muy tarde.
Saliendo, Juan nos contó que desde entonces siempre se fija si el ascensor funciona.
—Aunque no tenga que subir al cuarto piso, por las dudas —sonríe.
Quedamos en volver a encontrarnos.
- Fuera de servicio - jueves 9 de abril de 2026


