El marcador rojo ya había dado su último aliento para colorear de un rojo desteñido esa última tarjeta. Un corazón de 8 bits para cada uno de mis amigos y mi novio. Sonreí satisfecha y guardé todo en mi mochila.
Al día siguiente, saliendo de la prepa fui a buscar a Alfonso a donde él estudiaba. Hacía mucho sol. Escuché el timbre y, a los pocos minutos, él llegó por detrás de mí mientras yo fingía no haberlo visto de reojo. Me tocó el hombro y me giré para mirarlo: usaba una cachucha roja. Teníamos cerca de tres años sin vernos. Cuando me saludó, no supe si abrazarlo o tomar distancia. Tampoco supe si darle esa última tarjeta de corazón con su nombre al frente. Frente a nosotros se detuvo un auto rojo, desteñido por el sol, y nos subimos. Él adelante, conducía su mamá. Ella nos llevó al hospital. Era un día especial, no por san Valentín, sino porque Alfonso recibiría su última radioterapia.
Al terminar la terapia y ya en casa de Alfonso, su mamá nos dejó a solas. Entonces, él me enseñó la cicatriz que recorría su cabeza: desde la nuca hasta el inicio de su frente. Le dije que no se dejara crecer el pelo, que aquella marca le daba mucha personalidad. Nos reímos y mencionó un personaje de anime que tenía una muy parecida. Silencio incómodo. Jugó con sus dedos, nervioso. Miré a la ventana, sin ver nada en realidad. Me extendió sobre la mesa un sobre hecho con hoja de cuaderno. En el cierre, un corazón pintado con un rojo desteñido y mi primer nombre, ese por el cual ya nadie me llamaba, escrito con lápiz. La carta estaba escrita a lápiz también. En ella, mencionaba lo mucho que me había extrañado durante el tiempo en que no nos vimos. Que sabía que yo tenía novio, pero quería confesarme que le gustaba desde la secundaria. Sentí un calor extenderse por mi estómago. Él también me gustaba en aquel entonces.
Pero nunca se lo dije.
Antes de la operación, y con el rostro de un adolescente, se parecía un poco a Keanu Reeves. La extirpación de un tumor entre sus hemisferios cerebrales, además de una cicatriz gruesa en la cabeza y estrabismo, hizo un cambio enorme en su personalidad. Se volvió más tímido, pero de pronto era errático. Me enviaba mensajes que giraban alrededor del feederism. Aunque nunca dijo explícitamente practicarlo, sus preguntas y comentarios eran obvios: “¿Cuánto pesas?”, “deberías engordar más”, “hay mujeres que venden fotos y videos de su panza, tú podrías hacerlo. Definitivamente lo compraría, porque eres muy linda”. Decía que era su única amiga, por eso no dejé de responder a la mayoría de sus mensajes. Lo vi un par de veces en persona, y no se detenía en seguir con el tema. También hablaba de lo mucho que deseaba irse a vivir solo. Buscaba trabajo, pero siempre había algo que no podía hacer.
Un día me contó que le gustaba usar ropa de mujer, pero que no era gay. Le dije que ninguna de las dos cosas tenía nada de malo. Pero a partir de ahí, sus comentarios fueron más explícitos. Contesté cada vez menos, hasta que un día dejó de escribirme. Una culpa silenciosa se escondió muy dentro de mí; intenté consolarme pensando que quizá había conseguido amigos y ya no me necesitaba.
Hasta que su mamá me escribió para decirme que Alfonso había muerto. No fui a su funeral porque ya había pasado. Dijo que el cáncer volvió, pero que no le avisó a nadie. Que quizá quería morirse de una vez. O que tal vez no quería pasar por el mismo proceso de cirugía y radioterapias. Pero yo creo que, más bien, no quería ver sufrir a su mamá.
Pasaron los años y me mudé a una ciudad lejana. Un día, cabeceando en el autobús, vi por la ventana a Alfonso. Usaba su vieja gorra roja, más desteñida que nunca. Se había dejado crecer el cabello y usaba otro armazón de anteojos. De la impresión, pedí la parada al chofer y me bajé para verificar lo que veía. Recordé la tarjeta de corazón y supe que era el momento de entregársela. Lo seguí sin acercarme demasiado y lo observé comprar frituras en una miscelánea. Definitivamente era él, aunque ya no tenía estrabismo, ni esa sonrisa medio incómoda. Se veía igual de joven que la última vez que lo vi. Noté que se parecía un poco a Keanu Reeves. En el bolsillo de mi chamarra sentí la tarjeta un poco maltratada por el tiempo. Me acerqué para saludarlo, y entonces entendí que se mudó a esa misma ciudad por la misma razón que yo: para ser él mismo, aunque para ello tuviera que desaparecer del mundo.
- Rojo desteñido - martes 26 de mayo de 2026


