“La muerte no os concierne ni vivo ni muerto: vivo, porque sois; muerto porque ya no sois”.
Michel de Montaigne.
Cuando llegó la policía, venía acompañada de una de esas destartaladas ambulancias de provincia, con la que Iván y Miguel coincidieron a la entrada del edificio departamental. Ya habían pasado algunas horas desde que Abigail llamara a la Central, que la Central avisara a Iván y Miguel y que Iván y Miguel sortearan el tráfico hasta dar con la dirección donde encontrarían al “pobre pendejo que se había matado”. Afortunadamente, cuando cruzaron la puerta, el muerto no había ido a ninguna parte.
—Llegamos —fue lo primero que dijeron.
El rigor mortis seguía presente, como bien lo notó la señorita Karla, mientras revisaba superficialmente el cuerpo, que ahora parecía un muñeco simplemente lanzado sobre la mesa.
—Sí, el rigor mortis está presente —reafirmó a su compañero como quien pesa un kilo de tomate.
Esto sucedía más allá de la ingenua esperanza de Abigail de que, quizás, durante el tiempo que tardó en llegar la ayuda, Vicente comenzara a reaccionar, moviera lentamente su cabeza hacia ella, como en esas películas de terror ochenteras, y le dijera, como en otras ocasiones: “¿Cómo estás, hermana? Todo ha sido una broma”.
Abigail pensó también en las muchas veces en que desde la universidad habían requerido una ambulancia para distintas personas y cómo, al final, habían tenido que conformarse con un taxi o con algún buen samaritano para llegar de emergencia a la clínica o al hospital de turno. Llegó a pensar, al menos por un momento, que, pese a todo, resultaba un buen augurio que la ambulancia tardara como siempre en esa ciudad, a lo que se sumaba que el departamento sólo estaba a cinco minutos de la casa de estudio. Evidentemente el milagro no sucedió: Lázaro ese día no caminó. Cuando la policía y los paramédicos entraron, la mitad del cuerpo de Vicente seguía tieso y frío sobre la mesa y Abigail sólo se había movido para abrir la puerta del 421.
—¿A qué hora llegó al departamento? —le preguntó con poco tacto uno de los dos policías que se habían colocado frente a ella con sendas libretas de notas, como cuates acostumbrados a rutinas mortuorias.
—No lo sé, más o menos eran las seis —respondió, al tiempo que hacía memoria de la última conversación que había tenido con el occiso.
—¿De la tarde o de la mañana? —preguntaron casi como si compitieran por ver quién hacía la pregunta más inteligente o, a lo menos, la más precisa.
—De la tarde —respondió ella—. Lo llamé durante toda la mañana. Yo sabía, sabía que algo raro pasaba... Hace tres días hablé con él... Me mencionó una carta hace varias semanas, me habló de traición, de unos hijos de la chingada, estaba como deprimido, pero lo veía mal desde antes, incluso hace un mes, con sus tonterías, sus locuras, decía que estaba escribiendo no sé qué, pero que ya nada tenía sentido... Soñé con él, pero eso no tiene nada que ver aquí. Sé que su malestar fue in crescendo. Él trabajaba como profesor en la universidad; también es escritor. Más bien lo era... Mi amigo. Quizás han leído algo de él en el diario. Sé que su último libro de poemas lo tenía mal; pero no, no, no creo que haya sido eso. Esto se veía venir desde que quedó solo... Le juré que lo patearía si intentaba algo, incluso que lo escupiría por cada vez que hablaba de su muerte como que fuera algo inevitable. La pinche carta. Siempre necesitó estar con alguien; no puedo creer que haya muerto... Bicho, la cagaste, la cagaste. No debiste hacerlo.
Abigail creyó en principio que Vicente se había suicidado. Inicialmente, quienes acudieron al departamento deben haber creído lo mismo, pues todo indicaba que el homicidio debía descartarse de lleno antes siquiera de investigar; además, escritor que se respeta se suicida según dicta el canon. Empero, al día siguiente, los exámenes sólo indicarían que su muerte había sido por causas naturales. Cuestión que hacía todo más inexplicable, pues más allá de su gusto por beber, y de lo poco y mal que se había alimentado el último mes, Vicente no tenía indicios de una mala salud, ni de enfermedades previas o de alguna por aparecer. El escritor simplemente había “estirado la pata”.
Un mes antes de su muerte, en un café del centro de la ciudad, Vicente comentó no saber cómo había llegado a esa miserable ciudad, que la gente le daba un asco profundo, que ya no podía confiar en nada, que sólo le quedaba escribir. Después de dos pronunciados sorbos a su café, toda su diatriba apuntó a una carta anónima que había sido dejada subrepticiamente sobre su escritorio, con una caligrafía espantosa y una ortografía aún peor, en que se le avisaba al poeta que el académico Jorge Villalobos buscaba sacarlo de la universidad mediante una serie de acusaciones que se habían enviado a la directora de carrera, coludiéndose de paso con varios estudiantes que habían adherido a una ola mucho mayor a su comprensión. Repentinamente, Vicente rompió la carta frente a ella: sólo un trocito cayó dentro del café.
Lo que siguió fue una escueta y tajante reunión. Después, la inquietud de que probablemente muchos de esos anónimos que firmaron su destitución habían compartido con él en su departamento, habían brindado con su vino, le habían sonreído y le habían dicho “amigo”. Quizás, se decía, no fuera el mejor profesor. Sin duda, después de todo esto, ni siquiera era el mejor ser humano. Era inmaduro; sus excesos lo habían alejado del académico que todos esperaban. Le gustaba el beber, el salir, el sexo y, en síntesis, era poco cuidadoso con su imagen... “¿Él también habrá firmado para sacarme?”, reflexionó durante los siguientes días. “Cuídate de alguien con esos ojos”, le diría Abigail, en ese mismo café, mucho tiempo antes. “¿Al final, los muchos que le advirtieron sobre él tuvieron razón?”, se preguntó por última vez. Nunca lo sabría, pues Vicente decidió muy rápido no hacer nada. Optó por encerrarse y escribir; escribir, nada más. Tal vez, le dolía defenderse de gente a la que creía querer; tal vez tuvo miedo: depende de quién hable acerca de él. Los días siguientes, la universidad abrió igual a las ocho.
—¡Nos vamos! —se escuchó fuerte y claro.
Cuando levantaron el cuerpo, Abigail buscó sobre el escritorio, en el cuarto, sobre el piso. No encontró nada.
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