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El misterio

sábado 24 de octubre de 2026
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I

Todos estamos forjados con la materia prima con la que se componen los misterios. Me llamo Gabriel. He viajado a la ciudad mediterránea de Barcelona en verano, en busca de la sanación de mi espíritu. ¡Maldita sea!, soy escritor y hace tiempo que las musas de la inspiración huyeron de mí sin avisar y aún no han vuelto. Necesitaba pensar y aclarar mis ideas. Aquí en la terraza del octavo piso de un hotel, bebiendo un mojito de fresa, con mi gorra roja de beisbol coronando mi cabeza, estoy viendo la Plaza Cataluña a mis pies. El bullir de la gente es constante, parecen hormigas a tanta distancia, van y vienen vagando a ninguna parte, bajo el calor canicular.

Se crea una atmósfera novelesca. En la piscina del octavo piso del hotel hace un fuerte olor a cloro; sentado como un rey en su trono, me paso la mano por la frente para secar mi sudor, estoy rodeado de turistas del norte de Europa: jóvenes, altos, rubios y con ojos azules. Vestidos elegantemente con pantalones de lino y camisas de tonalidades claras, parecen ángeles que han bajado del cielo a pasar sus vacaciones al purgatorio de la cotidianidad. La puesta en escena es de película de Hollywood.

De repente, observo un hombre singular y enigmático, con rostro insolente, con sonrisa de hiena en la boca, que me está mirando con cara de atención tendido en una hamaca al lado de la piscina bebiendo un gin con tónica. Lleva un sombrero de paja estilo Panamá, una camisa estampada con palmeras sobre un fondo azul celeste, unas bermudas color caqui y unas sandalias playeras. Es relleno, bajito, con ojos grandes y saltones, con cejas pobladas y cara rechoncha, parece un sapo a punto de croar y brincar de la hamaca. Me quedo intrigado, pero sigo con mi mojito y procuro no darle importancia, creo que tengo preocupaciones más importantes.

Dos días después estoy cerca de la iglesia modernista de la Sagrada Familia, rodeado de turistas japoneses haciéndose selfis, en una terraza de un restaurante tomándome una cerveza. Notaba un zumbido en la cabeza como el aleteo de un moscardón atrapado en un frasco de vidrio. ¡Madre mía! vuelvo a ver al hombre singular y enigmático con su sombrero de paja estilo Panamá, mirándome fijamente a los ojos, con descaro, sentado en la acera de enfrente, en otra terraza, comiendo una hamburguesa. Era casualidad, o había un mensaje implícito en esos encuentros. Era un misterio envuelto en un enigma. Pienso que la literatura es un secreto impenetrable en que cada uno ha de encontrar su propio significado, un recipiente vacío que cada lector ha de rellenar con su mundo interno emocional. Nace un relato.

 

II

Todos estamos forjados con la materia prima con la que se componen los misterios. Me llamo Andrés. He acabado mi última novela y he viajado a Barcelona para celebrarlo, ha sido un parto con dolor, parecido a engendrar un elefante, pero el final ha sido satisfactorio, he concebido un buen libro. Las musas de la inspiración, a veces esquivas, llegaron a tiempo para cumplir los plazos con la editorial, que quedaron muy satisfechos con el resultado final. Soy escritor de novelas de suspense, mis obras son éxitos, y la venta de los derechos, a productoras cinematográficas o de televisión, me hacen vivir sin problemas económicos. Esta mañana, en una tienda de souvenirs, he comprado un sombrero de paja estilo Panamá, un capricho que me he permitido.

Los libros que yo creo tratan de entretener, de hacer pasar un rato agradable al lector, de que piense que el dinero invertido en la compra haya sido bien empleado. La literatura es una historia de seducción a distancia, un intento de enamorar con las palabras escritas, me gusta juguetear con las sílabas y las consonantes.

Se crea un ambiente irreal. Sudando como en una sauna, estoy en una terraza de un hotel de Plaza Catalunya, sonriendo de satisfacción, tomando un gin con tónica, rodeado de turistas nórdicos. La puesta en escena es de película de Hollywood. De repente, me fijo en un hombre extravagante y estrambótico, bebiendo un mojito de fresa, con semblante rígido, secándose el sudor de su frente con la mano, que destaca en el entorno de jóvenes vikingos que pueblan la piscina del hotel. Su cara pálida parece un trabajo de marfil. Lleva una gorra roja de béisbol, un polo a rayas verdes y blancas, unos pantalones rojos, y calza unas bambas blancas con unos calcetines blancos. Es flaco como hecho de alambre, cuello largo parecido a una jirafa, ojos pequeños y almendrados, boca chata y nariz afilada como un lapicero.

Dos días después, en un restaurante de la Sagrada Familia, hacía olor a asfalto, rodeado de turistas japoneses que parecen salidos de una serie de samuráis; estoy mirando la carta para comer algo, me decido a pedir una hamburguesa vegana, mi médico me ha aconsejado que vigile con mi peso. Una vez me la sirven, observo otra vez al hombre extravagante y estrambótico de la gorra roja bebiendo una cerveza, sentado enfrente de la calle. Era un misterio envuelto en un enigma. Seguramente detrás de él habrá una historia, su vida será una gran novela para escribir. Dicen que las casualidades no existen y que todo tiene una razón. Tal vez sea que he de escribir la historia de este desconocido.

Andrés Ramón Llull
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