Ayuda a Venezuela
Saltar al contenido

Acrididae, escorpiomaquia

jueves 29 de octubre de 2026
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Empezaba a llover. No podía perder más tiempo buscando los zapatos o se mojaría la ropa, y ya no tenía más. Se dijo tonto por no haber lavado el día anterior, cuando acabó temprano con la cerca y estaba despejado. Más tonto por no meter la ropa al atardecer. Salió descalzo. Jaló la puerta tras de sí, como había aprendido, pero retrajo la mano antes de tiempo y la puerta se cerró completamente. Se quedó pasmado un momento. Era de noche. Llovía. Estaba afuera, descalzo, atrapado entre la puerta corrediza y la cerca que recién él mismo había instalado.

Idealmente dejaría la puerta abierta, pero en esta época del año a los grillos de siempre se sumaba la temporada de chapulines y, aunque Coré tenía una obsesión por los artrópodos, no le entusiasmaba la idea de convivir con ellos dentro de su casa. Y tantas veces lo había hecho así, que fallar era imposible. Lo tenía grabado en la memoria muscular. Jalar, esperar, quitar la mano. El truco era rozar apenas el borde de la puerta sin machucarse, asegurando un resquicio por donde introducir los dedos para volver a abrir. Si tan sólo tuviera una piedra a la mano podría romper el vidrio, pero las había llevado todas al frente para poder andar descalzo en el verano sin temor a lastimarse. No había ni un árbol para trepar. Los mangos y el carambolo estaban recién trasplantados, muy pequeños y frágiles. No había palos. Ni siquiera tenía zapatos, nada que pudiera usar como herramienta. Escarbar debajo de la cerca le tomaría toda la noche, le costaría las uñas, y quién sabe qué otros imprevistos tendría que resolver. Con un pie se sacudía del otro los bichitos, que ya le hacían cosquillas.

No le parecía muy sensato, pero no le quedaba otra opción. Lo había visto en las películas. Envolvió su puño con una camisa y golpeó temerosamente la puerta de vidrio. Nada, la tela mojada absorbía el impacto. Tres intentos más tarde comenzó a tomar confianza, y en el quinto golpe se escuchó un crujido. Ya se podían ver claramente las estrías. El sexto golpe fue el definitivo. La adrenalina y la estridencia le ocultaron los síntomas hasta que empezó a sentir un cosquilleo y el brazo caliente. Al mirar abajo vio primero los vidrios esparcidos por el piso. Le tomó unos segundos enfocar la vista y darse cuenta de que un trozo estaba incrustado en la parte interna del brazo derecho, lo suficientemente profundo para sostener su propio peso. Sintió encogerse los músculos de su cara. Miró con angustia la herida, de la cual brotaba a pulsos la sangre.

Temblando, un poco por el fresco de la lluvia, un poco por el torrente desatado en su cabeza, liberó el seguro de la puerta y la abrió lentamente, como si temiera estropear las carretillas. Con pasos suaves caminó sobre los vidrios, apoyándose en la mesa de fresno con el brazo bueno. Se detuvo un momento en la esquina para aliviar la comezón de sus pies, frotando plantas contra pantorrillas. Sintió arañazos en la tibia y vio caer las esquirlas, pero no le dio importancia. Coré sabía qué hacer, aunque los pensamientos se le movían más lento que las piernas temblorosas. Junto a su cama tenía el botiquín de primeros auxilios. Hizo lo que sabía. Retiró el fragmento, terminó la asepsia y el vendaje, hizo presión contra su brazo y se quedó sentado, estimando los minutos que tardaría la compresa en empaparse.

Tenía la vista perdida en la pared blanca, de un tono sutilmente arenoso. Él habría preferido un color más distintivo, pero a ella le gustaba que se reflejara la luz. Por ella sembró el carambolo, una planta que él conocía desde siempre, pero cuyo fruto nunca había comido hasta que ella se lo dio a probar. Los esquejes de mango se los había mandado a traer desde la casa donde creció, para poder compartir con ella un sabor de su infancia. Ella soñaba con una vida en el campo. Él compró el terreno, planificó todo sin arquitecto, supervisó la obra. Pensaba pedirle matrimonio. No inmediatamente, pero algún día. Lo supo cuando ella le mostró una foto con dos peluches en su cama, uno que la había acompañado toda su vida, otro que él le regaló, y le dijo: “Siempre pienso que somos nosotros dos”. Ella se fue a Nueva York con sus tíos un par de semanas. Se verían a su vuelta, antes de los exámenes finales. No había pasado un minuto cuando la compresa ya estaba saturada. ¿Sería mejor cambiarla, o continuar presionando? Se recostó, cerrando los ojos, tratando de respirar lento y profundo, tratando de no pensar mucho en su brazo, tan blanco que parecía una imitación hecha de cera. Ella dijo que le traería algo de su viaje, pero la escuela, el trabajo, la familia, los horarios, no permitieron que volvieran a verse. Ella nunca lo engañó. Él no dejó de amarla.

Se escribían casi todos los días. Hacían llamada en las noches, los martes y los jueves, a menos que ella estuviera apurada con tareas. Luego, una vez a la semana. Y luego, cada dos, si es que él no olvidaba el teléfono en otro sitio mientras investigaba los mejores materiales para hacer frente a las altas temperaturas y a la vegetación de la sierra. Se convenció de que no toda la humedad bajo el vendaje era sangre. Debía haber también mucho sudor, lo que le causaba una comezón insoportable. Pero, claro, no convenía rascarse. Poco a poco se distanciaron. Ella no hizo nada por remediarlo y, de pronto, un día Coré se dio cuenta de que le entusiasmaba más trabajar en la cerca que hacer un nuevo esfuerzo por encontrarse con ella en aquel café, donde quedaron de verse la primera vez, un día que no hubo clases.

El vecino más cercano quedaba a casi un kilómetro. Imposible llegar. Había elegido un terreno irregular para desalentar el paso de los coches. Se requería mucha pericia, no se atrevía a manejar en ese estado. De noche y con el suelo mojado, incluso andar a pie lo ponía en riesgo de una mala caída. Los grillos chirriaban. A la distancia, en el espejo, adivinaba el rostro pálido, tal vez por la pérdida de sangre, o tal vez sólo por el susto. Tal vez era sugestión y ya había pasado lo peor. Imaginó su arteria cubital, con millones de plaquetas corriendo en el torrente sanguíneo, apilándose para sellar la herida. La compresa apenas chorreaba, casi nada. Incluso sentía hambre, lo cual era buena señal. Aunque la sensación era extraña, como si el hambre la tuviera en el pecho. También tenía mucha sed. Abrió los ojos, giró el cuerpo hasta reincorporarse y se puso las pantuflas. Estando de pie, la diferencia de presión disminuiría la velocidad de la sangre y la hemorragia pararía pronto. Sólo tenía que mantener su brazo presionado contra la nuca en el lugar correcto.

Hierro, vitamina C. Tenía lentejas precocidas. Podía coger un par de limones del arbolito de la entrada. Le preocupaba tener que manipular un cuchillo, pero no era tan torpe con la mano izquierda. Se sentía despierto, confiado en su reacción inteligente y oportuna. Debería llamarla al día siguiente, después de almorzar y recoger los vidrios del comedor. Era muy noche para llamar y, de cualquier modo, había que caminar bastante para encontrar señal estable. Por el momento, cenar y volver a la cama. No se atrevió a mirarse a los ojos al pasar frente al espejo, camino a la cocina.

¿Era su novia? Nunca lo acordaron formalmente, pero se entendía que sí. Todos sabían que sí. La conoció en la facultad de ciencias biológicas. Ella estaba en su primer semestre de agronomía, mientras él planeaba ya su especialidad en entomología. Tal vez seguían juntos. Tal vez sólo habían estado ocupados. En el cajón de la mesita de noche, Aria dormía en su lecho de resina epóxica. Así bautizó al precioso espécimen, Cotinis mutabilis, que halló en las jardineras de la facultad, como homenaje a las mechas que Aria, su novia, no el escarabajo, se había teñido color verde esa semana. Todavía no la invitaba a salir cuando ella le enseñó a preparar la resina con el catalizador, calentando a fuego lento la mezcla para eliminar las burbujas de aire.

Cruzó la puerta de su alcoba. Tenía instalada en la salita su pantalla plana y un reproductor de discos. En el piso del comedor seguía el desorden. Solamente faltaba un trozo, el que estaba tirado a un lado de su cama. Al sentir su presencia, un grillito errante detuvo su incursión bajo las cortinas. Toda su vida Coré estuvo rodeado de bichitos. Vivía en un clima tropical cuando, a sus seis años, las lluvias de mayo llegaron con miles de hormigas voladoras. Asumió de inmediato que su misión era mantener la casa libre de aquellos invasores, y, en medio de aquella empresa, con las cortinas tapizadas de chicatanas descubriría su vocación. No se encontraría con un alacrán hasta mucho después, al mudarse con sus padres. Bajo un sillón viejo, las larvas de alacrán parecían pequeños camarones enroscados, húmedos e indefensos.

Se rascó la nuca con el brazo doblado detrás de su cabeza, preguntándose si no sería lo mejor salir por los limones ahora que todavía le quedaba un poco de energía. Sintió el roce de su brazo en la nuca, pero en el brazo lo único que sentía era ardor e inflamación, como si lo extendiera sobre una estufa encendida y se le hinchara de aire caliente. Ya no llovía. Su respiración tembló por un momento y sintió muy hondo el vacío en el pecho. Una lluvia espantaburros, ni se mojó tanto la ropa. Avanzó pesadamente hacia la puerta principal, arrastrando algunos trozos con las pantuflas. Al ver su silueta reflejada en la pantalla bajó la mirada.

Fue a inicios de septiembre, en su último año de secundaria, que encontró un alacrán en la cochera. Por la forma de la cola, su color y las manchas de su espalda, supo que se trataba de un magnífico ejemplar de Centruroides limpidus. Con ayuda de un cuchillo de mantequilla lo metió en una taza de café. Lo cubrió con una bolsa de plástico, sujeta a la boca de la taza con una liga de caucho. Considerándolo un huésped de honor, determinó conseguir un frasco más grande que los que tenía en la alacena. Había una tienda de artículos de cocina a media hora de camino, y de regreso pasaría bajo el puente, que en esos meses está infestado de chapulines. Fue muy fácil atrapar a una pareja en plena cópula.

El alacrán debía estar satisfecho de alguna presa reciente porque no se acercó a la pareja el primer día. Convencido de que esto le daba demasiada ventaja al depredador natural, quiso emparejar la situación. Con unos palillos de madera retuvo al alacrán mientras cercenaba su aguijón con un cuchillo. Parecía ser agua lo que salía a chorro de la cola. Inmediatamente tiró la tabla de picar a la basura. El cuchillo lo lavó a conciencia. Ahora que el alacrán estaba limitado al uso de sus pinzas, los chapulines tendrían la oportunidad de pelear por sus vidas. El segundo día el alacrán estuvo activo desde el amanecer, acercándose a los chapulines hasta estar prácticamente encima de ellos. El macho, el más pequeño, seguía montado sobre la hembra. La hembra, que tenía flexionadas las patas traseras, arrojó de una patada al alacrán contra la pared, adoptando de inmediato la misma posición de ataque por si hiciera falta defenderse nuevamente. Reincorporándose, el alacrán repitió la estrategia una y otra vez. Recibió numerosas patadas, pero logró herir al macho en un costado. Al amanecer del tercer día ya estaba desprendida una de las patas traseras de la hembra. Ni el macho ni el alacrán se movían. La hembra se arrastraba con dificultad, y murió al día siguiente.

Miró el reloj de la entrada. No sabía exactamente cuánto tiempo había transcurrido. No vio la hora al salir por la ropa, pero no podían haber sido más de diez minutos. Puso la mano sobre el marco al llegar a la puerta, y alcanzó la perilla en el segundo intento. Recordó haberla desmontado él mismo para que pudieran meter la mesa del comedor sin dañar el muro donde estaba colgado el reloj. Cuando bajaron la mesa de la camioneta, Coré se movía de un lado a otro, resorteando con las piernas y extendiendo las manos como si pensara detenerla él sólo en caso de que se soltara accidentalmente. Adelantaba torpemente al personal de maniobras, luego daba un paso de costado al darse cuenta de que estorbaba. Le temblaban las manos. La casa estaría adornada y lista para cuando Aria volviera de su viaje. El carambolo no se iba a cargar en dos o tres años, el mango tardaría incluso más. Pero todo quedaría tan bien. Era lo que ella quería, era la vida que él quería con ella.

Recargado en el marco de la puerta, contemplaba el caminito empedrado. Ahí estaban las piedras que sacó del jardín, junto a tantas otras piedras que otras tantas personas habrían movido de lugares donde harían falta un día. Las piernas no le respondían. Los pies se deslizaban poco a poco, hasta que quedó sentado a la entrada de su casa. Sentía las llamas devorar su brazo desde dentro. Sentía empapada la espalda. Debía ser por la mala iluminación de la entrada, pero, ahí tendido, el brazo se veía un poco gris. Se lamentó no haber visto una película que él le sugirió y que ella prometió que verían juntos. Se lamentó no haber insistido en encontrarse, aunque fueran esos diez minutos saliendo de su clase. Se lamentó haber retirado la mano antes de tiempo.

—¿Por qué te pusieron Aria? —le preguntó.

—No sé. Significa aire. No sé por qué les gustó a mis papás. ¿Y a ti?

—Mis papás querían un nombre bíblico. Lo gracioso es que creo que no sabían mucho de la Biblia, porque Coré no es de los buenos —dijo con humor—. Suena bien horrible, ¿no? Coré Pino.

—Hay peores.

—Nunca le he dicho a nadie, pero en la secundaria adopté al escorpión, casi como mi animal espiritual, por cómo suena mi nombre.

—¿Cómo?

—Te vas a burlar de mí. Es que si me preguntaban ¿cuál es tu nombre? Yo decía: es-Coré-Pino. ¿Ves? Con cierta entonación suena como a escorpión.

—¡Qué bobo! Es lo más tonto que me has dicho.

La recordó riendo sus carcajadas silenciosas, doblándose hacia el frente, cubriéndose la boca con la mano derecha.

Con el cuerpo enroscado en el piso, su cabeza descansaba a desnivel, escalón abajo. El macho no se apartó nunca de su hembra. La luz del recibidor proyectaba su sombra más allá del limonero. Las fibras de ese mango se meten entre los dientes. Llovía otra vez bajo su rostro. ¡Perdóname!, se dijo. La brisa transportaba el olor del musgo y la hojarasca. ¡Perdóname! ¡Perdóname!

Alfonso Olvera
Últimas entradas de Alfonso Olvera (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio