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Hablemos, de Octavio Santana Surez

Poemas

• Viernes 7 de julio de 2017
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María Cruz

En la presente serie toca el lugar a una autora, María Cruz, que expresa una constante poética: la ambivalencia o por llamar de otro modo a un tipo de dualidad que transita entre la luz y la oscuridad. Estos tópicos se desdoblan entre lo extraño y lo familiar, arriba y abajo, y adquieren significados en esta doble dimensión. Tales contrarios no se contrarrestan, al contrario, al modo de Heráclito, se complementan y equilibran para sumar la unidad. Esta totalidad, en la poética de la autora, se desarrolla en las imágenes y metáforas. Gran parte de su obra descansa en estas características.

Fernando Salazar Torres
Responsable de la selección

De la serie Voces actuales de México

A un lote baldío

Las piedras mueven su silencio,
las habitan escarabajos desnudos en la sombra;
hay un aroma de carbón y de naranjas dulces,
rosas de cera arrojadas en el pasto.
De mañana la luz entra con su machete rubio
y corta un ala de mariposa que canta
y desgasta la ordenada clorofila del alambrado
y penetra el polvo que levanta el poco viento.

He visto a un loco comerse el hedor de las manzanas
y la inquieta hojarasca que sostienen los bichos;
la noche local deja caer sus cenizas sobre
un omóplato rasgado
que copia sus heridas en el jardín de vidrio.

 

El árbol

La luz oscila entre la piel del tronco
y el viaje de la fronda.
Este árbol
con su región de ceniza
y su porción de bosque
roza el follaje con el viento.
El cónclave de alas
cuyo vuelo escapa de frágiles axilas choca
y el sonido se repite como un leve aplauso
en los senderos de la jugosa penumbra.
No pasa nada entre las hojas,
sólo se forman vitrales temblorosos,
acuden el gorrión, el colibrí, el cenzontle a dúo,
y el perico asciende
como un resumen tropical
hacia el hambre del sol
que lo devora en los cielos.
Nadie sabe los horarios del árbol,
caen estrellas ocres a tiempos indebidos
y a la noche se abisma
la luna entre las ramas
como un sol floreciendo a deshoras.
A veces el aire sopla en el collar de los pájaros
que reposan a las once
cuando se calla el mundo
y los perros se lamen en silencio

 

Ojos cerrados

Aquí se escuchan las oscuras maderas
del bosque que ha crecido en el silencio,
la luz rebana el espejo que también se quiebra con la lluvia.
Los marranos rosados son montículos negros,
piedras que gruñen, que resoplan hacia
la ráfaga de las constelaciones.
Una mujer se acuesta con su paraguas cerrado,
se duplican las cobijas, infinitas cuevas
se abren en la cama
hoyos inmisericordes,
cuencas rellenas de sombra.

No hay vecinos
que torturen su ropa húmeda.
La ventana mayor se cierra
y su fisura apunta hacia el norte;
Las montañas tampoco existen,
los hisopos que calman están secos.

Ella es dos veces la
jaula que encierra el barro horizontal,
dos veces caen
rodillas y plumas;
en la almohada áspera
se esquinan dos veces
los ojos maltrechos

 

Bruma

Queda el rumor del rastrillo que surcó este jardín,
queda el eco de los pies oxidados.
La noche busca entre los árboles su propia sombra.
Cada hoja produce un pájaro dormido,
la corteza desenvuelve
el ala que conduce al viento.

De la bruma sale la Señora de los Sueños.
Trae consigo un bosque sombrío,
blasfema en voz alta
con un dialecto que no se oye,
arrastra ramas olorosas a semillas de hembra.

Entre el cabello herbáceo los insectos zumban,
hablan de comerse unos a otros
espolvoreados de sal y de tormento.

La Señora ríe.
Los dientes de mármol dibujan una estrella en el espacio,
Nadie oye la carcajada muerta por el musgo
Ni los tallos como dedos frotando lo prohibido.
Nadie,
Sólo la niña sonámbula que se droga con jazmines.

 

Caracol

El caracol escribe,

deja por los suelos un mensaje
que absorben las estrellas;

arrastra su débil sangre de alabastro,
lleva la noche a cuestas,
la enroscada cueva que lo expulsa y lo contiene.

El caracol hace silencio, extrae notas de la espuma
que oyen los taciturnos y los músicos;

anda lentamente inquieto,
como una novia erotizada por la luna de marzo,
como un macho que humedece la lengua en el nácar.

Del recóndito barniz el caracol expulsa los cuernos,
esos sexos marinos penetran la bruma de la tierra
y afuera el sol entibia el agua viva,
el bálsamo que brota de la espiral del tiempo.

 

Trasluz

Me asusta el día:
la fronda de cristal,
la víscera transparente de un caracol,
los astros difuntos en el cielo.

El día es tan claro que se traslucen los esqueletos,
las nervaduras, el interior de las arañas
la vena grotesca de los troncos.

La sangre del mundo se escucha en los jardines.
se oye el caudal
espeso que fecunda la tierra.

Veo el peligro a través de las alas de una libélula,
escucho la muerte en el tejido de una telaraña,
espío el sexo que tienen las abejas.
Todo sucede aquí;
el sol también,
de noche, es devorado por el cielo.
Lenguas, dientes, garras, trampas, escondites,
cada cosa es comida por otra.
Y arriba alguien lo sabe,
nos espía el Ojo Mayor,
el Gran Búho,
el Cíclope que todo lo ve
desde su enramada de estrellas.

Despierta el hombre a media noche,
arde en dos incendios,
aspira humo de sustancias que se van,
quema su ropa, su maleta,
el viaje se dispersa por el cuarto.
El hombre acude a la ventana, se atemoriza
con la sombra vertebrada de los árboles,
se congela con el aroma de la luna;
todas las aguas trepan a su cama,
la sábana es un mar que se le enrosca en el pecho.
Hay una cuna en el patio que oscila sin descanso,
él detiene con las manos desleales
la pesada sombra de aviones que no pasan,
demuele los ladridos que le aturden las orejas,
coloca almohadas sobre ruidos inexactos.
El hombre despedaza el mosco
que desordena su sangre,
percibe la respiración de una piedra
y el perfume de un abismo cercano.
No le gusta el rumor de las polillas
que destruyen la hechura de un vestido blanco
ni las avenidas decoradas por el polvo.

Las estatuas chocan con los pastos,
cada azalea
esconde una rata
de dientes voraces.
Bajo los árboles
el hombre ensaya quietudes.
A esta hora el rocío se eriza,
La Luna suena como una campana
atorada en el viento.
El hombre contempla
el ala agigantada de paloma,
acaricia la soga del ahorcado
que en sueños lo visita,
modifica la axila descompuesta,
acude a su traje derribado.
El hombre escucha cómo se gestan los incendios,
cómo se despegan los cuerpos de los cuerpos,
cómo sangra un perro a doce cuadras.
El hombre define las paredes,
unta su sombra en un vértice sin nombre,
solicita una voz inexistente en el teléfono rojo.
El hombre desgasta los barandales de un edificio,
repite sus pies en la escalera,
atraviesa laberínticos pasillos,
se esconde bajo puertas que clausuran el aire.

Al fulgor de un relámpago dorado
el hombre recorta las cortinas.
Un cigarrillo escribe la luz en el espacio.
La mano con tijeras produce una llaga de metal.
Con los dedos maniáticos
el hombre estrangula los sonidos.
El silencio escucha el vacío devastado de silencios.
Hay piedras diminutas que absorben las palabras.
La sequía de su boca se alimenta de pavesas encendidas.
El hombre aparta el cuerpo de la noche.
Busca carreteras que empiezan en su cara.
Sigue caminos de esféricos perfumes.
Traza sendas que chocan en su omóplato.
El hombre palpa la terca frente de un vidrio.
Lima el vértice de la ventana áspera.
Opaca sus mejillas transparentes.

 

Una piedra

He olvidado cómo amar. Recomenzaré en el silencio, en el vacío. Comenzaré por esta piedra. Empiezo aquí a tocarla, estoy al pendiente de sus formas, sus accidentes, sus escamas. La piedra no emite sonidos, mas cuando la toco mis yemas vibran.

Voy hacia la piedra, la circundo, le hago preguntas o tal vez me detengo a palpar el silencio del mundo en su cerrazón de piedra.

Sumergida en el agua la piedra murmura. Se deja ver de noche con tenue claridad; en el crepúsculo parece que la nimba la luz. ¿Cómo será en el alba? No es suficiente, aún no conozco a la piedra. Me aproximo, palpo su piel antigua, aprendo a detenerme, a monologar.

Parece tan conservadora, pero no lo es. No es rutinaria la piedra, sus formas no se fijan, juegan, irrumpen la dureza, sinuosas se hunden, se pronuncian.

Algo como una corteza implora el tacto.

Recomienzo. Mi mano y la piedra se comunican, se dejan huellas una a la otra, son distintas en cada encuentro. El toque de mi mano afecta la piedra, la piedra afecta mi mano. Tengo nuevas líneas, ella, también. Esto es un vínculo.

 

La Luna

Espumosa o calcárea, húmeda, esmaltada por el fluido de la noche, con porosa luz que penetra las frondas, con un principio de azul, con puntas de ámbar, la Luna rueda o navega en el cielo, se incendia en llamaradas de cobre, se congela con hielos de nácar. Nadie conoce sus espejos de hembra solitaria, nadie descifra sus ciclos de roja manzana en el silencio. Ella nos arrastra, nos imanta la loca sangre de los pechos, nos hace danzar o callarnos en la sombra. Quienes la miran pronuncian monosílabos, buscan un árbol para vaciar con su voz lo invisible de octubre, lo total del alabastro que se desprende en hojas incandescentes.

Sólo nos queda avanzar con la música de los sonámbulos, frotarnos con la brisa nocturnal, con el polvo que producen las luciérnagas mientras la Luna maga aparece o se escapa en la boscosa incertidumbre de los cielos.

María Cruz

María Cruz

Escritora mexicana (Ciudad de México, 1974). Estudió en la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem). Ha publicado los libros de poemas Colmena de oro y ceniza (1997), Suma de patios (2001), El libro de las grietas (2004) y Hacedor de sombras (2012).
María Cruz

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