“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Poemas

miércoles 2 de agosto de 2017

Anillos del humo

En las sombras encaramadas en las sienes, el matorral y los sótanos negros
del humo, los élitros gastados en la lengua de polvo
de los sombreros colgados de los armarios como pacíficos guijarros.
Con frecuencia uno se reduce a lápida mortuoria, a ese mudo hueco que dejan
los gritos a flor de piel, a esa oscuridad que hurga en el poyetón de los ojos.
Nos sacuden las fisuras que producen los martillos en las paredes.
El país ha aprendido a hacerle costuras a las sombras, a morder la corteza
del óxido, y a asomarse entre huesos a las quemaduras.

Uno va indagando entre las tantas arqueologías de las telarañas.
En el humo encorvado de lo improbable, las austeras inclinaciones
de la descomposición, y los pequeños caminos que levanta el follaje de cipreses.

Sobre el pavimento las grietas mudas de los ojos.

Oigo el fuego y enmudezco de ojos: la calle nos consume con su deriva;
después, ni siquiera he podido recuperar todos los cadáveres, las nostalgias,
ni una sola piel de todas las que poblaron mi tugurio.
Uno es, después de todo, las tantas formas en que se enrolla el hilo del tiempo,
el anillo de humo enrollado en las pupilas como lo haría el búho
con la niebla difusa de las anguilas.

En suma, se vacían aquí todos los murmullos. Tal vez mañana sea diferente
la geografía, y la conciencia tenga los contrapesos necesarios.
El hastío nos ata al punto de llevarnos al límite hasta de lo más diminuto.

 

Salmuera del desquicio

A Pere Bessó

A la medianoche, la anarquía del sollozo, los días cansados de las distancias, la oscuridad desencajada donde lo caduco parece lo último de la exasperación. En la calle de los viejos ángeles del sexo, el arte de sal en los párpados del beso. Uno acaba por hablar de lo irreparable como Freud, o del dogma lapidario de los sueños, o de la calma que vacía los deshielos. Ahora en los espacios sentimentales de la certidumbre hay tumbas como pasatiempos y poemas para engomar los parques sometidos a los reencauches. (Llueve de tal manera la indecencia que uno puede morder en círculos el pétalo de la rosa, o el sacramento del sexo amarillo de las luciérnagas. Uno se harta de escribir poemas y tirarlos a la basura. Es mejor el arco iris inconsciente de una vagina, a vivir habitado de espinas y pronósticos de bailarinas exóticas.)

Al final cada quien se divierte con el apocalipsis de los periódicos y la página ciega de la muerte. De seguro en el próximo paraíso habrá pájaros y peces en vez de infiernos. Un corpiño será la antesala.

 

Grieta de las sombras

Las sombras suelen ser máscaras perturbadoras que yacen congregadas
en los ecos del cuerpo y en los calendarios que arraciman los cuchillos.
Desde el acantilado de la grieta los bejucos de neblina ceñidos a los ojos.
Al caminar se desperezan todos los bullicios,
el país de los desequilibrios: se escucha de nuevo la hoja que arrastra
el viento sobre las aceras, el frío colonizado entre fósiles.

Nos azotan los recuerdos escindidos del deslumbramiento, las sombras
del cuerpo como erupciones despiertas en los costados.
Deambulan las ojeras junto a los merodeadores del destino.

(No hay razón, me digo, para quebrar espejos, ni colgarse de las astas
del viento, siendo que así se puede sodomizar la miseria, hablar de las calles
de postguerra, o simplemente volar con plumaje en mano.
Hay tantos imposibles que acaban en fuego o sombras en los lagrimales,
pero que no siempre se pueden explicar. Yo, aquí, buscando pretextos
para entender el paraíso. Uno deja de ser el mismo después de haber llovido
tanto sobre el esqueleto. Duelen las grietas del aliento cuando están hechas
de todos los retumbos del mundo.
También cuando recuerdo el abrevadero de la ductilidad.
Vos, en esa larga muerte de la luz, aunque parezcan redundantes mis brazos.
Vos, en la urgencia quizás de un olvido para la costumbre de la tristeza.)

Nunca se regresa al espejo de fuego de la primera casa, sino a la orfandad.
A veces también los ojos arrebatan su propia desesperación…

 

Secreta luz

A doña Alcira Teresa Luppi Hang

No hay luz secreta ni palabras misteriosas. Mientras uno martilla en los sueños, los espejos acumulan inquilinos y alguna llovizna que amengua el polvo en las rodillas. La razón de ser es ese conflicto del no ser. Los ahoras de ayer y todos los vacíos que sangran, como el pañuelo frente a los ojos, o los pedales del grifo de las calles. (Nunca es fácil explicar los sollozos, ni los centímetros de indiferencia frente a los párpados, ni el ardimiento cincelado en los dobleces de la piel. Dentro de la gota de rocío, resplandece la sombra de los pájaros y algunas ramas con objetos prominentes y algunos brazos de lluvia inmaculada.)

En el cerrojo donde la astucia hace lo suyo, veo esos entramados de las celdas. Lo albo acaba por tener huecos y mutiladas mandíbulas. En la luz anticipada de las derivaciones, los excesos de las asonancias y sus domesticadas poluciones. Mientras mastico calles asfaltadas de hojas, el ruido de los cipreses y el crujido seco de la hojarasca al borde del barranco del tiempo…

 

Infinita sed

A Grace B. Castro H.

De seguro en algunos brazos encontraremos la eternidad hasta que la dulzura tenga sentido en el río tendido de nuestro pecho. Entre el delirio y el tapiz tintinea inconfundible la brisa. A veces la infinita sed ciega, aunque exorcicemos el inmenso frío que despierta en el alba casi como un exterminio. Sueño en todos los desiertos delatores de las dunas, en la noche disfrazada de cárcel, en los alquileres interminables de la historia. De tanta sed o sueños, uno se quisiera colgar de un retrete o morder una bacinica en lo posible. (No siempre tengo que estar al pendiente de la pulcritud de las palabras; no sé dónde juega a ciegas la obediencia; no tengo ni idea de las ventanas destrozadas por el hastío, o por el estallido del cinismo, tan común en nuestro tiempo. A veces quiero renunciar a las posibilidades que me ofrece el mudo contagio de la rosa, y hacer que su doliente olor no sea respirable.)

Contra toda mi sed, la parodia de los ahoras azuza esta humedad de pájaro que sólo conozco por su tiempo. Ante las destelladas, me atrevo a cambiar el sudario de las carnicerías. Truenan los evangelios del granito y los reveses del fuego en el paraguas.

 

Cavidades

En cualquier esquina de cavidades bullen los días sinuosos de búhos.
Redondos caballos de gotas caen en los mapas devorados por las semanas.

(En el pozo de tus poros bebo los muladares de la carne
y las culpas juntas de los guijarros, y los agujeros que dejan los pájaros
sobre las losas.)
Hay un tiempo mudo como mis ojos, meses muertos
y lenguas que devoran vacíos oscuros.

En mis párpados se desovilla tu ombligo: la luz, ebria en los contornos.
Las vértebras refractadas en los imposibles, hasta las aguas venerables
de lo íntimo. Basta la impudicia para morder ataúdes.
Me gasto en los ladridos de los perros, a veces con sarcasmo durante la noche;
en el cuenco de los absolutos las diferentes tipografías del aire,
el bulto del olfato como un juego macabro de mutilaciones y cadáveres.

Resulta compendioso fijar la mirada en un cementerio de ceniceros, apenas
con el despojo gris de las bragas arrugadas de las despedidas.
Cuezo lo imposible y abogo por lo venerable.

Pulso la brizna y toda la razón que tiene la autoerótica del rictus y su cara
a cara con las pupilas dilatadas de los cerrojos, con la adicción al gusto.

(Supongo que no existe mayor diferencia entre mis aullidos y las pesadillas
que provoca el fragor y la cocción sepulcral de los rituales.
Y mientras el sueño pervive, dejo que floree la herida. De cada insomnio,
mis manos invisibles en el sumidero de los peces o ventanas.)

 

Viejos embarcaderos

En medio de lo apenas claro, algún pájaro perdido en la corriente de niebla.
Ignoro de cuánto tiempo está hecha la espuma, ésta ya resignación
de la madera, la ironía de todos los zapatos sedientos.
En las alambradas del sollozo enrojecen de brazos las despedidas.
Ahora, únicamente, puedo recordar sólo el fantasma de ciertas palabras.

El calendario con frecuencia es una página antipoética, un nudo de romos equilibrios,
un avispero con las propias desgracias.

Estos viejos embarcaderos acaban por ser más que mis insomnios,
más que todas las décadas juntas del espesor,
más que las pezuñas imposibles de los litorales, y la rigidez de la obediencia,
más que los crujidos alineados de los tropeles y sus encrespados ijares,
más que todos los días inocentes que posee el viento.

(Sólo trato de sobrevivir, para ello dejo que circulen las astillas.
Comienzo por decirle no a lo insólito. No sé si cambian las monocromías
del tiempo, estos párpados alrededor de la salmuera, las semanas ocurridas
en la piel, los ungüentos fijos entre paréntesis.
Entre tanto guijarro, el amasijo de los tos y los recuerdos, el oleaje desplomado
del pálpito, el salado chasquido de la saliva entre una boca y otra.
A veces es sólo cuestión de tiempo para dejar de arponear la madera,
apartar lo escabroso de las ventanas, dejar que las piedras invernen.
Pese a todo, nadie me dará una hogaza para cegar todo este dolor que pervive,
en los amontonados huesos de mi sombra.)
Me zambullo…

 

Sombra de féretros

Después del esbozo, la constancia aprendida de la sombra de los féretros. Soy, en cierta manera, un ademán de eso: la escritura sodomizada de la memoria, la hipodérmica del pájaro de los placeres y ese rocío íntimo, sentimental de los periódicos. A veces me justifico invocando a los espíritus del más allá, una ameba de luz entre los párpados, enrollados los pensamientos en los aperos de los psiquiatras. A ver, ¿oye el altísimo los estruendos de las letras mayúsculas, el alegrón de estío que dan las bragas? Los orgasmos junto a la cafeína de la ventana tienen esa relectura de las sábanas. (Siempre hay momentos definitivos para los ataúdes posesos de la boca. En el caballete del ijar, las instantáneas de la medula espinal, el centro nervioso de tus entrepiernas, el ocre reverberante del espejismo. Los témpanos agrios del paraíso saben a miel, a raros orgasmos y descorazonadas aguas.)

La hilaridad de los féretros causa desenfado, sobre todo en un país donde todo es tribuna y estropajo para rozarlo sin descanso a través de los sueños. Juro que nunca han sido prematuras las oscuridades de los sarcófagos, son parte de los juegos obedientes al miedo…

 

Vendas nauseabundas

Largas como el pañuelo de la noche, las vendas de sal de los sollozos. Arrecian, ahora, las pesadillas de la antesala inusitada de los caracoles. En la oscuridad de la almohada, espuelas, molduras y guacaladas y el lamparón alado de las sombras en los cuerpos flagelados de sonidos que provoca la desgracia. De todo, ruedan mejillas y párpados sobre el amotinamiento de los retortijones. (Las máscaras postreras no lo dejan a uno agonizar, ni ganarle en especulaciones al tiempo, ni renunciar al cenicero del otro lado del disfraz. Uno no puede desviarse de la culpa tramposa de los sueños húmedos, del azar agachado de las poluciones, o de la toxicidad material que poseen los alacranes.)

El pájaro de poca fe se deslengua en el intento punitivo del olvido. Cualquiera sabe de los resuellos de la asfixia y de la tomadura de pelo, fecunda, que posee la meditación más profunda al punto de quemar la tinta en un pezón.

 

Suplantación del horizonte

Graznan los nuevos horizontes con los pelambres subterráneos de la saliva.
Apagamos los candiles para aferrarnos a la oscuridad aviesa;
mientras la intemperie arrecia, las sombras nos siguen apareciendo
como una especie de salpullido: hay por doquier candados impasibles,
y delirios que muerden la alegría y vacíos de cóncava espuma.

Ninguna epifanía deja de ser hermética en la desnudez de las suplantaciones.
El horizonte es prolijo en humedades y estatuas, ebrias a tal punto
que sus entrañas chorrean sórdidas asimetrías.

Jamás he visto otra forma que no sea la agonía, esa sombra próxima
a las alucinaciones, dúctiles en escombros y lívidos, fantasmales como la noche.

No sólo se cambia de sed en las múltiples amnesias, sino de candelabros,
de escupitajos y miedos. Tiembla el moho en la moral del tiempo.

De nada ha servido haber cambiado los mausoleos de los atrios:
sigue la misma estirpe de sótanos en los ojos, sigue la muerte en su realidad tangible,
el clamor de la escoria, el pájaro seco del grito sobre la herida.

Todo ha sido fatalidad, tanto como las edades grabadas en lápidas oscuras.

Aquí arrecia la noche y sus dentelladas.

Nada llega ni siquiera a boceto; tampoco podemos esperar milagros frente
a una feligresía de destino incierto. Quema el ascua a la orilla de las sombras.
La mueca nos recluye en sus excesos cadavéricos, quizás en abanicos
fallecidos, o en simples magulladuras del cuerpo. (Apestan las vestiduras
inmaculadas y la oblicuidad de los arquetipos)…

 

Pulso del fuego

En cada palpitación, todas las imágenes del caos y los lamidos amarillos
de las fosas, también la fiesta de los pájaros y su luz,
los axiomas de la última claridad y el bulto de los abortos frente al espejo.
Dentro del peñasco del fuego, el ardor enloquecido de las palabras,
y aquel sudor curtido, enredado en las cobijas.

Todo el calor se aviene como el sudor en los ijares, sin que se restañen
las infancias, o la arcilla deje su retórica.
Todo ocurre en la cotidianidad del resplandor de las luciérnagas, cada flama
arrecia como el viento en la hojarasca: no hay puerto seguro, ni la memoria.

No nos alcanza el mundo para desplazarnos.

El devenir es mucho más que el fango o cualquier armadura.
Cada vez creo menos en los designios, en los suplicios, o las furias.
No hay sentido en toda la masa silbante del fuego, en la flama desmadejada,
en el camino del sesgo, aunque centellee la humedad de la lengua.
No es el fuego el que nos atisba, sino la página en la cual escribe el pálpito;
no es la quemadura —a fin de cuentas—, sino el largo día del herraje;
no es el pájaro que vuela, sino el asombro del vuelo, tal vez la piel sedimentada.
Nos vienen los absolutos y las fotografías varias del polvo de los sueños.
Entre el ardimiento, sólo la piel desvivida.

Uno se asoma, luego, a los excesos suicidas del viento.
A las puertas de la disidencia, nos resignamos a ser únicamente
el doble de actor, o el lenguaje estigmatizado del estrépito.

 

Tantas veces un día

Nada más la piel, o todo el calendario apretado en el entrecejo.
Todo es el mismo trabajo confiado a los sentidos, a la calle, o al arado,
o a la boca que musita cada día, mientras se piensa en el poniente.
Ya he perdido la cuenta de todos los vuelos a plena luz del día, sin contar
los pedestales de tantas noches sordas,
que han acontecido como símbolos disidentes del fuego protocolario
de la hoguera: uno se aferra a las sombras traslúcidas de la inocencia.

Tantas veces uno que el tiempo sazona las sombras.

—Nunca hubo sosiego para aquellas terribles hambres: el mismo grito
arrancado a la boca, los paraísos expulsados de la memoria,
la embriaguez inmediata de las onomatopeyas.

Siempre en el aquí, hay días avezados y hasta lamentos cuando llega
la penuria, y devastados entredecires en medio de las palabras.
No hay misterio alguno en este cuaderno balbuciente de oscura sal;
el infinito es sólo una tumba transitoria con amargos aperos.
Y aunque el asedio parezca una eternidad, lo cierto es que nos disolvemos
en olvidos, y en menudencias que luego aprietan el hastío.

Tantas veces un día, y vos, sin drenar las heridas arrancadas al aliento.
Después de tantas conversaciones, sólo me afirmo en el contrapeso
de los límites. Tengo registro de todas las respiraciones a trasmano.

Ningún pie es capaz de soportar un silencio prolongado.
Ninguna inclemencia es tan feroz como esta inercia del tiempo…

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