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Pájaro de piedra, de Bibiana Bernal
(selección)

miércoles 6 de septiembre de 2017
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Bibiana Bernal

Decir Bibiana Bernal es decir madurez literaria y así lo demuestra el hecho de que a sus jóvenes 32 años haya sido seleccionada como finalista del Premio Nacional de Poesía 2017 al lado de poetas y narradores de larga trayectoria y reconocido prestigio como Darío Jaramillo Agudelo, Enrique Castillejo, Jorge Cadavid y Hernán Vargascarreño.

De acuerdo con el comunicado del Ministerio de Cultura a la convocatoria, abierta entre los meses de marzo y abril, llegaron cincuenta poemarios provenientes de diferentes regiones del país, haciendo evidente la diversidad de voces poéticas de Colombia. Pájaro de piedra, de Bibiana Bernal, fue uno de ellos. Los jurados del premio (integrado por los poetas María Negroni, de Argentina, y Piedad Bonnett y Nelson Romero Guzmán, de Colombia) consideraron que su libro tiene “una intención narrativa bien controlada por el uso de la imagen, que abre el poema a diversos sentidos”.

La finalista (poeta, narradora, editora independiente y gestora cultural oriunda de Calarcá, Quindío), realizó una antología personal de Pájaro de piedra como una primicia para Letralia, la revista de los autores de habla hispana.

Carlos Alberto Villegas Uribe

Julieth y la lluvia

Si algún día vuelvo a morir,
procuraré hacerlo bajo la lluvia,
hay tanta compasión en cada gota.

Le diré a mamá que voy a jugar
con el aguacero en la cancha de arena.
Ella pronunciará el mismo no
y yo aprovecharé el rumor del techo
para encubrir el sonido de la puerta.

La sonrisa cómplice de Julieth
estará al otro lado de la cortina de agua
del alero de su casa.

En la ventana, como siempre, su abuela,
con un cigarrillo en la boca y nicotina en la mirada,
convirtiendo el humo en niebla.

Si algún día vuelvo a morir
y la muerte me da tiempo,

le diré a Julieth que no la olvido, que al final,
todos los saltos nos arrojan al mismo vacío;
que podemos volver a jugar a la oficina
aunque ella no vea ya ni juguetes en los libros.
La llevaré a “los pinos”, donde jugábamos
y nos escondíamos en las noches.

Si algún día vuelvo a morir,
……………………………………y se va la mujer
……………………………………y regresa la niña,
buscaré a Julieth en la lluvia.
Vamos, Julieth,
……………….debajo de la cancha de concreto están
……………….nuestros días y noches de juego,
……………….nuestra memoria de arena.

 

Biografía del mundo

Todo fue cegar las manos,
acariciar máscaras,
elegir el tiempo como única medida,
su aleteo de dudas entre infierno y edén.
En el sueño y el vuelo,
nosotros como único recurso del miedo.

Todo fue bajar la mirada,
escupir los pies de Dios,
creer en la semejanza, en el prójimo,
en el uno más uno igual yo,
en el olvido, el no soy,
el Creador y el hastío perpetuo.

Todo fue encarnar el caos,
en el pasado que vendrá
a confirmar lo que no sabemos
a refutar lo poco que aprendimos
para desnudar lo que no somos.

 

Desde el autobús

Mejor no cerrar la ventana.
Ha de consumarse en la mirada
la vida que transita por la ciudad.

No volver a casa
para sentarse otra vez en la mesa
a masticar tiempo o un trozo de pan
que no sabe de la fatiga.

Mejor no contarle a nadie que a diario,
una pregunta irremediable deambula
por las habitaciones
y se come lo poco que hay en la
alacena y en rincones por donde paso.

Que hasta yo crea mis mentiras,
que me reciba al llegar
y me abra la puerta sin cansancio.

Mejor no cerrar la ventana
y no regresar y quedarse y seguir
mirando el mundo desde el autobús.

 

Mudanza

De este lado
no se oyen sollozos
ni pasos en la habitación.
Por la ventana no entran ramas.
En la pared no se estampan siluetas.
A ninguna hora viene un perro a saludar.
En esta cama no duerme un abismo.
La luz no se apaga en mi rostro.
Aquí, como allá, nadie dice mi nombre.

 

Nunca otra vez

Amanece de nuevo.
La luz vuelve a caminar a ciegas.
Amanece como si el mundo aún no naciera,
como si el sueño de donde vendrá
todavía no lo tuviera nadie.
Y si Dios no existe, ¿quién nos sueña?
Amanece en la ciudad.
Ayer todo parecía real.
Sobrevive el recuerdo
de un rostro en una calle
¿pero quién era?
Amanece nunca otra vez.
El rumor urbano comienza
la vigilia de los transeúntes aún no despierta.

 

Alejandría

La ciudad que se sirvió de nosotros (…)
que nos envolvió en conflictos que eran suyos y
creíamos equivocadamente nuestros.

JustineCuarteto de Alejandría

Por sus calles de mujer desolada,
en atardeceres extraviados,
asciende el vaho de los días.
Moldea a sus hijos de barro
con luces mortecinas.
Sus lluvias se empozan
en los ojos de los hombres.
Lágrimas ocres tiñen el aire.
El tiempo se pudre en los puertos.
Todo lo sabe de quienes anidan en sus entrañas.
Revela su voz en los balbuceos de sus fantasmas.
Se canta a destiempo con los ausentes.
Hiere las sombras del mediodía.
Cura a los moribundos de la media noche.
“Huele a sudor a jazmín a fruta podrida”.
Se edifica sobre el deseo de quienes
nacen y mueren, aman y odian,
entre su penumbra y su miseria.

 

Improbable

Nadie es el otro,
ahora que un cerrojo
es certeza del regreso.

Al cerrar la puerta
que abre el universo habitual,
del otro lado quedan los gestos
que trazaron su mundo en otra realidad.

Al abrir la valija,
el viento que entra por la ventana
agita la ropa y propaga un olor
a encuentro imposible
a calle desierta en la madrugada
a sudor de un día que terminó al día siguiente.

De quién es el equipaje que trajo,
si todo huele a alguien que no retornó,
se pregunta la recién llegada.

 

Ningún nombre

Como si de vuelo supiéramos,
intentamos aprisionar su sombra
en la jaula de las manos.
Sin saber que detrás de los huesos
quedamos en su cautiverio.

Entonces
proferirlo
indagarlo
respirarlo
en las afueras de la carne,
en el cuerpo, en la sangre,
es nuestro último intento
de hacernos uno con él.

Pero rozarlo tampoco logra
detener su aleteo inasible.

No hay palabra verdadera
que retenga su huida.

Y siempre, después
de todos sus crepúsculos
volvemos a pronunciarlo.

Aunque la lengua
se nos vuelva ceniza,
si decimos
Amor.

 

Silencio

Ni escribir sobre los pájaros
ni fotografiarlos.
Sólo asistir a su vuelo.
Abandonar la intención
de eternizarlos en la palabra y la imagen.
Perpetuarse en la fugacidad
de su travesía por la mirada.
Callar, con las manos y con los ojos.
Callar, no para fingir el silencio
que dejan a su paso
sino para serlo.

 

Pájaro de piedra

Ser de piedra y creerse pájaro
porque el viento propaga el polvo de las manos.

Verse ave en el reflejo,
aunque inmóvil sobre el asfalto,
abrasado por la luz de las cinco de la tarde.

Saberse nido
en un recodo del día que agoniza,
sin poder roer el aire.

Ser de carne y creerse hoja o pluma
y al final de la jornada ser quien cae.

Ser uno y creerse otro y otro y otro,
hasta anochecer sobre sí mismo
y volver al origen,
donde la arcilla no tenía rostro
y las alas no pesaban tanto.

Bibiana Bernal
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