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Poemas de Miguel Ángel Gómez

lunes 5 de febrero de 2018
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Sólo unas voces

A veces no vives
hasta que no tienes voces
sonándote en la cabeza,
haciendo manar a borbotones
la pena
y la agonía
con vigor renovado,
hasta que dices:
¡venid, venid,
aunque no os muestre demasiada
simpatía!
Son voces
de muerte
que te hacen sentir
como un loco
que tira su ropa
y se sienta desnudo
entre ramas invernales;
algunas de ellas
frías
legañosas
corren a tus talones
como un perro guardián,
detrás del piano,
mientras alguien toca una canción
triste.
Te despiertas
sales,
andas por las calles,
son animadoras a sueldo
danzarinas
y caprichosamente abstractas
para reconciliarte
contigo
las voces,
allí fuera.

(de Pabellón de ciervos; Ediciones En Huida)

 

Sedosa

Una princesa sedosa pone su mano
en la esquina de la página
juega a un atroz juego
ilógicamente bien aspectada
dibujo de la muerte
inmensa y diminuta sombra
se rinde ante el poema.

(de Pabellón de ciervos; Ediciones En Huida)

 

Las trincheras

Ya sabes: cuando Henry Miller
habla de un hombre
en las trincheras
soy un cuerpo caliente del infierno
que va y viene
con apatía
y me acuerdo del amor:
un hombre en las trincheras
que no sabe si vivir,
porque si ahora escapa,
sería para verse
atrapado
más tarde.
Si sigo adelante,
aunque tenga el alma de
una cucaracha
y lo haya reconocido
ante mí mismo,
dadme un fusil o un cuchillo
apasionado
y seguiré
luchando
mucho
más.

(de Pabellón de ciervos; Ediciones En Huida)

 

Mi cierva lee a Lorca

Mi cierva mordisquea a otros hombres
que caminan con ella pero a mí no me mordisquea.
Ella se siente más asustada que sorprendida
al oír aquellos pasos.
Ella tiene grandes cejas de tanto llorar,
sin embargo soluciona los problemas de todos
menos los suyos.
Los Cazadores de la Ira fabrican nuevas armas
se arrojan a animales como una ramita en un torrente.
Mi cierva. Ella lee al inquisitivo Lorca
y crece como las enredaderas dispersas
mientras masticamos juntos con expresión un poco tímida.
Inevitables Sombras sollozan en la nieve
ahí están, sí, ahí están otra vez.
En el museo del dolor todo el mundo
está herido de odio.
Por una fracción de segundo han extraviado
sus santas maletas.
Mi cierva habla de la rosa sempiterna,
la rosa que uno conserva dentro de su corazón.
Ella sigue durante una hora o dos
limpiando el mundo, poniendo en orden
el aislado bosque.

(Inédito)

 

Algo para el preso número siete y para ti

El preso número siete blande su vieja guitarra,
Está encerrado por amar a una mujer de pelo
que cuelga corto, le golpearon la nariz
le dieron una paliza tirándole los perros
que le ladraban los talones
por mencionar a su verdadero amor en la oscuridad
tras darle besuqueos de un intelectualismo mayor.

Señor, dice al confesar,
fingí que no me importaba
pero estaba desconcertado.
Señor, ¿cuánto tengo que saber
para hablar sin el permiso
del tipo con la máscara de Napoleón?
¿Ese con el plumífero de muerto de hambre?

El preso número siete se expresaba como el silencio
leía libros, repetía citas sin jugar sucio
sin actuar como los golfillos maliciosos.
Estaba en forma, como se dice en el lenguaje del boxeo.
Se forma el pelotón corroído por la envidia
y los celos, van a disparar ataviados como estúpidos.

Señor, no me arrepiento de leer a toda velocidad,
de trabajar como un esclavo por la mujer de pelo
que cuelga corto. No me da miedo tumbarme
en el sofá a oscuras de la eternidad.
En la hora de mi muerte seguiré sus pasos
¡Ya lo creo! Voy a seguirla hasta el más allá
cuando los perros traidores cesen en sus ladridos.

(Inédito)

Miguel Ángel Gómez
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