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Nueve poemas de Carmen Nozal

viernes 23 de febrero de 2018
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Sed

Tan sólo vaivén,
el mar se rompe en la rutina.

Deja su brazo de aluminio
extendido entre puntos cardinales;
quiere dejar de ser mar,
de ser definitivo.

Tiene cortadas las venas
y un muñón que sangra jade;
es una tinaja de heridas frescas:
nadie lo bebe.

(Del libro Vagaluz, Verdehalago, 1994)

 

Estanque

Orillas del río
Siempre mirándose
Embeleso en la distancia
Agua intocable
Así, la soledad
Así, nosotros.

(Del libro Vagaluz, Verdehalago, 1994)

 

Esencia

Creo en la muerte de tu boca
Creadora del silencio y de la niebla

Creo en el olvido de tus labios
Como en dos pecados de sangre

Creo que tu última palabra
Se me deshace en la lengua
Como un rosario de polvo

Oigo tu recuerdo
Palpitar bajo la tierra
Deletreándome

(Del libro Hacia los flecos del frío, Universidad de Aguascalientes, 1994)

 

Luz

Piedra de río,
brillante por las venas,
presagio de fuego en la memoria.

Los tronos pierden su excelencia
y mi rostro se funde en el ocaso.
Tierra de ruinas era mi sombra,
vagaba estéril por mi cuerpo.

La sangre se oculta de las venas:
a mi vientre no le caben más escombros.

(Del libro Hacia los flecos del frío, Universidad de Aguascalientes, 1994)

 

Eternidad

Agua inútil

Agua extraviada de otras aguas

Agua que se está llamando sangre

Que no podrá morir
secándose en la hierba

(Del libro El espejo de Luzbel, Universidad Veracruzana, 1995)

 

De la muerte salen mariposas

Por encima de mi hombro pasa un ave,
pasa la semana con sus siete pecados,
pasa la nube con tu mortaja
y con la vela de un barco
me limpio el sudor y las visiones.

Mi frente se divide:
se abre como tus ojos,
se vacía como un cero que ha rodado por el mundo,
queda sin ti, sin ella
como un otoño sin hojas,
como un poema en blanco sobre la lengua.

Detrás de ti me fui quedando,
clavé tu nombre en todos los idiomas.
Un carcelero me dio sus llaves,
abrí la puerta del calendario,
huyeron los números y se lanzaron al mar.

El tiempo se deletrea:
es un niño leyendo un cuento,
un niño que envejeció leyendo el mismo cuento.

(Del libro En el reino de la luz y otros poemas, Ateneo Jovellanos, Gijón, España, 1999)

 

Palabra interior

El movimiento de las preguntas,
lo funerario de las imágenes,
del nombre: un reflejo amargo.
Lo he buscado en el espejo interior,
en la página del tiempo
y todavía no he visto
ni un vacío
ni un desprendimiento
ni un objeto
ni una sombra.

No he visto la angustia de la palabra cacería
y la he buscado en los sueños,
en los callejones,
en los túneles,
en las cercanías a la inocencia.

Ahora no pienso si he de encontrar algo.
Busco en todo lo que respira
una manera de sobrevivir,
un tesoro que nombra
y se sumerge
y es lluvia
y es invisible.

(Del libro Palabra interior, Uaem, 2000)

 

Aurelia

Aurelia sueña con la muerte,
dicta su testamento
desde el ático de la nostalgia.
Tiene la edad de un siglo, tiene paciencia,
pero no tiene la tierra encima de los ojos.

Los árboles la miran inclinarse:
la confunden con el sauce de la iglesia.
Ella es pan y vino y agua contrastada
con el lodo que navega en la tumba de su hija.

Ella es sola.
Cizaña en mano la contemplan los vecinos:
todos muertos a destiempo, todos aterrorizados.

Aurelia mira el calendario,
mira el cielo en busca de una nube.
(Las nubes son ataúdes de Dios.)
Pero el cielo amanece
una vez más
despejado.

(Del libro Palabra interior, Uaem, 2000)

 

Quién si no las moscas pueden mostrarnos el camino

Ahí están, dicen las moscas,
absortas en su danza prehispánica.
Ahí están, insisten murmurando
con un zumbido incesante.

Ahí están, apuntan las moscas como plañideras:
adentro del espanto de esa noche,
adentro del monte arriba
por el que algún día corrieron
cuando eran niños.

Ahí están: los sueños torturados, los pantalones rotos,
un tenis, cuatro plumas, dos carcajadas,
los vestidos desgarrados, una libreta.
Las novias que siguen esperando se preguntan: ¿dónde están?
Ahí están, responden las moscas
sobrevolando los huesos, el hedor penetrante de los días,
la esperanza mutilada, el silencio que gime como un viento desollado.

Ahí están, todos revueltos, abrazados,
con la juventud brillando bajo los párpados.
Ahí están, ¡vengan por ellos!, dicen las moscas
unidas, haciendo guardia al amanecer.
Ahí están, dicen inquietas, ambiguas, impotentes,
respirando el olor dulzón de la carne amarga.
Ahí están, presentes, los cuerpos
que brillan como pequeñas luciérnagas.

Ahí están, las moscas nacidas de la compasión,
las moscas de la misericordia.
Ahí están, contando lo que pasó
con sus alas turbias y su color azul.

Ahí están, los ojos más tiernos, los más transparentes
ojos por los que brotan los árboles luminosos.
Ahí están, los rostros llenos de lodo, con el corazón intacto,
las huellas de sus pasos sobre esta oscura piel llamada patria.
Ahí están, sus lenguas besables, sus labios agrietados,
sus cálidas gargantas, su afónica oración.
Ahí están, las frentes inclinadas, bendecidas por sus madres
antes de salir de casa.
Ahí están los que nunca más volvieron,
calcinados, molidos, dispersados,
Aguardando, aguardando.
Ahí están, dispuestos, extenuados,
con relojes de arena y voces invencibles
Ahí están, con la mirada profunda
y las pestañas llenas de polvo y aves.
Ahí están: los emilianos, los panchos, los chaparritos,
los que sabían leer, los que serían distintos.
Ahí están: las lupes, las citlalis, las juanas y marías,
las artesanas, las costureras, las enamoradas eternas.

Ahí están las moscas que sobrevuelan la verdad.

Y ahí están todos, con el polvo en los huaraches y los puños apretados,
los padres, las madres, los hermanos, los abuelos.
Ahí están los maestros, los albañiles, los campesinos,
las amas de casa con su olla humeante de frijoles heridos.

Ahí están, los mataron, los quemaron, los aventaron
como quien tira un saco de piedras en la orilla del mundo.
Ahí están, dicen las moscas con su rumor de letanía,
recitando los nombres, los apellidos,
la inmensa lista de los que nunca vuelven,
la obstinada legión de los despiertos.

(Del libro Los 43. Antología literaria, compilada por Eusebio Ruvalcaba, 2015)
Carmen Nozal
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