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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La exiliada voluntaria, por Ameli Viaux

• Viernes 30 de marzo de 2018

Acabo de llegar
al aeropuerto Pudahuel
¿O cómo se llama hoy?
no logro memorizar su nuevo nombre
todo está muy cambiado
amplio
moderno
más luz
me han revisado el pasaporte
varias veces ya
¿Por qué me miran tanto?
como si mi nombre en el pasaporte
no correspondiera con mi rostro
como si a mi cuerpo le quedara grande,
mi cuerpo,
sí, cada día,
más pequeño y más amplio,
me miran,
observándome
por más de algunos segundos,
las manos me han comenzado a sudar
siento que mi rostro está enrojecido
mi estómago revuelto
el viaje
muchas horas
mucho café
debo relajarme
relajarme
salir del control de la policía
refrescarme
algo de perfume
pintarme los labios
me gusta pintarme los labios
sentirme fresca,
fresca y tranquila
en calma.

¿Quién me estará esperando?
no sé quién de la familia
o qué viejos amigos vendrán a esperarme
no quedó claro
entre tanto trámite
fue todo tan rápido
la noticia llegó casi
de madrugada
que le quedaban
sólo unas horas de vida
dos, cuatro u ocho horas
nadie lo podía decir
sólo dijeron:
vénganse lo antes posible
comenzaron
las llamadas telefónicas
al hospital
a mi hija
decidir viajar
acompañar a mi hija
en esta última despedida
la definitiva
no fue difícil
fue un impulso
nacido de
las profundidades
de la tierra
nacido de la historia que nos había unido
esa historia
que pasó volando
así tenía que ser,
simplemente
comprar el pasaje de avión
¿A qué hora
parten esos aviones
cuando se sale corriendo
en contra del tiempo?
buscar
mi maleta roja
la que siempre ha estado allí
siempre lista
casi llena
casi vacía
pero
siempre lista.

Iré directamente
al hospital a
ver al padre de mi hija
prisionero en su cuerpo
enfermo
lleno de máquinas
que suben y bajan
lleno de cables
que controlan su estado
lleno de líneas
rojas
azules
verdes,
mi hija
llegará en otro vuelo,
viene a
despedirse
a brindar el último beso
a regalar la última caricia
a contarle su último secreto
al oído
de su padre
que sólo escucha
que sólo siente
pero no responde
al padre que continúa luchando
por estar aquí
todavía o
más o menos aquí
en esa cama de hospital santiaguino
entre máquinas y máquinas
que lo mantienen
con vida,
esperando
esperando
angustiosamente
la ultima caricia
de su amada hija
la hija que él ama
así:
Te amo hija mía
como yo amo la luz del sol
te amo hija mía
como se ama el viento que mece al mar
te amo hija mía como se ama el trino
de las aves al amanecer
te amo hija mía…

la hija que yo
le robé de su jardín de padre
desgarrándole
de la tierra
sus raíces
de niña
las que quedaron
al aire
al aire y
desnudas
desnudas de su tierra.

A él
hace mucho tiempo que no lo veo
tanto tiempo sin volver
¿Por qué no volví antes?
¿Por qué no vine?
¿Por qué no viajé?
¿Por miedo?
¿Miedo a qué?
¿A qué?
siempre quise volver
muchas veces pude volver
sin nunca poder subirme
al avión
del regreso,
la distancia creció
y creció cada día más
cada día,
cada mes,
cada año
el río crecía
y crecía
con las lluvias del tiempo
con los deshielos
de verano.

En realidad a mí
no me pasó nada
¿qué pasó entonces?
¿qué pasó con el “yo” de antes?
la simpática
alegre
la luchadora
la activista política
social
la solidaria
la buena compañera
camarada
¿Qué me pasó?
yo no desaparecí en Buenos Aires
como otras
no me encarcelaron
violaron o torturaron
como a otras
no me arrebataron a mi hija
de entre mis maltratados brazos
como a otras
que nunca más pudieron
salir
de las profundidades
del dolor del espanto
del horror.

A ver, casi ya voy saliendo,
de los controles
ahora
a buscar mi maleta roja
¿Vendrá ella intacta?
¿la habrán revisado o
abierto?
¿Para ver qué lleva dentro?
dentro de ella
¿La habrán mirado?
como me han mirado a mí
¿Por qué me miran tanto?
o es sólo
idea mía.

Estoy curiosa de ver
quién me estará esperando.
Espero reconocer a alguien
y, ¿si no hay nadie?
o ¿si no reconozco a nadie?
ya estoy cruzando los controles
de inmigración
desplazándome hacia
la sala de recogida de equipajes
por varios pasillos
todo muy bien informado
vuelos de llegada
número y procedencia
todo bien indicado
todo muy claro
todo muy limpio.

Allí, allí está
mi maleta roja
mi vieja
compañera
de más de 30 años
recostada allí
un poco de costado
sobre esa cama de plástico negro
que gira
y gira
y gira
mostrando con desdén
sus equipajes
lentamente expulsados
por esa gran boca negra
repleta de secretos
bien sellados,
no la han abierto
por lo menos
no se le nota
que la hayan abierto
la veo completamente cerrada
muda
¿Muda?
sí, parece como
si estuviese muda
o esperando
ser absuelta
¿Absuelta de qué?

Ya, sí
ya casi huelo
a mi Santiago querido
de los domingos por la mañana,
olor a pan,
a café con leche
a cordillera recién nevada
a ciudad grande,
a mercado público recién abierto
a fruta fresca,
a pescados y mariscos
recién traídos de las
profundidades del Pacífico
a cochayuyo,
sí, también a cochayuyo
a lúcumas
a dulce de membrillo
a Parque Forestal recién regado
olor al cerro Santa Lucia
olor mío
de siempre
sí, me siento en mi casa
mi casa antigua
esa que no está más
esa que llevo dentro
desde siempre
dentro de mí.
A la derecha veo un
baño para señoras
y la puerta a una capilla
primero
refrescarme
pintarme los labios
salir a ver
¿Quién me estará esperando?
¿Quién está allí afuera,
esperándome?
Allí arriba entre tanta gente
creo ver su sonrisa
y una camisa roja
de rojo profundo
pero, ¡no es él!

¿Qué hora es?
¿Qué hora es en este Chile nuevo?
¿Serán ya las siete,
las siete de la mañana?
espero que esté mi hermano
al que no veo hace siglos o
parecen siglos,
mi hermano
mi hermano querido
al que no vi más desde que salió
de Chacabuco
y volvió a irse,
rápidamente
más lejos todavía
asilado político
qué ganas de que él
él
esté aquí esperándome
con su sonrisa infinita,
para abrazar a su hermanita
la exiliada voluntaria.
A ver, allí alguien saluda,
extendiendo una mano
y una sonrisa,
no reconozco esa sonrisa,
esa sonrisa no es para mí,
tanta gente,
¿Quién me está esperando?
las cartas de mi hermano
comenzaron en algún momento a llegar
eran
cartas secas
con olor al norte
de colores pálidos
hasta a veces arena y tierra traían con ellas
brindando
calma a mi alma
lo sabía allí
lejano pero allí
prisionero
pero allí.

¿Quién me está esperando?
¿Llegó mi avión adelantado?
mi hija me lo advirtió
mi hija
de hoy con sus
raíces nuevas
de tulipanes,
rojos y amarillos
ella me lo advirtió
lo recuerdo
recién ahora
me lo advirtió,
mientras yo subía
y bajaba las escaleras
de mi casa,
mi casa,
esa al fin del mundo
mientras yo subía
y bajaba escaleras
sin rumbo,
todo resuelto en pocas horas,
salir corriendo
para alcanzar a
llegar a
dar el último consuelo
y decir la última palabra
¿Qué llevar?
sube y baja escaleras
documentos,
chequearlo todo,
llorar,
casi pidiendo auxilio,
sin ser auxiliada
controlar
las puertas
ya cerradas
bien cerradas,
un taxi
que no llega,
volver a llamar
salir a la calle
mi maleta y yo
paradas en la puerta
de mi casa,
esa al fin del mundo.
ese taxi
que no llegaba
y no llegaba
a mi casa
a esa al fin del mundo.

Ya aquí esperando a ¿quién?
¿Cuánto tengo que esperar?
¿Cuánto tiempo se espera?
lo que se espera
como la primera carta
con mi nombre
en ese sobre
escrito con otra letra
así llegó la primera carta
del padre de mi hija,
hija chilena-chilena
que llegó
escrita con amor
con olor a bodega de barco
con sabor a hambre
con ruido a oleajes enormes
con olor a bodega
con olor a miedo
y a terror
de bodega
de buque Maipó
navegando
navegando
navegando
deteniéndose por las noches
y volviendo a navegar
lentamente rumbo a Pisagua,
había buscado
su nombre
por todas las casas
todos los recintos
todas las listas
el nombre del padre
de mi hija chilena-chilena
no existía
lo veía sí
en mis pesadillas
hundiéndose en el océano profundo
con su chaqueta de cuero
con sus manos atadas a la espalda
hasta que llegó
llegó la carta
que calmó
mi alma.

No veo a nadie
¿Qué hora es?
ya casi las ocho y media
¿Dónde están?
¿Qué hago?
hay mucha gente
pero no reconozco a nadie
muchos taxistas
yo quiero a uno de los míos
¿Dónde está mi hermano?
¿Mis viejos amigos?
¿Mis primas queridas?
¿Mi querida cuñada?
¿Mis sobrinos?
¿Algún tío?
¿Tía?
¿Mi madre?
no, ella no está
dejó de viajar
hace mucho tiempo
no volverá a venir
a su edad
mucha distancia
muchos desgarros
muchas despedidas
muchas separaciones
no recuerdo
cuándo partió
quizás,
desde siempre
de muchos años
sí, otra vida
más lejana a todos
a todos los dolores del alma
ella partió,
hace tanto como yo
ambas
disparadas hacia
continentes diferentes
separadas por
un océano infinito
en busca de nuevos caminos
ella una casa
yo el arte,
mi amado arte
sin el que
me asfixio
secándome
el alma
como a un cochayuyo
que se queda
olvidado sobre las arenas
calientes y desnudas
desnudas de su mar.

¿Dónde hay un teléfono?
¿Dónde está mi agenda con todos esos números?
calma,
calma,
como esa calma
que me calma el alma
cuando pasa mi hijo holandés-chileno
por la casa a fin del mundo
a comer arepas
churrascos
o restos de torta de merengue
con lúcuma
y nos sentamos en el sofá
mirando fotos del colegio
sentada a su lado
me trae el orden
el orden
ese orden
que me calma
me calma el alma
de mi pequeño mundo
en esa casa al fin del mundo.

¿No va a venir nadie a buscarme?
¿En qué hospital está?
quiero ir a verlo
alcanzar a decirle
que yo cuidaré a su hija
también por él
que no está solo
que todo pasará
que ella ya está casi llegando
un poquito más tarde
que por favor la espere
otro poquito más
que la espere
que ya está casi llegando.

Ameli Viaux

Ameli Viaux

Poeta chilena (1953). Es profesora de arte y artista visual especializada en mixed media y fotografía. Ha dirigido numerosos proyectos de arte relacionados con la integración social, para niños y adultos; además de talleres de artes visuales y literarios en instituciones públicas y privadas de Holanda, país donde reside.
Ameli Viaux

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