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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Hesitación de Prometeo

• Viernes 29 de junio de 2018

Memoria es la amatista que en su cuerpo deambula,
densa línea de crúor derogada al vacío,
tiempo sin fragua, trágico vestigio de la noche,
negra ascua del silencio que en su lamento expira
y teje las cadenas desnudas del cristal,
rápida ala tendida entre las dos sustancias
que en su fulgor expanden la agonía del cuerpo,
perdida fluorescencia de la noche que fluye
al contacto preciso de la pluma sin alas.
No roca, sino río, espejo de su muerte
imposible, fulgor repetido del mármol
a cuyo abrazo sólido cede por fin la carne
en bondadoso tránsito de sangre y excrementos.

La mirada es penumbra de la anticipación,
adivinación artera de las cosas sin nombre,
compromiso que arriesga la afrenta del silencio
al momento del habla: oráculo siniestro,
voz y acontecimiento: providencia sonámbula.
De la forja relumbra el poderoso acero
que sojuzga la aurora. El pasado forcluye
la instancia de los tiempos precedidos de cerca
por la sonora rima de la cañaheja trémula
mucho antes del destello maléfico o del ansia
indócil que subsume el arte providente.

La cañaheja rezuma el oro del futuro
al igual que los témpanos desdoblan el océano
en poderosas olas desiguales y blancas.
Observa el porvenir, milagro de tu luz,
desprendido por siempre de ese orden desmedido
de los astros mutantes; observa el trazo cínico
de las islas autónomas, navegando en bajeles
de espuma sobre ríos de carne atormentada.

Todo es mirada: perla transparente del tiempo,
imagen sucesiva de los días sin dioses.
¿Para qué la ceniza, entonces, de tu fuego,
impreciso andamiaje hendido por la ausencia?
Las falanges desmienten el curso de los sueños,
escindidos de pronto del poder de la noche.
La mirada se extiende al confín de la aurora
donde el tiempo sacude la glamorosa costra
del pasado: anuncio veraz de la catástrofe.

Gloriosa es la melena de alfileres rojizos
que la mano sostiene titubeante entre tumbas
dispersas de alhelíes y cadáveres mustios.
Ahí, en ese mismo cúmulo de huesos tímidos,
recupera el presagio la certeza de la muerte.
Por primera vez ve: nada hay en el espacio
de los túmulos pardos, revestidos discretamente
de ausencias desmembradas y frágiles responsos.

Dudar es asumir el riesgo de la muerte.
Así vive la sombra fugaz de Prometeo
entre memorias dóciles del alba postergada
y la equívoca gloria de un yermo de esqueletos;
así la mano gime también en la desgracia
de una avenida calma de voces somnolientas
desterrada hacia el fondo de una gruta de luces.

La antorcha titubea, vacila: fuego fatuo;
esgrime pensamientos ambiguos en el aire,
penetra la cansada morada del vacío,
eyecta pesarosos ligámenes al viento.
Algo desteje, súbita mirada sin augurio,
lejana ya la calma del tiempo desmedido;
como un cometa cínico desinfla el horizonte
hacia donde la noche señorea su canto
(agua de otros parajes y de otros devaneos).

Nada será sin fuego, sin su sentencia prístina,
ni la astucia del mármol erigido entre amelos,
por cuyos asteriscos sollozan capiteles
destronados de gloria, ni la aspereza flébil
del cerezo castrado, fosco cuerpo vacío,
reminiscencia púrpura de días sin descanso;
tampoco las robustas clavículas del madero
penetrarán los mares hacia el final del mundo,
ni los gritos del oro recubrirán los templos
de númenes fallidos, resguardados por cíclopes.

Las bestias vadearán los meandros sin premura
bajo la hosca certeza de los cedros dormidos,
así como las alas desplegarán sus conchas
a la mitad de un cielo despojado de dardos.
Evitarás la gloria del cetro carcomido,
no darás al palacio el gusto de la muerte,
ni verás a los ríos vestirse de crepúsculo.
Sólo la noche —triste esclavitud— será
el testigo preciso de tu propia incerteza.

La llama escupe el tiempo detenido en su sombra,
al igual que los ojos disparan sus pupilas
en la ambigua distancia del cristal de obsidiana.
Incinerar la noche, evocar las tinieblas
en su autismo de nube, arrebatar de un tajo
las maravillas simples del silencioso prisma,
inventar la memoria en una pira súbita.

Será el silencio o el acto; la memoria o la nada.

La cañaheja desnuda el fragor de los bosques
en el libre resquicio de los dioses occiduos.
El águila revira su punta encadenada.
Tu destino será. Todo está decidido.
La historia ha comenzado su dolorosa marcha.

Carlos Herrera de la Fuente

Carlos Herrera de la Fuente

Filósofo, ensayista y poeta mexicano (México, DF, 1978). Licenciado en economía, maestro de filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam) y doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg, Alemania. Es autor de los poemarios Vislumbres de un sueño (2011) y Presencia en fuga (2013), así como de los ensayos Ser y donación: recuperación y crítica del pensamiento de Martin Heidegger (2015) y El espacio ausente: la ruta de los desaparecidos (2017). Es profesor de Teoría crítica en la carrera de Sociología en la Unam. Ha colaborado en las secciones culturales de distintos periódicos y revistas de su país.
Carlos Herrera de la Fuente

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