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Poemas de Yolanda Felicita Rodríguez Toledo

lunes 15 de octubre de 2018
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El hueco

Ahora que te escucho.
Sálvame de ti.
Reinol Cruz

Ayer, cuando la tarde volvía a su urdimbre,
apuramos el café y salimos a caminar.
Dijo que sentía vergüenza de su padre.
Coloqué la mirada en la tierra del patio,
sentados sobre los hierros de la Agrupación Cañera,
estábamos riendo.

La casa que recuerdo es una sinfonía en el oído.
Un arco luminoso irradió las paredes y los techos,
puedo palpar la esquina por donde los trenes pasan,
abuela Victoria y su buchito de sambumbia en las mañanas,
antes de regalarme los destiempos de su pecho.
Levanto la cabeza y sigue allí con su parsimonia enfermiza.
Camino lentamente a través del túnel infinito de sus ojos.
Estoy en un banco del parque infantil,
recojo almendras maduras y siento que la gente pasa
como hace treinta y cinco años.
Entonces yo buscaba los zapatos para ir a la escuela
y aquella mochilita cosida a mano por mi madre.

No sé qué dijiste y respondí nimbada por los sonidos:
yo vivo en el hueco,
un lugar donde los habitantes de plomo
hacen un ruidito plomizo hacia el amanecer;
también están los transeúntes de hierro
que pasan al rojo vivo mientras lanzan bolas de cenizas
y cristales sobre el asfalto.

Mi amigo maldice,
y no puedo respirar en el sometimiento precursor del miedo.
Hubo una herrería aquí,
en la espalda del viejo había una marca reluciente,
sus manos semejan un nudo marinero
y sus ojos recuerdan las cuencas azulejadas
donde van a morir los pájaros de la media tarde.

Lo odio tanto, dijo otra vez,
y yo pensé en las flores,
en el caminito de la entrada de casa.
Gravito en su tristeza,
comencé a escuchar cierta musiquita insistente
mientras pensaba en mis once años,
pero nunca le dije,
o será que él se negó a escuchar.

 

La última luna

…Algo nos aguarda, tenue, rápido y loco…
Ángel Escobar
A la memoria de Rosita

Saltábamos sobre los charcos que dejaba el aguacero,
así, mojadas, íbamos hasta la entrada del cementerio
y volvíamos cantando
mientras el fango se escurría debajo de las canales.
Entonces, la casa de madera con los cables expuestos;
en tus ojos grandes el siseo del trueno
que acercaba el relámpago a la tierra.
Afuera alguien está silbando
aquella melodía que suple en mí lo que exhalo.

Me incorporo, aun negando que veo en ti
a la muchacha de largo y azul
como una inscripción que rememora.
El agua sabe, no puede transparentar lo que cae
y sigue marcado,
aunque falten los viernes,
el sudor en las manos y pecas de tu cara.
La torcida multiplicidad de la sombra se disipa
y tú casi bailando debajo de los pinos,
a la vista estática de la vigilia que aposenta los reflejos.

Destierra el hondo furor,
saca de ti este murmullo,
el silencio en vilo y el abrazo
donde podíamos ver la misma luz fastuosa
de las estrellas por las rendijas.
Perdona el puño febril,
no hables tan bajo,
supón que quiero ser un manojo breve de flores silvestres.
Vuelvo la mirada y corremos entre los hierbazales
hasta el final del día.

En los potreros,
donde los framboyanes,
también los primeros años,
pero nada mitiga las cuartadas
ni la intrepidez de las ranas que venían
a poblar las islas de lodo:
aquello indestructible.
Miro despacio las luces de la carretera,
allí los insectos,
cada noche sus chirridos clarifican los retratos
y atraviesas en un soplo del sur las paredes,
igual a aquella vez que la cigarra se posó en la cama;
de castaño a oscuro,
ojos bien abiertos,
un portazo y el reclamo de quien anda maltratado
al querer ver el sol que echa a volar lo que no renuncias
porque te acompaña todavía.
Me confunde el temporal que te sacude
mientras el aire se llena del perfume amargo de las flores;
octubre y mi niñez se acercan y se van entre la tierra
y la última luna donde puedo palpar lo que he perdido;
Saltábamos sobre los charcos,
quién iba a pensar en otra cosa.

 

Tan siquiera alguien

Abres los ojos,
es oscuro todavía;
el invierno se fue pero la nevisca echa a volar,
es algo que no te deja dormir
y construyes el día que vendrá aunque sospechas
que negar es un ejercicio, no una balanza
donde pones tu pedacito de descanso homicida.
El ruido de los aviones sobrecoge
y mientras pasan sobre el techo te afilias al gato
que se torna inasible.
Nada importan las advocaciones,
por descuido caes debajo de los rieles;
así tendida cuentas hasta diez y te levantas.

Regresan los días de mayo,
el agua cruzando bajo las camas a media noche,
esa recurrencia de la lluvia lo ha podrido todo.
Hay una historia donde eras pequeñita
y decías que sí a casi todo.
Ni siquiera imaginas lo que en el recuerdo fluye
ni cuánto piensas a diario en el reloj grande
que anunciaba la media noche.
Nada sabes de tus manos torcidas
y ese dolor subterráneo como una emanación de cenizas;
más que palabras quieres un detenimiento de los sonidos
mientras observas desde la cocina y los ojos dicen
“por favor te lo pido” en el instante justo
donde nada contrae la dualidad de los adolescentes.
Quieres quitarte todo por un recuerdo que logra guarecerse
en la invisibilidad del grillo que canta sin parentesco alguno;
su realidad es una dimensión idealista,
pero no tu alma,
no puedes simplemente ofrecerle cuartadas;
nada escucha.
No habrá que hilar un poema
entre signos domesticados que adormecen el despecho.
Acaso puedes matar lo que yace en la contemplación.
Tienes esa manera de destazar las ideas,
debes encontrar al que transcribe que no eres tú
ni otro ni algo.

Tan siquiera alguien
que rechine la nariz contra el cristal.
Adónde vas en medio de la muchedumbre,
de dónde vienes con esa carta invertida;
cómo suscribes con regocijo la permanencia.
De noche, otra voz anuncia que eres simple
como el parpadeo de la luz que avizoras
siempre que despiertas;
ojos desde el brillo aún inclinado
sobre las hojas de los árboles.
Eso es la inconciencia,
un remanso intermedio
cuando algo remite a la menudencia de la astucia.
Observas la luna,
pero ella no se incorpora al gesto de quien la mira
y llora,
culpable de todo.

 

Sentido común

No sé si deba admitir que,
por falta de sentido común,
he venido a preguntar si conoces el sobresalto
que antecede al equilibrio.
Estamos siempre olvidando alguna cosa,
tal vez no debamos bendecir la abundancia;
pero un día de estos el cielo era vasto
y la tierra cubierta de mariposas.
No pongas tu mano en mi país
ni en las tardes en que íbamos por limones al traspatio.
Nada pasa, tan sólo vine a caminar por estas calles
y tu casa extralimitó la esquina.
A veces me traen algún recorte de papel,
no importa si soy un anfibio que canta.
También simulé la risa y tengo algo que dar
sin dolor y sin queja.
Conozco la algarabía y no quiero acceder a ella,
todo lo que hay en mí es lluvia;
tan sólo he venido a lapidar lo que guardé de ti,
en otro tiempo.

 

Atolondrado vertimiento de la sangre ajena

Sostengo el retrato donde nos abrazábamos.
La mesa grande con el mantel amarillo,
bebimos en jarras de metal la cerveza.
Tenías el cabello largo
y la misma mueca en la cara;
recuerdo que había en el aire un olorcito,
no sé si coco, almendra o manzanas;
tal vez metal.
Cruzábamos el puente camino a la rotonda,
el bramido de las vacas es un martillar que se repite
cada vez que cruzo y miro hacia abajo,
el olor de la sangre fluye antes de hacer un tramo espurio,
voluptuoso en los contornos del agua.

Me detengo a cierta distancia
para observar la muerte lánguida,
mis ojos abstraídos, torvos,
irradian el golpe del hierro en la nuca.
Cerca de la tasajera hay un río rojo, mirífico,
que bendecimos sin pensar en la obcecada manera
de la carne acuchillada bajo la mudez más lenta
que acontece mientras pasas y no piensas en caer
en el atolondrado vertimiento de la sangre ajena.
El becerro levanta la cabeza,
está pastando y no sabe;
en él se multiplican los rebaños que deambulan las orillas
cuando amanece y caen al fondo
donde los cuerpos putrefactos asoman la cornamenta
porque anhelan tu fijeza.
Más allá de todo lo que se inflama en la bulla
está el reclamo de quitarle el escarlata a los aserraderos
donde los animales braman al final del portón
con la mirada fija.
Alguien habrá que puedas culpar
aun negando la contemplación
y esa costumbre de cruzar a la hora exacta
sobre lo que ves en lo real del vicio que te excluye.

No sé si coco, almendra o manzanas.
No tiene sentido ponerse a pensar en las vacas,
no sé qué daga me rezuma el cuerpo;
cualquiera puede ser un buen animal,
tener la sensación de estar tendido boca arriba
bajo la sombra de un árbol
que antaño sigue sentado donde dormido ni despierto
podrías ser el que destazan y dejan
como la carne de la res descuartizada
que lamen las moscas.

 

Polvo

Para ustedes, “queridos miserables”.

Ayer de tarde, con sólo pensarlo
me senté en esta mesa:
“Si fuera otra la voluntad que nos aguarda”.
Tomo una piedra, la observo con detenimiento,
palpo los relieves calizos,
con el puño apretado pienso en ustedes,
por eso no acepto mi parentesco con los otros.
Estoy aquí,
donde uno está escrito con tanto polvo ajeno,
sacudido.
Polvo en el cristal del vaso que agito
mientras el flujo subterráneo de mi conciencia
encuentra un recodo, allá
donde no pueden.
Polvo en la hojarasca, sal
y resinas también en lo que se borra;
en la fuerza del agua
y sus miradas despiertas sobre los arquetipos,
en el humo más denso que se avizora en el dolmen.
Lo extraño en mí es esta manera anfibia
de levantarme a recoger semillas
a pesar de las horas que me han sido dadas
para dinamitar los puentes y embarcaderos
cubiertos de salitre.
Polvo es la casa vieja,
las tablas bajo los aguaceros,
el piso de tierra de la cocina
y todos los cadáveres de mi familia que deambulan;
polvo ya casi el recuerdo de rostros que voy olvidando,
polvo esta tristeza de salir corriendo.
Polvo de cenizas en el recipiente junto a la ceiba;
polvo mis monedas de la buena suerte,
polvo sobre el vicio, el desliz,
ese memorial que han erigido los bastardos
en pos del progreso.
Polvo, al frente hay una plaza donde crecen las artefactos.
Sopla el viento y todo lo tamiza,
cae la lluvia,
el fango se escurre y salpica las casas;
la calle es lodo que alguna vez fue isla,
tierra sumergida, bamboleo del polvo lo que siento
mientras plasmo mi ciudad trunca en el lienzo;
y polvo también lo que libero
con este sorbo de alcohol
que va bajando.

 

Des/amparo

Para Lorenzo Pérez Luciano,
a su memoria.

Levanto el recipiente tan alto como puedo,
sobre mi cabeza vierto el agua
que se escurre hasta la frente y las comisuras de los labios.
La lengua del agua lame mis ojos;
quiero tener este disfrute en paz,
y librarme de todo.
No más aquella mañana:
el disfrute del café murió contigo,
murió contigo también una camisa blanca,
mi infancia en la sonrisa de tu cara ingenua;
tantas incoherencias,
el olor del cigarro y el baile constante de tus piernas.
NO RECUERDO UN DÍA MÁS TRISTE.
Ni siquiera puedo nombrar otro dolor
que no sea el de imaginarte para siempre dormido
en plena calle, la noticia de este diciembre,
y todos sin ti;
encontrarte cada sábado en la mañana
recostado a la puerta de entrada a mi casa,
tuya también,
la que siempre nos perteneció.
Parece que sostengo tu cabeza pequeña, cercanos,
desafortunadamente divididos por la aceptación del tajo
y hasta nunca, mi abuelo de otra sangre.
De golpe tu mirada en mí que nunca supe
o no quiero saberlo
porque es TANTA DESDICHA.
Barquero de tu cuerpo en equilibrio
y el compás a destiempo y en círculos.
En días como este preciso un salto,
salir corriendo; gritar fuerte, llorar mucho,
quizás un puente, un andamio:
Intento describirlo con palabras
pero me tiemblan las manos,
y me sudan mucho.
Hay espacios que segmentan la vida,
palabras que tienen un tono familiar,
momentos como instantes de ráfagas;
destajos de ayer tocándote muy hondo.
Hay pasajes de lo que has sido que no aconteces
porque es mejor llegar a la otra orilla,
sentirse a salvo.
Así la rosa no irrumpió en las venas,
así las horas nunca repiten los recuerdos;
así, de este modo exacto,
quiero sentirte llegar
con tu olor a tierra emergida;
déjalos pensar que esto se llama falta de cordura,
que aquello que escondo y sabemos es otra de mis añoranzas.
Quiero estar en calma y desnuda,
amparada de mí
que me hace tanto daño.

Yolanda Felícita Rodríguez Toledo
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